Ese domingo, Rogelio Fuentes llegó a la iglesia 10 minutos antes que todos. Eso era raro. Rogelio nunca llegaba primero a ningún lado. Su esposa Leticia era la que jalaba, la que organizaba, la que decía, “Ya es hora.” Desde la puerta de la recámara. Mientras él todavía se abrochaba los zapatos.
Pero ese domingo de abril en la colonia Libertad de Tijuana, Rogelio Fuentes Miramontes llegó solo a pie con tiempo de sobra y se sentó en la cuarta banca del lado derecho del salón. Nadie le preguntó nada. La gente asumió que Leticia venía en camino. Nunca llegó, al menos no de la forma en que todos esperaban. Quédate hasta el final porque hay algo que salió en el interrogatorio.
Una frase que Rogelio Fuentes dijo con una calma tan absoluta que el agente a cargo, con 20 años en la Fiscalía de Baja California describiría después como lo más perturbador que había escuchado en toda su carrera. No fue una confesión dramática, no fue un llanto. Fueron nueve palabras dichas en voz baja en un cuarto sin ventanas que explicaban todo y no explicaban nada al mismo tiempo.
Tijuana no es la ciudad que salen las noticias del norte, o sí, pero también es otra. La colonia Libertad está pegada a la línea a menos de 1 km del cerco metálico que divide Tijuana de San Diego. Las casas son de block pintadas con colores que el sol de la frontera va deslavando despacio. Un amarillo que se convierte en crema al tercer verano, un verde que termina siendo gris.
Las calles son empinadas, algunas de tierra apisonada, otras de asfalto tan viejo que ya tiene costras y baches, que la gente aprende de memoria para no tronarse el coche. Huele a tortilla caliente en las mañanas y a grasa de motor por las tardes, porque en La Libertad hay talleres mecánicos metidos entre las misceláneas, entre los salones de belleza que atienden de martes a sábado y los puestos de jugos que abren temprano y cierran cuando se les acaba la naranja.
A las 7 de la mañana ya hay movimiento en la calle. Gente que sube al camión, niños que van a la escuela con la mochila colgada de un hombro. El señor de las carnitas que prende el brasero 2 horas antes de que llegue el primero a pedirle. La temperatura en abril es de 13º por las mañanas. El cielo suele estar nublado.
Esas nubes bajas que vienen del Pacífico y que no sueltan lluvia. No más le quitan el sol a la gente por horas. A la 1 de la tarde se despeja y entonces el ferro detrás de la colonia se ve completo, color tierra seca, con las casas trepando hasta donde pueden. En la libertad la gente se conoce, eso es lo más importante antes de seguir.
Ahí los vecinos saben a qué hora sale cada quien, qué música ponen los sábados en la casa del fondo, con quién discutieron la semana pasada y si ya se arreglaron o todavía se están evitando. El anonimato no existe. Si alguien lleva tres días sin sacar el coche, alguien más se da cuenta. Si una familia no sale el domingo a la iglesia, alguien lo nota.
Y cuando algo raro pasa, el barrio lo siente antes de que nadie lo ponga en palabras. Eso es exactamente lo que ocurrió ese abril. El barrio lo sintió antes de saber qué era. Rogelio Fuentes Miramontes tenía 47 años cuando ocurrió todo esto. Mecánico desde los 19, casi tres décadas poniendo las manos en motores, en sistemas de frenos, en transmisiones automáticas, en todo lo que tiene que ver con que un coche funcione o deje de funcionar.
aprendió el oficio con su tío en Enenada, donde creció, y se vino a Tijuana a los 23 por una mujer. No fue la última vez que una mujer cambió el rumbo de su vida. El taller se llamaba Fuentes Automotriz, un local de tres cajones en la calle Tercera de la Libertad, a media cuadra de la papelería del señor Refugio y enfrente de una estética que cambiaba de dueño cada año y medio.
Las letras del letrero estaban pintadas en azul sobre fondo blanco con una franja naranja en la parte de abajo que se venía pelando desde hace dos temporadas. Lo había rentado por años y al final lo compró a medias con un socio que después se fue a Culiacán por razones que Rogelio nunca explicó a nadie.
Era un hombre delgado, de manos grandes, que siempre tenían rastros de grasa en los pliegues de los nudillos, aunque se lavara tres veces. Bigote recortado, cabello negro todavía sin canas, aunque ya estaba cerca de los 50. Voz ronca, la de los hombres que no hablan mucho, pero que cuando lo hacen lo hacen despacio y con la convicción de quien no necesita repetirse.
La gente del barrio lo apreciaba. En un mundo donde los mecánicos tienen fama de inventar fallas para cobrar más, Rogelio era de los que decían la verdad, aunque la verdad le costara el trabajo. Si el coche no más necesitaba una afinación sencilla, cobraba la afinación. Si ya no tenía remedio, también lo decía antes de cobrar un centavo.
La señora Remedios de la calle Sexta llevaba sus coches al taller desde hacía 12 años y decía que era el único al que le tenía confianza ciega. Su rutina no variaba. Taller de lunes a sábado de 8 de la mañana a 7 de la tarde. Los domingos en la Iglesia Cristiana Vida Nueva que quedaba en la calle Cuarta a cuatro cuadras de su casa.
