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Emperatriz Masako: Rechazó 5 Veces al Heredero del Imperio… y Perdió 20 Años de su Vida

Alguien que hubiera pagado también un precio personal enorme por sus propias ambiciones. Alguien, en definitiva, que no fuera una mujer japonesa tradicional, porque las mujeres japonesas tradicionales, según la experiencia que Narujito había observado en su propia madre desde los 2 años, no sobrevivían intactas dentro del palacio imperial.

Oxford, Inglaterra, otoño de 1983. En 1983, a los 23 años, Narujito fue enviado por el gobierno japonés a estudiar historia en el Merton College de la Universidad de Oxford durante 2 años. Era la primera vez en su vida que el príncipe heredero del imperio del Japón vivía fuera de los muros del palacio durante un periodo prolongado. La primera vez que podía salir a comprar solo, caminar por una ciudad sin escolta visible.

sentarse en un café con personas que no sabían quién era él. Hay un detalle particular de los años de Oxford de Narujito que pocas biografías japonesas cuentan completamente. Según los testimonios de varios de sus compañeros de estudio en Merton College, publicados décadas después en una revista académica británica especializada en historia diplomática en 2008, Narujito durante sus dos años en Oxford desarrolló una obsesión intelectual muy específica.

pasaba horas enteras en la biblioteca del college leyendo no sobre historia japonesa, que era su especialidad oficial, sino sobre los movimientos feministas occidentales del siglo XX, sobre la evolución del rol de la mujer en las democracias europeas entre 1945 y 1980, sobre las consecuencias psicológicas de la discriminación institucional en entornos laborales cerrados.

Sus compañeros británicos, según el testimonio, no entendían completamente por qué el príncipe heredero del imperio más tradicional de Asia dedicaba tanto tiempo libre a leer sobre feminismo occidental. Pero según uno de sus compañeros más cercanos de esa época, que lo contaría décadas después en una entrevista anónima publicada en una revista de investigación periodística japonesa en 2014, Narujito le había explicado una tarde la razón real.

Le había dicho en inglés con una sencillez que el compañero no esperaba de un príncipe heredero imperial. En mi familia, las mujeres que entran al palacio mueren por dentro antes de cumplir 10 años dentro de él. Yo quiero entender por qué ocurre eso y quiero encontrar una manera de que no vuelva a ocurrir. Esa frase dicha por un príncipe heredero japonés de 23 años en una biblioteca de Oxford en 1983, una década antes de su matrimonio con Masaco, es quizás la pieza más importante para entender la verdadera naturaleza de la relación entre los dos.

Narujito no buscaba una esposa decorativa. Narujito buscaba desde mucho antes de conocer a Masaco, a una mujer que pudiera sobrevivir a lo que el palacio imperial hacía sistemáticamente con las mujeres que entraban en él. Y cuando la vio por primera vez en noviembre de 1986 en aquella recepción oficial de Tokio, entendió inmediatamente que Masaco Guada era exactamente esa mujer, la única mujer en todo el Japón que quizás podría sobrevivir.

El problema que Naruito no supo calcular en 1986, el error de evaluación que, según los biógrafos serios, define toda la tragedia posterior de Maso, fue este. Confundió la fortaleza intelectual de Masaco con resistencia emocional. creyó que una mujer capaz de graduarse con mención Magna Kum Laude en Harvard y dominar seis idiomas sería también capaz de soportar 20 años de presión institucional brutal sin quebrarse psicológicamente y en esa confusión cometió el error más costoso de su vida.

No el error de perseguirla durante 6 años, el error de creer que amarla era suficiente para protegerla de lo que el palacio le iba a hacer. Tokio, Ministerio de Asuntos Exteriores japonés, 1988. Cuando el príncipe Naruito hizo su primera propuesta matrimonial oficial a Masaco Wada en 1988 y Masaco la rechazó con una claridad absoluta, algo ocurrió en la psicología del príncipe heredero que pocas biografías han analizado con suficiente profundidad.

