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Imposible que me gane una Mexicana, amenazó la velocista Jamaicana y la Mexicana voló en los 200 mts

 

Imposible que me gane una mexicana. Esas palabras salieron de los labios de Sanise Williams como veneno puro. La velocista jamaicana, con sus seis medallas de oro internacional y ese cuerpo esculpido para romper récords, lo dijo mirando directamente a los ojos de nuestra protagonista. Lo dijo en inglés, pero con un español lo suficientemente claro para que todos en la sala de prensa entendieran el mensaje.

 Lo dijo con desprecio, con esa sonrisa torcida que se te queda grabada en el alma como una quemadura. Y lo peor de todo, lo dijo sabiendo que tenía razón. Porque seamos honestas, ¿cuándo fue la última vez que una mexicana ganó algo importante en atletismo a nivel mundial? ¿Cuándo fue la última vez que el mundo volteó a ver a México en una pista de velocidad y sintió miedo? Nunca.

 La respuesta es nunca. Y Sanise Williams lo sabía. Toda la delegación jamaicana lo sabía. Los periodistas lo sabían. Y lo más doloroso de todo, Alejandra Ramírez también lo sabía. Imagínate estar ahí parada con apenas 24 años representando a tu país en el campeonato mundial de atletismo y escuchar esas palabras.

sentir como el silencio se apodera de la sala, como los flases de las cámaras se multiplican porque todos quieren capturar tu humillación, tu rostro, tu derrota antes de la derrota, porque eso fue lo que pasó en ese momento. Sanise Williams no solo la retó, la destruyó públicamente, le arrancó la dignidad frente al mundo entero y Alejandra no pudo decir nada.

 se quedó ahí parada con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho, con las manos temblando, con esa sensación horrible de querer que la tierra se la tragara, de querer desaparecer, de querer estar en cualquier lugar menos ahí. Pero espera, porque esto no empezó en esa sala de prensa.

 Esta historia comenzó mucho antes, en un lugar que ni siquiera tiene pista de atletismo profesional. Alejandra Ramírez nació en Ecatepec, Estado de México. Y si conoces Ecatepec, ya sabes que la cosa no es fácil. Creció en una colonia donde el sonido de las patrullas era más común que el canto de los pájaros. donde salir a correr por las calles a las 6 de la mañana no era entrenamiento deportivo, era un acto de valentía donde su mamá, doña Lupita, trabajaba 14 horas diarias limpiando casas para poder poner comida en la mesa. Su papá se había ido cuando ella

tenía 7 años. Simplemente un día no regresó. No hubo despedida, no hubo explicación, solo un vacío que Alejandra aprendió a llenar corriendo, porque correr era lo único que la hacía sentir libre, lo único que la hacía olvidar que su casa tenía goteras, que a veces no había para la luz, que sus tenis eran de segunda mano y ya tenían agujeros en las suelas.

 corría en las calles de Ecatepec esquivando coches, esquivando perros, esquivando miradas de tipos que le gritaban cosas asquerosas, pero no le importaba. Cuando corría, ella no era la niña pobre de Ecatepec, era un relámpago, era viento, era invencible. Un día, cuando tenía 15 años, un entrenador de atletismo la vio correr. Se llamaba Rodrigo Mendoza, un exatleta mexicano que nunca llegó a nada importante, pero que tenía buen ojo para el talento.

 La vio pasar corriendo mientras se le esperaba el camión y algo en la forma en que se movía lo dejó paralizado. La velocidad, la técnica natural, la determinación en cada zancada. La siguió literal corrió detrás de ella durante tres cuadras hasta que Alejandra se dio cuenta y se asustó. Pensó que era otro acosador más. Casi le avienta gas pimienta que cargaba en la mochila.

 Pero Rodrigo le explicó entre jadeos porque el señor ya no estaba para esos trotes, que era entrenador, que tenía un gimnasio pequeño, que si quería podía entrenar con él. Gracias. Alejandra pensó que era mentira, que era trampa, que nadie da nada gratis. Pero doña Lupita, que desconfiaba de todo y de todos, investigó, habló con otras mamás, checó referencias y resultó que el señor Rodrigo era legal, medio loco, pero legal.

 Tenía un gimnasio en una bodega rentada con equipamiento que parecía sacado de los años 80, pero era real. Y así empezó todo. Alejandra entrenaba todos los días, antes de la escuela, después de la escuela, los fines de semana. Mientras sus amigas estaban en fiestas o con novios, ella estaba en esa bodega corriendo en una caminadora vieja que hacía un ruido horrible, levantando pesas oxidadas, haciendo ejercicios de técnica una y otra y otra vez, hasta que le sangraban los pies. Y mejoró.

 Dios mío, ¿cómo mejoró? A los 17 años ganó el campeonato estatal. A los 18 el Nacional Juvenil, a los 20 clasificó para los Juegos Panamericanos y quedó en cuarto lugar. Cuarto lugar, tan cerca de la medalla que podía saborearla, pero no fue suficiente. A los 22 años clasificó para sus primeros Juegos Olímpicos. Llegó hasta las semifinales de los 200 m y ahí se quedó eliminada, viendo como otras corrían la final mientras ella lloraba en el vestidor, sintiéndose fracasada, sintiéndose insuficiente, pero no se rindió. siguió entrenando, mejorando,

sacrificando mientras el mundo del atletismo la ignoraba, mientras los patrocinadores no la volteaban a ver, mientras tenía que trabajar medio tiempo en una tienda de deportes para poder pagarse los viajes a las competencias, porque la Federación Mexicana apenas le daba apoyo. Y entonces llegó este momento, el campeonato mundial de atletismo, su última oportunidad de demostrar que era alguien, de demostrar que México podía competir en velocidad, de demostrar que Ecatepec podía producir campeonas.

 Pero ahí estaba Sanise Williams, la favorita absoluta. La mujer que había corrido los 200 m en 21.87 segundos, a solo centésimas del récord mundial. La mujer que no había perdido una carrera en dos años. La mujer que la acababa de humillar frente al mundo entero. Imposible que me gane una mexicana. Esas palabras se reproducían una y otra vez en la cabeza de Alejandra mientras caminaba de regreso a su habitación en la Villa Olímpica.

 Podía sentir las miradas de los otros atletas, algunos con lástima, otros con burla, todo sabiendo lo que acababa de pasar. Cuando llegó a su cuarto, cerró la puerta y finalmente dejó que las lágrimas salieran. Lloró de rabia, de impotencia, de vergüenza, porque una parte de ella, esa parte oscura que todos tenemos, sabía que Sanise tenía razón.

 ¿Qué posibilidades tenía ella contra la mejor velocista del mundo? ¿Qué posibilidades tenía una chica de Ecatepec que entrenaba en una bodega contra alguien que tenía acceso a los mejores entrenadores, los mejores nutriólogos, la mejor tecnología? Su teléfono sonó. Era su mamá. Doña Lupita había visto la conferencia de prensa por internet y estaba furiosa.

 Esa jamaicana desgraciada, le dijo doña Lupita con esa voz que no admitía réplica. ¿Quién se cree que es para hablar así de mi hija? para hablar así de México. Mira, Alejandra, yo no sé nada de carreras ni de atletismo, pero sí sé de humillaciones y esa vieja te humilló. Ahora tienes dos opciones. O te quedas ahí llorando y le das la razón o le demuestras que se equivocó. Tú decides.

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