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¿Por Qué la Mocro Mafia Declaró la Guerra a los Suecos?

San Pedro de Alcántara, 12 de mayo de 2018. El sol de mediodía en la Costa del Sol no tiene piedad, pero el ambiente frente a la iglesia principal del pueblo es de celebración. Es el día de la primera comunión de un grupo de niños  y entre las familias que abandonan el templo se encuentra David Ávila Ramos, un hombre de 37 años conocido en los bajos fondos de Marbella como Maradona. No es un apodo gratuito.

David es un veterano del tablero, un hombre que ha hecho de la logística del polvo blanco su modo de vida en este rincón del Mediterráneo. Camina hacia su coche, un todoterreno de alta gama, acompañado de su mujer y sus dos hijos  pequeños que aún visten sus trajes de ceremonia. El aire huele a incienso y a salitre.

 Lo que nadie en esa plaza imagina es que el ecosistema criminal de la Costa del Sol está a punto de saltar por los aires. Mientras David introduce la llave en el contacto, un individuo vestido íntegramente de negro, montado en una motocicleta de  500 cm cic sin matrícula, se aproxima con una calma gélida.

 No hay palabras, no hay advertencias. El motorista extrae una pistola y dispara cinco veces a través de la ventanilla del conductor, a escasos centímetros de la familia de Ávila.  Los impactos son quirúrgicos. David muere casi en el acto, bañando en sangre el interior de un  vehículo que minutos antes era el símbolo de su éxito.

 El sicario huye zigzagueando entre los invitados a la comunión, dejando tras de sí un silencio roto solo por los gritos de los  presentes. La policía española, tras años de vigilar la zona, comprende en ese instante que las reglas han cambiado. Ya no estamos ante la discreta delincuencia organizada que operaba en las sombras de Puerto Banus para no espantar al turismo  de lujo.

Según las investigaciones de la UDICO, la unidad de élite contra el crimen organizado, ese gatillo no lo apretó un sicario local  ni un veterano de los clanes del estrecho. Fue el debut sangriento de una nueva estirpe, los sicarios del norte, jóvenes, brutales y con una carencia absoluta de respeto por los códigos no escritos de la vieja guardia.

 El mundo estaba a punto de conocer a los suecos y con ellos  la sombra alargada de la mocro mafia. Para entender este choque tectónico de poderes, hay que despojar a Marbella  de su etiqueta de folleto turístico. Lo que comenzó en los años 60 como un polo de desarrollo impulsado por el régimen de Franco para atraer la inversión de los ricos y famosos, terminó  creando un paraíso de impunidad, un lugar donde podías gastar miles de euros en efectivo sin que nadie te pidiera el DNI.

 Las autoridades sostienen que Marbella es hoy la sede global del crimen organizado, un búnker de cristal donde  conviven más de 100 bandas de 60 nacionalidades distintas. Pero durante décadas esa convivencia fue, si no pacífica, al menos estable. Los rusos se encargaban de su blanqueo, los británicos de su logística  y los clanes españoles del transporte desde Marruecos.

 Era un negocio niquelao, como se dice por aquí, cuando algo  encaja a la perfección. Pero esa estabilidad dependía de una premisa básica, el respeto  al territorio y el cumplimiento de las deudas. Si te interesa este tipo de investigaciones profundas sobre los engranajes que mueven el mundo  real, ya sabes lo que tienes que hacer para seguir conectado a la verdad.

 El primer personaje clave de esta trama es Amir Mecky. Para la fiscalía, Mecky es el paradigma del nuevo gangster europeo. No es el típico narco que luce cadenas de oro y frecuenta discotecas de moda para alardear de su poder. Es un tipo estratégico, inteligente y, sobre todo, invisible.

 Nacido en Dinamarca, pero criado en los barrios marginales de Malmo, en Suecia. Mecky lideraba un grupo de jóvenes que la policía bautizó como los suecos. No eran guiris buscando el sol, eran hijos de la diáspora Magrebí en Escandinavia, que habían convertido el sur de Suecia en un campo de batalla. En Malmo, las muertes por arma de fuego se habían triplicado en una década y Mecki era el centro de esa tormenta.

 Su ascenso no fue por herencia, sino por la ocupación de vacíos de poder. Cuando en 2016 el líder del  clan rival, M. Falang fue asesinado en Suecia. Mecky y sus cachorros se lanzaron a Deguello por el control del mercado. Eran jóvenes de entre 20 y 30 años que despreciaban la jerarquía tradicional. Para ellos, el narcotráfico no era una carrera de fondo, sino un asalto rápido.

 Los suecos trajeron a la Costa del Sol un método que dejó descolocada a la Guardia Civil, la violencia indiscriminada y el uso de explosivos para resolver disputas comerciales. De acuerdo con fuentes cercanas al caso, el grupo de Mequi no solo se dedicaba al transporte de cocaína, su verdadera especialidad eran los vuelcos.

 En el argot del barrio, un vuelco es robarle la mercancía a otra banda. es el pecado capital del narcotráfico. Mientras que los grupos tradicionales preferían negociar o esperar a la siguiente marea, los suecos entraban con fusiles  kalashnikov y granadas de mano. No les importaba quién fuera el dueño de la droga.

 Podían robarle a un cartel colombiano o a una familia de la Costa del Sol con 40 años de historia. Su psicología era la del depredador que no teme al Estado, porque el Estado en sus barrios de origen era una figura ausente o débil. Fuentes policiales indican que Mecky se sentía un intocable. Un estratega que podía dirigir operaciones desde una villa de lujo en Málaga, mientras sus soldados, reclutados a través de aplicaciones de mensajería encriptada, ejecutaban sus órdenes sin preguntar.

 Pero Mecky no era el único gigante en el tablero. Para comprender por qué la situación escaló hasta convertirse en una guerra abierta, hay que mirar hacia el norte, hacia los puertos de Amberes y Rotterdam. Allí es donde reina la Mocro mafia. Este  término que hoy llena los titulares de la prensa internacional no se refiere a una sola organización, sino a un conglomerado de redes criminales integradas por ciudadanos de origen marroquí criados en los Países Bajos y  Bélgica.

 Su historia es la historia de una metamorfosis. Sus padres y abuelos llegaron a Europa en los años 60 y 70 para trabajar en las minas y la  industria siderúrgica, procedentes en su mayoría de la región del RIF, una zona montañosa y rebelde de Marruecos, donde la lealtad familiar y el silencio, la Homertá son leyes sagradas.

  Con el cierre de las minas, esas redes de confianza se volcaron en el contrabando de Hachís, pero en los años 90 dieron el salto definitivo, la cocaína. Al establecer vínculos directos con los carteles de Medellín  y Cali y más tarde con el cartel de Sinaloa y el CJNG, la Mocro mafia desplazó a las mafias italianas y gallegas  como los principales receptores de la droga en Europa.

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