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Alicia de Albany: Enterró a su Hijo… y su Hermano Sirvió a Hitler

Imagina por un momento que tienes 97 años, que has visto morir imperios, que conociste de cerca reyes, emperadores y primeros ministros, que sobreviviste dos guerras mundiales, que enterraste a seres amados uno tras otro y que aún así sigues de pie, lúcida, elegante, con esa mirada tranquila de quien ha comprendido algo que muy pocos seres humanos llegan a entender.

Eso fue la vida de la princesa Alicia de Albani, condesa de Atlon, una mujer que comenzó su existencia en el esplendor de la corte victoriana y la cerró en pleno siglo XX, habiendo sido testigo de todo aquello que transformó al mundo para siempre. Bienvenidos a este canal. Si es la primera vez que nos visitas, te invitamos a suscribirte para no perderte ninguno de estos relatos históricos.

Y antes de comenzar, cuéntanos en los comentarios si alguna vez has sentido que una sola vida puede contener en sí misma toda una era de la historia, porque eso exactamente es lo que vamos a descubrir juntos hoy. La historia de Alicia comienza en el invierno de 1883 en el castillo de Winsor, ese bastión de piedra gris que durante siglos ha sido el corazón simbólico de la monarquía británica.

Era el 25 de febrero cuando llegó al mundo esta niña, primera hija y única hija del príncipe Leopoldo Alberto Duque de Albani, el cuarto y más joven hijo varón de la reina Victoria. Su madre era la princesa Elena de Waldeck y Pirmont, una mujer proveniente de ese pequeño principado alemán que, como tantos otros en aquella Europa de linajes entrelazados, había enviado a sus hijas a casarse con las casas reales más poderosas del continente.

Desde el primer instante de su existencia, Alicia no era simplemente una niña, era una pieza viviente de la historia dinástica más compleja y fascinante que el mundo haya conocido. Su abuela, la reina Victoria, reinaba sobre el imperio británico más vasto que jamás haya existido. Un imperio que abarcaba la cuarta parte de la superficie terrestre y que tenía súbritos en todos los continentes.

Nacer nieta de esa mujer significaba nacer en el centro exacto del poder mundial del siglo XIX, pero significaba también algo más oscuro, algo que Alicia descubriría con el tiempo y que marcaría su vida con una cicatriz que jamás sanaría del todo, porque el príncipe Leopoldo, su padre, era hemofílico. La hemofilia era la llamada maldición real, esa enfermedad hereditaria que impedía que la sangre coagulara normalmente y que convertía cualquier pequeño golpe en una amenaza mortal.

La reina Victoria era portadora del gen, aunque ella misma no padecía la enfermedad, y lo transmitió a varios de sus hijos e hijas, que a su vez lo dispersaron por las casas reales de Europa, como si el destino hubiera decidido escribir su advertencia con tinta roja en los árboles genealógicos de los más poderosos.

El príncipe Leopoldo vivió bajo esa sombra durante toda su corta vida. frágil, sufriente, consciente de que cada día era un préstamo del azar. Alicia tenía apenas un año cuando su padre murió. Era el 28 de marzo de 1884 y Leopoldo falleció en K, en el sur de Francia, a consecuencia de una caída que le provocó una hemorragia cerebral.

Tenía 30 años. La pequeña princesa ni siquiera podría guardar un recuerdo consciente de él, ni un gesto, ni una voz, ni el calor de sus brazos. Solo tendría con el tiempo las historias que le contarían, los retratos que colgarían en las paredes y la certeza silenciosa de que la sangre de su estirpe llevaba consigo tanto gloria como tragedia.

Así comenzó la vida de Alicia de Atlon, no con fanfarrias ni celebraciones prolongadas, sino con una pérdida temprana y con la comprensión, aún inconsciente en ella, de que el mundo en el que había nacido era hermoso y terrible al mismo tiempo. Un mundo que estaba a punto de cambiar, de maneras que nadie, ni siquiera la omnipotente reina victoria podría haber imaginado.

La infancia de Alicia transcurrió entre dos mundos que parecían pertenecer a universos distintos y, sin embargo, coexistían con una naturalidad asombrosa. Por un lado, el mundo de la corte victoriana con su protocolo inflexible, sus ceremonias interminables, sus salones tapizados de terciopelo rojo y sus corredores perfumados con el olor a cera de las velas.

Por otro lado, el mundo íntimo y doméstico de una niña que había perdido a su padre casi antes de conocerlo, que crecía junto a su madre en esa mezcla de privilegio y soledad que tan a menudo caracterizaba la vida de los hijos menores de la realeza. La reina Victoria era una presencia constante y monumental en la vida de Alicia.

No era la abuela que lleva galletas y cuenta cuentos al amor de la chimenea. Era la soberana, la matriarca absoluta de una familia que se había dispersado por los tronos de Europa como semillas arrojadas por el viento. Y sin embargo, en esa relación entre la anciana reina y su nieta menor, hubo también momentos de una ternura genuina.

Victoria había amado profundamente a su hijo Leopoldo, precisamente porque era el más vulnerable, el que más había necesitado su protección. Y en Alicia veía algo de él, algo que le hacía mirarla con esa mezcla de afecto y melancolía, que solo conocen quienes han perdido a alguien demasiado joven. Alicia creció rodeada de primos que eran también príncipes y princesas de media Europa.

Sus juegos de infancia tenían como compañeros a personas que un día se sentarían en tronos o que morirían en campos de batalla. Entre sus primas estaba Alejandra de Gese, la futura Sarina de Rusia, la esposa del Sar Nicolás II. Entre sus primos estaba el futuro rey Jorge V de Inglaterra. Estaba también el Kaiser Guillermo II de Alemania, ese personaje arrogante y contradictorio que décadas después llevaría Europa al borde del abismo.

Alicia los conoció a todos de niña, jugó con ellos, compartió mesas y celebraciones y sin saber que estaba haciéndolo, fue tejiendo los hilos de una historia que la conectaría para siempre con los momentos más dramáticos del siglo XX. La educación de Alicia fue la que correspondía a una princesa de su tiempo y su rango.

Lenguas extranjeras, música, historia, geografía, etiqueta. Pero Alicia tenía algo que no se aprende en ningún libro de texto ni en ninguna clase magistral. Tenía una curiosidad genuina por el mundo que la rodeaba, una inteligencia viva que no se conformaba con las respuestas oficiales y una valentía personal. que con los años se convertiría en uno de los rasgos más admirados de su carácter.

Desde muy joven demostró que no tenía miedo de decir lo que pensaba, incluso cuando lo que pensaba iba a contracorriente de lo que se esperaba de ella. Fue, por ejemplo, la primera miembro de la familia real en pronunciarse públicamente a favor del control de la natalidad, en una época en que ese solo tema era considerado escandaloso en los círculos que ella frecuentaba.

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