Posted in

¡HARFUCH EXTERMINÓ a “EL VIRUS” LIDER de “LOS MALPORTADOS” con SUS MUGROSOS AMIGOS en un BALNEARIO!

Alberto decidió salir de la ciudad de México no porque tuviera miedo, sino porque creyó que había ganado. La guerra interna estaba controlada, sus rivales estaban muertos o silenciados. El territorio era suyo. El viaje a Hidalgo, a Santa Ana, Huaitlalpan, era un respiro de vencedor, no una huida de perseguido. Para coordinarlo, usó su teléfono personal, una llamada al contacto que tenía en el municipio.

La conversación duró 47 segundos. En esos 47 segundos mencionó el destino, la fecha y el lugar donde se hospedaría. Los analistas de inteligencia interceptaron la frecuencia antes de que terminara la llamada. En menos de 6 horas, el Centro Nacional de Inteligencia tenía municipio, fecha y nombre del balneario. El virus creyó que cruzar el límite estatal lo ponía fuera del alcance.

No calculó que el CNY no tiene límites estatales. Ese detalle pequeño cuenta una historia grande, porque ese es el momento en que la partida terminó. Alberto todavía no lo sabía, todavía faltaban 5 días. Todavía se metería al agua, todavía pediría lo que fuera que pidió en ese balneario, todavía sentiría por unas horas que había ganado algo, pero el cerco ya estaba diseñado.

El tercer error lo cometió la mañana del operativo ya en Hidalgo. Con el contacto local y la sensación de invulnerabilidad de quien cree que nadie lo busca fuera de su ciudad, Alberto tomó una decisión que le pareció brillante. En lugar de quedarse en el inmueble donde se hospedaba, un punto fijo, rastreable, potencialmente comprometido, saldría al balneario.

Un lugar público, lleno de familias, lleno de niños y turistas de fin de semana. Nadie buscaba a un criminal buscado entre toboganes y aguas termales. Era la cobertura perfecta. Llevaba 2 horas en el agua cuando los elementos de la SSPC, la SSC y la Fiscalía de la CDMX ya habían acordonado cada salida del centro recreativo de la carretera Tulancingo a Metepec, cada acceso, cada puerta de servicio, cada vereda lateral.

Ese tercer error fue lo último que calculó mal, porque esa madrugada Harfuch ya tenía todo lo que necesitaba. Las 5:47 de la mañana del 18 de junio, en Ciudad de México, los analistas del CNI finalizaron el último paquete de inteligencia y lo enviaron cifrado a los comandantes de operación. El documento tenía cuatro páginas.

La primera era la fotografía de Alberto Rodríguez con sus datos biométricos actualizados. La segunda era el mapa satelital del balneario en Santa Ana, J Talpan, con los accesos marcados en rojo. La tercera era la ventana de operación recomendada entre las 9 y las 11 de la mañana, cuando el objetivo tendría mayor probabilidad de estar en el área de albercas, lejos de su vehículo y sin ruta de escape directa.

La cuarta página era la lista de coordinación interinstitucional, SS, PC Federal, SSC capitalina, Fiscalía de la CEDMX, Policía Estatal de Hidalgo. Cuatro instituciones, una sola orden. Pero había algo que el virus no sabía todavía, que desde las 6:20 de la mañana, un dron de vigilancia de ala fija operado por la SSPC llevaba ya 34 minutos sobrevolando el municipio de Santa Ana, Huaitlalpan, a 800 m de altitud invisible al ojo humano desde tierra, transmitiendo imagen térmica en tiempo real a una pantalla en la que un analista en Ciudad de México podía ver

con precisión de grano fino cada silueta caliente que se movía. dentro del perímetro del balneario. A las 7:15, el dron identificó la silueta térmica que coincidía con el patrón de movimiento registrado en las semanas previas. Complexión, altura, forma de caminar. El analista tecleó dos palabras en el sistema. Confirmado.

Objetivo localizado. La transmisión llegó a los comandantes de campo en menos de 40 segundos. Los elementos comenzaron a moverse sin sirenas, sin luces de emergencia, sin la estética del operativo televisado que avisa al objetivo con 2 minutos de anticipación. Los vehículos de la SSPC entraron al municipio por tres rutas distintas en formación de pinza con comunicación exclusivamente encriptada en canal cerrado.

Ni una sola transmisión en frecuencias abiertas que pudiera ser interceptada por los radios que el virus seguramente tenía monitoreados en Azcapotzalco. La Policía Estatal de Hidalgo cerró los accesos principales a la carretera Tulancingo a Metepec a las 8:43 de la mañana. No con conos plástico ni con cinta amarilla, con unidades posicionadas en neutro, motores encendidos, listas para bloquear cualquier intento de salida vehicular en menos de 8 segundos.

A las 9:02, los elementos de la SSC capitalina tomaron posición en el perímetro exterior del balneario. Dos en la entrada principal, dos en la salida de servicios, uno en la vereda lateral que conectaba con el estacionamiento de tierra, ropa civil, sin logos, sin chalecos visibles. Para cualquier visitante del lugar eran turistas llegando temprano.

Afuera todo parecía normal. Adentro ya era demasiado tarde. El cerco estaba cerrado a las 9:11 de la mañana, 19 minutos antes de que comenzara la acción visible. Alberto Rodríguez seguía en el agua, seguía sin saberlo, seguía siendo en su propia cabeza el hombre que había ganado una guerra en Azcapotzalco y merecía un descanso en aguas termales de Hidalgo.

El dron lo seguía. La imagen térmica lo marcaba en pantalla con un punto de color naranja intenso entre el azul frío del agua. Un punto naranja que no se movía a ningún lado porque ya no había a ningún lado al que moverse. Lo que sigue nadie lo vio venir ni ellos. Las 9:30 de la mañana, luz de junio entrando horizontal entre los árboles, familias con niños en las albercas del fondo, música de radio en algún punto del balneario, el olor a azufre y a cloro mezclados que caracteriza estos lugares en el altiplano hidalguense. Y en medio

de todo eso, un hombre de 31 años flotando boca arriba con los ojos cerrados, sin saber que era el punto más vigilado del estado de Hidalgo. La orden llegó por canal encriptado a las 9:2943 segundos. Una sola palabra, ejecuten. Los primeros 4 minutos fueron de contención. Los elementos en ropa civil que ya estaban dentro del balneario, comenzaron a moverse hacia el perímetro interior con naturalidad estudiada, sin correr, sin gritar, sin sacar armas todavía.

El objetivo era simple, asegurarse de que el virus no tuviera ningún ángulo de salida antes de que supiera que estaba siendo detenido. Dos elementos se posicionaron a 3 m de la orilla de la alberca donde se encontraba  el objetivo. Otros dos cerraron el acceso al vestidor más cercano. El quinto bloqueó visualmente la salida hacia el estacionamiento.

Todo esto en 180 segundos, en silencio, con el ruido del agua y la música de radio como cobertura perfecta. Nadie en el balneario se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Los siguientes 3 minutos fueron de identificación y reducción. Un elemento se acercó al borde de la alberca y pronunció el nombre completo de Alberto Rodríguez con voz baja, firme, sin dramatismo.

Alberto Rodríguez queda detenido, salga del agua con las manos visibles. Hubo un segundo, apenas un segundo en que el tiempo pareció suspenderse. Alberto abrió los ojos, procesó, miró al elemento, miró hacia la derecha, miró hacia la izquierda y en ese movimiento de mirada comprendió lo que tardó semanas en calcular.

Read More