Hubo un hombre que nació príncipe, vivió como sombra y murió sin corona. Un hombre que renunció a su país, a su apellido, a su religión, a su carrera y a casi todo lo que alguna vez llamó propio. Un hombre que caminó durante más de 70 años exactamente un paso detrás de la mujer más poderosa del planeta, sin que ese paso lo convirtiera jamás en el primero.
Bienvenidos. Y antes de continuar, les pido que escriban en los comentarios algo que creen haber renunciado alguna vez por amor o por deber. Sus respuestas podrían sorprenderlos. El mundo conoció a Felipe de Edimburgo como el esposo de la reina Isabel II. El consorte, el duque, ese señor serio que caminaba detrás.
Pero detrás de ese título discreto y de esa expresión firme se ocultaba una historia que pocos se detuvieron a entender del todo. Una historia que comenzó no en Los Palacios de Londres, sino en una pequeña isla griega del Mar Jónico, en el verano de 1921, cuando nadie imaginaba siquiera lo que aquel niño llegaría a ser, ni todo lo que tendría que entregar para hacerlo.
Felipe nació el 10 de junio de ese año en la villa Monrepos en Corfú. Era el quinto hijo y el único varón del príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca y de la princesa Alicia de Btenberg. Porña paterna era del rey Jorge Io de Grecia, cuya familia era en realidad de origen danés.
Por línea materna era bisnieto de la reina Victoria del Reino Unido a través de su madre, la princesa Alicia del Reino Unido. En sus venas corría la sangre de casi cada casa real de Europa, desde los ares rusos hasta los grandes duques alemanes. Nació envuelto en títulos y en historia, pero la historia muy pronto iba a volverse contra él. Lo que nadie menciona cuando habla del príncipe Felipe es que sus primeros años de vida no transcurrieron entre celebraciones y palcos reales.
Transcurrieron entre el ruido de cañones lejanos, el pánico de los exilios y la fragilidad de un apellido que el mundo comenzaba a ver con desconfianza. Grecia estaba en guerra con Turquía. El padre de Felipe comandaba una división del ejército Eleno en un conflicto que estaba siendo una catástrofe para el bando griego.
Y mientras las tropas avanzaban y retrocedían en el frente, una familia entera se preparaba para perderlo todo. En septiembre de 1922, el tío de Felipe, el rey Constantino io de Grecia, fue obligado a apticar. El nuevo gobierno militar tomó el poder y buscó responsables de la derrota frente a los turcos. El padre de Felipe, el príncipe Andrés, fue arrestado junto con otros oficiales.
El general que comandaba el ejército fue ejecutado. Cinco políticos de alto rango fueron fusilados y se creía con fundamento que la vida del príncipe Andrés corría el mismo peligro. Un tribunal revolucionario lo juzgó y lo condenó al exilio de por vida. Fue una sentencia que, comparada con las ejecuciones que la precedieron, pudo considerarse casi clemente, pero la familia entera estaba en peligro.
La madre de Felipe, la princesa Alicia, se encontraba bajo vigilancia y en medio de ese caos, el buque de guerra británico HMS Calipso llegó a las costas griegas para evacuar a la familia del príncipe Andrés. Felipe, que tenía apenas 18 meses de edad, fue sacado del país en una improvisada cuna hecha con una caja de frutas.
Esa imagen, la de un niño príncipe rescatado en una caja de madera, resume mejor que cualquier palabrería la naturaleza de su infancia. La familia se instaló en el suburbio parisino de San Claude, en una casa prestada por la adinerada tía del príncipe, la princesa Marí Bonaparte. vivían de la generosidad ajena, algo que para una familia de sangre real tenía un sabor particularmente amargo.
El exilio europeo no era la ruina absoluta, pero era la pérdida de algo más profundo que el dinero. Era la pérdida de la pertenencia. Felipe creció sin un hogar definitivo, sin un país que llamar suyo, sin raíces firmes en ninguna tierra. Cuando se le preguntaba años después qué idioma sentía como propio, su respuesta era reveladora.
Su familia hablaba inglés, francés y alemán, pero él nunca llegó a dominar realmente el griego, el idioma del país que llevaba su sangre real. Su padre, el príncipe Andrés, no supo o no quiso sobreponerse al derrumbe. Con el tiempo abandonó su familia y se retiró a vivir una existencia de ocio entre la riviera francesa y los yates de amigos pudientes.
Las mesas de juego de Montecarlo se convirtieron en su refugio. El niño Felipe lo vio marchar y aprendió desde muy temprano que incluso los padres podían desaparecer. Cuando Felipe tenía 7 años, su familia se trasladó al Reino Unido, pero trasladarse no significa pertenecer. El niño fue enviado a la escuela Chiam en Inglaterra, donde vivió en parte con su abuela materna, la princesa Victoria de Gesse Darmstad, en el palacio de Kensington y en parte con su tío Jorge Montaten en Berkshire.
