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Shahnaz Pahlavi: La Hija del Último Sha que Su Propia Madre Dejó Atrás

Shahnaz Pahlavi: La Hija del Último Sha que Su Propia Madre Dejó Atrás

Una princesa nacida para reinar sobre un imperio que ya no existe. Un padre que la adoraba hasta la obsesión y que la convirtió en la mujer más envidiada de Oriente. Y un final tan silencioso, tan desgarrador, que hasta hoy nadie teerán se atreve a pronunciar su nombre en voz alta.

 Esta es la historia de la primera hija del último Sha de Persia. Una mujer que lo tuvo todo, que lo perdió todo y que pasó los últimos 40 años de su vida ocultándose del mundo. La verdad sobre Shah Palabi es mucho más oscura de lo que los libros de historia se atrevieron a contar. Diciembre de 1979, París, invierno. Una mujer de 40 años camina sola por una avenida cubierta de nieve.

 Lleva un abrigo oscuro, lentes de sol, a pesar del cielo gris y una bufanda que le cubre la mitad del rostro. Nadie la reconoce, nadie se voltea a verla. Hace apenas unos meses, esta misma mujer era saludada por presidentes, reyes y primeros ministros. Hace apenas unos meses entraba a los salones del palacio de Niabarán y los generales se ponían de pie cuando ella cruzaba la puerta.

 Hace apenas unos meses era la primera hija del sha de Irán, la princesa Shanas Palabi, heredera simbólica de un imperio de 25 siglos. Ahora camina sola. Su padre se está muriendo de cáncer en el exilio. Humillado, rechazado por los mismos países que lo habían adulado durante décadas. Su país ha caído en manos de los Ayatolás.

 Su hermano, el príncipe heredero, vaga por el mundo buscando un refugio que ningún gobierno quiere ofrecerle. Y ella, Shahnas, acaba de recibir una noticia que ningún servicio diplomático osa confirmar. Una noticia que cambiará el resto de su vida. Una noticia que tiene que ver con su propia hija. Se detiene frente a una vitrina. Mira su reflejo. Ya no se reconoce.

 La mujer que había nacido en un palacio bajo 21 cañonazos de honor. La mujer por quien todo un imperio lloró de alegría en octubre de 1940, esa mujer ha desaparecido. En su lugar queda una sombra, una princesa sin trono, sin país, sin padre y pronto, pronto, sin hija. Las luces de los comercios se encienden. París sigue viviendo.

 Los transeútes caminan rápido hacia sus hogares, hacia sus familias, hacia sus cenas de Navidad. Nadie imagina que esa mujer de abrigo oscuro, esa silueta discreta que se aleja en la nieve, es la heredera directa del trono del pavo real. La hija del hombre que durante 37 años gobernó uno de los países más estratégicos del mundo, la sobrina política del rey Faruk de Egipto, la descendiente de reyes, de sultanes, de emperadores.

 Shan entra a un pequeño café cerca de la place de la Concord. Se sienta en un rincón apartado, pide un té. El camarero, un joven estudiante Magrebí, no la reconoce. ¿Por qué iba a reconocerla? En el Irán de sus padres, en Argelia, la imagen del shaaciones. Para la generación joven, los palabi eran símbolos de opresión, nada más.

 El camarero le trae el té con una sonrisa distraída. Le pregunta si quiere azúcar. Ella niega con la cabeza sin hablar. Mira el té humear. Piensa en los jardines de Saadabad en primavera. Piensa en su padre sentado en el patio leyendo los periódicos. Piensa en las tardes de invierno en que le servían té con azafrán en tazas de porcelana china.

Todo ese mundo ha desaparecido. Todo. Y ella está aquí anónima en un café cualquiera, bebiendo un té cualquiera, con un apellido que ahora es una sentencia de muerte. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio, muy al principio. A una noche de otoño en Teerán, cuando todo un país conto la respiración esperando el nacimiento de una niña que nunca debió llevar la carga que le tocó llevar.

 27 de octubre de 1940, el palacio de Saadabad, en las colinas del norte de Teerán. Afuera, los jardines persas se preparan para el invierno. Las hojas de los plátanos centenarios caen lentamente sobre las fuentes de mármol. El viento baja de las montañas del albors y trae consigo el olor a nieve que pronto cubrirá la ciudad.

 Adentro, en una habitación custodiada por oficiales de la guardia imperial, una joven princesa de apenas 19 años grita de dolor. Se llama Fautsia Fuad. Es egipcia. Es hermana del rey Farou y es la esposa del príncipe heredero de Irán, Mohamad reza Pahlavi. Los médicos entran y salen. Las matronas persas, vestidas con túnicas blancas almidonadas, sostienen toallas y vainas.

En el salón contiguo, el padre del príncipe heredero, el fundador de la dinastía, reza Sha Pajlabi, camina de un lado a otro. Es un hombre alto, severo, de mirada dura. Exoficial de Cosacos, llegado al poder por la fuerza apenas 15 años atrás. Espera un varón, necesita un varón. Su dinastía es joven, frágil, apenas tiene 15 años de existencia.

 Un heredero varón asegurará el futuro. Una niña, en cambio, complicará todo. A las pocas horas nace una niña. Le ponen el nombre de Shanas, significa orgullo del rey. Se dice que cuando Ra Sha recibió la noticia, guardó silencio durante varios minutos. Los oficiales a su alrededor contuvieron la respiración. Nadie se atrevía a felicitarlo.

 El viejo soldado miró por la ventana. Luego entró a la habitación donde su nuera sostenía al bebé. Miró a la niña y entonces, según testimonios de la corte, que fueron transmitidos décadas después, pronunció una frase que nadie olvidaría. Esta niña cargará con el peso de todos nosotros. Nadie entendió en ese momento el significado profundo de esas palabras.

 Pensaron que era una frase poética, una muestra de ternura de un hombre conocido por su dureza. Pero hoy, mirando hacia atrás, esa frase parece una profecía, una maldición, un destino escrito desde la cuna. Shan no tenía una semana de nacida y ya era el centro del universo persa. Las salvas de artillería retumbaron en Teerán durante horas.

 Las embajadas extranjeras enviaron telegramas de felicitación. La radio nacional transmitió boletines especiales cada hora. Los bazares de Isfahán, Shiraz y Tabríz colgaron banderas. Los imames de las mezquitas elevaron plegarias por la recién nacida. Para un país que apenas empezaba a modernizarse, el nacimiento de la primera nieta del shade estado.

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