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¡IMPACTANTE! Salen a la Luz las Leyes Secretas del Vaticano que Nunca se Publicaron

350 millones de euros. Quiero que empecemos por esa cifra, hermanos, porque casi nadie es capaz de imaginarla de verdad. No es una cantidad de dinero, es una abstracción, es un número tan grande que el cerebro humano se resbala sobre él sin agarrarse a nada. Así que déjenme aterrizarlo. Con 350 m000000es de euros se podrían construir cientos de escuelas.

Se podrían alimentar pueblos enteros durante años. Se podría dar techo, comida y medicina a decenas de miles de personas que esta noche se acuestan sin nada de eso. Es la clase de dinero que cambia el destino de naciones pequeñas. Y según el propio tribunal del Vaticano, una parte de ese dinero, dinero que según la sentencia estaba destinado a obras de caridad, se evaporó en una operación financiera que terminó en los tribunales más altos de la Santa Sede.

En dos días, el 22 de junio, esa historia vuelve a abrirse, vuelve a juicio. Y el hombre en el centro de todo es un cardenal, no un cura de pueblo, no un administrador menor, un cardenal que llegó a ser uno de los hombres más poderosos del Vaticano, el más alto funcionario de la Iglesia que jamás se ha sentado en el banquillo de un tribunal penal vaticano en la historia moderna.

Soy el padre Samuel y esta noche no les vengo a contar un sermón, esta noche les vengo a contar una investigación. Vamos a seguir el dinero, hermanos, paso a paso, persona a persona, transferencia a transferencia. Vamos a reconstruir, como lo haría un detective con un tablero lleno de fotografías y de hilos rojos, como 350 millones de euros de la Iglesia Católica terminaron en un almacén abandonado en Londres, en manos de financieros que se hicieron ricos, en una trama de comisiones, préstamos y extorsiones que terminó costándole a la Santa Sede,

según su propia sentencia de primera instancia. una pérdida de al menos 139 millones de euros. Pero les advierto una cosa desde el principio, esta historia tiene dos escándalos, no uno. El primero es el robo. El segundo, El segundo es cómo el Vaticano intentó perseguir ese robo. Y ese segundo escándalo, el escándalo detrás del escándalo, es el que ha hecho que todo el caso se tambalee, el que ha puesto en duda si el juicio entero fue justo y el que nos obliga a hacernos una pregunta incómoda sobre la justicia misma.

La pregunta de si se puede limpiar la suciedad con las manos sucias. Quédense conmigo hasta el final porque solo al final se entiende el conjunto. Y si esta clase de periodismo hecho desde la fe, pero sin miedo, empecemos por el principio, empecemos por el edificio. Para entender este caso, hermanos, tienen que viajar conmigo a Londres, a un barrio elegante, de los más caros del mundo, llamado Chelsea, y en concreto a una calle llamada Slone Avenue.

Allí, en esa calle hay un edificio. En su origen era un almacén, un viejo depósito que había pertenecido a los famosos almacenes Harolds, esa tienda de lujo legendaria de Londres. Un edificio grande, sólido, sin gracia, un almacén. Pero en el mundo de las finanzas inmobiliarias, un almacén en uno de los barrios más caros del planeta no es un almacén, es una mina de oro en potencia.

Porque si consigues los permisos para convertirlo en apartamentos de lujo, ese edificio feo y vacío se transforma en decenas de viviendas que valen una fortuna cada una. Compras barato el almacén, inviertes en la reforma, peleas los permisos y al final vendes apartamentos de lujo por mucho más de lo que pusiste.

Sobre el papel es un negocio brillante y aquí es donde entra la iglesia. Porque, hermanos, y esto sorprende a mucha gente, la Secretaría de Estado del Vaticano, el corazón administrativo de la Santa Sede, no guarda su dinero debajo de un colchón, lo invierte. Siempre lo ha hecho. Tiene fondos, reservas, capital que mueve para que produzca rendimientos y con esos rendimientos en teoría se financian las obras de la iglesia.

Eso en sí mismo no es pecado. Una familia prudente que invierte sus ahorros para el futuro no hace nada malo. El problema no es invertir. El problema es en qué, con quién y con cuánto cuidado. Y aquí comienza el primer error. Porque el dinero que la Secretaría de Estado iba a usar para esta inversión no era un dinero cualquiera.

Según la investigación, una parte sustancial provino de los fondos reservados de la Secretaría de Estado y dentro de esos fondos había donaciones de los fieles. Estamos hablando en parte del óvolo de San Pedro, las ofrendas que católicos de todo el mundo, gente humilde en su mayoría, dan cada año pensando que su dinero irá a los pobres, a las misiones, a la caridad del Papa.

Ese es el dinero que entró en juego, no el dinero de un banco anónimo, el dinero de la canasta de la colecta. La operación empezó alrededor de los años 2013 y 2014, y el hombre que según la sentencia de primera instancia la puso en marcha tenía un cargo con un nombre extraño que necesito explicarles porque es la llave de todo el poder en esta historia.

El cargo se llama sustituto. En italiano sostituto. Es el número dos de la Secretaría de Estado, por debajo solo del secretario de Estado, que es como el primer ministro del Vaticano. El sustituto es el hombre que maneja los asuntos internos, el día a día, el dinero, las decisiones que no llegan a los titulares, pero que mueven la maquinaria entera de la Santa Sede.

Es uno de los puestos más poderosos de toda la Iglesia Católica, aunque casi nadie fuera del Vaticano haya oído hablar de él. Y el hombre que ocupaba ese cargo entre 2011 y 2018 era el cardenal Angelo Bechu. Recuerden ese nombre porque vamos a seguirlo durante toda la hora. Angelo Bechu, sardo de la isla de Serdeña. Un hombre que escaló hasta lo más alto de la curia romana.

un hombre que fue asesor cercano del Papa Francisco, un hombre del que en su momento se llegó a hablar como un posible futuro papa. Él mismo llegó tan arriba como casi se puede llegar en la iglesia sin ser el pontífice. Según la sentencia de primera instancia, fue Bechu quien dispuso la adquisición de la propiedad de Slone Avenue cuando era sustituto.

Y para hacerlo, según ese mismo fallo, utilizó una tercera parte de los fondos reservados de la Secretaría de Estado, alrededor de 200 millones de dólares pagados entre 2013 y 2014 a petición suya 200 m000ones. para entrar en un fondo de inversión gestionado por un financiero italiano y comprar a través de ese fondo casi la mitad de las participaciones de aquel edificio londinense, 200 millones de dólares de la iglesia puestos en manos de un financiero privado para apostar por un almacén en Londres. ¿Y quién era ese

financiero? en manos de quién acababa de poner el Vaticano una fortuna sacada en parte de las ofrendas de los fieles. Ahí, hermanos, es donde esta historia se llena de personajes y ninguno de ellos, se los aseguro, es lo que parece a primera vista. El primer nombre que tienen que conocer es el de Rafaele Minchione.

Minchione es un financiero italiano, un hombre de las altas finanzas de Londres y de Luxemburgo, de esos que se mueven entre fondos de inversión con nombres elegantes y oficinas con vistas. Su empresa se llamaba Atena Capital y fue el fondo gestionado por Minchione el que recibió aquellos primeros 200 millones del Vaticano.

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