No había una familia nuclear que lo sostuviera. Había tíos, primos, parientes que lo acogían por turnos, una red de casas nobles que funcionaba como red de seguridad para un niño al que nadie reclamaba del todo. Y entonces, en el lapso de apenas 3 años, ocurrieron tres golpes seguidos. Sus cuatro hermanas se casaron con nobles alemanes y se mudaron a Alemania, alejándose de su vida cotidiana.
Su madre, la princesa Alicia, fue internada en un sanatorio después de que le diagnosticaran esquizofrenia y su padre se instaló definitivamente en Montecl y comenzó su nueva vida de soltero a tiempo completo. Felipe tenía aproximadamente 10 años. era en todos los sentidos prácticos de la palabra un niño solo.
Quienes lo conocieron en esa época recuerdan a un chico que se construyó una coraza desde muy temprano. Encantador en la superficie, brillante y ágil, pero con una distancia interior que nadie terminaba de cruzar. Un maestro estadounidense que lo tuvo en su escuela en París en sus primeros años lo describió como una persona inteligente y notablemente cortés.
Pero la cortesía puede ser también una manera de mantener a la gente fuera. Y Felipe lo sabía o lo aprendió muy pronto. En 1933 fue enviado a Alemania al colegio privado Shule Schlos Salem, que era propiedad de la familia de su cuñado Bertoldo de Baden. La ventaja económica era que el lugar no le costaba nada a su padre.
La desventaja era que ese año en Alemania alguien llamado Adolf Hitler acababa de llegar al poder. El fundador judío de la escuela Salem, Kurt Han, huyó de la persecución nazi y se instaló en Escocia, donde fundó la Gordon Stone School. Y Felipe, después de 2 años en Alemania, lo siguió hasta allá. Era 1935. El mundo se estaba preparando para su peor versión.
y Felipe, adolescente se preparaba sin saberlo para la suya. La Gordon Stone School, en el norte de Escocia no era una institución convencional, era un lugar deliberadamente austero, diseñado para forjar carácter a través de la exigencia física y mental. Los estudiantes hacían deporte al amanecer, dormían con ventanas abiertas en invierno y aprendían a navegar en aguas frías y difíciles.
Era exactamente el tipo de entorno en el que un chico sin hogar fijo, sin familia estructurada y con una necesidad profunda de demostrar algo, podía transformarse en un hombre formidable. Y Felipe se transformó. 1937 fue el año más oscuro de esa etapa. Su hermana Cecilia, el esposo de esta, sus dos hijos pequeños y su suegra murieron en un accidente de aviación sobre Ostende en Bélgica.
Felipe tenía 16 años. Fue al funeral en Darmstad y vio los ataúdes alineados. Al año siguiente murió de cáncer de médula ósea su tío y tutor, Lord Milford Haven, que había sido uno de los pocos adultos que realmente lo guiaban. En dos años, Felipe había perdido a su hermana, a sus sobrinos y al hombre que funcionaba como su figura paterna más estable y siguió adelante, no porque no le doliera, sino porque no había otra opción disponible.
Fue precisamente en ese año 1939 que una escena aparentemente menor cambiaría el rumbo de toda su vida y con él el de la monarquía británica. Felipe había terminado sus estudios en Gordonston y estaba a punto de ingresar a la Academia Naval de Dartmouth. Ese verano el rey Jorge VI y la reina Isabel viajaron en el yate real Victoria y Albert para visitar la academia, llevando consigo a sus dos hijas.
La mayor se llamaba Isabel, tenía 13 años y la llamaban Lilibet en casa. Felipe tenía 19. Era alto, rubio, atlético y extraordinariamente seguro de sí mismo. La visita oficial se vio interrumpida porque varios cadetes estaban enfermos y había que mantener a las princesas alejadas del contagio. Felipe fue asignado casi por azar para entretenerlas. Jugaron al crocket.
Felipe fue irrespetuoso y encantador a la vez, saltando por encima de la red de tenis, mientras el resto de los cadetes se comportaba con la rigidez que el protocolo exigía. Isabel no apartó los ojos de él. Cuando el yate real partió y los cadetes remaron en botes para despedirlo, Felipe siguió remando más lejos que todos.
El rey tuvo que ordenar que regresara. Ella lo observó hasta que desapareció en el horizonte. Lo que siguió a ese primer encuentro fue una correspondencia que se extendió a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. Felipe sirvió en la Marina Real Británica y escribía cartas. Isabel las guardaba y respondía.
