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A los 76 años, José María Napoleón nombró a los seis cantantes que más odia.

A los 76 años, José María Napoleón nombró a los seis cantantes que más odia.

Yo voy a hablar de las cosas que me permito hablar y que y que no ofenden nunca a nadie, ni a mí tampoc Yo he vivido lo que tuve que vivir, pero nunca lo viví por aprovecharme de nada ni de nadie. Eran artistas, quiero decir, no eran malas personas, eran amables, pero eran intensos.

Eran figuras de escenario, sí, pero también eran intransigentes. José María Napoleón lo confesó a los 76 años, rompiendo finalmente ese silencio sereno que lo protegió durante más de cinco décadas. Conocido por su voz grave, su perfil discreto y su lirismo imbatible, el autor de Hombre y pajarillo ha decidido revelar los seis nombres con los que jamás logró compartir el escenario. Ni el alma.

No lo hace desde el rencor, sino desde la claridad que solo los años otorgan. Uno de ellos lo llamó un poeta fuera de lugar. Otro lo acusó de cantar solo para sí mismo, sin pensar en el mercado. Napoleón escuchó en silencio, anotó con la mirada y siguió su camino sin responder. Hasta hoy, después de medio siglo resistiendo al ruido de la industria escribiendo desde la intimidad mientras otros escalaban a fuerza de espectáculo, Napoleón habla y no se guarda nada porque lo que cuenta no es solo una lista de nombres. Es una

declaración de principios, una frontera entre el arte y el artificio, entre cantar y actuar que se canta. Algunos fueron compañeros de cartel que lo ignoraron, otros aliados momentáneos que lo traicionaron entre bastidores y unos pocos símbolos del tipo de fama que él jamás estuvo dispuesto a perseguir.

Por respeto al arte, por respeto a sí mismo. Después de décadas en los escenarios, está soltando la verdad y es más dura que una gira sin aplausos en provincia. ¿Listo para escuchar los nombres? Vamos a sumergirnos. Joan Sebastián, el poeta de Juliantla, el rey del jaripeo, el hombre que convirtió su vida en corrido y su dolor en verso.

Para muchos una leyenda, para Napoleón una cicatriz, no por envidia ni por competencia vulgar, sino por una colisión de mundos que jamás encontraron reconciliación. Ambos surgieron en décadas similares con orígenes humildes, con una pasión ardiente por la palabra escrita y la canción como vía de redención. Pero mientras Napoleón se sumergía en la introspección en el canto al alma, Joan se elevaba entre caballos escenarios multitudinarios y un aura de invencible.

Y esa imagen, esa teatralidad fue precisamente lo que a Napoleón le resultó indigesta. La historia entre ellos nunca fue de escándalo, sino de silencios incómodos. Se cruzaron varias veces, especialmente en los años 90, cuando las disqueras buscaban duetos entre iconos. Una colaboración entre ambos parecía inevitable.

Incluso Televisa propuso una actuación conjunta para un especial de fin de año en 1996, pero Napoleón se negó rotundamente. ¿Cómo cantar con alguien que convierte cada acorde en un espectáculo? Se le escuchó decir en una reunión editorial de RCA. Lo veía como un maestro del show, sí, pero no del alma. Para Napoleón, la música no debía ser vestida de lentejuelas ni de poses.

Debía doler, debía sangrar sin maquillaje. Los rumores hablan de una conversación tensa entre ellos en los camerinos del Auditorio Nacional en 2002. Joan, con su sonrisa amplia le habría dicho, “Tu problema es que cantas para ti mismo.” Napoleón respondió sin levantar la voz, “¿Y tú no escucharte? Aquel intercambio selló lo que ya era evidente. Nunca serían aliados.

La distancia entre sus visiones del arte era abismal. Joan era el vaquero romántico que conquistaba masas. Napoleón el ermitaño lírico, que prefería cantarle a una sola alma entre 1000. Tras la muerte de Joan en 2015, Napoleón no hizo declaraciones públicas. No hubo homenajes ni palabras en prensa, solo una frase escrita en la contraportada de su disco.

Vive reeditado en 2016. El silencio también es respuesta. Y muchos entendieron. No era odio, era desilusión. era el duelo entre la verdad y el espectáculo. En el fondo, Napoleón nunca pudo soportar la idea de que el arte se transformara en circo. Y para él, Joan representó esa frontera. No se trataba de talento, se trataba de intención.

Mientras uno galopaba con mariachi y sombrero por los estadios, el otro prefería sentarse con guitarra y mirar al vacío. Dos gigantes, dos caminos, pero solo uno para Napoleón conservaba la dignidad de lo íntimo. Vicente Fernández, el charro de Genitán, el coloso de la ranchera. Para millones una voz que no morirá jamás.

Pero para Napoleón esa voz también cargaba algo más la sombra de una época que lo excluyó, que lo juzgó, que lo empujó a ser otra cosa o a desaparecer. Se conocieron en los años 70 cuando la industria discográfica mexicana era un coto cerrado, dominado por el mariachi y los sombreros grandes y la masculinidad impostergable.

Napoleón llegaba con su sensibilidad a flor de piel, con baladas que hablaban del miedo de la ternura de un hombre que llora sinvergüenza. Vicente, en cambio, era el símbolo del machismo cantado de él. Si te vas, me voy al bar del Yo soy así y no voy a cambiar. Esa diferencia estética se convirtió pronto en fricción silenciosa.

En 1979, cuando Napoleón comenzó a ganar terreno con temas como hombre y pajarillo, varios ejecutivos de Televisa Música habrían presionado para que se vistiera más a la mexicana, más al estilo Vicente. La respuesta de Napoleón fue categórica. No soy Charro, soy yo. Lo cierto es que Vicente nunca ocultó su desdén.

En una entrevista con Jacobo Zabludowski en 1984, al ser consultado por la nueva generación de cantautores, soltó una carcajada y dijo, “Yo no canto poesía, yo canto para hombres.” Napoleón jamás respondió en público, pero sus allegados cuentan que esa frase lo marcó profundamente. ¿Y qué soy yo entonces? habría dicho en privado. Un error.

La atención se intensificó en los años 90 cuando ambos fueron nominados a los premios Loón estaba programado para cantar en vivo, pero a último minuto fue desplazado por una actuación sorpresa de Vicente acompañado de 40 mariachis. No hubo explicación, solo aplausos y un silencio largo tras bambalinas. Napoleón se fue sin reclamar como siempre, pero meses después, en una entrevista para la radio de Guadalajara, dejó una frase cargada de plomo.

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