Estrasburgo, 30 de junio de 1971. Hora punta. Transeútes caminan ajenos a lo que está a punto de ocurrir. A escasos metros se ejecuta uno de los golpes más audaces jamás vistos en Francia. Cuatro hombres, vestidos como simples operarios, cruzan tranquilamente la entrada del hotel, dos puestas. Nadie sospecha nada.
Lo que no saben es que ese grupo lleva más de un año preparando lo que la prensa bautizará como el atraco del siglo. Cada segundo, cada paso, cada gesto estaba calculado. No hubo gritos, no hubo violencia, solo precisión absoluta. En menos de 5 minutos habían desaparecido, llevándose consigo más de 1000 millones de euros, una cifra jamás vista.
Y como si fuera una broma macabra, escaparon con una tranquilidad que descolocó a toda la policía, respetando los semáforos, sin correr, sin nervios, cruzando la ciudad como cualquier otro conductor. Cuando los agentes llegaron, no encontraron ni huellas, ni testigos, ni cámaras, solo un envoltorio de caramelo atascado en la cerradura. Nada más.
¿Quiénes eran esos tipos? ¿De dónde salieron? Y cómo lograron desaparecer como fantasmas. El atraco del siglo, el robo perfecto que humilló a la policía francesa. Ni una huella, ni una pisada, nada, como si hubieran atravesado paredes, como si nunca hubieran estado allí. Para la policía es un rompecabezas sin piezas. Pero lo que no sabían era que ese golpe no era obra del azar ni de improvisados.
Era el trabajo quirúrgico de un grupo entrenado, discreto y letal. Un comando que había perfeccionado su método a lo largo de año y medio. Un equipo que convertía cada golpe en una operación quirúrgica. Siempre elegían objetivos lejos de su base, rutas ensayadas hasta el más mínimo detalle, planes de escape sin fisuras.
Y todo esto sin levantar sospechas, sin dejar cabos sueltos. eran eficaces, rápidos, invisibles. El nombre del grupo causará terror durante años. Sí, hablamos de la infame pandilla de Lon. Para entender cómo se gestó el atraco más legendario de Francia, hay que retroceder varias décadas a los barrios más olvidados de Lion, donde la pobreza, la exclusión y la rabia forjaron a uno de los criminales más temidos del país, Edmont Vidal, alias Momón.
La temida pandilla de Lón surgió varias décadas atrás con el encuentro de cinco hombres cuyos caminos estaban destinados a cruzarse. Yanog, apodado pequeño Yan. Joan Chabel, más conocido como El Gordo, Pier Purrat, alias el Doctor, Nicolas Caclamanos, llamado Nikel Griego, y finalmente Edmont Vidal, o como lo conocerían todos, Momón, el chatarrero.
Todo comenzó en la periferia de Lion en los años 50, una época dura y aún más para un niño como Edmond Vidal. De origen gitano y criado en la pobreza, su infancia fue una lucha constante por dignidad, pan y respeto. Momon creció rodeado de cariño familiar y del calor de su comunidad, pero fuera de casa todo era hostilidad.
En la escuela no era bienvenido. Lo humillaban por su origen, lo señalaban, lo insultaban. Gitano sucio, lleno de piojos, apestas. Aún no tenía ni 10 años y ya sentía el peso del desprecio. Dejó la escuela, se refugió en la calle, en la chatarra, en la rabia silenciosa que años después lo convertiría en uno de los atracadores más temidos de Francia.
tenía menos de 10 años cuando escuchó por primera vez esas palabras y aún así no entendía por qué tanto odio, pero lo entendió rápido. Para los demás, él era solo un objetivo, un blanco fácil, uno más al que humillar. Momón no volvió a clase. Ese mundo no era para él y la calle fue su nueva escuela.