Él, por su parte, no acumulaba cartas de amor en sus bolsillos de oficial. tenía trabajo que hacer y lo hizo bien. En enero de 1940 fue nombrado guardiamarina. Pasó 4 meses en el acorazado HMS Ramilis, protegiendo cones australianos en el océano índico. Luego sirvió en el HMS Kent, en el HMS Schrshire y en Seilan. Después de que Grecia entrara en la guerra en octubre de ese mismo año, fue transferido al acorazado HMS Balián en la flota del Mediterráneo.
Participó en la batalla de Creta. Fue mencionado en los despachos oficiales por su actuación durante la batalla del cabo Matapán, en la que controló los reflectores del acorazado en una operación nocturna que resultó decisiva contra la flota italiana. Recibió la cruz de valores griegos de guerra. En junio de 1942 fue destinado al destructor HMS Wallas, que participó en tareas de escolta en la costa este de Gran Bretaña y luego en la invasión aliada de Sicilia.
En octubre de ese mismo año, con 21 años, se convirtió en uno de los primeros tenientes más jóvenes de la Marina Real Británica. Durante la invasión aliada de Sicilia, en julio de 1943, Felipe salvó a su nave de un ataque aéreo nocturno con una maniobra ingeniosa. Ordenó lanzar al agua una balsa con flotadores de humo.
Los atacantes se dirigieron hacia la balsa mientras el HMS Wallas escapaba en la oscuridad sin ser detectado. fue el tipo de improvisación táctica que define a un oficial de verdad, no al que sigue órdenes, sino al que piensa bajo fuego. En 1945, ya a bordo del HMS Welp, estuvo presente en la bahía de Tokio cuando Japón firmó su rendición.
Había visto la guerra desde el principio hasta el final y había salido entero. Cuando la guerra terminó, Felipe regresó al Reino Unido y fue destinado como instructor en la escuela de suboficiales HMS Royal Arthur en Korsham. Tenía 24 años, un historial militar brillante y un nombre que la corte británica miraba con una mezcla de admiración y desconfianza.
Porque Felipe no era simplemente un oficial distinguido, era también griego, danés, alemán por sus cuñados y, en opinión de muchos consejeros reales, exactamente el tipo de candidato que no convenía para casarse con heredera al trono de Inglaterra. La madre de Isabel, la reina Isabel Consort, que era adorada por el pueblo británico, no aprobaba a Felipe.
Lo consideraba, según reveló años después un documental. peligrosamente progresista. Tenía modales demasiado directos, opiniones demasiado francas y una tendencia a ignorar el protocolo que escandalizaba a la vieja guardia del palacio. El rey Jorge VI también tenía reservas. Le preocupaba que el público británico recibiera mal a un hombre de orígenes tan mezclados en una época en que la germanofobia todavía estaba muy fresca.
Por su parte, el tío de Felipe, el almirante Lord Lewis Montbatten, uno de los hombres más hábiles y ambiciosos de la corte, fue acusado de haber manipulado la situación desde el principio. Se decía que había orquestado el encuentro en Darmou, que había plantado las semillas del romance y que todo obedecía a un plan para elevar su apellido a la línea sucesoria británica.
fuera cierto o no, lo que sí era indudable era que Mon Baten apoyaba al matrimonio con un entusiasmo que iba más allá del afecto familiar. Isabel, sin embargo, había tomado una decisión. ¿Se casaría con Felipe o no se casaría con nadie? Lo esperó durante la guerra, lo esperó después. Y cuando su padre, el rey, finalmente dio el consentimiento en julio de 1947, lo hizo sabiendo que su hija no cambiaría de parecer.
Para entonces, Felipe ya había renunciado a sus títulos griegos, adoptado el apellido Monbatten, solicitado la nacionalidad británica y convertido al anglicanismo. Todo lo que era lo había abandonado para convertirse en lo que ella necesitaba que fuera. La boda tuvo lugar el 20 de noviembre de 1947 en la abadía de Westminster.
Fue un acontecimiento que el primer ministro Winston Churchill describió como un toque de color en el duro camino que el país debía recorrer, porque era un año de posguerra, de racionamiento, de crisis económica. Gran-Bretania descubría con amargura que ya no era la potencia imperial de antes. Y en ese contexto, la boda real fue una distracción bienvenida, un poco de pompa y ceremonia en tiempos de privación.
Sin embargo, algo llamativo marcó esa celebración. Las tres hermanas de Felipe, que se habían casado con nobles alemanes, no fueron invitadas. El duque de Winsor tampoco. La familia de Felipe en realidad brillaba por su ausencia. Era su gran día y al mismo tiempo era el día en que quedaba más claro que su pasado había sido dejado oficialmente atrás.
