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Cómo Patton descubrió 50 placas americanas en el cuello de un soldado alemán

Cómo Patton descubrió 50 placas americanas en el cuello de un soldado alemán

12 de abril de 1945, las 10:40 de la mañana, un campo de procesamiento de prisioneros a las afueras de Frankfurt, Alemania. El aire olía a diésel quemado, a sudor viejo y a derrota. La Segunda Guerra Mundial agonizaba. El tercer Rik se desmoronaba pedazo por pedazo. Cada amanecer, miles de soldados alemanes de la Vermacht y de la Waffen SS levantaban las manos y se rendían ante las tropas americanas que avanzaban sobre el corazón de Alemania nazi. El general George S.

 Paton caminaba entre las filas de prisioneros, botas lustradas, casco con las cuatro estrellas, la pistola con cachas de marfil colgando del cinturón. Inspeccionaba uno de los muchos centros de procesamiento que el tercer ejército había instalado para clasificar a los soldados nazis capturados durante el colapso final del régimen de Hitler.

 Era una mañana rutinaria hasta que dejó de serlo. Algo brilló, un destello metálico bajo el sol pálido de la primavera alemana. Paton se detuvo en seco, entrecerró los ojos. En la fila de prisioneros, parado entre decenas de hombres con el uniforme negro de las SS, había un soldado distinto, no por su rostro, no por su rango, por lo que llevaba colgado del cuello, una cadena pesada, larga, y de ella colgaban placas de identificación, lo que los soldados americanos llamaban doc tags.

 No una, no dos, decenas. Paton avanzó tres pasos, las contó 50. 50 placas americanas [música] colgando del cuello de un oficial nazi como si fueran un collar de trofeos. 50 nombres grabados en metal, 50 números de servicio, 50 [música] familias en algún pueblo de Estados Unidos que jamás volverían a abrazar a sus hijos.

 Y aquel hombre las [música] llevaba puestas, orgulloso, como un cazador exhibe los colmillos de los animales que mató. Antes de continuar con esta historia, déjame decirte algo. En este canal Tácticas Desconocidas contamos los episodios más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, [música] los crímenes de guerra nazis, las decisiones de generales como Paton, Eisenheruer y Bradley, las tácticas militares que el ejército de los Estados Unidos usó contra el Reich de Adolf Hitler.

 Historias reales del Frente Occidental, del Frente Oriental, [música] de las SS, de la Gestapo y de los hombres comunes que pelearon en la batalla más grande de la historia. Si te gustan las historias verídicas de la Segunda Guerra, este canal es para ti. Ahora regresemos a Frankfurt, a ese campo de procesamiento, a ese collar. El centro estaba bajo el mando del capitán James Mitchell, originario de Columbus, Ohio.

 32 años, 3 meses procesando prisioneros alemanes. Mitchell había visto de todo. Había visto adolescentes de 15 años llorando dentro de uniformes que les quedaban grandes, reclutados a la fuerza en los últimos meses de la guerra. Había visto ancianos de la Volksturm con escopetas oxidadas. Había visto oficiales de la Vermac aliviados de que todo terminara.

 Y había visto fanáticos de la CSS que escupían al suelo cuando un americano los miraba a los ojos. Pero nunca, en tres meses, había visto algo como ese collar. Paton lo llamó con un gesto seco. Mitchell se acercó corriendo. Se cuadró frente al general. Paton no dijo hola, no dijo buen día, solo señaló con la barbilla hacia el prisionero.

Capitán, ¿cuánto tiempo lleva ese hombre en mi campo? La voz de Paton era baja, demasiado baja. Mitchell sabía lo que significaba ese tono. Lo había escuchado con tar de oficiales que terminaron degradados por menos. 10 minutos. Mi general acaba de llegar en el último convoy y nadie, nadie notó lo que tiene en el cuello.

 Mitchell tragó saliva, volteó hacia [música] sus dos cabos de procesamiento. Dos muchachos de Pennsylvania, no mayores de 20 años, estaban concentrados en lo de siempre: recoger armas, anotar nombres en formularios, sellar documentos con la máquina de escribir Underwood que tenían sobre la mesa de campaña. Nadie había levantado la vista hasta el cuello del prisionero. “Mi general, no lo vimos.

 Le pido disculpas.” Paton no contestó. Se quedó mirando al SS. El SS le devolvió la mirada y ahí, en ese instante, ocurrió algo que Mitaría hasta el día de su muerte. El alemán no bajó la vista, no tembló, no mostró miedo, sonrió una sonrisa pequeña, fría, casi imperceptible, como si le divirtiera estar siendo observado por el general [música] más temido del ejército de los Estados Unidos.

 Paton volvió a hablar sin apartar los ojos del prisionero. Capitán [música] Mitell, tráigame al teniente Harper y tráigame a alguien que hable alemán ahora. Mitchell salió [música] disparado. En menos de 2 minutos volvió acompañado por dos hombres. El teniente William Harper, oficial de inteligencia del campo, originario de Baltimore, y el soldado Anton Weber, traductor germano americano, nacido en Berlín en 1920, emigrado a Nueva York con su familia en 1938, [música] cuando los nazis quemaron el negocio de su padre.

Weber miró el collar, miró al SS y por primera vez en 3 años de servicio, [música] sintió que las piernas le fallaban. En el papel, este criminal de guerra debía desaparecer entre miles de prisioneros [música] idénticos. El sistema estaba colapsado, los archivos estaban incompletos. [música] La burocracia militar americana procesaba a más de 100,000 alemanes por semana en abril de 1945.

[música] Klaus Richer, ese era su nombre, contaba con esa confusión, contaba con el caos. Lo que no contaba era con que George Patton viera el reflejo del metal a las 10:40 de la mañana. El teniente Harper se acercó al collar. No lo tocó. solo lo miró. Las placas estaban desgastadas. Algunas tenían manchas oscuras secas en los bordes. Sangre vieja probablemente.

Cada placa de identificación americana de la Segunda Guerra Mundial llevaba grabada la misma información. Apellido, nombre, número de servicio, tipo sanguíneo, religión. T para protestante, C para católico, H para judío. Harper podía leer los nombres sin esforzarse. Estaban a la altura de su rostro. Soldado raso Michael Johnson, sargento Robert Williams, cabo Thomas Anderson, soldado raso David Murphy, nombres americanos, muchachos de Texas, de Massachusetts, de Iowa, de California.

Hijos de granjeros, de obreros, de inmigrantes. 50 historias colgando de la cadena de un oficial de las SS. Harper susurró en voz baja sin darse cuenta de que lo decía en voz alta. Dios mío, 50. Paton se volteó hacia el traductor. Su voz seguía baja, controlada, pero sabía que detrás de esa calma había una furia helada.

Soldado Weber, pregúntele su nombre, su rango, su unidad. Béber dio un paso adelante. Habló en alemán. La lengua de su infancia, la misma lengua que su padre había dejado de hablar después de huir de Berlín en 1938. El prisionero contestó sin titubear, casi con desdén. Weber tradujo, “Mi general, dice llamarse Klaus Richter, SS Hubsturfer, equivalente a capitán.

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