A los 11 años su familia fue expulsada del lugar donde vivía. Sin más opción se mudaron a Gerlán, otro rincón olvidado de León, donde la miseria tenía 1000 formas. A los 12 ya recogía chatarra para ayudar a vestir a su familia y a los 13 su nombre ya sonaba entre los callejones de la ciudad. En 1960 son reubicados por la ciudad en un barrio marginal de Decinés, un lugar donde convivían gitanos, armenios, griegos, italianos, árabes y donde, curiosamente Momon encontraría por fin algo parecido a una familia. Allí conoció a Pipo Sakarian,
Jean Pierre Mardirosian y George Chain Manukian. Tres chicos de origen armenio, tan buscavidas como él. Muy pronto formaron una banda, una hermandad de barrio. Las peleas eran su día a día, barrio contra barrio, mano a mano, violentas, salvajes, pero era su forma de existir en un mundo que los ignoraba. El barrio Decines también tenía sus refugios, cafés modestos, oscuros, donde los chicos del barrio mataban el tiempo.
Uno de ellos era el de Michel Silmetsoglu, a quien todos llamaban el griego. Un hombre mayor que ellos, de mirada tranquila y siempre dispuesto a fiarles un café cuando no tenían ni una moneda, cuando podían se lo devolvían. Así funcionaban las cosas entre ellos con respeto. Con los años las peleas fueron quedando atrás.

Momon, Pipo, Chain y Mardirosian empezaron a buscar una vida más estable. Algunos trabajaban en fábricas, otros en oficios duros, pero ninguno lograba mantener un empleo fijo, siempre entre contratos temporales y salarios mínimos. A los 17, Momon se une a un chatrero. Por fin empieza a ganar algo de dinero, lo suficiente para comprarse su primer coche.
Una victoria, una ilusión de normalidad. Pero todo cambió una madrugada, 6 de la mañana. Momon y sus amigos regresaban de una noche sin rumbo. Frente a una tienda recién abastecida, aún cerrada, vieron algo que no pudieron resistir. Un cajón de cerezas junto a la entrada. Parecía inofensivo, una pequeña travesura más. Nadie los veía, o eso pensaban.
Pero desde arriba alguien tomó nota del número de matrícula y ese detalle iba a cambiarlo todo. Al día siguiente del robo, la policía irrumpió en la casa del hospidal. Momón aún recuerda con rabia cada segundo de aquel amanecer. Después del registro, ¿vienes con nosotros?”, le gritó uno de los agentes. Sin darle tiempo a reaccionar, él y su compañero se lanzaron hacia los armarios y comenzaron a vaciarlo todo.
El suelo se llenó de ropa cuidadosamente doblada por su madre. Tiraron mantas, cojines, sábanas, todo lo removieron. todo. Arrasaron su humilde casa como si buscaran un arsenal escondido. Cuando no quedó rincón por destrozar, le pusieron las esposas. Su madre intentó interponerse con lágrimas en los ojos, abrazada a su hijo.
“Déjenlo, déjenlo, es solo un niño.” Robó. “Tiene que pagar”, respondió con frialdad uno de los policías. Pago yo”, suplicó ella sacando unos billetes arrugados del bolsillo de su delantal, pero los agentes, hartos o simplemente crueles, la empujaron con violencia. Cayó al suelo entre la ropa desordenada como una muñeca rota.
La puerta del coche patrulla se cerró de golpe. Momón, desde la ventana trasera miraba en silencio como su madre lloraba en medio del desastre. No podía apartar los ojos de ella y en silencio también lloraba de dolor, de miedo. Poco después, Edmund Vidal fue llevado ante el juez. Aquel simple robo de cerezas podía parecer un acto menor, pero su historial jugaba en su contra.
Las peleas callejeras, las heridas provocadas, los antecedentes. Para la justicia no era un chico descarriado, era un delincuente reincidente y eso cambiaría su destino. El veredicto fue claro. Edmund Vidal fue enviado a la prisión de San Paul en Lón. Allí lo asignaron al pabellón para menores. Poco después se enteró de que su amigo Pipo también había sido detenido, pero a él lo habían encerrado en otra cárcel, la de Saint Josef.
Estaban separados. Al cruzar por primera vez los muros del penal, Momon sintió que entraba en otro universo, uno oscuro, hostil, donde nada se parecía a lo que conocía. El miedo inevitable le recorrió el cuerpo, pero fue justo allí donde su vida cambiaría para siempre. A los dos días de encierro, un funcionario le sugirió que se cortara el pelo y llamó al peluquero de los menores. Otro preso.