La víspera de la boda, el rey Jorge VI concedido el tratamiento de su alteza real y lo nombró caballero de la orden de la jarretera. El día de la boda recibió los títulos de duque de Edimburgo, Conde de Merioneth y Barón Gringwich. Felipe tenía 26 años. Era un hombre en la plenitud de su vigor, acostumbrado a mandar, formado para liderar, probado en la guerra, y acababa de entrar en una institución donde el papel que le correspondía no era mandar ni liderar, sino acompañar, seguir, caminar un paso detrás. La
transición no fue inmediata, pero fue inevitable. Y los primeros años del matrimonio fueron también los últimos en los que Felipe pudo sentir que la vida tenía un equilibrio aproximado entre lo que él era y lo que se esperaba que fuera. Mientras Isabel era heredera al trono y no reina, la pareja tenía cierta autonomía.
Vivían en Malta, donde Felipe continuó su carrera naval. Fueron años descritos por quienes los conocieron como los únicos en que ambos vivieron algo parecido a una vida normal. Iban al mercado, salían a cenar, bailaban. Isabel llevaba pañuelo para no ser reconocida. Él era simplemente un oficial de la Marina. Fueron años breves y cuando terminaron no volvieron.
En febrero de 1952, el rey Jorge VI murió mientras dormía en Sanringham. Isabel tenía 25 años y estaba en Kenia con Felipe cuando llegó la noticia. subió al avión como princesa y bajó como reina. El mundo cambió para ella en cuestión de horas y para Felipe también cambió, pero de una manera completamente diferente.
Felipe tuvo que abandonar su carrera naval. Llevaba años construyendo un ascenso serio, con méritos propios y en el momento en que su carrera comenzaba a alcanzar su plenitud, tuvo que renunciar a ella de la noche a la mañana. No había opción. La reina no podía tener un esposo que pasara meses en altamar mientras ella gobernaba el imperio.
Fue un golpe que quienes lo conocieron bien describieron como una herida que nunca terminó de cicatrizar. Hacia afuera, Felipe lo aceptó con la estoicidad que lo caracterizaba. Hacia dentro era otra renuncia más. Luego llegó la cuestión del apellido. Cuando Isabel ascendió al trono, el tema del nombre de la casa real saltó inmediatamente a la palestra.
Felipe, que había adoptado el apellido Mont Buten, esperaba razonablemente que sus hijos y la dinastía llevaran ese nombre. Pero la abuela de la reina, la reina María, se enteró de los planes y se lo comunicó al primer ministro Winston Churchill. Churchill, que tenía sus propias razones para mantener el nombre Winsor, persuadió a la reina de conservarlo.
Felipe Iracundo se quejó en privado con una frase que quedó registrada en la historia. dijo que era el único hombre en el país al que no se le permitía darle su nombre a sus hijos, que no era más que una ameva. Era una humillación de dimensiones formidables para un hombre de su temperamento, alguien que ya había renunciado a su país, a su religión, a su carrera y a su identidad original.
No poder darle su apellido a sus propios hijos era, en cierto sentido, la confirmación definitiva de que en ese matrimonio y en esa institución él era el invitado permanente. A pesar del dolor privado, Felipe comprendió desde muy pronto que la única manera de sobrevivir con dignidad dentro de la institución era encontrar un rol propio, un terreno donde pudiera ser genuinamente el mismo y lo buscó con una energía que muchos no esperaban de alguien en su posición.
se convirtió en piloto. Obtuvo su licencia de vuelo en 1953, convirtiéndose en el primer miembro de la familia real en poseer una certificación de ese tipo. Le apasionaba los aviones y el desafío técnico que representaban. También le apasionaba la navegación a vela, el polo y cualquier actividad que requiriera destreza física y decisiones rápidas.
En un mundo de ceremonias lentas y discursos cuidadosamente redactados, Felipe buscaba constantemente la velocidad y el riesgo. En 1956 fundó el programa conocido como los premios Duque de Edimburgo, una iniciativa diseñada para fomentar el desarrollo personal en jóvenes a través de expediciones, actividades físicas, trabajo comunitario y aprendizaje de habilidades prácticas.
Era exactamente el tipo de proyecto que reflejaba su propia filosofía de vida. Nada de privilegios gratuitos, nada de título sin mérito. El carácter se forja en la dificultad, no en la comodidad. Ese programa décadas después se convertiría en uno de los más reconocidos del mundo con millones de participantes en más de 140 países.
En 1959 se incorporó activamente al Fondo Mundial para la Naturaleza, del que sería presidente entre 1981 y 1996 y posteriormente presidente honorario. Fue una de las pocas causas en las que su compromiso fue absoluto y sostenido durante décadas. Cuando visitó las Malvinas en 1956, quedó impactado por la fragilidad del ecosistema y desde entonces dedicó una parte sustancial de su energía a la conservación del medio ambiente.