Después del servicio, comida familiar, a veces en casa, a veces con los suegros. Una cerveza ocasional con el vecino Ernesto antes de que oscureciera, cama a las 10 sin complicaciones, o eso parecía. Leticia Orozco de Fuentes tenía 44 años, auxiliar de enfermería en el IMS desde hacía 14 años, turno matutino de 7 a dos, madre de dos hijos, Kevin de 16, que jugaba en un equipo de fútbol del barrio y quería estudiar ingeniería mecánica igual que su papá, pero en la universidad.
Y Mariana, de 13, que tomaba clases de danza folclórica los sábados y que, según Leticia había heredado la paciencia de su abuela materna. Porque de su papá y de ella era imposible que le hubiera llegado tanta. Leticia llevaba 15 años en la iglesia Vida Nueva. Fue ella quien convenció a Rogelio de asistir cuando llevaban apenas dos años de casados.
Cuando él todavía no terminaba de entender de qué se trataba todo eso de la congregación. Rogelio fue primero por no contradecirla y luego porque le gustó el ambiente, la gente, el sentido de comunidad que en la libertad tiene peso real. El pastor de entonces los bautizó a los dos. Él mismo los casó en una renovación de votos para el décimo aniversario con pastel y todo en el salón de la iglesia.
A Leticia le gustaba cantar en el coro, organizar los convivios del grupo de mujeres, conocer las historias de cada familia de la congregación. Era, en palabras de la señora Concepción Aramburo, su vecina de 20 años, de las personas más entregadas que he conocido en mi vida. No de esas que dicen que ayudan y nás posan para la foto.
De las que de verdad se quedan hasta las 10 de la noche organizando una rifa para quien lo necesite. El pastor Eleazar Montesuma Bernal tenía 51 años. Llegó a la iglesia Vida Nueva 8 años atrás, mandado por la denominación Desde Mexicali. Era viudo desde hacía 4 años. Su esposa había muerto de cáncer de páncreas tras 9 meses de tratamiento.
La congregación de Tijuana lo recibió con ese respeto especial que la gente guarda para quien ha cargado un duelo de ese tamaño sin quebrarse visiblemente. Era hombre alto, de cabello entre cano, peinado hacia atrás, siempre camisa de manga larga, aunque hiciera calor, siempre el mismo reloj plateado que brillaba cuando gesticulaba desde el púlpito.
Hablaba despacio, elegía cada palabra y tenía una voz que llenaba el salón sin necesidad de subir el volumen. El diácono Guadalupe Rivas, que llevaba 30 años en la congregación, decía que era el pastor más preparado que habían tenido. Vivía en el departamento pequeño que había en la parte de atrás del templo.
Cocina, recámara, baño, sala con libros en todos los rincones. El contrato pastoral incluía esa vivienda. Vida sencilla, decían los que lo conocían. O eso era lo que todos pensaban. Rogelio y Eleazar se conocían desde el primer domingo que el pastor llegó a la libertad. Se saludaban en el nombre del Señor, se daban la mano con firmeza, a veces compartían la mesa en los convivios, nada más.
O eso parecía desde afuera. La primera señal llegó en enero, tres meses antes del domingo. Rogelio salió del taller a las 7:30 de la tarde, como siempre. Llegó a casa, fue al garage a lavarse las manos, llamó a Leticia para cenar. Ella no respondió desde la cocina. La estufa estaba apagada, las sillas vacías.
La encontró en la recámara con la puerta entornada, sentada en la orilla de la cama, hablando en voz muy baja por el celular, espalda hacia la puerta. Los hombros ligeramente tensos, de la manera en que se tensan cuando uno está hablando de algo que no quiere que otros escuchen. Él se asomó al marco. Ella volteó un segundo, lo vio y cortó la llamada de inmediato con una fluidez que no era la de quien interrumpe una conversación de golpe, sino la de quien lleva tiempo practicando cómo terminarla si alguien entra. le dijo que era una compañera del
hospital que tenía problemas con su marido, que estaba muy agobiada y la había llamado varias veces ese día. Rogelio dijo que bueno. Preguntó que iban a cenar. Leticia se levantó y fue a la cocina. Rogelio se quedó un momento en la recámara. Miró el celular que ella había dejado sobre la almohada pantalla bloqueada.
Solo el fondo de pantalla, una foto de los cuatro en las vacaciones de diciembre anterior. Los cuatro sonriendo. No dijo nada, pero lo guardó adentro, en ese lugar donde uno guarda las cosas que todavía no sabe cómo nombrar. En febrero, Leticia empezó a quedarse en la iglesia después del servicio del miércoles.
Antes siempre salían juntos del templo. El miércoles era la noche más tranquila. Servicio de media hora, una oración y de regreso a casa para cenar antes de las 10. Pero en febrero aparecieron reuniones del grupo de mujeres, ensayos del coro, coordinaciones de la rifa para el fondo de ayuda de la congregación. Rogelio la recogía tarde, a veces a las 10, a veces a las 10:30.
Ella llegaba al coche con cara de cansancio, satisfecho, de quien hizo algo productivo. Cuarta semana de febrero, un miércoles, Rogelio pasó por la iglesia a las 9 para recoger a Kevin, que había ido al estudio bíblico de jóvenes. El salón principal estaba a oscuras, portón del templo cerrado con cadena.
