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A los 78 años, Elton John FINALMENTE habla sobre Camilla y no es nada bueno

Imagina que debes elegir entre la lealtad a un amigo fallecido y la fidelidad a la monarquía más poderosa del mundo. ¿Qué harías? La elección de Elton John no solo reveló un secreto devastador sobre la reina Camilla, sino que también sacudió los cimientos de la corona. Vamos a descubrir la verdad. Para entender por qué una silla vacía en una boda real pudo sacudir a un imperio, no hay que mirar hacia delante, sino hacia atrás.

Hay que rebobinar la cinta de la historia hasta el momento exacto en que todo se rompió. Estamos en agosto de 1997. Diana, princesa de Gales, acaba de morir en un túnel de París y el mundo se detiene. Para sir Elton John, la noticia es un golpe doblemente cruel. Apenas unas semanas antes había perdido a su amigo Yan Versache y ahora la mujer que había sido su confidente durante 15 años, su aliada en la lucha contra el sida, también se había ido.

Pero en medio de ese dolor insoportable, la maquinaria del poder, esa misma institución que nunca supo cómo encajarla ahora, necesitaba desesperadamente de quienes la habían querido de verdad. El palacio de Buckingham lo llama. Le piden que cante en el funeral y es en ese momento de duelo donde se forja la lealtad que definirá los siguientes años.

Elton y su letrista Bernie Taupin reescriben Candel in the win transformándola de un tributo a Marilyn Monroe a una elegía para la Rosa de Inglaterra. Esa actuación en la abadía de Westminster no fue solo música, fue un pacto sellado con lágrimas ante millones de testigos. Un juramento silencioso de que su memoria no sería traicionada.

Ahora avancemos rápido. 8 años después, en 2005, el hombre por el que Dian había sufrido tanto el príncipe Charles se casa con la mujer que el mundo entero veía como la causa de ese sufrimiento, Camila Parker Bows. Y aquí es donde la elección se vuelve imposible. ¿Cómo podía Elton, el guardián musical del legado de Diana, sentarse en esa capilla y aplaudir el final feliz de una historia que para su amiga había sido una tragedia? Sé lo que estaréis pensando, que el tiempo lo cura todo, pero hay heridas que no cierran.

Hay lealtades que no caducan. La ausencia de Elton John en esa boda no fue un simple problema de agenda con una actuación benéfica en Los Ángeles. Claro que sí, guapi. Fue la manifestación física de ese pacto sellado en 1997. Fue un acto de coherencia brutal. Su silla vacía no era un insulto a Charles y Camilla, era un monumento a Diana.

Un recordatorio silencioso, pero atronador de que aunque la corona siguiera adelante, la historia tenía memoria. La relación entre Elton y la monarquía siempre había sido compleja, un baile delicado entre el respeto por la institución y el afecto por las personas que la habitaban. Desde que la princesa Margaret lo invitara a cenar en los años 70, Elton se había convertido en una especie de bufón de la corte moderno, un confidente inesperado que podía bailar rock around the clock con la reina o recibir bromas del príncipe Philip sobre

su llamativo Aston Martin. Pero su conexión con Diana fue diferente. No se basaba en el protocolo, sino en una empatía profunda. Ambos eran dos almas bajo una presión mediática insoportable. dos personas que entendían la soledad que se esconde tras los focos. Él era el pianista que podía ponerle música a la melancolía de la jaula dorada.

Ella era la princesa que le recordaba a la humanidad, que a veces se pierde tras las lentejuelas. Por eso, cuando el mundo se vio paralizado por el miedo al sida, ellos lucharon juntos. Diana, desafiando a la propia corona, estrechó la mano de un enfermo sin guantes, un gesto que destrozó el estigma y que para Elton, que veía morir a sus amigos, fue un acto de valentía que cimentó su amistad para siempre.

Una amistad que, a pesar de una dolorosa ruptura temporal por el libro de Versaches, se sanó justo antes del final, como si el destino les concediera una última oportunidad para perdonarse. Y es esa historia, esa lealtad forjada en la risa, en la lucha y en la tragedia la que explica la silla vacía.

Para Elton, asistir a esa boda habría sido como arrancar la página más importante de su propia vida, como apagar él mismo la vela que juró mantener encendida en honor a su amiga. La pregunta es inevitable, ¿cómo un chico de Pinner, un suburbio londinense llamado Reginal Kenneth White, un joven con gafas gruesas y una lucha constante con su peso, llegó a ser una figura tan central en la órbita de la monarquía británica que su ausencia en una boda pudiera generar un debate nacional.

Para entenderlo, hay que subirse a una máquina del tiempo y viajar a los efervescentes y revolucionarios años 70. Aquella década no fue solo la era del glam rock, las plataformas y las lentejuelas. Fue la era en que Elton John despegó como un cohete redefiniendo lo que significaba ser una estrella de la música.

Con el lanzamiento de Rocketman en 1972, se convirtió en algo más que un cantante. Era un fenómeno, un artista de una especie rara que fusionaba el rock and roll con una sensibilidad de pianista clásico y una teatralidad que dejaba a todos boqueabiertos. La gente estaba flipando. Junto a su letrista, el genio poético Bernie Tau Pin creó una catarata de éxitos que se convirtieron en la banda sonora de una generación Tiny Dancer Your Song Goodbye Yellow Brick Road.

Su música no solo dominaba las listas de éxitos, derribaba barreras creando un espacio donde la extravagancia y la emoción más pura podían coexistir. Y resulta que entre su legión de millones de fans se encontraban algunos de los habitantes más famosos y reservados del Reino Unido, la familia real británica. Su entrada en este círculo hermético no fue gradual, sino directa y sorprendente.

A principios de los 70 recibió una invitación a cenar de la princesa Margaret, la hermana de la reina. Imagínate la escena, una tarjeta con el escudo real grabado en oro llegando a la casa de un roquero. Margaret, una mujer conocida por su amor por las artes y su espíritu rebelde, era una seguidora de su trabajo.

Aquella cena fue el pistoletazo de salida, el inicio de una relación insólita. Su creciente fama y su cercanía geográfica al castillo de Winsor, la residencia del fin de semana de la reina, hicieron que los encuentros se volvieran más frecuentes. Se convirtió en el vecino famoso de la realeza. A finales de la década, incluso el pragmático y a menudo brusco príncipe Philip Duque de Edimburgo se había percatado de su presencia.

En una ocasión se topó con el Aston Martin de Elton, que el cantante había pintado de un amarillo chillón con una franja roja y negra los colores de su amado equipo de fútbol, el Watford FC. La reacción de Philip, según recordaría Elton en su autobiografía, me fue lapidaria. ¿En qué demonios estás pensando ridículo? Te hace parecer un maldito idiota.

Desastre de él. Muy bonito. Sí, señor. Un consejo de estilo de parte del consorte de la reina. Sin embargo, lo que para Philip era una defesio para otros miembros de la familia era una curiosidad fascinante. La reina madre, por ejemplo, cenaba a menudo en la casa de Elton en Winsor. Incluso bailaron juntos una vieja canción irlandesa llamada Slattery’s Mounted Food.

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