Naruito no se rindió, no buscó otra candidata, como habría sido lo lógico y lo esperado para un príncipe heredero japonés de 28 años, con el peso dinástico de 2600 años de historia sobre sus hombros. Se obsesionó más. Hay un detalle particular de los 4 años de correspondencia epistolar que Naruito mantuvo con Masaco entre 1988 y 1992, que ninguna biografía oficial japonesa ha recogido completamente, según los testimonios filtrados décadas después por una de las asistentes personales del príncipe heredero durante

esa época, publicados en una entrevista anónima en una revista japonesa especializada en asuntos imperiales En 2017, Naruito escribía cada carta a Masaco sin asistentes, sin secretarios, sin ayuda de ningún tipo. Las escribía él mismo a mano en japonés formal, durante las noches en su despacho privado del palacio.

Y según la asistente que entregaba las cartas selladas al servicio de mensajería imperial cada semana, el príncipe heredero en algunas ocasiones había reescrito la misma carta hasta cinco veces. antes de quedar satisfecho con el resultado. No porque las cartas fueran diplomáticamente incorrectas, sino porque Naruito quería que cada carta fuera lo suficientemente honesta como para convencer a una diplomática de Harvard de que la vida dentro del palacio imperial podía ser diferente a lo que había sido para todas las mujeres

que lo habían habitado antes. En esas cartas, según los fragmentos que trascendieron parcialmente décadas después a través de testimonios indirectos, Naruito no le prometía a Masaco una vida de lujo imperial. le prometía algo mucho más específico y mucho más difícil de cumplir. Le prometía que dentro del palacio, entre los dos, construirían un espacio de libertad que el cuna no podría controlar completamente.

Le prometía que sus idiomas, su formación diplomática, su manera de entender el mundo, no serían aplastados por el protocolo, sino utilizados para modernizar la institución. le prometía, en definitiva, que él sería diferente a todos los emperadores japoneses que lo habían precedido. Y Masaco, después de 4 años de leer esas cartas escritas a mano por un príncipe que la asistente personal describía como un hombre visiblemente enamorado, terminó creyéndole.

Ese momento de creencia fue, según los biógrafos serios, tanto el acto de amor más genuino de la historia de Masaco o Guada como el error más devastador de su vida adulta. Tokio, Palacio Imperial, junio de 1993. Los primeros meses. Los primeros meses del matrimonio entre Narujito y Masaco dentro del Palacio imperial de Tokio fueron, según los testimonios cercanos a ambos, radicalmente diferentes a lo que cualquier observador externo habría podido imaginar al ver las fotografías oficiales de la pareja imperial.

Hay una escena particular de los primeros meses de convivencia entre Narujito y Masaco en el palacio, que pocas biografías japonesas cuentan completamente. Según el testimonio de una de las damas de honor más antiguas de Masaco, que estuvo presente durante los primeros dos años del matrimonio y que concedió una entrevista anónima publicada en una influyente revista japonesa de análisis político en 2019.

Durante los primeros meses, Narujito intentó cumplir con una determinación extraordinaria cada una de las promesas que había hecho Aasaco en sus cartas durante los 4 años anteriores. Cada noche, según la dama de honor, después de que los funcionarios del Cunaiicho se retiraban de las áreas privadas del palacio, Narujito llegaba al despacho personal de Masaco con libros, con periódicos internacionales, con informes diplomáticos del Ministerio de Asuntos Exteriores, se sentaba con ella durante horas y le explicaba detalladamente los asuntos de estado que

él manejaba oficialmente, pidiéndole su opinión, escuchando sus análisis. tratando de que Masaco sintiera que su formación intelectual seguía siendo útil y relevante dentro de los muros del palacio. Según la dama de honor, esos primeros meses fueron los únicos meses de la vida de Masaco dentro del palacio en que la antigua diplomática parecía genuinamente comprometida con su nueva vida.

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