Era joven, tendría unos 20 años. Lo llamaban simplemente Cristo. ¿Hace cuánto estás aquí? Le preguntó Momón. Dos años, respondió el chico con aire despreocupado. Dos años. Se te debe hacer eterno. Sí, se hace largo, muy largo. Aquel tipo relajado, tranquilo, con esa calma que solo dan los golpes de la vida, le dio una lección sin decir mucho.
Hablaron un rato más y cuando se despidieron, Cristo le lanzó una última frase. Mañana hay cambio de guardia. pide que te corten el pelo otra vez y sin saberlo, el inicio de una amistad que cambiaría su camino para siempre. Con el paso de los días, Edmund empezó a simpatizar con Cristo. Hablaban cada vez más y poco a poco la coraza de aquel chico reservado comenzó a resquebrajarse.
“Mi padre murió cuando tenía 15 años”, le confesó una noche. Mi madre se quedó sola con dos niñas pequeñas, mi hermano y yo. No teníamos nada. Empecé a robar muy joven para comer, para sobrevivir y ahora me juego el juicio en la corte de Lón. Ese relato no solo lo impactó, lo conectó. En ese encierro donde el tiempo se detenía y la esperanza escaseaba, nació una amistad verdadera.
Cristo no era solo un compañero de celda, era el reflejo de una vida al límite. Con él, Momon descubriría que el crimen no era solo violencia o desesperación, era también un método, códigos, fraternidad, y esa lección se quedaría con él para siempre. Después de 48 días en prisión preventiva y una condena de un mes firme, Edmund recuperó la libertad.
y esta vez estaba convencido de cambiar de vida. Quería dejarlo todo atrás, pero la justicia no pensaba igual. Una antigua condena por lesiones de la época de las peleas callejeras acabó activando una pena suspendida. Solo habían pasado unos pocos meses y ya estaba de vuelta en prisión. Otra vez entre rejas.
Otra vez con Cristo. Al salir de prisión, Momon volvió a respirar libertad, pero no por mucho tiempo. Pocos días después recibió una visita inesperada. Era Cristo, pero ya no era el mismo. Llevaba ropa gastada, estaba más delgado y parecía cansado. En sus ojos, sin embargo, aún brillaba esa chispa que Momón conocía bien.
“Voy a desaparecer un tiempo”, le dijo sin rodeos. Pero cuando vuelva te haré una propuesta. Pasaron dos meses. Una tarde cualquiera, mientras caminaba por las calles de León, Momón lo vio de nuevo. Pero esta vez Cristo iba al volante de una flamante peyó 404, bien vestido, relajado, con una sonrisa en la cara. Vaya, parece que los negocios van bien. Sí, no me quejo.
Estoy trabajando con un amigo. Paty, le hablé de ti. Te quiere conocer. Podrías unirte. Momon se quedó en silencio. El dilema era claro. Volver al trabajo duro y mal pagado o probar suerte en el otro lado. No contestó enseguida. Lo pensó, lo midió y finalmente aceptó. Años después recordaría aquel momento. Pese a mis dudas, a pesar del miedo a volver a prisión, tuve que admitirlo.
Su método era más eficaz que la chatarra para ganarse la vida. 6 meses después, Edmund Vidal participó en su primer atraco. Junto a Cristo y Patí asaltaron la villa de un empresario en Iser. El botín 20,000 € una fortuna para la época. Y no solo fue dinero, fue una lección. Con ellos, Momón aprendió cómo se planifica un golpe, cómo se entra, cómo se sale, cómo se guarda silencio, cómo se sobrevive.
Días más tarde intentaron otro golpe, esta vez en el interior de una fábrica buscando el contenido del gran cofre. Pero alguien se les había adelantado. El botín ya no estaba, solo quedaron las paredes vacías. Fue un golpe duro, pero también una señal. Tocaba cambiar de estrategia. Abandonaron los cofres. Demasiado riesgo para tan poca garantía.
