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Chavela Vargas: la historia secreta con Frida que nadie cuenta

Su madre lo intenta todo. Los regaños en voz baja para que no escuchen los vecinos. Los castigos que van desde el silencio frío, ese silencio de madre que te congela por dentro, hasta los golpes que dejan marcas visibles e invisibles. Intenta moldearla, convertirla en algo reconocible, en algo que sepa cómo manejar, pero no funciona porque Isabel no está siendo difícil por capricho ni por llamar la atención.

No está revelándose para molestar, simplemente es quien es y no tiene forma de ser otra cosa. No sabe cómo fingir lo que no siente. No puede aprender a querer lo que no le interesa. Años después, cuando era ya Chabela y no Isabel, cuando tenía décadas de vida y canciones y cicatrices encima, recordaría esto sin amargura, solo como un hecho, frío y claro como el agua.

Mi madre no me quiso”, dijo en más de una entrevista y yo lo supe desde el principio. Piensa en eso un momento, en el peso específico de esa claridad. Saber desde niña con una certeza que ninguna niña debería tener nunca que no encajas en los brazos que se supone deberían protegerte, que eres demasiado algo para el amor que debería ser incondicional, demasiado ruidosa, demasiado rebelde, demasiado extraña, demasiado viva.

¿Has sentido alguna vez que eres demasiado? No para extraños, sino para los tuyos. Que si pudiera ser un poco menos de lo que eres, un poco más silenciosa, un poco más dócil, un poco más parecida a lo que esperan, tal vez entonces te querrían. Tal vez entonces sería suficiente. Isabel aprendió pronto que esa idea era una trampa, que volverse menos de lo que eras para que te quisieran no era amor, era otra forma de desaparecer.

Así que no se volvió menos y pagó el precio. A los 14 años, el capítulo costarricense de la vida de Isabel se cierra. Las versiones exactas varían según quién cuenta la historia. Algunos dicen que se fue, otros que la echaron. La verdad probablemente está en ese espacio gris donde las dos cosas son ciertas a la vez.

Cuando quedarse significa seguir rompiéndote contra algo que no va a ceder. Irte no es exactamente una elección libre, es lo único que puedes hacer. Una adolescente de 14 años, sola en el mundo, sin dinero, sin plan, sin red, sin nadie que la espere, solo con la certeza absoluta esa certeza que te da el instinto de sobrevivencia cuando está bien afilado de que quedarse significaba romperse definitivamente y que en algún lugar tenía que existir un sitio donde pudiera respirar.

Ese lugar. Ella decidió. Era México. ¿Cómo lo hizo exactamente? Todavía no está del todo claro en los registros biográficos. Un adolescente costarricense en los años 30 cruzando frontera sola hacia un país que no conoce. Algunos biógrafos hablan de familiares lejanos en la Ciudad de México que le dieron un primer techo.

Otros simplemente dicen que encontró la manera sin más detalles. Lo que sabemos con certeza es que llegó siendo todavía casi una niña, con un acento que la marcaba como extranjera desde que abría la boca, con una forma de ser que la marcaba como rara desde antes de hablar y con prácticamente nada más que la ropa que traía puesta.

México en los años 30 era un organismo vivo y contradictorio. La ciudad de México especialmente, un lugar que todavía olía a la revolución que había terminado apenas 20 años antes. Calles de adoquines húmedos en las zonas antiguas, asfalto nuevo y torpe en las modernas, mercados que olían a chile seco y a flores de sempasuchi y a carne al sol, tranías eléctricos que chirriaban al doblar las esquinas.

Camiones que tosían humo negro, vendedores ambulantes con sus gritos particulares, el de los tamales, el del camote, el de los periódicos, formando una sinfonía caótica que nunca paraba. Una ciudad que crecía demasiado rápido para poder absorber bien a todos los que llegaban buscando algo diferente a lo que tenían.

La ciudad no te abraza, te prueba. Isabel sobrevivió como pudo. Trabajos que duraban lo que duraban, limpiando casas de gente que apenas tenía un poco más que ella, sirviendo en fondas donde el humo de la cocina se metía en la ropa y ya no salía con ningún jabón. Cargando cosas en mercados desde antes de que amaneciera, durmiendo donde la dejaban.

Cuartos de azotea compartidos, colchones prestados, sitios donde el frío de la madrugada te despertaba antes que cualquier alarma, comiendo cuando había, aguantando cuando no. La vida de los márgenes, la de los que no encajan en ninguna categoría ordenada, la de los que la ciudad necesita para funcionar, pero a los que prefiere no ver.

Y en las noches, cuando debería estar exhausta y lo estaba, iba a las cantinas. No a trabajar todavía, solo a escuchar. Se sentaba sola en las esquinas más oscuras de esos lugares que huelen a cerveza derramada y a cigarro barato y a algo indefinible, que es la mezcla de demasiados sueños rotos en un espacio pequeño. y escuchaba rancheras, corridos, canciones que hablan de hombres que perdieron todo el amor, el caballo, la hacienda, la dignidad, pero que siguen de pie.

O al menos eso dicen mientras se tambalean de un lado al otro del escenario improvisado. Es menor que numeral cero. Siete numerales mayor que y algo en esas canciones le hablaba a Isabel de una manera que nada más le hablaba, no exactamente las letras. No los temas, sino algo más profundo, más difícil de nombrar.

La forma en que tomaban el dolor, el dolor real, el que no tiene palabras educadas, el que deja moretones en lugares que no son el cuerpo. Y lo transformaban en algo que podías sostener en la mano, en algo que podías cantar, en algo que al cantarlo dejaba de ser solo tuyo y se volvía de todos. Yo podría cantar eso pensó y un día finalmente lo intentó.

Le dijeron que no. Por supuesto que le dijeron que no. Las cantinas del México de los 40 no eran exactamente espacios de bienvenida para una joven extranjera que quería subirse a cantar música de hombres. Las mujeres no cantaban rancheras. Ese era el territorio masculino por excelencia.

Las canciones de hombres que sufren, que luchan, que mueren de amor o de bala o de tequila. Las mujeres cantaban boleros, suaves y románticos, con vestidos bonitos y voz afinada que no incomodara a nadie, que no retara nada, que entrara por el oído sin hacer preguntas. Chabela, que ya para entonces todo el mundo llamaba así, el diminutivo de Isabel que se quedó para siempre, no era suave y definitivamente no era lo que el México de esa época consideraba femenino.

Usaba pantalones cuando todas las mujeres usaban faldas. Se cortaba el cabello cuando las mujeres lo llevaban largo, ondulado, perfectamente peinado hacia los lados, con brillantina o con permanente, si tenían dinero. Fumaba puros, ¿no?, los cigarros delgados y discretos que algunas mujeres muy modernas se permitían, sino puros de hombre, gruesos, sostenidos entre los dedos, con una naturalidad que perturbaba a quien la miraba.

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