Sobrevive a base de mate amargo y pan duro de las obras de las panaderías. Toca puertas, la rechazan, le dicen que no es bonita, pero Eva tiene un cuero tan grueso que las negativas rebotan. Donde otras lloran al quinto rechazo, ella vuelve al vigésimo. No va a rendirse, porque rendirse es darle la razón a los que le cerraron la puerta en el funeral de su padre.
Eva Duarte no va a ser nadie. Y gracias a la radio, su voz, esa voz gruda y magnética, empieza a meterse en las casas de millones de argentinos. Antes de seguir con el momento que partió la historia en dos, cuéntanos en los comentarios desde dónde nos estás viendo. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Sigamos.
22 de enero de 1944, un terremoto devastador borra del mapa la ciudad de San Juan. 10,000 muertos. El país queda en shock. Se organiza un evento benéfico monumental en el estadio Luna Park. Toda la crema de la sociedad porteña está ahí y en medio de esa multitud ocurre el choque de dos planetas. Eva Duarte, actriz de radio de 24 años con una mirada que perfora paredes y el coronel Juan Domingo Perón, militar ambicioso de 48 años.
Lo que pasó esa noche tiene 1000 versiones, pero lo único cierto es que desde ese enero Eva y Perón no se separaron nunca más hasta que la muerte los arrancó. Y aquí comienza lo que la élite argentina intentó ocultar. Eva no fue una primera dama decorativa. Se convirtió en la estratega en las sombras, en la conexión visceral de Perón con el pueblo.
Eva entiende a los pobres porque huele a ellos. Conoce el sabor metálico del hambre, sabe lo que es ser invisible. Perón, desde la Secretaría de Trabajo, empieza a dar derechos reales, aguinaldo, indemnizaciones, jornadas reguladas. Hoy nos parece lo mínimo, pero en 1944 era una revolución absoluta. Los obreros descubren que alguien los ve y detrás de cada decisión, susurrando al oído, está Eva.
La oligarquía y los militares conservadores entran en pánico y a Eva la odian más que a él. La llaman trepadora, aventurera, prostituta. No soportan que una mujer pobre ilegítima pise sus mármoles. El 9 de octubre de 1945 dan el golpe, arrestan a Perón, lo mandan a la prisión de la isla Martín García. La élite brinda con champán.
El peligro pasó, pero no contaron con Eva. La actriz insignificante se convierte en el operador político más brutal del continente. Sale a la calle, va a los sindicatos, mira a los líderes obreros a los ojos con el pelo revuelto y la voz ronca. Les ruega, les exige que no abandonen a Perón. Usa esa conexión animal que tiene con los de abajo.

17 de octubre de 1945. Cientos de miles marchan a Plaza de Mayo. Vienen de las fábricas, de los mataderos, bajo un sol asesino. Se meten los pies descalzos en las fuentes. La oligarquía los llama bárbaros, cabecitas negras, pero es el grito de un pueblo diciendo, “Existimos y no nos vamos.” Es un sismo político.
Los militares colapsan. Perón es liberado y 5 meses después gana la presidencia. Eva Duarte pasa a ser Eva Perón. La nueva primera dama no iba a organizar test benéficos, iba a declararle la guerra total a la oligarquía. En 1947 se va a Europa en la gira del arcoiris. Cena con Franco, se reúne con el Papa Pío XI.
La niña humillada posa para Time y Paris Match con vestidos de Cristian Dior que valen más de lo que su madre ganó en toda su vida. Pero al volver saca su arma definitiva, la Fundación Eva Perón. Olvídense de la caridad tradicional. Esto era un estado dentro del Estado. Con fondos del gobierno y donaciones sindicales, algunas voluntarias, otras no tanto.
Construye hospitales modernos donde no había farmacias. Más de 1000 escuelas, hogares para madres solteras, la ciudad infantil. distribuye millones de colchones, zapatos, medicamentos, pero lo brutal es cómo lo hace. Eva atiende personalmente jornadas de 18, 20 horas sin sentarse. Gente que jamás había sido vista por un político entra a su oficina.
Eva les toma las manos, besa a los niños. Alguien necesita una cama de hospital urgente, levanta el teléfono y grita una orden. Un viejo necesita zapatos. manda a comprarlos ahí mismo. Sus enemigos dicen que era demagogia, compra devotos con dinero público. Sus millones de fieles dicen que era justicia divina, devolviendo la dignidad robada.
Y tal golpe final impulsa la ley 1310, el voto femenino. Cuando se aprueba les dice a las mujeres llorando en la plaza que esto no es un regalo, es una conquista. Para 1949 es la mujer más poderosa de América Latina, pero detrás de la máquina humana que no duerme, su cuerpo empieza a traicionarla. Desmayos, dolores punzantes, un sangrado que esconde de todos.
No tiene tiempo para estar enferma, pero el cáncer no le importa quién eres. En 1951 le diagnostican cáncer de cuello uterino avanzado. No hay cura, solo morfina y agonía. Y aún así, muriéndose hace algo incomprensible. Más de un millón de personas le exigena. Ella llorando frente al océano humano renuncia. Una renuncia que huele a presión militar, pero que en el fondo es el cuerpo cediendo.
Vota desde su cama de hospital en las primeras elecciones femeninas de la historia y su despedida en el balcón atada con un arnés bajo la ropa porque no puede sostenerse en pie diciendo que preferiría ser Evita antes que la esposa del presidente. Te rompe el alma. A los 33 años, la misma edad de Cristo muere. Si lo que hizo en vida fue increíble, lo que le hacen a su cuerpo después de muerta es la historia más macabra del siglo XX.
Perón contrata al doctor Pedro Ara, que convierte el cuerpo de Evita en una obra de arte inmarcesible. Parece dormida, perfecta, intacta, pero en 1955 un golpe militar de roca a Perón. Los militares le tienen pánico a un cadáver. Saben que es el símbolo definitivo. ¿Qué hacen? Lo roban.
Lo secuestran durante 16 años. Lo esconden en camionetas, detrás de pantallas de cine militar, en oficinas oscuras. Los testimonios ponen los pelos de punta, custodios militares enloqueciendo, hablando con el cadáver, obsesionándose con ella. Para deshacerse de la pesadilla, la sacan de Argentina en secreto y la entierran en Milán, Italia, bajo una lápida falsa, María Magi.
En 1971, finalmente le devuelven el cuerpo a Perón en España. Tras 16 años de sótanos y humillaciones, el cuerpo sigue intacto, pero cuando los forenses lo revisan a fondo, descubren algo espeluznante. Le faltaba la punta de un dedo cortado limpiamente. ¿Quién fue? Un custodio enfermo? ¿Un acto de violencia política para profanar a la santa de los pobres? Nadie lo sabe.