Ahora irían directamente a las personas, en concreto a los mensajeros que transportaban el dinero. Su nuevo método, interceptarlos en pleno traslado, arrebatarles las maletas y desaparecer antes de que nadie reaccione. Y funcionó. En su primer intento bajo esta modalidad, lograron robar cerca de 90,000 € un éxito rotundo.
La policía nunca resolvió ese caso, pero para Momón lo más importante no fue el dinero, fue darse cuenta de que ya no había marcha atrás. Había cruzado una línea y no pensaba volver, pero como era de esperarse, los problemas con la justicia no tardaron en volver. Febrero de 1966. Una noche fría en Lón. Mom y Cristo, acompañados por dos amigos más, se dirigen al sexto distrito, destino, un bar llamado Le Nelson.
Cristo tenía una razón personal para ir allí. Quería ver a una chica que conoció tras salir de prisión. Ahora ella trabajaba como camarera en ese local. Al verla detrás de la barra, se acercó con una sonrisa. Ella, en un intento por agradarle, le comentó con tono inocente que había causado sensación entre los clientes del bar, un comentario sin maldad, pero para Cristo fue dinamita.
En segundos su rostro cambió, los celos lo consumieron y comenzó a alterarse. Quiso sacarla del bar a la fuerza, insistiendo, empujando, perdiendo el control. La escena no pasó desapercibida. Dos hombres que estaban sentados al fondo del local se levantaron. Uno de ellos, nada menos que campeón de boxeo peso pesado, no tardó en intervenir.
No toleraba ese espectáculo y ahí todo se desmadró. Para Cristo, Momón y sus amigos, la noche se torció de forma inesperada. La tensión estalló y no fue una pelea cualquiera. El campeón de boxeo junto a su compañero les dio una paliza brutal. No hubo opción de respuesta. La banda fue humillada y forzada a huir del local entre golpes y gritos.
Pero si algo no sabían esos hombres, era que ni Cristo ni Momón se iban a quedar de brazos cruzados. Esa humillación no iba a quedar impune. A las 3 de la madrugada volvieron al bar. Pero esta vez no como clientes, sino como vengadores. El plan era simple: esperar a los dos tipos que los habían golpeado, encañonarlos y dejar claro quién mandaba.
Al llegar intentaron entrar, pero el acceso estaba cerrado. Nadie quería abrirles la puerta. Cristo comenzó a perder la paciencia, golpeó, gritó y finalmente explotó. Sacó su arma y disparó directamente a la cerradura. El amigo que los acompañaba hizo lo mismo, pero su bala no fue tan precisa. Impactó de lleno en el abdomen de la dueña del bar que se encontraba detrás de la puerta.
La situación se salió completamente de control. Ya no era una venganza, era una agresión con heridos y de gravedad. Para Cristo y Momón, todo cambió en ese instante. No podían quedarse. La policía caería sobre ellos en cuestión de horas. Tenían que desaparecer y rápido. La decisión fue inmediata. Huir a Marsella, donde Momón conocía a varios gitanos que podrían ofrecerles refugio.
Fue Michel el griego, viejo amigo del barrio, quien se encargó de llevarlos al sur. La ruta estaba clara. El objetivo, no dejar rastro. La fuga acababa de comenzar y la cacería también. Tras varias horas en carretera lograron llegar a su destino, Marsella. Allí, en las afueras de la ciudad, se refugiaron en un campamento gitano donde Momón tenía conocidos.
Un escondite improvisado, lejos del ruido y de los ojos curiosos. Pero ni el miedo ni la incertidumbre detuvieron a Cristo. A los pocos días decidió participar en un nuevo golpe, esta vez junto a su viejo socio Patí y un tipo más. El robo se llevó a cabo con éxito. Cuando regresó a Marsella, Cristo se reunió con Momón para contarle los detalles y lo que dijo cambiaría todo.
Conocía unos tíos que no son como los demás, exmilitares de Argelia, duros, rápidos, profesionales. Están metidos en los golpes más grandes de la región de Lón. Los llaman la banda del valle del Saona. Cristo estaba fascinado. Nunca había visto un equipo tan preparado y entre ellos destacaba uno en particular, el Gross, un nombre que empezaría a sonar con fuerza en la vida de Momón.