Kevin salió por la puerta lateral con sus amigos. Rogelio le preguntó dónde estaba su mamá. Kevin dijo que no la había visto en toda la noche. Rogelio se quedó parado en la banqueta 5 minutos, llamó a Leticia. Ella contestó al tercer timbre, “Voz tranquila.” Dijo que ya iba, que se había quedado platicando con una hermana de la congregación en el coche de esa hermana estacionadas un poco más adelante.
10 minutos después llegó sola en el coche familiar sin señal de nadie más. dijo que la hermana ya se había ido. Le dio un beso en la mejilla. Rogelio manejó de regreso a casa sin decir nada. Esa noche no durmió bien. Rogelio empezó a revisar el celular de Leticia cuando ella lo dejaba en la mesa o en la sala. No encontró nada concreto. Mensajes de compañeras del hospital, cadenas de versículos bíblicos, fotos de los hijos, conversaciones con su mamá sobre recetas.
Pero estaba el chat con el pastor Eleazar. mensajes de coordinación, horarios, versículos, nada que visto por separado dijera nada. Pero era mucho, muchos mensajes a horas que no correspondían a ninguna coordinación. las 11 de la noche, las 12:15, las 6:45 de un martes por la mañana y respuestas rápidas de ambos lados, de los dos, como si los dos estuvieran con el teléfono en la mano esperando.
Rogelio lo leyó tres veces, dejó el celular donde estaba, se sentó a la mesa, escuchó el agua de la ducha corriendo y en esos 4 minutos que Leticia tardó en ducharse, hizo lo que haría de ahí en adelante cada vez que la duda se le juntaba. se quedó quieto con las manos abiertas sobre la mesa, mirando sin ver mientras algo adentro suyo se reacomodaba en un lugar del que ya no iba a salir.
La desconfianza no llega de golpe. Va entrando despacio como el agua por las grietas de una pared de block mal construida. Primero una humedad que casi no se nota. Después una mancha que uno puede atribuir al clima. Después algo que ya no tiene remedio. El insomnio llegó en serio a finales de febrero. Rogelio se quedaba dormido tarde y se despertaba a las 3 de la madrugada con los ojos abiertos de golpe, como si alguien le hubiera gritado algo al oído.
Y ya no volvía a dormir. se quedaba mirando el techo de la recámara oscura, escuchando la respiración de Leticia a su lado, ese ritmo tranquilo de quien duerme sin cargo, ese calor ordinario de dos personas que llevan años compartiendo la misma cama y que uno ya dejó de pensar como extraordinario. Solo que ahora Rogelio sí lo pensaba.
Pensaba en ese calor y pensaba en todo lo demás. Y los pensamientos se iban solos a lugares que él no quería seguir, pero que seguía igual noche tras noche. Cuando empezó, ¿dónde? ¿Cuántas veces? ¿Qué le dijiste? ¿Qué me dices a mí cuando llego del taller? ¿Y qué le dices a él cuando te vas a esa puerta de atrás que se abre con demasiada rapidez para alguien que acaba de llegar? Cuántas veces me miraste a los ojos en esta recámara y en qué estabas pensando exactamente.
Esos pensamientos no descansaban. Estaban en el taller mientras apretaba tuercas. Estaban cuando veía a sus hijos hablar en la cena. Estaban cuando se lavaba los dientes, cuando encendía el coche por las mañanas todo el tiempo y cada día un poco más fuertes. Marzo, un sábado al mediodía, el chivo Cisneros llegó al taller con su tusuru descompuesto.
El chivo era amigo de Rogelio desde hace años, de esos que no son compadres ni cuates de infancia, pero que se conocen bien porque comparten el mismo tipo de vida, taller, familia, barrio. Mientras limpiaban la carburación juntos, el chivo dijo que no quería meterse en lo que no le importaba, que si lo decía era porque le dolía callárselo, que una noche de miércoles reciente, yendo de regreso a su casa, había pasado en coche por la calle de la iglesia y que vio el coche de Leticia estacionado ahí y que también vio la camioneta del pastor, la ranger
gris que todo el mundo conocía en la colonia, estacionada justo detrás. que no había actividad programada en el templo esa noche, que las luces del departamento de atrás estaban encendidas, que él había seguido su camino en ese momento, pero que después no pudo sacárselo de la cabeza. El chivo terminó de hablar y se quedó mirando la carburación. Rogelio siguió limpiando.
Tardó un momento. Le dijo al chivo que gracias, que a veces uno ve cosas que no son lo que parecen, que Leticia a veces se quedaba en la iglesia por cosas del grupo de mujeres. Lo dijo con voz tranquila, con la voz de quien ya sabe lo que sabe y no necesita que nadie más lo confirme.
Esa noche, mientras Leticia dormía, Rogelio se quedó sentado en la sala con la televisión apagada. 3 horas sin moverse, la colonia afuera con ese silencio de madrugada tijuanense que nunca es silencio completo. Perros a lo lejos, algún coche subiendo la cuesta, el viento del cerro. Adentro la respiración de Leticia desde la recámara, los ronquidos suaves de Kevin al fondo del pasillo y él pensando.