Escribió sobre el tema, dio conferencias y usó su posición para presionar a gobiernos e instituciones. Pero mientras construía ese perfil público de hombre activo, comprometido y útil, en el interior del matrimonio y del palacio seguían acumulándose tensiones que el protocolo disfrazaba, pero no resolvía. Entre octubre de 1956 y febrero de 1957, Felipe emprendió un largo viaje por el mundo a bordo del yate real Britania.
Estuvo ausente más de 4 meses. Visitó las Antárticas, las Islas Malvinas, Australia, Nueva Zelanda y decenos de territorios de la Commonwealth. La prensa, especialmente la prensa amarillista de Estados Unidos, interpretó ese viaje como el inicio de una ruptura matrimonial. El Baltimoran llegó a publicar reportes sobre tensiones en el matrimonio y posibles separaciones.
Fue algo sin precedentes en la historia de la monarquía británica. El palacio de Buckingham tuvo que emitir un desmentido oficial, algo que la institución rara vez hacía y que al hacerlo parecía confirmar más de lo que negaba. Simultáneamente comenzaron a circular rumores de infidelidades. Los nombres cambiaban según la fuente.
Se mencionaba a Dafne Dumorier, la escritora cuyo marido trabajaba en la oficina del príncipe. Se hablaba de Hel Cordet, dueña de un cabaret londinense, amiga de la infancia de Felipe y madrina de uno de sus aijados, cuya amistad con el duque levantaba cejas en los círculos aristocráticos. Se señalaba a Pat Kirk, una célebre estrella del music hall, conocida por su presencia en el escenario y su belleza.
Años después, cuando Kirkwood murió, salieron a la luz cartas privadas en las que ella se quejaba de la injusticia de haber sido señalada públicamente como amante del príncipe, cuando en realidad había salido con un amigo de él, no con él. Las cartas eran íntimas y no parecían escritas con la intención de ser publicadas, lo que les daba un grado de credibilidad difícil de ignorar.
El propio Felipe, cuando se le preguntó alguna vez sobre los rumores, señaló que dada su constante escolta de seguridad habría sido prácticamente imposible mantener aventuras en secreto. Pero los rumores, como siempre ocurre, no necesitan pruebas para sobrevivir. La verdad sobre el matrimonio de Felipe e Isabel es más compleja y más interesante que la versión simplificada que proponen tanto los que lo idealizaban como los que lo atacaban.
No fue un matrimonio perfecto, ni fue una farsa. Fue algo más honesto y más humano que cualquiera de esas dos versiones. Fue la unión de dos personas muy diferentes, criadas bajo principios distintos, con necesidades distintas, que encontraron una manera de respetarse y sostenerse mutuamente a través de décadas de presión extraordinaria.
Isabel era metódica, discreta, apegada a la tradición y emocionalmente contenida en público. Felipe era impulsivo, directo, irreverente con el protocolo y profundamente incapaz de disimular lo que pensaba. Ella tenía el poder, él tenía el carácter y durante 73 años esa ecuación funcionó de una manera que ninguno de los dos habría podido predecir el día de su boda.
Quienes los conocieron de cerca describían una dinámica en la que Felipe era el único ser humano en el mundo que se atrevía a decirle la verdad a la reina, que discutían, que él la llamaba, según registran algunos testimonios, con un apodo tan poco solemne como col, que en inglés significa repollo, que ella reía con él como con nadie más y que cuando Felipe decidía algo, raramente alguien lo hacía cambiar de opinión, ni siquiera la reina.
En 1957, la reina emitió una orden que reconocía formalmente a Felipe el título de príncipe del Reino Unido, y determinó que sería el primero en la precedencia dentro de la familia real. Era un gesto de reconocimiento tardío pero significativo. Y en 1960 la reina emitió otra orden, declarando que los descendientes agnados que no llevaran el tratamiento de alteza real o el título de príncipe llevarían el apellido compuesto Monbaten Winsor.
Era la concesión que Felipe había esperado durante 8 años. Pequeña en apariencia, enorme en lo que significaba para un hombre que había entregado todo a cambio de casi nada. Los hijos. Ese fue el capítulo más doloroso y también el más incomprendido de la vida de Felipe. Tuvo cuatro con Isabel, Carlos, Ana, Andrés y Eduardo.
Y con cada uno de ellos la relación fue distinta, pero en ningún caso fue fácil. Felipe era el tipo de padre que la posguerra producía con frecuencia, uno que confundía exigencia con frialdad, que esperaba dureza donde sus hijos necesitaban ternura y que medía el amor en términos de rendimiento y disciplina. Con Carlos el heredero la distancia fue especialmente profunda.
