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En Madrid Papa declara: acabaré con la impunidad en la Iglesia aunque deba detener a parte del clero

Madrid había dejado de ser una capital europea para convertirse en algo más difícil de nombrar. Una mezcla entre santuario improvisado y escenario de película, con sus avenidas taponadas por vallas de seguridad, sus aceras invadidas por peregrinos que dormían sobre cartones con estampas del Santo Padre.

sus semáforos ignorados por columnas de furgonetas policiales que avanzaban sin sirenas, pero con esa autoridad silenciosa que no necesita ruido para hacerse sentir. Desde el sábado, cuando el avión papal tocó pista en Barajas, la ciudad había entrado en una especie de suspensión del tiempo ordinario. La gente hablaba más bajo en los bares.

Los taxistas ponían la radio religiosa sin que nadie se lo pidiera. Hasta los grafitis de la Gran Vía parecían haberse vuelto más discretos, como si los muros también supieran que había visita. El Papa León XIV no era un hombre acostumbrado a que las ciudades se detuvieran por él. Robert Francis Prebost, porque ese era su nombre antes del cónclave, antes del anillo y del peso blanco que ahora cargaba sobre los hombros, había pasado décadas en las sombras funcionales de la Iglesia, priores, despachos, misiones en Perú, reuniones interminables en Roma, donde

las decisiones importantes siempre las tomaban otros. Era un hombre de trabajo callado, de manos largas y expresión difícil de descifrar, con esa clase de serenidad que no viene del privilegio, sino del esfuerzo sostenido durante mucho tiempo. Cuando lo eligieron en mayo del año anterior, muchos vaticanistas tardaron varios segundos en ubicar su nombre.

Eso pensaba él algunas noches. Era quizás lo más honesto que podía decirse de su trayectoria. Esa tarde, en los salones altos de la nunciatura apostólica de Madrid, una construcción sobria en la calle Pío XI, con jardines que olían a tierra húmeda y silencio burocrático, el Papa terminó la última reunión del día y pidió que lo dejaran solo.

No era una petición inusual. Su equipo ya sabía que necesitaba esos márgenes de quietud, esos pequeños paréntesis donde podía quitarse la sotana con los ojos, aunque el cuerpo siguiera dentro. Tomás, su secretario, cerró la puerta sin hacer ruido. Los escoltas se redistribuyeron en el pasillo con esa discreción entrenada que los hacía casi invisibles.

León XIV se sirvió un vaso de agua. Fue entonces cuando lo vio sobre el escritorio de madera oscura, entre una carpeta con el programa del día siguiente y un ejemplar del evangelio de Lucas que él mismo había dejado ahí esa mañana, había un sobre blanco, sin membrete, sin remitente, sellado con una sola tira de cinta adhesiva transparente, como si quien lo había preparado hubiera querido que pareciera provisional, casi descartable, una nota adhesiva.

amarilla pegada en la esquina, decía en letra manuscrita, pequeña y apretada, para sus ojos únicamente. El Papa lo miró durante varios segundos sin tocarlo. Había aprendido con los años que los sobres no anunciados en los escritorios pontificios casi nunca contenían buenas noticias. En Roma le habían llegado denuncias, amenazas veladas, filtraciones disfrazadas de misericordia.

Una vez, durante su tiempo en la congregación para los obispos, alguien había dejado sobre su silla una fotografía sin palabras, solo una fotografía. Había tardado semanas en dormir bien. Abrió el sobre. Adentro había 28 páginas, impresas no manuscritas. Encabezado en negrita. Tipografía sencilla sin logos institucionales.

Expediente interno. Uso reservado, Conferencia Episcopal española. Debajo una fecha que correspondía a 18 meses atrás y debajo de la fecha una lista de nombres. Eran 17. 17 nombres con sus cargos, sus diócesis, las fechas de las denuncias recibidas, el estado de cada caso, algunos marcados con un símbolo triangular que el documento no explicaba, otros con una anotación escueta archivado sin acción o derivado a instancia interna, o en tres casos que hicieron que el Papa apretara levemente la mandíbula, simplemente sin registro

oficial. Sin registro oficial. León XIV dejó el expediente sobre el escritorio, se levantó, caminó hasta la ventana que daba al jardín y miró hacia afuera sin ver realmente nada. Solo la oscuridad verde de los setos, la luz anaranjada de un farol, una paloma que dormía sobre el alfizar con esa indiferencia perfecta que tienen los animales ante la historia humana.

Pensó en el funcionario que le había entregado el sobre. Lo habían llamado esa tarde cuando el equipo hacía la revisión final del despacho. Un hombre de mediana edad, traje gris, acreditación de la conferencia episcopal colgada al cuello, que había entrado con una carpeta de documentos oficiales para el protocolo del día siguiente.

Nadie le había prestado especial atención porque todo el mundo estaba prestando atención a otra cosa. Mañana habría que buscarlo. Pero el Papa ya sabía, con esa certeza que no viene del razonamiento, sino de algo más antiguo y menos explicable, que el hombre no estaría. Volvió al escritorio, leyó el expediente completo desde la primera hasta la última página, lo leyó dos veces.

En la segunda lectura subrayó mentalmente tres nombres que reconoció, dos obispos auxiliares y un vicario de Sona, a quien había saludado esa misma mañana en el palacio real. Un hombre de sonrisa cálida y apretón de manos firme, que le había dicho, mirándolo a los ojos, que estaba a su completa disposición para lo que necesitara.

Cuando terminó, guardó el expediente dentro del evangelio de Lucas. No era simbolismo, era el único lugar donde nadie buscaría. Tomás Alcántara llevaba 11 años siendo la sombra más cercana al poder eclesiástico, sin pertenecer del todo a él. No era obispo, no era cardenal, era algo más difícil de catalogar dentro de la jerarquía romana.

Un sacerdote de 53 años nacido en Guadalajara, la española, no la mexicana, precisión que hacía siempre antes de que alguien preguntara. con un doctorado en teología moral por la Universidad Gregoriana y una capacidad casi clínica para anticipar lo que los superiores necesitaban antes de que ellos mismos lo supieran. Había servido en Lima durante 7 años.

En los 90, cuando la Iglesia latinoamericana todavía digería los coletazos de la teología de la liberación y los obispos conservadores construían fortalezas doctrinales con la misma urgencia con que los progresistas levantaban comunidades de base. Tomás había navegado ese territorio sin declarar lealtad explícita a ningún bando, lo cual en ese contexto era en sí mismo una declaración política.

Lo habían asignado a león 14 tres semanas después del cónclave. No había pedido el puesto, tampoco lo había rechazado. Esa noche, mientras el Papa dormía o intentaba dormir, porque Tomás conocía bien ese silencio particular que venía del despacho cuando el Santo Padre estaba en realidad muy despierto, el secretario revisaba los documentos del día siguiente en su habitación pequeña al final del corredor.

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