Fue la segunda semana de marzo cuando Rogelio decidió verificar por su cuenta lo que ya creía saber. El miércoles en la noche le dijo a Leticia que tenía que ir al taller a revisar un motor que había quedado a medias. Le dio un beso normal, salió, dobló en la primera esquina, apagó las luces del coche y esperó.
24 minutos después, el coche de Leticia salió del garage de la casa. Rogelio la siguió a tres cuadras de distancia, sin luces, con el motor en mínimo en las partes donde el camino bajaba. 6 minutos de recorrido. La vio estacionarse frente a la iglesia. La vio bajar rápido del coche con una bolsa colgada al hombro, mirando hacia los lados antes de cruzar la banqueta, como quien verifica que no hay nadie mirando.
La vio llamar a la puerta lateral del templo, la que da al callejón, la que comunica directo con el departamento de atrás. La puerta se abrió. Rogelio estaba a suficiente distancia para no distinguir quién abrió. Solo vio la abertura de luz amarilla y la silueta de Leticia entrando y la puerta cerrándose. La camioneta Ranger Gre estaba en el callejón. Rogelio apagó el motor.
Lo que vino después en ese coche estacionado del otro lado de la calle con las luces apagadas duró una hora y 20 minutos. Una hora y 20 mirando esa puerta cerrada. Las luces del departamento encendidas, la Ranger gris, el silencio de la calle de noche y adentro de él algo que no era exactamente rabia, aunque pareciera rabia desde afuera.
Era más parecido a cuando uno confirma lo que ya sabía. Y el cuerpo primero se enfría y luego se instala en una calma que no es alivio, sino otra cosa. A las 10:15 su teléfono vibró. Mensaje de Leticia. Ya voy saliendo. Pasas por mí o me voy sola. Rogelio tardó un minuto, luego escribió, “¡Ya voy!” La fue a recoger al lugar donde ella le dijo que estaba.
Leticia subió al coche oliendo a un perfume que no era el que usaba cuando salió de la casa. Le dio un beso rápido, le preguntó si estaba bien, que lo notaba callado. Él dijo que estaba cansado. Ella dijo que sí, que era tarde, que mejor a dormir. Rogelio manejó a casa. Esa noche se pasó a la sala.
le dijo que tenía calor. No durmió. El cuaderno empezó esa misma noche. Sacó del cajón del escritorio un cuaderno escolar de pasta azul que estaba a medias con apuntes de presupuestos de refacciones en las primeras páginas. arrancó esas páginas, las tiró y empezó a escribir con la letra apretada de quien no agarra seguido el lápiz, sin tildes en varias palabras, sin párrafos organizados, fechas, horas, lo que había visto, lo que recordaba.
Las noches de miércoles, la llamada cortada en enero, el chat del celular, el chivo, la ranger gris, la noche en el coche frente a la iglesia. No era un diario de rabia. No tenía insultos, ni reclamos, ni preguntas dirigidas a Leticia. Era más frío que eso. Era un registro como el que llevaba en el taller para anotar las fallas de los coches antes de trabajar en ellos.
La tercera semana de marzo, Rogelio fue a casa de su cuñado Bernardo con el pretexto de devolverle unas herramientas. Platicaron parados en la entrada sin pasar. Rogelio tenía esa calma tensa de que no ha dormido bien en semanas. Los ojos quietos, la mandíbula apretada, las respuestas que llegaban un segundo después de lo esperado.
En un momento, sin que viniera de ningún tema, le preguntó a Bernardo si él sabía algo. Bernardo no entendió. Le pidió que se explicara. Rogelio sacudió la cabeza, dijo que nada, recogió las herramientas y se fue caminando calle abajo. Bernardo lo vio alejarse y pensó que tenía algún problema del taller. No preguntó más.
Eso le pesaría el resto de su vida. Hay algo que no se entiende desde afuera cuando uno lee estas historias y pregunta, ¿por qué no habló? ¿Por qué no preguntó? ¿Por qué no se fue? La respuesta es que el engaño de larga duración no funciona como una herida abierta que duele de inmediato. Funciona como un veneno que tarda.
Cada duda que Rogelio tenía venía acompañada de 15 años de cara conocida. de la voz de Leticia diciéndole buenas noches de los dos hijos al fondo del pasillo, de la hipoteca que todavía debían. De la manera en que ella le ponía la mano en el hombro cuando él llegaba cansado del taller y no decía nada y él sentía el peso de esa mano como algo real.
La rabia y el amor se fueron mezclando en algo que ya no era claramente ninguno de los dos, algo más oscuro que no tiene nombre, pero que los que lo han vivido reconocen de inmediato. Y a eso se fue sumando el proceso mental de quien ve algo que no quería ver y no puede desverlo. Pensamientos que se repetían igual que una canción que se le pega a uno sin querer.
¿Cuándo empezó? ¿Cuántas veces? ¿Con qué cara me miras cuando te pregunto cómo estuvo tu día? El insomnio de las 3 de la madrugada, los ojos abiertos, la respiración tranquila de ella a un lado, la sensación de que el mundo que uno tiene es real y simultáneamente no es lo que parece y que esas dos cosas son ciertas al mismo tiempo y que el cuerpo no sabe cómo procesar eso.