Felipe nunca se entendió bien con su hijo mayor. Carlos era sensible, artístico, propenso a la introspección y a las dudas. Felipe era todo lo contrario. Lo veía como artificial y poco práctico para la tarea que le esperaba. Cuando Carlos se acercó a la adolescencia, Felipe insistió en enviarlo a Gordonston, la misma escuela escocesa que a él lo había forjado.
Carlos lo vivió como un destierro. El lugar era duro, el clima era frío y Carlos no tenía la constitución emocional de su padre para sobrevivir en ese entorno sin cicatrices. Lo que selló definitivamente la fractura entre padre e hijo fue el asunto de Diana Spencer. Según testimonios recogidos por periodistas cercanos a la familia, Felipe presionó a Carlos para que se casara con Diana y terminara su relación con Camila Parker Bows, no porque considerara a Diana ideal para Carlos, sino porque necesitaba alejar a su hijo de una mujer casada que amenazaba la
imagen de la institución. Felipe, según esas mismas fuentes, describió a Diana en privado como presumida, poco inteligente y neurótica. Sin embargo, insistió en el matrimonio de todas formas. Fue una decisión que tuvo consecuencias que ninguno de los dos anticipó y que terminaría costándole enormemente a la familia real.
El llamado Año Horrible llegó en 1992. Ese año las grietas de la familia real se hicieron públicas con una brutalidad que nadie dentro del palacio había previsto. El heredero Carlos y su esposa Diana anunciaron su separación. El príncipe Andrés y su esposa Sara Ferguson también se separaron. La princesa Ana, hija de Felipe e Isabel, se divorció del capitán Mark Philips y para completar el panorama, un incendio devastó el castillo de Winsor, uno de los edificios más emblemáticos de la monarquía.
Se dice que en algún momento de ese año, Isabel le dijo a Felipe que con lo bien que creían haberlos educado, esa de Bacle era incomprensible. Era una frase que condensaba la perplejidad de dos personas que habían puesto su vida entera al servicio de una institución y que ahora veían cómo sus propios hijos la desmontaban desde adentro.
Para Felipe, que valoraba la disciplina y el sacrificio personal por encima de todo, los divorcios de sus hijos eran una forma de traición que iba más allá de lo familiar. eran una traición a los principios que él había defendido a un costo extraordinario. Con Diana la relación fue ambivalente. Al principio, Felipe trató de tener con ella una comunicación directa.
Se dice que le escribía cartas largas intentando explicarle la lógica de la institución, los límites que ella debía aceptar, las reglas del juego que todos acataban. Diana, que sufría profundamente dentro de ese matrimonio, no encontraba en esas cartas el tipo de apoyo que necesitaba y la distancia entre ellos fue creciendo hasta volverse insalvable.
Cuando Diana murió en el accidente de París en agosto de 1997, Mohamed Alfayet, padre del novio de Diana, acusó públicamente a Felipe de haber planeado la muerte de su hijo y de la princesa. Fue una acusación sin sustento que las investigaciones realizadas en 2008 descartaron completamente, pero el nombre de Felipe quedó asociado a esa acusación durante años en uno de los episodios más injustos de su vida pública.

Felipe nunca fue un hombre de discursos cuidados ni de declaraciones diplomáticas. era famoso o más bien infame por sus comentarios directos a menudo irónicos, a veces francamente inapropiados para alguien en su posición. La prensa los coleccionaba con delicia. Los historiadores los citan como evidencia de un temperamento que resistió décadas de protocolo sin rendirse del todo.
Pero más allá de los chistes y los deslices verbales, había en él una inteligencia genuina y poco celebrada. Fue rector de la Universidad de Cambridge y de la Universidad de Edimburgo durante décadas. Fue presidente de la Federación Ecuestre Internacional entre 1964 y 1986. Fue gran maestro de la Gran Logia Unida de Inglaterra.
Publicó libros y artículos sobre conservación medioambiental y ciencia. Visitó los centros de investigación científica y técnica del Reino Unido y fue presidente de la Asociación para el Avance de la Ciencia desde 1952. Era un hombre que podía discutir de termodinámica con un ingeniero, de ecología con un biólogo marino y de táctica naval con un almirante y que en todos los casos sabía de qué estaba hablando.
Su inteligencia no era de las que necesitan reconocimiento externo para funcionar. Era una inteligencia que trabajaba para él mismo en silencio, sin buscar aplausos, algo que por lo demás era coherente con toda su manera de existir dentro de la institución. En 2011, con motivo de su nonagésimo cumpleaños, la reina le otorgó el título de Lord Gran Almirante del Reino Unido, una distinción que la propia Isabel había ostentado desde 1964.
Era un reconocimiento tardío, pero elocuente. 17 años después de que Felipe hubiera completado ya más de 22,000 compromisos reales desde que Isabel subió al trono, la monarquía le entregaba ese título como quien devuelve algo que siempre le había pertenecido. Entre los capítulos más curiosos y menos conocidos de la vida de Felipe se encuentra uno que ocurrió a miles de kilómetros de Londres, en las islas de Banuatu, en el Pacífico Sur.
