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Carmen Salinas: El ASQUEROSO Negocio Que la Obligó a Hacer Reír aMéxico Mientras Enterraba Su Hijos

Carmen Salinas: El ASQUEROSO Negocio Que la Obligó a Hacer Reír aMéxico Mientras Enterraba Su Hijos

Es 19 de abril de 1994. Un departamento en la colonia Roma, en la ciudad de México. Es de tarde, adentro suena un piano. No lo toca nadie. Es una grabación, una pieza para piano que compuso años [música] atrás el mismo muchacho, que en este momento se está muriendo en un sillón junto a la ventana. Hay un amigo suyo, un músico, que le sostiene la mano.

Hay una mujer joven, su esposa, que acaba de poner esa música para que él pueda irse en paz. Y hay una madre, una madre de 54 años que está agachada al lado del sillón, sin moverse, [música] sin hacer ruido, esperando algo que no quiere que llegue. En un momento, un sacerdote que está en el cuarto se acerca a ella. le pone la mano en el hombro y le dice cinco [música] palabras.

Carmelita, ya se fue, Pedrito. A esa mujer agachada en el suelo tú la conoces. La has visto toda tu vida, en la pantalla de tu casa, en tu sala, una noche [música] cualquiera, cuando llegabas cansada y prendías la televisión. Y ahí estaba ella haciéndote reír sin pedirte [música] nada a cambio. La viste de joven en el cine, la viste de grande en las telenovelas, [música] la oíste decir groserías que te daban risa y vergüenza al mismo tiempo y la oíste contar chistes en programas que veías mientras [música] planchabas o

cocinabas. Para millones de personas en México, en Estados Unidos, en media Latinoamérica, esa mujer era una especie de abuela de todos. Se llamaba Carmen Salinas. Y ese día, en ese departamento [música] de la colonia Roma, la abuela favorita de un país entero, acababa de perder a su único [música] hijo varón.

Lo que casi nadie te contó nunca es lo que esa mujer tuvo que hacer después. Porque al día siguiente de enterrar a su hijo, el mundo le [música] pidió que volviera a sonreír y ella sonrió. Durante 27 años más sonrió en escenarios, en foros de grabación, en programas de televisión, frente a millones de personas que se reían con ella sin saber lo que cargaba por dentro.

Hoy vas a [música] entender lo que le costó esa sonrisa y vas a entender algo más grande. Vas a entender cómo funciona un negocio, el del espectáculo, que toma a una mujer rota por dentro y la pone a hacer reír a un país porque el show, como dicen ellos, debe continuar. No por crueldad de una sola persona, por sistema, porque así estaba armado todo y a casi nadie le pareció raro.

Antes de seguir, quiero hacer un trato contigo, igual que lo haría una amiga que se sienta a tu lado a contarte la verdad. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que probablemente nunca te contaron sobre Carmen Salinas. Primero, lo que le costó convertirse en madre, los hijos que perdió antes de tener a uno vivo y el bebé que se le murió en los brazos a los pocos minutos de nacer, al que ella misma alcanzó a bautizar.

Segundo, el error que pudo haber salvado a Pedrito. Una señal que un médico cercano a la familia miró por encima del hombro y los meses que se perdieron mientras el cáncer crecía sin que nadie lo viera. Tercero, el precio exacto que pagó por seguir haciendo [música] reír a México mientras enterraba a su hijo.

Lo que hizo en ese escenario y por qué. [carraspeo] Y cuarto, el deseo que guardó en secreto durante 27 años y el día en que por fin se le cumplió. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Quédate porque la última te va a dejar pensando en alguien de tu propia familia. Pero para entender [música] cómo fue posible que una mujer tuviera que vivir así, partida en dos, tienes [música] que conocer el mundo que la construyó.

Porque esta historia [música] no empieza el día que se le murió el hijo, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión sin imaginar lo que había detrás. Carmen Salinas Lozano nació el 5 de octubre de 1939 en Torreón, Coahuila, en una familia donde el dinero no alcanzaba y donde la muerte de los niños era casi parte del paisaje.

Sus papás, Jorge y Carmen, [música] perdieron a cinco hijos por distintas enfermedades antes de que ella creciera. Cinco. En esa época, en esa clase de familias, enterrar hijos pequeños [música] era algo que pasaba y se seguía adelante porque no quedaba de otra. Guarda ese dato. La muerte de los niños rodeó a Carmen desde antes de que ella [música] supiera caminar y la iba a perseguir toda la vida.

Aquella infancia en Torreón fue dura, una casa con poco dinero, muchos hijos y un matrimonio entre sus padres que no era fácil. Carmen creció rápido, como crecen los niños pobres, mirando trabajar a los grandes y entendiendo desde chica que en esa casa nadie le iba a regalar nada, pero tenía una ventaja que la sacaba [música] del montón.

La gente la volteaba a ver cuando abría la boca, cuando cantaba, cuando imitaba, cuando hacía reír. Y esa niña entendió antes que cualquier otra cosa, que ese don suyo no era solo para divertir, era para comer, era para salir adelante, era su boleto para escapar de esa casa fría y de ese pueblo donde la muerte [música] de los niños era pan de cada día.

En esa casa de Torreón había una cosa que valía más que el dinero, la música. Una de sus hermanas, Josefina, cantaba en una estación de radio de la ciudad y la pequeña Carmen la oía y quería ser como ella. Y resultó que la niña tenía un don, la voz y un oído finísimo de esos que solo se dan una vez entre 1000 para imitar a cualquiera.

A los 10 años ya cantaba e imitaba voces en un programa de radio en Monterrey y la gente del otro lado del aparato se reía y aplaudía sin saber que esa voz salía de una chamaca de Torreón. Por un rato, mientras imitaba, la casa fría se quedaba lejos. En septiembre de 1953, un productor de cine la oyó. Se llamaba Carlos Amador.

Vio a esa [música] muchacha que traía dentro las voces de las grandes cantantes del momento y se la llevó a la capital, al entonces Distrito Federal. El 28 de octubre de ese año, Carmen hizo su debut como artista en el cine ópera de la Ciudad de México. Tenía 14 años y desde ahí ya no paró nunca más. Te voy a pedir que te imagines ese México por un momento, porque es el escenario de toda esta historia.

Era principios de los años 50. México vivía la época dorada de su cine, la época de las grandes estrellas. Los teatros llenos, las marquesinas encendidas en cada [música] esquina del centro y en el corazón de todo eso estaba el teatro Blanquita ahí en pleno centro de la Ciudad de México, lleno todas las noches.

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