Rogelio lo procesó solo, sin decirle nada a nadie, sin ir con ningún conocido, sin llamar a su hermano en ensenada, sin pedir consejo al chivo, solo. Y en la soledad de ese proceso, las semanas fueron construyendo algo que al principio era confusión y que fue volviéndose claridad y que de la claridad fue pasando a decisión y que de la decisión fue pasando a plan.
En la última semana de marzo, algo cambió en Rogelio, que los de afuera no supieron leer bien. El chivo lo notó, que Rogelio dejó de estar ausente, que de repente estaba más presente en las conversaciones, más atento al trabajo, más concreto. El chivo pensó que se le había quitado lo que traía. no entendió lo que realmente estaba pasando.
Lo que pasaba era que Rogelio había terminado de pensar que el proceso que empezó en enero había llegado a un punto en que ya no era duda, sino certeza. Y ya no era certeza, sino decisión. Y ya no era decisión sino fecha. Y cuando la fecha ya está fijada, la angustia se va. Eso es lo más escalofriante de estos casos. La angustia se va.
El que ha decidido algo así duele de una manera diferente, ya no como el que sufre sin saber qué hacer, sino como el que sabe exactamente lo que va a hacer y ya cargó con el peso de esa decisión. La calma que viene después de eso no es paz, es otra cosa. El sábado anterior al domingo de abril, Rogelio abrió el taller a las 8, como siempre.
A las 4:30 de la tarde llamó a sus clientes con cita para esa tarde. Les dijo que se le había presentado un asunto de familia urgente que les reagendaba el lunes sin costo. Nadie protestó. Era Rogelio. Cerró el taller, puso el candado. Leticia había salido con Mariana a casa de su mamá. Kevin estaba en la cancha. La casa estaba sola. Rogelio entró, fue a la cochera.
Debajo del banco de trabajo, en el cajón de hasta abajo de la caja de herramientas de metal, detrás de las llaves de caja que ya no usaba, estaba la pistola. La sacó, la revisó con la misma rutina con que revisaría un motor. Cargador, recámara, seguro. Siete balas. La envolvió en un trapo limpio de taller.
La metió al bolsillo interior de la chamarra azul marino que colgaba en el gancho del garage, la chamarra que usaba para los domingos. fue al cuaderno. Escribió algo en la última página con espacio disponible después de varias páginas en blanco. Cuatro palabras. El domingo la iglesia. Cerró el cuaderno, lo regresó a la caja, cubrió todo.
Esa noche cenaron los cuatro. Leticia había vuelto con Mariana. Kevin llegó sucio de la cancha y se fue a bañar. Comieron arroz con pollo. Rogelio comió bien. Leticia lo miró varias veces durante la cena. Le dijo que lo notaba más tranquilo. Le preguntó si ya se le había quitado lo que traía esos días. Él le dijo que sí, que a veces uno necesita unos días para soltar las cosas. Ella le creyó.
Kevin y Mariana hablaban de un meme. La mesa olía a pollo y a tortilla caliente y a la normalidad de cualquier domingo que no presagia nada. Rogelio durmió esa noche. De verdad durmió. Eso también es parte de lo que pasó. El domingo amaneció nublado. 13 gr. Nubes bajas del Pacífico, sin lluvia pero sin sol. El cerro detrás de la libertad apenas visible.

Leticia se levantó primero, puso el café, empezó los huevos a la mexicana con los jitomates y la cebolla que había dejado picados la noche anterior. Kevin bajó corriendo, comió de pie, dijo adiós y salió. El portón resonó. Mariana seguía dormida. La abuela Orozco, que había llegado la noche anterior para quedarse ese día cuidando a la niña, dormía también.
Leticia se arregló en la recámara. Se puso el vestido azul marino del domingo, se recogió el cabello, se puso los aretes de perla del noveno aniversario, le preguntó a Rogelio si ya estaba listo. Él le dijo que se adelantara en el coche, que él iba a ir caminando, que necesitaba un poco de aire.
Leticia lo miró un segundo, solo un segundo, dijo que bueno. El coche arrancó las llantas sobre el asfalto y después silencio. Rogelio esperó 10 minutos, fue al garage, agarró la chamarra azul marino, comprobó el bolsillo interior, salió, caminó cuatro cuadras hacia la iglesia, la colonia tranquila esa mañana, un perro cruzando la calle, el camión de redilas pasando rumbo a la avenida.
La tortillería de la calle segunda, ya con olor a masa caliente. Cuatro cuadras. La iglesia quedaba ahí. La señora Concepción fue la segunda en llegar ese domingo. Vio a Rogelio en la cuarta banca y pensó que bueno que lo notaba más animado. Fue llegando la congregación, el diácono Guadalupe con su libretita, Tres familias del fondo de la colonia, El matrimonio El Izondo, hermanas del coro, 22 personas en total cuando empezó el servicio.
Leticia llegó 10 minutos antes del servicio. Entró, saludó a dos hermanas en la entrada, avanzó hasta Rogelio, le preguntó si ya se sentía bien. Él dijo que sí. Ella se sentó a su lado, le apretó la mano una vez. A las 11:5, el pastor Eleazar entró por la puerta lateral. Venía de su departamento. Camisa blanca, manga larga, reloj plateado, la Biblia negra bajo el brazo.
