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Imposible que una mexicana me gane, gritó la velocista británica y la mexicana voló en los 200 mts

Imposible que una mexicana me gane, gritó la velocista británica y la mexicana voló en los 200 mts

Una mexicana no tiene la genética para ganarme. Es imposible. Esas palabras se escucharon por todo el estadio de calentamiento. No fueron susurradas. No fueron dichas en privado. La británica Jessica Morgan las gritó deliberadamente, lo suficientemente alto para que todas las atletas presentes las escucharan, especialmente una, Ana Sofía Ramírez, la velocista mexicana de 25 años que en ese momento estaba haciendo sus ejercicios de estiramiento a apenas 10 metros de distancia.

Imagínate estar ahí en el momento más importante de tu vida, preparándote para la final olímpica de los 200 m planos, la carrera más explosiva, más técnica, más despiadada del atletismo mundial y escuchar a tu rival principal, la favorita de todos, la que tiene los mejores tiempos del año, la que viene de una dinastía de velocistas británicos.

Decir en voz alta que es genéticamente imposible que le ganes, no por tu técnica, no por tu entrenamiento, sino por tu ADN, por tu nacionalidad, por quién eres. Ahora imagínate que tienes que correr contra ella en menos de dos horas, que todo el mundo la apoya a ella, que los comentaristas internacionales ya escribieron sus titulares declarando la campeona, que las apuestas están todas a su favor y que tú, la mexicana que creció corriendo en las calles de tierra de un pueblo en Veracruz, la que entrenó con tenis rotos durante años, la que

tuvo que trabajar de mesera por las noches para pagar sus competencias, eres vista como la extra en la película de otra persona, la que solo está ahí para llenar el carril cuatro. mientras las verdaderas estrellas pelean por el oro. ¿Cómo se siente eso? ¿Cómo se siente que te reduzcan a un estereotipo, a una estadística, a una imposibilidad genética? Ana Sofía lo sintió ese día de agosto en los Juegos Olímpicos de París 2024.

 lo sintió como un puñetazo directo al estómago. Como todas esas veces en su infancia, cuando le dijeron que el atletismo no era para niñas pobres de pueblo, que mejor se dedicara a otra cosa, que sus piernas eran demasiado cortas para ser velocista de élite, que México nunca ha tenido tradición en velocidad pura. Lo sintió como todas las puertas que se le cerraron, todos los entrenadores que no quisieron trabajar con ella porque no tenía el físico, todos los patrocinadores que invirtieron en otros atletas porque ella no se veía como velocista internacional.

Y lo peor de todo es que por un segundo, por un maldito segundo, mientras escuchaba las palabras de Jessica Morgan resonando en el estadio de calentamiento, Ana Sofía casi les creyó. Porque cuando escuchas algo suficientes veces, cuando el mundo entero parece estar de acuerdo en que no puedes hacer algo, empieza a filtrarse en tu mente como veneno lento.

 Empieza a crear dudas donde antes había certeza. Empieza a hacerte cuestionar todo lo que creías saber sobre ti misma. Esta es la historia que casi nadie conoce completa. La historia de como una velocista mexicana enfrentó no solo a la mejor corredora del mundo, sino a un sistema entero diseñado para decirle que no pertenecía ahí.

 Es la historia de racismo disfrazado de ciencia deportiva, de clasismo disfrazado de estándares internacionales y de como una mujer mexicana decidió que ya había escuchado suficientes veces la palabra imposible. Lo que pasó en esa pista de París no fue solo una carrera, fue una declaración, fue una revolución de 10.3 segundos.

 Y si te quedas conmigo hasta el final, te voy a contar exactamente cómo sucedió. Minuto a minuto, segundo a segundo, zancada a zancada. Pero primero necesitas entender de dónde viene Ana Sofía, porque su historia no empieza en París. Empieza 25 años antes en un pueblo llamado Cotaxtla, Veracruz. Un lugar tan pequeño que probablemente nunca has escuchado de él.

 Un lugar donde las calles son de tierra, donde los perros callejeros son más numerosos que los autos, donde la electricidad a veces se va por días y nadie se sorprende. Es ahí donde nació Ana Sofía Ramírez en 1999, la tercera de cinco hermanos en una familia que vivía al día, donde su papá era campesino y su mamá vendía tamales en el mercado local.

No había pista de atletismo en Cotaxtla, no había entrenadores certificados, no había programas deportivos gubernamentales. Lo que había eran campos abiertos, caminos de tierra y una niña que descubrió a los 7 años que cuando corría algo mágico pasaba. El mundo se volvía más simple, los problemas desaparecían, la pobreza no podía alcanzarla.

 Por 20, 30 segundos, mientras sus piernas volaban sobre la tierra y el viento golpeaba su cara, Ana Sofía era libre. Su talento era obvio desde el principio. En las carreras informales que organizaban en la primaria, Ana Sofía le ganaba a todos, niños y niñas, sin importar si eran dos o tres años mayores que ella.

 Corría descalsa porque sus zapatos estaban tan desgastados que era mejor no usarlos. Corría sin técnica, sin entrenamiento, solo con pura intuición y eseedo natural que algunos atletas tienen y otros pasan toda una vida tratando de desarrollar. Cuando tenía 9 años, un maestro de educación física de otra escuela vino a Cotaxtla para un torneo interescolar.

Vio a Ana Sofía correr los 100 met en la categoría infantil y casi se cae de espaldas. La niña descalsa con un sor deportivo que era tres tallas más grande y una playera desteñida, había corrido esa distancia en un tiempo que la pondría en competencia nacional. Sin entrenamiento, sin técnica, sin zapatos deportivos, era talento puro en bruto.

El maestro, que se llamaba Roberto Delgado y que había sido corredor semiprofesional en su juventud antes de una lesión que terminó su carrera, buscó a la familia de Ana Sofía después de la competencia. encontró su casa de blog sin terminar con piso de tierra donde la familia entera dormía en dos cuartos. Habló con sus papás.

“Su hija tiene un don”, les dijo. Yo nunca he visto a alguien tan joven correr así de rápido, naturalmente. Con el entrenamiento correcto, podría ser alguien, alguien importante, competir en olimpiadas juveniles, tal vez más. El papá de Ana Sofía, don Miguel, era un hombre callado, endurecido por años de trabajar bajo el sol inclemente de Veracruz.

 Miró al maestro con escepticismo. ¿Y eso de qué no sirve? No se puede comer medallas. La niña tiene que ayudar aquí. Pero la mamá de Ana Sofía, doña Carmen, una mujer pequeña, pero con una voluntad de acero, pensaba diferente. Si mi hija tiene un don, tiene que usarlo. Dios no da talentos para desperdiciarlos. Se volteó hacia el maestro Delgado.

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