Pero no todo iba a salirles bien. En el sur alguien habló más de la cuenta y los delató. Y así terminó la fuga. Momón y Cristo fueron detenidos nuevamente. Ambos volvieron a pisar la cárcel. Otra vez esposados, otra vez fichados. Edmont Vidal fue enviado de nuevo a la prisión de San Paul en Lón, detención preventiva.
Y esta vez había juicio en camino. El caso del Nelson los perseguía y el tribunal de Lon esperaba sentencia. El veredicto no dejó lugar a dudas. 5 años de prisión para Edmund Vidal, 8 años para Cristo. Ambos fueron condenados por el caso del Nelson. Momón, con poco más de 20 años fue trasladado a la prisión de Mulhaus para cumplir su condena.
Allí, entre rejas, comenzó a pensar seriamente en cambiar de vida. Ya no quería correr, ya no quería mirar por encima del hombro. tenía la intención firme de dejarlo todo atrás, pero el destino aún no había terminado con él. Fue durante ese periodo, en la noche del 24 de diciembre, cuando conoció por fin a aquel nombre del que tanto le había hablado Cristo, Joan y Chabel, alias el Gross.
Aquella noche su madre le había traído un paquete con comida y ropa, pero justo antes de recibirlo cerraron las celdas. A pocos metros, el Gross también esperaba su paquete. No le dio tiempo a recogerlo. Mom dudó. Pidió al guardia que le hiciera llegar la mitad de su propio lote. Un gesto simple, pero que marcaría el inicio de algo mucho más grande.
Al día siguiente, durante la hora de paseo, ese tipo corpulento, serio, de mirada firme, se le acercó. Jamás olvidaré lo que hiciste anoche”, le dijo. Aquí tienes la dirección de mi madre. Si algún día necesitas algo, puedes contar con nosotros. Momon recibió el papel, lo miró y al volver a su celda lo rompió sin pensarlo dos veces.
sabía lo que quería, salir limpio, dejar atrás ese mundo y para eso debía cortar cualquier lazo. Su condena terminó el 30 de diciembre de 1969. Obtuvo 6 meses de semilibertad antes de que se le concediera la libertad condicional. Un nuevo comienzo, al menos en teoría. Durante su periodo de semilibertad, Momón intentó hacer las cosas bien.
Trabajó como obrero en distintas obras, cargando materiales, sudando desde el amanecer. Luego, con esperanza, comenzó una formación como electricista. Para él, esa formación era más que un curso. Era la única puerta que veía hacia una vida decente, pero la realidad no tardó en golpearlo. El sueldo era miserable.
apenas suficiente para comer y pagar lo justo. Todo lo que soñaba construir parecía alejarse con cada factura. Empezó a sentirse atrapado, frustrado, sin futuro. Pensó en volver a Lonza de encontrar algo más. Allí estaban su familia, sus viejos amigos, su barrio. Viajó, se reencontró con rostros conocidos, buscó alternativas, pero nada cambió.
regresó a Melhouse y pasó de un trabajo a otro. Jornadas largas, salarios bajos, jefes indiferentes. Los días se hacían eternos, las noches vacías. Y entonces, un día cualquiera, el destino volvió a aparecer vestido de casualidad. En el centro de Burgonombres, Momón entró en un café y ahí estaba él, el Gro, aquel mismo hombre al que una vez le compartió su paquete de Navidad entre barrotes.
Aquel tipo que ahora parecía tranquilo, seguro, en control. Se saludaron, se sentaron, pidieron café y empezaron a hablar de la vida, del pasado y de lo que aún estaba por venir. Momon lo recuerda con claridad. Me impresionó ese tipo. Se notaba que era inteligente. Cada palabra que salía de su boca parecía medida y pensada. Ese hombre era Joan Chabel, aunque en los bajos fondos todos lo conocían como el Gross o Gros Yan.