En algún momento de los años 60, un grupo de aldeanos de la isla de Tana comenzó a venerar al príncipe Felipe como una divinidad. El culto emergió de una profecía local, según la cual el hijo de una deidad de la montaña se convertiría en un ser poderoso que viajaría a tierras lejanas y se casaría con una mujer poderosa, pero que algún día regresaría a su tierra.
Felipe, al enterarse de la existencia de ese culto, reaccionó con la mezcla de humor y gracia que lo caracterizaba. Cuando se le sugirió que enviara un retrato firmado a los aldeanos, lo hizo encantado. Y cuando los aldeanos, en señal de gratitud, le enviaron a cambio un garrote ceremonial para matar cerdos, Felipe se fotografió con él y les devolvió otra imagen.
La correspondencia entre el duque de Edimburgo y los aldeanos de Tana duró décadas. Era quizás el único lugar del mundo donde Felipe era el centro de todo y no el consorte de nadie. Ese episodio dice algo sobre Felipe, que ninguna biografía oficial se toma el trabajo de subrayar, que detrás del hombre de protocolo y con decoraciones había alguien con capacidad para reírse de sí mismo, para relacionarse con realidades completamente ajenas a su mundo y para encontrar genuino placer en los aspectos más insólitos de la existencia.
No era un hombre unidimensional, era un hombre que había sido obligado a hacerlo para encajar en un papel que nunca se diseñó pensando en él. A medida que los años avanzaron y la familia real atravesó cada nueva crisis, el papel de Felipe fue cambiando de manera sutil constante. En los años 90, con los escándalos de los divorcios y la muerte de Diana, fue la institución la que necesitó estabilizarse.
Y Felipe, que había pasado décadas siendo visto como una figura decorativa o como el hombre de los comentarios inapropiados, resultó ser en ese momento uno de sus pilares más firmes. No era cariño lo que lo mantenía en su lugar, era convicción. Felipe creía en la monarquía con la misma intensidad con que había creído en la Marina, en el deber y en la disciplina personal.
Para él, la institución no era un privilegio que se heredaba, sino una carga que se cargaba. Y si había algo que no toleraba, era la idea de que alguien dentro de esa institución la usara para satisfacer necesidades personales a expensas del bien colectivo. Cuando Diana dio su famosa entrevista en 1995 al programa Panorama de la BBC, donde habló abiertamente de su sufrimiento, de las infidelidades de Carlos y de su propia vulnerabilidad emocional, el palacio quedó en estado de shock.
La reina Isabel, que había resistido toda su vida a la tentación de mezclarse en asuntos personales de manera pública, escribió a Diana pidiéndole que aceptara el divorcio. Fue el fin de cualquier posibilidad de reconciliación. Felipe, que nunca había disimulado sus reservas sobre la forma en que Diana manejaba su relación con la prensa, no estaba sorprendido.
Había visto venir ese final desde lejos. Los últimos años activos de Felipe fueron también, de manera inesperada algunos de los más interesantes para quien lo observaba de cerca. A partir de los años 90 comenzó a aparecer en público de una manera más relajada y auténtica que en décadas anteriores, como si la acumulación de años y de experiencia le hubiera dado permiso para ser él mismo con menos disculpas.
En esas últimas décadas, su relación con los nietos fue notablemente diferente a la que había tenido con sus propios hijos. Guillermo y Enrique lo recuerdan como una figura cálida, divertida y presente, muy diferente del padre distante y exigente que sus propios hijos habían conocido. Quizás la distancia generacional le permitía una libertad que la responsabilidad directa le había impedido cuando era padre.
o quizás simplemente había aprendido algo de la experiencia que no había sabido aplicar a tiempo. El 2 de agosto de 2017, el palacio de Buckingham anunció que Felipe se retiraba de sus actividades públicas. Tenía 96 años y había completado un total de 22,219 compromisos reales desde que Isabel subió al trono en 1952.
Un número que por sí solo es una declaración de carácter, no el carácter espectacular de quien se lanza a grandes gestos, sino el carácter cotidiano, sostenido, silencioso, de quien hace lo que tiene que hacer, aunque nadie lo vea ni lo celebre. El 16 de febrero de 2021, con la pandemia todavía activa y el mundo paralizado por el miedo, Felipe fue internado en el hospital Rey Eduardo VI.
tenía 99 años. Se le atribuía una infección no especificada. Luego fue trasladado al hospital de San Bartolomé para una intervención quirúrgica del corazón. Dos semanas después regresó al hospital Rey Eduardo VI y el 16 de marzo de ese mismo año le dieron el alta. Quienes lo vieron en esos días describieron a un hombre que físicamente había disminuido, pero que conservaba intacta la mirada.
el mismo escrutinio que había dirigido hacia el mundo durante 99 años. La misma capacidad de evaluar, de medir, de permanecer sin ceder. Regresó al castillo de Winsor y allí, en ese mismo castillo donde había pasado tanto tiempo al margen de las grandes decisiones, esperó. La mañana del 9 de abril de 2021, el príncipe Felipe, Duque de Edimburgo, falleció a los 99 años.