Saludó a la congregación con las dos manos abiertas. Su mirada recorrió el salón. Se detuvo un segundo en el lugar donde estaban Leticia y Rogelio. Solo un segundo. Rogelio lo vio. El servicio empezó. Cánticos, lectura bíblica. Leticia cantaba con los ojos cerrados como siempre con esa entrega que el coro le reconocía.
El pastor Eleazar se acomodó detrás del púlpito para el sermón. Esa mañana habló del libro de Proverbios. Habló de la sabiduría que guía al hombre recto. Habló de la fidelidad como cimiento. Habló de la confianza entre quienes se aman, de lo que se pierde cuando esa confianza se quiebra. Y fue en ese momento, con esas palabras exactas saliendo de esa boca cuando Rogelio Fuentes Miramontes se puso de pie.
Nadie entendió qué estaba pasando. La señora Concepción pensó que se había sentido mal. El diácono Guadalupe vio las manos dentro de la chamarra y después diría que en ese instante algo le dijo algo, pero que no quiso escuchar. Rogelio caminó por el pasillo central despacio, con la misma calma con que había llegado esa mañana.
El pastor Eleazar dejó de hablar a mitad de una frase, lo miró acercarse. Los que estaban en las primeras bancas lo describieron diferente, cada uno con sus palabras, pero todos coincidían en una cosa, que el pastor Eleazar, en el momento en que vio a Rogelio caminando hacia él con las manos adentro de la chamarra, tuvo en la cara la expresión de alguien que ya lo entendía todo.
Rogelio llegó a 4 m del púlpito. Elear levantó las dos manos las palmas hacia afuera. Dijo el nombre de Rogelio, lo llamó hermano. Le pidió que esperara que podían hablar que esto podía resolverse de otra forma. Rogelio sacó la pistola. El pastor Eleazar cerró los ojos un segundo, solo un segundo.
Luego los abrió. El primer disparo lo alcanzó en el pecho del lado izquierdo a la altura del esternón. El sonido en ese salón pequeño con las paredes de block y el techo bajo fue un estallido que varios de los presentes describieron como algo que no se parece a nada de lo que uno ha escuchado antes, algo que el cuerpo recibe antes de que la mente lo procese.
El impacto empujó al pastor hacia atrás. El segundo tiro fue al cuello cuando Eleazar ya estaba cayendo, con las manos todavía levantadas en ese gesto que no sirvió de nada. Eleazar Montesuma Bernal cayó detrás del púlpito, fuera de la vista directa de las primeras bancas. Lo que la congregación escuchó entonces fue el golpe seco y pesado del cuerpo contra el mosaico y después un sonido que el diácono Guadalupe describió como breve y suave, que no era un grito, que era algo más definitivo y más silencioso que un
grito. Y luego nada, medio segundo de silencio, total, absoluto. Y entonces los gritos. La congregación entró en pánico, los bancos moviéndose, la gente empujándose hacia la puerta de atrás, una mujer cayendo al suelo, un niño llorando sin entender nada. Leticia se puso de pie, gritó el nombre de Rogelio, se movió hacia el pasillo.
Las palabras que dijo en esos segundos, la señora Concepción las escuchó, pero no pudo repetirlas completas después. El caos del salón, los gritos de otros, los bancos golpeando. Todo tapó parte de lo que Leticia decía en ese momento mientras avanzaba hacia él por el pasillo entre bancas vacías. Rogelio ya estaba volteando hacia ella.
Leticia lo miró desde el pasillo. A los ojos dijo algo que empezaba con su nombre y que nadie escuchó completo. Rogelio disparó una vez. La bala alcanzó a Leticia en el abdomen del lado derecho. Ella se dobló hacia delante con un sonido que no fue un grito, sino algo más corto y más sorprendido, y cayó entre el cuarto y el quinto banco del lado derecho.
Los mismos bancos donde siempre se sentaban juntos los domingos, el lugar donde habían renovado votos 10 años atrás, el lugar donde Kevin de niño se quedaba dormido apoyado en el hombro de su mamá durante los sermones largos. El tercer disparo fue el último. Rogelio bajó la pistola, se quedó parado en el pasillo, rodeado de bancos vacíos, de biblias tiradas en el suelo, de bolsas abandonadas con llaves asomando, del sonido de la gente corriendo afuera y los gritos desde la calle, y del silencio dentro del salón, un silencio
roto solo por los sonidos que hacía Leticia en el suelo entre los bancos. Sonidos que la señora Concepción, que se había tirado detrás del último banco, escuchó durante los siguientes minutos y que después dijo que no podía repetir. Rogelio no se movió, se quedó parado mirando hacia donde estaba Leticia.
La señora Concepción, asomada desde atrás del banco, lo vio en ese momento. Dijo que la expresión de Rogelio no era la de la rabia que acaba de explotar. Tampoco era la del que se arrepiente de golpe. Era otra cosa. Era la expresión del que terminó algo que venía cargando mucho tiempo y que ahora se quedó sin saber qué hacer con el cuerpo.