Provenía de una familia campesina de Bill Franchon, un origen humilde, rural, como muchos de los que acabarían en los márgenes. A los 20 años fue enviado a combatir a Argelia y cuando regresó no era el mismo. Traía consigo el grado de caporal chef y sobre todo una formación militar que resultaría crucial más adelante.
dominio de mapas tácticos, disciplina estricta, manejo avanzado de armamento y una mentalidad de estrategia que no se enseñaba en ningún barrio. Pero en lugar de aplicar ese conocimiento en una vida honesta, tomó otro camino. Eligió el delito, se unió a un grupo de atracadores y muy pronto se convirtió en su líder. Así nació el llamado Gang del Valle del Saona, una banda especializada en asaltar oficinas de correos y pequeñas agencias bancarias rurales.
Casi siempre actuaban en pueblos pequeños donde la seguridad era mínima y la respuesta policial lenta. Chabel se ganó rápidamente una sólida reputación, eficaz, calculador, frío, implacable. Tanto así que llamó la atención de una figura clave del crimen organizado en Lyon, el padrino Jan OG. Y es justamente en la vida de OG, donde se esconden muchas de las claves del nacimiento del gang de los Lyoné.
Un origen que comenzó a formarse en las sombras mientras Momón y sus amigos aún eran solo chavales creciendo entre las calles de Desinés. La reputación de Chabel crecía rápido. Entender quién era UG es fundamental para comprender cómo nació realmente el gang de los Lioné, porque todo se conecta con él. Sus raíces se remontan a los años 60, cuando Momón Vidal y sus amigos aún eran unos chavales buscando su sitio en las calles de Decines.
En esa misma época Jano ya tenía su imperio levantado. Veterano de la guerra de Argelia, igual que Chabel J, se había convertido en una figura clave del Milier Lyon, pero su ambición iba más allá del crimen. Vestía con elegancia. se movía con discreción y jugaba en dos tableros a la vez, el de la mafia y el de la política.
En el primero manejaba extorsión, prostitución, tráfico de alcohol, drogas y robos de alto nivel. En el segundo financiaba una organización con fines patrióticos, el servicio Civic, conocido por todos como el SAC, un grupo al servicio de la causa gaista, oficialmente legal, pero con métodos más que cuestionables.
Jeno G era el puente entre esos dos mundos y en su visión los atracos también podían servir a una causa, una visión que pronto compartiría con aquellos que formarían el núcleo del futuro gang. Jeno G no era un simple padrino. Su influencia se extendía por todo el submundo criminal de Lon. Estaba metido hasta el cuello en múltiples actividades turbias.
Proxenetismo, tráfico de alcohol, drogas. robos de alto nivel y, por supuesto, los atracos. Esa última rama, la de los golpes armados, se convirtió hacia finales de los años 60 en su nueva prioridad. AUG comprendió que los asaltos bien ejecutados no solo eran rentables, sino también útiles para financiar ciertos intereses políticos y para ello necesitaba a los mejores.
Fue así como puso la mirada en dos figuras emergentes, Joan Chabel, alias El Gró, y otro ladrón de sangre fría, hábil y respetado, conocido como Nick el griego. Ambos representaban una nueva generación de delincuentes, disciplinados, profesionales y silenciosos. Chabel, por su parte, no tardó en reclutar a otro tipo con perfil similar.
Pierpurat, un ladrón reservado, meticuloso, del que pocos sabían realmente algo. Con ellos tres, Augé dando las órdenes desde la sombra y Chabel, como jefe operativo, empezó a gestarse el grupo que pronto se haría famoso en toda Francia. Ahí fue donde por primera vez el gan de los Lyoné empezó a tomar forma. Los tres, Chabel, Nikel Griego y Pieg Purrat, comenzaron a ejecutar varios atracos, todos bajo la mirada discreta, pero firme de Jano G.
El padrino no solo los apoyaba, les proporcionaba armas, información privilegiada y todos los recursos necesarios para que su ascenso fuera rápido y efectivo. Era el inicio de algo grande. Lo que nadie sabía en ese momento es que Edmund Vidal estaba a punto de unirse a ellos. Él aún no lo sospechaba, pero el destino ya estaba moviendo las piezas.
Ocurrió en Burgon Bres después de una conversación casual con el cross y justo cuando estaban a punto de despedirse, Chabel lo detuvo. Dame tu contacto. Momon dudó un segundo, pero terminó escribiendo su número en un trozo de papel. Semanas más tarde, el teléfono sonó. Era el Gross. Ven a verme. Hablemos. El lugar del encuentro fue tan discreto como simbólico.