La causa oficial registrada en el acta de defunción fue simplemente la vejez, ninguna enfermedad específica, solo el peso acumulado de casi un siglo de vida. Fue el consorte de mayor edad y de ejercicio más largo en la historia de la monarquía británica. Fue también el hombre de mayor edad en la historia de la familia real del Reino Unido y el último bisnieto vivo del rey Cristian Novo de Dinamarca.
El funeral se celebró el sábado 17 de abril en la capilla de San Jorge dentro del propio castillo de Winsor. Por las restricciones de la pandemia, solo 30 personas pudieron asistir. El mundo entero vio a la reina Isabel sentada sola en el banco de la capilla, con el rostro cubierto por la mascarilla, la espalda recta y las manos juntas sobre el regazo.
73 años de matrimonio terminaron en ese silencio. Para entender quién fue realmente Felipe de Edimburgo, es necesario entender la naturaleza del sacrificio que eligió. No fue el sacrificio heroico del soldado que muere en batalla, ni el del mártir que acepta el sufrimiento con serenidad espiritual. fue el sacrificio cotidiano, gris, sistemático y a menudo invisible del hombre que renuncia a su identidad para que la identidad de otro pueda brillar sin interferencias.
Renunció a su país en 1947, cuando adoptó la nacionalidad británica y abandonó sus vínculos griegos. renunció a su religión cuando dejó la fe ortodoxa griega para convertirse al anglicanismo. Renunció a su apellido cuando adoptó Maun Baten en lugar de su herencia paterna, Germano Danesa. Renunció a su carrera militar cuando el ascenso de Isabel al trono hizo incompatible su vida en la Marina con sus nuevas obligaciones.
renunció al nombre de su familia para sus hijos cuando Winston Churchill convenció a la reina de mantener el nombre Winsor y renunció finalmente a la posibilidad de tener una vida que fuera primariamente la suya. Lo que recibió a cambio fue también real, aunque distinto. Recibió 73 años junto a la única mujer por la que habría hecho todo eso.
Recibió el privilegio de participar, aunque fuera desde la sombra, en uno de los periodos más complejos y transformadores de la historia británica. recibió el tiempo y los recursos para dedicarse con seriedad a causas que consideraba importantes, desde la conservación del medio ambiente hasta el desarrollo de jóvenes y recibió, aunque tal vez nunca lo verbalizó de esa manera, el respeto silencioso de millones de personas que reconocían en él algo genuino y resistente.
Hay una imagen que resume todo mejor que cualquier análisis, la del 9 de abril de 2021, cuando el féretro de Felipe fue llevado en procesión por los jardines del castillo de Winsor. No había multitudes en las calles porque la pandemia lo impedía. No había la ceremonia desbordante que habría correspondido a su rango.
Había silencio, distancia y el sonido de los pasos sobre el pavimento del castillo. Isabel lo siguió con la mirada desde una ventana hasta que desapareció. Lo que Felipe representó en la historia de la monarquía británica no fue glamur ni escándalo. Fue constancia en un siglo marcado por la velocidad, la transformación y la inestabilidad.
Él fue la cosa más improbable de todas. Fue el ancla, el punto fijo alrededor del cual todo lo demás giró sin detenerse. Cuando alguien que había nacido en el exilio, crecido en la pobreza relativa de los aristócratas desplazados y sobrevivido la guerra, decide poner todo eso al servicio de una institución que le pedía exactamente lo contrario de lo que su naturaleza demandaba.
Eso no es debilidad, es una decisión que requiere más carácter que la mayoría de las que se toman en la vida. Quizás la definición más honesta de su vida la dio él mismo de manera indirecta en una de sus pocas declaraciones personales registradas. Cuando se le preguntó cómo había logrado desempeñar su papel durante tantos décadas, respondió que simplemente había intentado no causar molestias.
Era una respuesta modesta hasta el punto de la distorsión, porque lo que él había hecho no era simplemente no causar molestias, era sostener desde la discreción y el segundo plano una de las instituciones más observadas del mundo durante más de siete décadas, con una coherencia y una entrega que muy pocos en su lugar habrían podido mantener.
El hombre que vivió sin corona en muchos sentidos el más real de todos.