Vacío, pero no de locura. Vacío como el que terminó y ya no sabe qué sigue. El diácono Guadalupe hizo la llamada al 911 desde el estacionamiento de la iglesia. Con las manos temblando tanto que tardó en encontrar los números. La voz del operador le pidió que dijera la dirección, que se calmara, que cuántos heridos había.
Eran las 11:16 de la mañana. La primera patrulla llegó en 6 minutos. Para cuando los agentes de la policía municipal entraron al templo, Rogelio estaba sentado en la banqueta de afuera de la puerta principal con las manos sobre las rodillas. La pistola estaba en el suelo a metro y medio de sus pies. Él mismo la había puesto ahí.
Los agentes lo esposaron sin resistencia. Uno reportó después que Rogelio no dijo una sola palabra en todo el proceso, ni cuando le pusieron las esposas, ni cuando lo levantaron del suelo, ni cuando lo llevaron hacia la patrulla. Adentro los paramédicos encontraron al pastor Eleazar Moctezuma Bernal, sin signos vitales detrás del púlpito.
Dos heridas de bala, tórax y cuello. Murió en el lugar. Leticia Orozco de Fuentes estaba viva. Con dificultad para respirar, con pérdida severa de sangre. La trasladaron al Hospital General de Tijuana. 2 horas y 40 minutos después, sin recuperar el conocimiento, Leticia murió durante la cirugía. La bala había perforado el hígado y una arteria mayor.
La colonia Libertad tardó cero minutos en enterarse. La señora Concepción llamó a su hermana apenas pudo hablar. La hermana le avisó a dos vecinas. Para el mediodía, la calle Cuarta tenía gente parada en las banquetas mirando hacia la iglesia con la cinta amarilla y las patrullas. Kevin llegó corriendo y los agentes no lo dejaron pasar.
Mariana le preguntó a su abuela si era su mamá. La señora Orosco se tapó la boca con la mano. Los investigadores de la fiscalía encontraron en la cochera el cuaderno de pasta azul en el cajón de hasta abajo de la caja de herramientas de metal. El fiscal que lo leyó primero lo describió como un registro personal de vigilancia.
Empezaba en enero, fechas, horas, observaciones y al final, después de varias páginas en blanco, cuatro palabras escritas solas. El domingo, la iglesia, la sala de interrogatorios de la fiscalía en el Florido, paredes blancas sin ventanas, mesa de metal, tres sillas, una cámara en la esquina superior derecha.
A las 4 de la tarde del mismo domingo, Rogelio Fuentes se sentó frente a los agentes Marco Aurelio Sandoval y Perla Estrada. Traje de la iglesia todavía puesto, sin cinturón ni cordones por el protocolo de ingreso. Se sentó derecho, cruzó las manos sobre la mesa. Sandoval hizo las preguntas de rutina, nombre, edad, domicilio.
Rogelio respondió todo sin vacilar. Sandoval le preguntó si quería un abogado antes de continuar. Rogelio dijo que no. Estrada le preguntó qué había pasado esa mañana y Rogelio empezó a hablar. Habló durante 2 horas y 16 minutos sin parar. Fue desde enero. Cronológico ordenado sin saltos. El celular de Leticia, las noches de miércoles, la Ranger Gris, la noche en el coche, el cuaderno, Las semanas sin dormir.
El sábado que cerró el taller, la chamarra no estaba nervioso, no lloraba, no miraba hacia los lados como hacen los que mienten o los que buscan una salida. Miraba a los agentes o miraba a la mesa y hablaba con la misma voz ronca de siempre. Estrada lo interrumpió una sola vez para pedirle que repitiera la fecha de una noche que había mencionado.
Rogelio la dio sin dudar. Sandoval le preguntó qué había hecho el sábado anterior cuando cerró el taller temprano. Rogelio la miró. Dijo, “Agarré la pistola de donde la tenía y la metí en la chamarra que iba a usar al otro día. Sandoval le preguntó por qué eligió la iglesia. ¿Por qué ese lugar específicamente?” Rogelio pensó un momento.
No mucho, dijo, porque quería que él tuviera que mirarme de frente en el lugar donde todo había pasado entre ellos. Estrada le preguntó si había pensado en sus hijos antes de ir esa mañana. Fue la primera pausa larga. Rogelio miró la mesa. Los fluorescentes del cuarto zumbaban levemente. Desde algún lugar lejano del edificio llegaba el sonido amortiguado de una radio.
Luego levantó los ojos hacia Estrada. Dijo todo el tiempo. Desde enero, cada día pensé en mis hijos. Estrada le preguntó qué había pensado exactamente. Rogelio dijo que iban a estar mejor sin los dos que estábamos matando la familia. Sin los dos, Estrada y Sandoval no cambiaron de expresión, pero los dos escucharon esas palabras de la misma manera, con ese tipo de atención que uno pone cuando algo no encaja en ninguna categoría conocida sin los dos.
Como si Leticia y él mismo fueran igualmente el problema. Como si el crimen que acababa de cometer fuera una forma de limpiar algo que los dos habían ensuciado por igual. Sandoval dejó pasar un momento. Luego le preguntó si se arrepentía. Pausa más larga. El zumbido de los fluorescentes, el sonido lejano de la radio.
