Posted in

ALFONSO XIII: huyó de noche con las joyas de la corona — España despertó sin rey

Ella no volvió. Hay una fecha que Alfonso XI nunca pronunció en público después de 1921. Una fecha que sus secretarios tenían instrucciones de no mencionar en su presencia. Una fecha que, sin embargo, aparece grabada en miles de lápidas en el norte de Marruecos y en la memoria de las familias españolas que perdieron a alguien aquel verano.

22 de julio de 1921. Anual. En ese lugar, un puesto militar en la zona del rif marroquí. El ejército español sufrió la derrota más catastrófica de su historia moderna. En cuestión de días, las tropas del general Manuel Fernández Silvestre fueron aniquiladas por las fuerzas rifeñas lideradas por Abdelm.

Las cifras varían según las fuentes, pero los historiadores hablan de entre 8,000 y 12,000 soldados españoles muertos. No en una guerra larga, en días, en una emboscada que se extendió como un incendio, porque las líneas defensivas colapsaron una tras otra con una velocidad que todavía hoy resulta difícil de procesar. El general Silvestre murió en anual.

Suicidio, según algunas versiones, combate según otras. Lo que no está en disputa es que antes de lanzar esa ofensiva que terminó en masacre, había consultado con Alfonso XI que el rey desde Madrid había empujado en favor de una operación agresiva en el RIF, que entre el general y el monarca existía una relación de confianza personal que saltaba por encima de la cadena de mando oficial.

Alfonso XI tenía obsesión con lo militar desde niño. Se había criado entre uniformes, desfiles y la narrativa de una España que había sido grande gracias a sus ejércitos. Coleccionaba con decoraciones, visitaba cuarteles, intervenía en ascensos y nombramientos con una familiaridad que muchos militares encontraban al halagadora y otros encontraban perturbadora.

No era un rey que dejara al ejército hacer su trabajo. Era un rey que quería ser parte del ejército, que necesitaba sentir que la gloria militar también era suya. El problema es que la gloria militar requiere conocimiento técnico, frialdad estratégica y, sobre todo, responsabilidad real sobre las consecuencias.

Y Alfonso tenía el entusiasmo sin la preparación, el interés sin la formación, el deseo de participar sin la voluntad de asumir el coste cuando las cosas salían mal. Cuando Nual se convirtió en desastre, el rey guardó silencio. No convocó ninguna sesión de urgencia en la que asumiera su parte. No salió a explicar al país qué había pasado.

Dejó que el escándalo se fuera sedimentando en la opinión pública mientras él seguía con sus actividades, sus viajes, su imagen de monarca activo y moderno. Pero el Congreso no guardó silencio. Se ordenó una investigación. El general Juan Picasso, sin ninguna relación con el pintor, fue encargado de redactar un expediente que reconstruyera los hechos.

Y el expediente Picaso, como se conoció desde entonces, fue acumulando documentos, testimonios y evidencias que apuntaban cada vez más directamente a la responsabilidad del rey en la decisión de lanzar la operación que terminó en anual. El expediente nunca llegó a debatirse en el Congreso. En septiembre de 1923, el general Primo de Rivera dio su golpe de estado y entre las primeras medidas del nuevo régimen estuvo, no casualmente, el bloqueo definitivo del expediente Picaso.

Los documentos fueron clasificados, las investigaciones suspendidas, el debate parlamentario cancelado. España nunca supo oficialmente cuántos había el rey, pero España intuía y la intuición colectiva, cuando se alimenta de silencio oficial y de miles de muertos sin explicación, se convierte en algo más duro que cualquier veredicto judicial.

Se convierte en certeza moral. Alfonso XI había jugado a ser general y 10,000 hombres habían pagado el precio de ese juego. Eso no se olvida, eso no se perdona. Y eso, aunque tardara 10 años en materializarse, contribuyó a que cuando llegó el momento en que España tuvo que elegir entre él y otra cosa, la balanza cayera del lado de la otra cosa sin demasiada duda.

Los reyes que juegan a hacer lo que no son no pierden solamente credibilidad, pierden legitimidad. Y la legitimidad, una vez perdida, no se recupera con discursos, ni con ceremonias, ni con uniformes llenos de medallas. Se pierde para siempre. silenciosamente, como el nombre de un general que nunca más se pronunció en el palacio.

Hay gestos que definen a un hombre para siempre. No los discursos, no los decretos, no los actos oficiales rodeados de protocolo y fotógrafos, los gestos, los momentos en que alguien en privado o casi en privado decide de qué lado está. Alfonso XI tuvo uno de esos momentos en septiembre de 1923 y eligió mal. La noche del 12 de septiembre, el general Miguel Primo de Rivera proclamó el golpe de estado desde Barcelona.

El manifiesto era directo, casi grosero en su simplicidad. Los políticos habían arruinado España. El sistema parlamentario estaba podrido. Hacía falta un hombre fuerte que pusiera orden. Era exactamente el lenguaje que se había escuchado en Italia 2 años antes cuando Mussolini marchó sobre Roma.

era exactamente el lenguaje que seduciría a media Europa durante las dos décadas siguientes. La Constitución era clara. El rey tenía la obligación de defenderla. tenía ministros, tenía instituciones, tenía la legitimidad formal para ordenar al ejército que neutralizara el golpe. Otros monarcas europeos, en situaciones similares, habían actuado.

Alfonso XI hizo lo contrario, llamó a Primo de Rivera a Madrid, la recibió, le escuchó y le nombró presidente del Consejo de Ministros. No hubo coacción, no hubo pistola sobre la mesa, hubo algo más revelador, acuerdo tácito. Alfonso vio en Primo de Rivera lo que muchos hombres de su clase y su tiempo veían en los hombres fuertes de uniforme, una solución de emergencia, alguien que resolviera el desorden social, silenciar a los sindicatos, cerrara el expediente Picaso y dejar al rey gobernar sin el ruido incómodo de los parlamentos y la

prensa libre. Fue un cálculo y fue un cálculo catastrófico. Primo de Rivera gobernó durante casi 7 años, construyó obras públicas, modernizó algunas infraestructuras, pacificó Marruecos con una efectividad que Alfonso nunca había logrado con sus generales favoritos. Pero también suspendió la Constitución, disolvió el Congreso, persiguió a intelectuales y opositores y gobernó con la arbitrariedad de quien sabe que no tiene que rendir cuentas a nadie porque el rey está de su lado.

Y ahí estaba el problema, porque los españoles no veían una línea entre el dictador y el monarca que lo sostenía. Para la opinión pública, para los republicanos, para los socialistas, para los liberales que habían creído en la monarquía constitucional. Alfonso XI había firmado su propio certificado de defunción política el día que abrió las puertas del palacio a Primo de Rivera.

Read More