Más que colaboraciones puntuales, se le dio un seguimiento y campañas diversas que la llevaron a encabezar varias portadas en un periodo relativamente corto, lo que disparó su reconocimiento fuera del círculo estrictamente de moda. En paralelo, empezó a laborar con fotógrafos que marcaban tendencia en la época. En esas sesiones no se limitaba a acatar órdenes técnicas.
Su forma de desenvolverse lograba que el proceso se volviera más dinámico. En lugar de amoldarse a la cámara, muchas veces era la lente la que terminaba siguiéndola a ella. Ese nivel de actividad también se reflejaba en su peso dentro del mercado. Para 1980 ya estaba cobrando ingresos muy elevados para alguien de su edad, mientras enormes casas de moda la sumaban en sus proyectos.
En paralelo, su vida fuera del estudio no pasaba desapercibida. mantenía sus romances sin esconderlos y se movía con naturalidad en un entorno donde eso no era común. Incluso apareció en el video Atomic de Blondie en 1980, lo que potenció su presencia más allá de las pasarelas y revistas. En ese instante, Jia ya no era solo una modelo en ascenso.
Su nombre comenzaba a tener un peso propio dentro de la industria. A inicios de 1980, cuando su carrera se hallaba en uno de sus mejores momentos, sucedió algo que alteraría por completo su estabilidad. Wilhelmina Cooper, la persona que la había descubierto y apoyado desde su llegada a Nueva York, fue diagnosticada con cáncer de pulmón.
El vínculo entre ambas iba más allá de lo profesional. Wilgelmina no solo dirigía su carrera, también ocupaba un lugar cercano en su vida íntima. Ella representaba una figura de apoyo constante en una industria que podía ser impredecible y exigente. Era, en muchos aspectos, el punto de equilibrio que mantenía todo en orden.
El diagnóstico llegó sin margen para pronósticos positivos. La enfermedad avanzó velozmente y en cuestión de semanas la situación se volvió irreversible. El 1 de marzo de 1980, Wilhelmina falleció a los 40 años. La pérdida causó un impacto inmediato en Gia. No se trataba solo de la muerte de su agente, sino de la desaparición de la única persona dentro de ese entorno que realmente lograba entenderla y protegerla.
Con su partida, esa estructura que la apoyaba comenzó a desmoronarse. A partir de ese momento, aunque su carrera seguía activa en apariencia, la firmeza que había logrado hasta entonces empezaría a quebrarse poco a poco. Tras el adiós de Wilhelmina, el cambio en la vida de Gia no fue inmediato en lo profesional, pero sí empezó a sentirse en lo personal.
La falta de esa guía que la mantenía estable dejó un hueco difícil de manejar, especialmente en un ambiente donde el exceso era parte de la rutina. Los sitios que visitaba, como bares nocturnos famosos de la época, no eran solo espacios sociales, eran sitios donde el acceso a narcóticos resultaba constante y normalizado.
Hasta ese instante, J ya tenía contacto con ese tipo de excesos. Pero lo que ocurrió después fue distinto. Lo que inicialmente parecía algo esporádico comenzó a volverse cada vez más frecuente. La intención no era experimentar, sino alejarse de lo que estaba sintiendo. En poco tiempo, ese hábito dejó de ser esporádico y pasó a formar parte de su día a día.
En un principio, ella misma creía poseer cierto dominio sobre la situación. creía que al evitar ciertos métodos de consumo no desarrollaría adicción. Sin embargo, esa ilusión no duró mucho. Con el paso de los meses, esa conexión con los narcóticos se intensificó. Para finales de 1980, el problema ya no era algo que pudiera esconderse o manejar con facilidad.
Lo que había iniciado como una vía para superar una pérdida empezó a golpear directamente su rutina y su estabilidad. Con el paso de los meses, lo que sucedía en su vida personal comenzó a notarse directamente en su trabajo. Las sesiones ya no fluían igual que antes. Gia llegaba en condiciones que entorpecían el ritmo normal de producción, lo cual provocaba tensión en equipos que dependían de tiempos y resultados exactos.
En algunos casos, el problema se volvía evidente. Durante una sesión en el Caribe, por ejemplo, no logró seguir trabajando y terminó colapsando anímicamente en el set. Este tipo de incidentes empezaron a repetirse, dañando su imagen dentro de la industria. También empezaron a verse señales físicas del consumo, algo difícil de esconder en un entorno donde cada rasgo era observado.
Aunque en algunas ocasiones se buscaba disimular, el problema ya era visible para quienes colaboraban con ella. En noviembre de 1980 decidió dejar su antigua agencia Wilhelmina y firmó con Ford Morels buscando un nuevo comienzo. Sin embargo, ese paso no tuvo el resultado esperado. Aen Ford, al notar su comportamiento, tomó la decisión de despedirla de allí en un periodo muy corto.
Su paso por la agencia duró apenas unas semanas. A partir de ese instante, la percepción dentro del medio cambió velozmente. Las oportunidades comenzaron a achicarse y mucha gente con la que había trabajado decidió empezar a alejarse. Ciertas amistades íntimas también se vieron golpeadas, puesto que el entorno se volvía cada vez más difícil de soportar.
En menos de un año, su lugar dentro de la industria pasó de ser sólido a inestable. Lo que antes era una agenda llena de proyectos empezó a transformarse en huecos vacíos. Después del golpe que significó el final de 1980, hubo un intento por recomponer su vida. Gia entró en rehabilitación y se alejó de New York volviendo a Philadelphia.
Durante esa época parecía que lograba tomar distancia de todo lo que la había empujado a ese punto. Con los meses comenzó a buscar una vía para volver al modelaje. Retomó contacto con agencias y conocidos del sector, buscando recuperar una carrera que meses atrás lucía asegurada. Sin embargo, el panorama había cambiado. Aunque su rostro seguía siendo famoso, la confianza en ella no era la misma.
Para finales de 1981, Elite Model Management decidió brindarle una oportunidad. Aún así, esto no representó un retorno completo. Muchos clientes y ciertas firmas evitaban comprometerse, lo cual reducía drásticamente las alternativas laborales. En medio de aquel panorama, uno de los escasos que siguió confiando en ella fue el fotógrafo Francesco Escabulo, quien la retrató para una etapa de Cosmopolitan en abril de 1982.
Aquel proyecto supuso su vuelta más notoria en aquel instante. Cuando las fotografías se lanzaron, la impresión fue diferente a la de tiempos pasados. Continuaba siendo hermosa frente a la lente, pero existía un giro en su mirada, en la manera en que conectaba. no causaba el mismo efecto que había provocado antes.