Rogelio dijo, “Me arrepiento de mis hijos.” Solo eso, sin agregar nada, sin explicar qué quería decir exactamente, sin llorar. “Me arrepiento de mis hijos.” El agente Sandoval diría después en la entrevista con el Ministerio Público que forma parte del expediente que en 20 años de trabajo en la Fiscalía de Baja California nunca había escuchado el arrepentimiento formulado de esa manera, que no era frialdad clínica, que era algo diferente para lo que no encontraba nombre en ningún manual, que el hombre que tenía enfrente no estaba negando lo
que había hecho ni buscando una salida, que lo veía con una claridad que resultaba más difícil de procesar que el llanto o la negación, que era como si Rogelio Fuentes hubiera llegado a esa sala habiendo hecho ya todas las cuentas posibles con lo que había hecho y solo hubiera quedado ese residuo.
Los hijos, solo los hijos. El proceso legal fue largo. Los cargos homicidio calificado en dos cuentas, por Eleasar Moctezuma Bernal y por Leticia Orozco de Fuentes. Homicidio calificado significa que el crimen fue planeado con anterioridad y en frío, que no fue un acto de calentón. El cuaderno de pasta azul fue la evidencia más contundente de premeditación.
La defensa intentó el argumento de trastorno mental transitorio, que Rogelio había actuado bajo una perturbación emocional extrema que le quitó la capacidad de razonar en el momento. Es un argumento que puede funcionar cuando hay evidencia de que la persona explotó sin control, sin planeación. El problema para la defensa era el cuaderno, el sábado anterior, el taller cerrado temprano, la pistola guardada en la chamarra el día antes, las cuatro palabras al final del cuaderno.
Los peritos psiquiátricos del estado lo evaluaron tres veces. Sus conclusiones, que Rogelio Fuentes no presentaba ningún trastorno psicótico ni estado disociativo, que era un hombre que había tomado una decisión durante semanas y la había ejecutado de manera ordenada, que su capacidad de razonamiento al momento de los hechos no estaba afectada por ninguna condición clínica.
El juicio oral duró 4 semanas, declararon 22 personas que estuvieron en el templo ese domingo, declaró el chivo Cisneros. que bajó la cabeza cuando el fiscal le preguntó si creía que su conversación con Rogelio en el taller había contribuido de alguna manera a lo que vino. El chivo dijo que no lo sabía, que si hubiera sabido lo que iba a pasar habría hecho algo diferente.
No sabía qué, pero algo diferente. El juez declaró a Rogelio culpable. Sentencia 52 años en el Centro de Reinserción Social. La mesa. La defensa apeló. El tribunal colegiado rechazó la apelación. Sentencia firme. Kevin y Mariana se fueron a vivir con su abuela materna, la señora Orosco, en la misma colonia.
Kevin empezó a trabajar en un taller de la colonia vecina las tardes y los fines de semana. La señora Orosco dijo que no le pidió que trabajara, que él solo empezó. Mariana no volvió a la escuela ese ciclo. Al siguiente la inscribieron en otra secundaria, en otra colonia, para que la ruta no pasara frente a la iglesia.
El taller Fuentes Automotriz cerró. Meses después, una papelería escolar lo rentó. Las letras azules sobre fondo blanco siguen sin quitarse del todo, aunque alguien pintó encima con brocha gorda. La iglesia Vida Nueva siguió. La denominación mandó a un pastor joven de Ensenada. La congregación se redujo a menos de la mitad.
El diácono Guadalupe sigue yendo cada miércoles y cada domingo. La señora Concepción dejó de ir sin dar explicaciones, sin tener que darlas. Hay algo que el juicio no pudo resolver completamente. Se estableció que la relación entre Leticia y el pastor Eleazar llevaba al menos 7 meses. Los mensajes recuperados de ambos teléfonos confirmaron el vínculo, pero lo que nunca pudo establecerse con claridad fue cuántos habían las personas que los rodeaban.
La mayoría de la congregación declaró no haber notado nada. Pero dos testimonios se contradicen. Rocío del Carmen Villanueva, mujer del coro. Dijo en su primera declaración que no había sospechado nada. Semanas después, en una segunda entrevista con el Ministerio Público, cambió su versión, que una tarde de diciembre había llegado temprano a la iglesia y encontró el coche de Leticia estacionado sin actividad programada esa tarde, que no lo conectó con nada en ese momento, que ahora sí y el diácono Guadalupe declaró que meses antes del domingo el
pastor Eleazar le había dicho algo en una conversación casual después de un servicio de miércoles, que a veces las cosas del corazón no se pueden controlar del todo y que el hombre de fe tiene que aprender a vivir con esa lucha. Que él lo había tomado como reflexión espiritual. El fiscal le preguntó si creía ahora que el pastor le estaba hablando de algo concreto.
El diácono Guadalupe bajó los ojos. Tardó, dijo, “Ahora creo que sí. Nadie más cambió su versión.” Pero la pregunta que quedó en el expediente y que el proceso judicial nunca contestó del todo es, ¿cuántas personas en esa congregación notaron algo que eligieron no nombrar? ¿Cuántas vieron el coche de Leticia o la camioneta del pastor o algo en la manera en que se miraban un segundo de más y decidieron que era más fácil no verlo.
Ese número no está en ningún registro y probablemente nunca lo estará.