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El Ejército llega a la iglesia para DETENER al Padre Pistolas pero éste responde con un…

En este pueblo hemos visto como la injusticia se viste de ley y como el miedo silencia a los buenos. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que nos digan qué pensar, qué decir y cómo vivir? ¿Acaso no somos hijos de Dios con derecho a una vida digna? Don Hernán se removió incómodo en su asiento mientras el padre continuaba.

No estoy aquí para decirles lo que quieren oír, sino lo que necesitan escuchar. Este pueblo necesita despertar. Necesitamos recordar que la fe sin obras está muerta y que amar al prójimo también significa luchar por su bienestar. De repente, un ruido metálico interrumpió su sermón. Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par y la luz del exterior cegó momentáneamente a los presentes.

Cuando sus ojos se acostumbraron, pudieron distinguir las siluetas de varios soldados que con paso firme avanzaban por el pasillo central. El capitán Rodrigo Mendoza, un hombre de rostro severo y uniforme impecable, se detuvo a pocos metros del altar. Detrás de él seis soldados. formaron una línea bloqueando cualquier posible salida.

“Padre José Alfredo Gallegos”, anunció el capitán con voz potente. “Tengo órdenes de escoltarlo fuera de esta iglesia para un interrogatorio formal.” Los feligreses contuvieron la respiración. Doña Carmen comenzó a rezar en voz baja mientras algunos hombres se levantaban de sus asientos dispuestos a defender a su párroco.

El padre Gallegos, sin embargo, no mostró signo alguno de temor. Con calma depositó la Biblia sobre el altar y se dirigió al capitán. Capitán Mendoza, ¿es así como respeta usted la casa de Dios? interrumpiendo la Santa Misa con sus botas sucias y sus órdenes. El capitán frunció el ceño. Tengo órdenes directas, padre.

Se le acusa de incitar a la población contra las autoridades y de promover la desobediencia civil. Debo pedirle que me acompañe pacíficamente. Un murmullo de indignación recorrió la iglesia. El padre Gallegos levantó la mano pidiendo silencio. ¿Y quién ha emitido esas órdenes, capitán? ¿Acaso el gobernador está tan asustado por las palabras de un simple cura que manda al ejército a buscarlo? ¿O es que la verdad duele tanto que hay que silenciarla con uniformes? El capitán Mendoza dio un paso adelante, visiblemente irritado.

No complique las cosas, padre. Solo hago mi trabajo y yo el mío, respondió el sacerdote. Mi trabajo es cuidar de estas almas, defender la verdad y dar voz a quienes no la tienen. Si eso me convierte en un criminal, entonces estoy en buena compañía. Nuestro Señor también fue perseguido por decir verdades incómodas.

La tensión en la iglesia era palpable. Los soldados, con las manos en sus armas esperaban órdenes. Los feligreses, divididos entre el miedo y la indignación, observaban en silencio. Don Hernán se había escabullido hacia la puerta trasera. “Le daré una última oportunidad, padre”, dijo el capitán. “Venga con nosotros voluntariamente o tendré que usar la fuerza”.

El padre gallego sonrió con serenidad. Capitán, usted puede llevarse mi cuerpo, pero mi espíritu y mis palabras permanecerán aquí en cada uno de estos corazones”, señaló a los feligreses. “Puedes silenciarme hoy, pero la verdad encontrará su camino mañana.” Entonces, para sorpresa de todos, el padre Gallegos se arrodilló en el altar y comenzó a rezar en voz alta.

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Uno a uno, los feligreses comenzaron a unirse a la oración, primero en susurros y luego con voces cada vez más fuertes. La iglesia entera retumbaba con el eco de cientos de voces, recitando al unísono la oración más antigua de su fe. El capitán Mendoza y sus hombres se miraron desconcertados.

no estaban preparados para enfrentarse a un ejército de oraciones. “Detenganse”, ordenó el capitán, pero su voz quedó ahogada por el clamor de los fieles. Fue entonces cuando el padre Gallegos se levantó y con paso decidido caminó hacia el sagrario que se encontraba detrás del altar, lo abrió con reverencia y extrajo algo que mantuvo oculto entre sus manos.

Los soldados tensaron sus cuerpos preparados para cualquier movimiento. El padre gallegos se volvió hacia ellos y con un gesto solemne elevó sus manos al cielo revelando lo que sostenía. No era un arma ni un documento comprometedor, sino un simple rosario de madera gastado por el uso.

“Este es mi escudo y mi espada, capitán”, dijo con voz clara. “con defendido a mi pueblo durante años. y seguiré haciéndolo. Si quiere llevarme, tendrá que llevarse también la fe de todas estas personas. La imagen del sacerdote de pie, con el rosario en alto frente a los soldados armados, quedó grabada en la memoria de todos los presentes.

Un anciano sacerdote desafiando al poder terrenal con nada más que su fe y su convicción. El capitán Mendoza, visiblemente incómodo, miró a su alrededor. La hostilidad en los ojos de los feligreses era evidente. Lo que debía haber sido un arresto sencillo, se había convertido en un potencial conflicto que podría escapar de sus manos.

Terminaremos esto otro día, padre”, dijo finalmente el capitán, haciendo un gesto a sus hombres para retirarse. “Pero no crea que esto ha terminado. Nunca termina, capitán”, respondió el padre Gallegos. “La lucha entre la luz y la oscuridad es eterna, pero le aseguro que la luz siempre encontrará su camino.” Los soldados se retiraron en medio de un silencio tenso cuando la última bota militar abandonó la iglesia.

Un suspiro colectivo de alivio recorrió la congregación. El padre Gallegos regresó al altar, besó el rosario y lo guardó en su bolsillo. Continuemos con la Santa Misa, hermanos dijo con voz serena, porque ni el ejército, ni el gobierno, ni el mismísimo  pueden impedir que Dios se haga presente entre nosotros. Aquel domingo la comunión tuvo un significado especial para los habitantes de Chucándiro.

No solo recibieron el cuerpo de Cristo, sino que también fueron testigos de cómo la fe podía enfrentarse al poder sin necesidad de violencia. Al terminar la celebración, mientras los feligreses se acercaban para agradecerle y mostrarle su apoyo, el padre Gallegos sabía que aquello no había terminado. Las fuerzas que se habían puesto en movimiento ese día no se detendrían fácilmente.

Pero por hoy, al menos, la iglesia seguía siendo un refugio y él continuaba siendo la voz de su pueblo. Lo que ninguno de ellos sabía era que aquel incidente era solo el comienzo de una batalla mucho mayor que pondría a prueba no solo la fe del padre Gallegos, sino también la lealtad de todo chucándiro. La noticia de lo ocurrido en la iglesia se extendió por chuciro como fuego en pastizal seco.

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