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MECÁNICO EJECUTA A SU ESPOSA Y AL PASTOR EN TIJUANA | LA TRAICIÓN SE DESCUBRIÓ EN EL ALTAR

Ese domingo, Rogelio Fuentes llegó a la iglesia 10 minutos antes que todos. Eso era raro. Rogelio nunca llegaba primero a ningún lado. Su esposa Leticia era la que jalaba, la que organizaba, la que decía, “Ya es hora.” Desde la puerta de la recámara. Mientras él todavía se abrochaba los zapatos.

Pero ese domingo de abril en la colonia Libertad de Tijuana, Rogelio Fuentes Miramontes llegó solo a pie con tiempo de sobra y se sentó en la cuarta banca del lado derecho del salón. Nadie le preguntó nada. La gente asumió que Leticia venía en camino. Nunca llegó, al menos no de la forma en que todos esperaban. Quédate hasta el final porque hay algo que salió en el interrogatorio.

Una frase que Rogelio Fuentes dijo con una calma tan absoluta que el agente a cargo, con 20 años en la Fiscalía de Baja California describiría después como lo más perturbador que había escuchado en toda su carrera. No fue una confesión dramática, no fue un llanto. Fueron nueve palabras dichas en voz baja en un cuarto sin ventanas que explicaban todo y no explicaban nada al mismo tiempo.

Tijuana no es la ciudad que salen las noticias  del norte, o sí, pero también es otra. La colonia Libertad está pegada a la línea a menos de 1 km del cerco metálico que divide Tijuana de San Diego. Las casas son de block pintadas con colores que el sol de la frontera va deslavando despacio. Un amarillo que se convierte en crema al tercer verano, un verde que termina siendo gris.

Las calles son empinadas, algunas de tierra apisonada, otras de asfalto tan viejo que ya tiene costras y baches, que la gente aprende de memoria para no tronarse el coche. Huele a tortilla caliente en las mañanas y a grasa de motor por las tardes, porque en La Libertad hay talleres mecánicos metidos entre las misceláneas, entre los salones de belleza que atienden de martes a sábado y los puestos de jugos que abren temprano y cierran cuando se les acaba la naranja.

A las 7 de la mañana ya hay movimiento en la calle. Gente que sube al camión, niños que van a la escuela con la mochila colgada de un hombro.  El señor de las carnitas que prende el brasero 2 horas antes de que llegue el primero a pedirle. La temperatura en abril es de 13º por las mañanas.  El cielo suele estar nublado.

Esas nubes bajas que vienen del Pacífico y que no sueltan lluvia. No más le quitan el sol a la gente por horas. A la 1 de la tarde se despeja y entonces el ferro detrás de la colonia se ve completo, color tierra seca, con las casas trepando hasta donde pueden. En la libertad la gente se conoce, eso es lo más importante antes de seguir.

Ahí los vecinos saben a qué hora sale cada quien, qué música ponen los sábados en la casa del fondo, con quién discutieron la semana pasada y si ya se arreglaron o todavía se están evitando.  El anonimato no existe. Si alguien lleva tres días sin sacar el coche, alguien más se da cuenta. Si una familia no sale el domingo a la iglesia, alguien lo nota.

Y cuando algo raro pasa, el barrio lo siente antes de que nadie lo ponga en palabras. Eso es exactamente lo que ocurrió ese abril. El barrio lo sintió antes de saber qué era. Rogelio Fuentes Miramontes tenía 47 años cuando ocurrió todo esto. Mecánico desde los 19, casi tres décadas poniendo las manos en motores, en sistemas de frenos, en transmisiones automáticas, en todo lo que tiene que ver con que un coche funcione o deje de funcionar.

aprendió el oficio con su tío en Enenada, donde creció,  y se vino a Tijuana a los 23 por una mujer. No fue la última vez que una mujer cambió el rumbo de  su vida. El taller se llamaba Fuentes Automotriz, un local de tres cajones en la calle Tercera de la Libertad, a media cuadra de la papelería del señor Refugio y enfrente de una estética que cambiaba de dueño cada año y medio.

Las letras del letrero estaban pintadas en azul sobre fondo blanco con una franja naranja en la parte de abajo que se venía pelando desde  hace dos temporadas. Lo había rentado por años y al final lo compró a medias con un socio que después se fue a Culiacán por razones que Rogelio nunca explicó a nadie.

Era un hombre delgado, de manos grandes, que siempre tenían rastros de grasa en los pliegues de los nudillos, aunque se lavara tres veces. Bigote recortado, cabello negro todavía sin canas, aunque ya estaba cerca de los 50. Voz ronca, la de los hombres que no hablan mucho, pero que cuando lo hacen lo hacen despacio y con la convicción de quien no necesita repetirse.

La gente del barrio lo apreciaba. En un mundo donde los mecánicos tienen fama de inventar fallas para cobrar más, Rogelio era de los que decían la verdad, aunque la verdad le costara el trabajo. Si el coche no más necesitaba una afinación sencilla, cobraba la afinación. Si ya no tenía remedio, también lo decía antes de cobrar un centavo.

La señora Remedios de la calle Sexta llevaba sus coches al taller desde hacía 12 años y decía que era el único al que le tenía confianza ciega. Su rutina no variaba. Taller de lunes a sábado de 8 de la mañana a 7 de la tarde. Los domingos en la Iglesia Cristiana Vida Nueva que quedaba en la calle Cuarta a cuatro cuadras de su casa.

Después del servicio, comida familiar,  a veces en casa, a veces con los suegros. Una cerveza ocasional con el vecino Ernesto antes de que oscureciera, cama a las 10 sin complicaciones, o eso parecía. Leticia Orozco de Fuentes tenía 44 años, auxiliar de enfermería en el IMS desde hacía 14 años, turno matutino de 7 a dos, madre de dos hijos, Kevin de 16, que jugaba en un equipo de fútbol del barrio y quería estudiar ingeniería mecánica igual que su papá, pero en la universidad.

Y Mariana, de 13, que tomaba clases de danza folclórica los sábados y que, según Leticia había heredado la paciencia de su abuela materna. Porque de su papá y de ella era imposible que le hubiera llegado tanta. Leticia llevaba 15 años en la iglesia Vida Nueva. Fue ella quien convenció a Rogelio de asistir cuando llevaban apenas dos años de casados.

Cuando él todavía no terminaba de entender de qué se trataba todo eso de la congregación. Rogelio fue primero por no contradecirla y luego porque le gustó el ambiente, la gente, el sentido de comunidad que en la libertad tiene peso real. El pastor de entonces los bautizó a los dos. Él mismo los casó en una renovación de votos para el décimo aniversario con pastel y todo en el salón de la iglesia.

A Leticia le gustaba cantar en el coro, organizar los convivios del grupo de mujeres,  conocer las historias de cada familia de la congregación. Era, en palabras de la señora Concepción Aramburo, su vecina de 20 años, de las personas más entregadas que he conocido en mi vida. No de esas que dicen que ayudan  y nás posan para la foto.

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