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Doris Duke: heredó mil millones. Su mayordomo se quedó con todo.

Aprendió a cantar gospel, se unió a un coro. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en una cantina para marineros en Egipto por al año. Después de la guerra, trabajó como corresponsal extranjera, reportando desde ciudades destrozadas. Luego escribió para Harpers Bazar en París ganando $50 a la semana. No lo hacía para demostrar nada.

Lo hacía porque necesitaba saber que podía hacer algo más que su fortuna. Y fue en esa búsqueda donde conoció a Porfirio Rubirosa, eh el playboy dominicano más famoso de su época, un hombre que seducía a mujeres ricas con la precisión de un relojero suizo. Eh, Rubirosa estaba casado cuando conoció a Doris. Según algunas fuentes, ella pagó a su esposa un millón de dólares para que se divorciara de él.

Se casaron en 1947. Eh, se divorciaron un año después. Él eh se fue con plantaciones, coches, caballos, eh una mansión en París y efectivo suficiente para vivir bien el resto de su vida. Dori se quedó con otra confirmación de lo que su padre le había dicho. Pero hay algo más importante que ese matrimonio fallido. Algo que nadie menciona cuando cuentan la historia de Doris Duke como si fuera solo una mujer ingenua.

En 1940, cuando todavía estaba casada con Cromwell, Doris quedó embarazada. Había especulación sobre el padre. Cronwell, eh, Samka Cahanamoku, no importa, eh, lo que importa es que Doris por primera vez iba a tener algo que no venía de una herencia, alguien que la amaría sin saber cuánto dinero tenía, alguien que sería suyo sin contratos ni testamentos.

Eh, la niña nació prematura en julio de 1940. se llamó Arden. Murió 24 horas después. Eh, los médicos dijeron que no podría tener más hijos y ahí está el verdadero precio, no el que se paga con dinero, el que se paga con tiempo, con posibilidades, con futuros que nunca existirán. Doris Duke podía comprar cualquier cosa en el mundo, pero no podía traer de vuelta a su hija.

No podía cambiar lo que su cuerpo le había quitado. No podía con toda su fortuna comprar la única cosa que le hubiera dado un sentido distinto a su vida. consultó a psíquicos, eh buscó mediums, intentó contactar a Arden de cualquier forma posible, no porque fuera supersticiosa, sino porque cuando pierdes algo así harías cualquier cosa por recuperarlo, incluso creer en lo imposible.

Suscríbete si alguna vez has perdido algo que el dinero no puede devolver. Porque esa es la historia real detrás de estas vidas. Hay algo que nadie te dice sobre tener mucho dinero. No es que las personas te mientan, es que nunca sabes cuándo te están diciendo la verdad. Cada relación lleva una pregunta sin responder.

¿Me quieren o quieren lo que tengo? Y con el tiempo esa duda se convierte en un muro. No lo construyes a propósito. Se construye solo, piedra a piedra, decepción tras decepción, hasta que un día te das cuenta de que estás completamente sola y ya ni siquiera recuerdas cómo no estarlo. Doris Duke tuvo muchas relaciones, muchos amigos.

muchas personas que pasaron por su vida, pero siempre había esa barrera, esa pregunta, ese cálculo. En 1966 algo terrible sucedió. Doris estaba al volante de un coche en la entrada de Rough Point. Su diseñador de interiores y amigo Eduardo Tireya estaba abriendo las puertas de hierro. El coche avanzó, lo atropelló, murió en el acto, fue declarado un accidente.

Las investigaciones no encontraron evidencia de otra cosa, pero la prensa no necesita evidencia, solo necesita una historia. Hubo rumores, especulaciones, insinuaciones, nada probado, nada cierto, pero el daño ya estaba hecho. Porque cuando eres Doris Du, cuando eres eh rica y mujere. Cualquier tragedia puede convertirse en escándalo y cualquier dolor se convierte en entretenimiento.

Dory se retiró aún más, se encerró en sus jardines. Duke Farms en Nueva Jersey se convirtió en su obsesión. Trabajaba 16 horas al día diseñando jardines botánicos, instalando efectos de luz. eligiendo cada planta, no porque quisiera impresionar a nadie, sino porque en esos jardines ella tenía control absoluto.

Podía crear belleza sin que nadie le dijera cómo. Podía hacer que algo creciera exactamente como ella quería. Era la única parte de su vida donde todo salía según su plan. En Shangri la llenó cada rincón con arte islámico, piezas que que había elegido ella misma, sin consultores, sin expertos que le dijeran que era valioso.

Las elegía porque le hablaban, porque cuando las miraba sentía algo genuino. Y en una vida donde muy pocas cosas eran genuinas, eso valía más que cualquier inversión. Tocaba el piano hasta la madrugada. Músicos de jazz venían a Shangrila y tocaban con ella como si fuera una igual. En esos momentos Doris no era la heredera, no era la mujer más rica del mundo, era simplemente alguien que sabía tocar, pero también tenía su soledad.

Y en esa soledad tomó una de las decisiones más desesperadas de su vida. En 1988, cuando Doris tenía 76 años, adoptó a una mujer de 41 años llamada Chandy Hefner. Chandy había sido bailarina, había estado en el movimiento Jare Krishna y había conocido a Doris en Hawaii. Algunas fuentes dicen que Doris creía que Chandy era la reencarnación de su hija Arden.

Otras dicen que simplemente necesitaba creer que alguien podía ser su familia. Adoptar a una mujer adulta es inusual. Pero Doris nunca hizo nada como se esperaba. Para ella, Chandy representaba la posibilidad de volver a tener lo que había perdido, una conexión, una hija, alguien que la viera como madre, no como benefactora. Duró 2 años.

En 1990, Doris enfermó. Eh, su mayordomo, Bernard Lafferty, un irlandés que había ido ganando cada vez más control sobre su vida, le dijo que Chandy y su novio estaban intentando envenenarla. No hay evidencia de que eso fuera cierto, pero Doris, ya mayor, frágil, con una vida entera de traiciones reales e imaginarias, le creyó, eh, revocó la adopción, cortó todo contacto y más tarde diría que adoptar a Chandy había sido el mayor error de su vida.

Ahí está otra vez el patrón. Buscar, confiar, ser traicionada o creer que lo fue, retirarse y volver a empezar sola. Los últimos años de Doris fueron sombríos. Bernard Lafferty eh controlaba casi todo. Algunos empleados dirían después que la aislaba, que gastaba su dinero, que tomaba decisiones sin consultarle. En 1993, a los 79 años, Dory se sometió a una operación de lifting facial meses después a una operación de rodilla a pesar de su fragilidad.

El 28 de octubre de 1993, Doris Duke murió de un paro cardíaco en su casa de los Ángeles. Tenía 80 años. Su testamento nombró a Bernard Lafferty como único albacea. Laerty recibió $500,000 y una renta vitalicia. Chandy no recibió nada. Algunos empleados denunciaron irregularidades, pero nunca se probó nada. Laferty murió 3 años después, a los 51 años de complicaciones relacionadas con el alcohol.

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