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El Padre Pistolas enfrenta a Nayib Bukele durante la misa… y su mensaje sacude al país

Mañana tendrá un descanso para adaptarse y el domingo celebrará la misa de las 11 en la catedral. Después vendrán las charlas en diferentes comunidades. Lo que ninguno de los dos imaginaba era que esa misa dominical cambiaría completamente sus planes. El domingo por la mañana, el padre Pistola se preparaba en la sacristía.

vestía su sotana negra, limpia pero sencilla, como siempre lo había hecho. A diferencia de México, aquí nadie lo conocía realmente, excepto por lo que el padre Manuel había contado sobre él. “Padre, hay algo que debo mencionarle”, dijo el padre Manuel con cierto nerviosismo mientras le ayudaba a ponerse la estola.

Nos acaban de informar que el presidente Bukele asistirá a la misa de hoy. El padre Pistolas lo miró sorprendido. El presidente, ¿y eso por qué? Aparentemente está realizando visitas a diferentes iglesias como parte de su campaña para promover sus nuevas políticas de seguridad. No estaba programado que viniera aquí, pero hace unos minutos recibimos la notificación.

Pues que venga ante Dios todos somos iguales”, respondió el padre pistolas con naturalidad. “Yo daré la misa como siempre lo hago.” La catedral estaba llena cuando el padre Pistolas salió al altar. Desde el fondo notó el movimiento de hombres de seguridad que precedían la entrada del presidente Bukele, quien tomó asiento en la primera fila con un pequeño séquito de colaboradores.

La misa transcurrió con normalidad hasta el momento de la homilía. El padre Pistolas había preparado un mensaje sobre la importancia del servicio comunitario y la solidaridad basado en las lecturas del día. Sin embargo, al ver a Bukele sentado frente a él, sintió que debía abordar también otros temas. Hermanos y hermanas, comenzó con voz clara, hoy nos habla el evangelio sobre servir al prójimo y no buscar los primeros lugares.

Me pregunto si nuestros líderes comprenden realmente este mensaje. Un silencio expectante se apoderó de la catedral. El presidente Bukele, vestido con traje oscuro y su característica gorra, mantenía una expresión impasible. Estoy de visita en este hermoso país, continuó el padre Pistolas. Y me sorprende ver como los gobiernos, tanto aquí como en mi México querido, a veces confunden autoridad con autoritarismo.

El verdadero poder está en servir, no en dominar. Los asistentes intercambiaron miradas, sorprendidos por la franqueza del sacerdote visitante. Algunos de los colaboradores de Bukele se removieron incómodos en sus asientos. Señor presidente”, dijo el padre Pistolas dirigiéndose directamente a Bukele, “Usted tiene la responsabilidad de proteger a su pueblo, de garantizar la justicia, pero la justicia sin misericordia se convierte en venganza y la seguridad sin libertad se transforma en opresión.

” El rostro de Bukele permaneció sereno, pero sus ojos se clavaron en los del sacerdote mexicano. “En mi comunidad en México”, prosiguió el padre Pistolas. “He visto como la violencia solo genera más violencia. He visto comunidades enteras vivir con miedo, ya sea por los criminales o por las propias autoridades. Y eso no es paz verdadera.

” Los fotógrafos presentes, que inicialmente habían acudido para captar la visita del presidente a la iglesia, ahora enfocaban sus cámaras en este inesperado intercambio. La verdadera seguridad nace de la justicia social, de la igualdad de oportunidades, del respeto a la dignidad de cada persona. Continuó el sacerdote.

No se logra solo con cárceles más grandes o con medidas extremas que sacrifican los derechos de todos por una falsa sensación de orden. Bukele se inclinó ligeramente hacia delante, aparentemente interesado en las palabras del sacerdote mexicano. Le hablo como hombre de fe, no como político, aclaró el padre Pistolas. Pero la fe nos llama a la verdad.

Y la verdad es que ningún líder está por encima del escrutinio moral. En México o en El Salvador, todos rendimos cuentas ante Dios y ante el pueblo. Algunos feligreses asintieron con la cabeza, mientras otros observaban nerviosos la reacción del presidente. “Señor presidente”, concluyó el padre Pistolas, “lo invito a reflexionar sobre qué tipo de legado quiere dejar.

será recordado como alguien que sacrificó libertades por aplausos momentáneos o como quien tuvo el valor de construir una paz verdadera basada en la justicia y el respeto a la dignidad de cada persona. Cuando terminó la homilía, un silencio profundo invadió la catedral. El padre Pistolas regresó al altar para continuar con la liturgia mientras sentía las miradas de todo sobre él.

No había pronunciado aquellas palabras para provocar, sino porque sentía que era su deber como sacerdote hablar con verdad, incluso ante los poderosos. Lo que no imaginaba era que al finalizar la misa, el presidente Bukele se acercaría a él con una propuesta que cambiaría por completo el propósito de su visita a El Salvador.

Los flashes de las cámaras no cesaban mientras el padre Pistolas y el presidente Bukele se encontraban frente a frente en el atrio de la catedral. La multitud observaba expectante, consciente de que presenciaba un momento histórico. Padre Alfredo dijo Bukele con una sonrisa que contrastaba con la tensión del momento.

Sus palabras fueron interesantes. Le gustaría continuar esta conversación en un entorno más privado. El padre Pistolas miró directamente a los ojos del mandatario. A lo largo de su vida había enfrentado a muchos poderosos. Pero nunca había esperado encontrarse en esta situación, en un país extranjero y con un presidente cuya reputación trascendía fronteras.

Con mucho gusto, señor presidente, respondió con serenidad. La palabra de Dios no teme al diálogo. El padre Manuel observaba la escena con evidente preocupación. se acercó discretamente al padre pistolas y susurró, “Tenga cuidado, por favor.” Media hora después, en una sala privada del Palacio Nacional, el padre Pistola se encontraba sentado frente al hombre que había transformado El Salvador con métodos que generaban tanto admiración como controversia internacional.

“¿Sabe por qué lo invité, padre?”, preguntó Bukele mientras se quitaba la gorra que lo caracterizaba. Imagino que no le gustó mi homilía, respondió el sacerdote con franqueza. Bukele soltó una risa breve. Al contrario, fue refrescante escuchar a alguien que habla sin miedo. La mayoría de los religiosos que me visitan solo dicen lo que creen que quiero oír.

El presidente se levantó y caminó hacia la ventana que daba a la plaza Barrios. Este país estaba al borde del abismo, padre. Las pandillas controlaban cada aspecto de la vida. Niños que no podían ir a la escuela por miedo a cruzar fronteras invisibles entre territorios de pandillas, comerciantes extorsionados hasta la ruina, familias enteras huyendo al norte.

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