Una casa vieja perdida en el campo transformada en un pequeño bistró rural. Un sitio sin cámaras, sin vecinos curiosos, sin ruido. Su nombre Café de Chassers. Ahí, en ese rincón silencioso de la campiña francesa, comenzaría la verdadera historia del Gang Desion. Dentro del local, sentado en una mesa apartada, estaba el Gross. Cuando vio entrar a Momón, le hizo una seña con la cabeza y le indicó que se sentara.
Dime, Mom, ¿te interesa la política? Momón arqueó una ceja. No era la conversación que esperaba. Durante casi una hora, Chabel habló sin parar de la izquierda, del comunismo, de su desprecio por ciertas ideas, de cómo según él todo estaba podrido. Momon lo escuchaba, pero sin mucho entusiasmo. Asentía con la mirada en la taza de café hasta que se hartó. Ve al grano.
¿Qué es lo que quieres? Chabel no se ofendió, sonríó y soltó la verdadera propuesta. Se trata de hacer ciertos servicios para un partido político, a cambio, nosotros salimos ganando. ¿Te interesa unirte? Ese partido político al que se refería no era otro que el partido gaista, al que tanto él como Jan G apoyaban desde las sombras. Momon no respondió enseguida.
sabía que lo que estaba a punto de decidir lo cambiaría todo. Tanto Chabel como Auge eran veteranos de la guerra de Argelia y ambos compartían una misma visión, contribuir al regreso del gaismo más radical financiado a través de atracos perfectamente orquestados. Chabel lo dejó bien claro. Si Momón se unía al grupo, tendría que compartir el botín como todos.
Nada de ganancias individuales. La mitad de lo que se robara iba directo a la causa política. Auge nos pasa información, explicó el Gross. Objetivos, horarios, fallos de seguridad, pero a cambio la política se lleva a su parte. Momón no lo veía claro y no dudó en decírselo. El Gross lo miró fijamente. Tú puedes encontrar por tu cuenta un golpe de dos o 3 millones.
Esa cifra detuvo en seco a Momón, millones de euros. De pronto, todo tomó otra dimensión. El Gross le habló entonces de una operación en preparación, un golpe colosal que podía cambiarlo todo. Lo llamó la gran jugada. Entonces, ¿estás con nosotros? Momón no dijo más, solo asintió. Así fue como Edmund Vidal entró definitivamente en la banda junto a Joan Chabel, Pier Purrat y más adelante Nicolas Caclamanos, nikel griego, formó parte del núcleo original del Gandes Lion y a partir de ese momento, la aventura criminal más legendaria de Francia podía
comenzar el golpe del siglo. Tiempo después, el Gross volvió a contactar a Momon. Esta vez el encuentro sería en un lugar aún más discreto, un pequeño albergue escondido a orillas del río Saone. Nada de bares en la ciudad, nada de miradas incómodas, solo silencio, calma y planes importantes. Cuando Momón entró, el Gross ya lo esperaba en el mostrador.
Con él dos tipos que no conocía. “Te presento a Momón”, dijo Chabel. Momón, este es Raúl y este otro, Patrick. Ese Patrick no era otro que Pier Purrat, aunque Momón no sabría su verdadero nombre hasta mucho después. En ese mundo, los nombres reales eran un lujo que nadie se podía permitir.
Aquel fue el primer contacto directo entre Vidal y los dos cerebros operativos del grupo. Y aunque Momón aún no lo sabía, estaba a punto de integrarse a un equipo diseñado para lo imposible. La maquinaria del gran golpe comenzaba Antantín a encenderse. Desde el primer instante, Momón quedó impresionado por Purrá. Había algo en él difícil de describir.
Una presencia, una energía silenciosa, una especie de autoridad natural que no necesitaba imponerse con gritos ni gestos. Allí, frente a esos dos hombres, recordaría más tarde, sentí claramente el aura que los rodeaba, una especie de superioridad innata, hecha de calma, seguridad y determinación. lo entendió de inmediato.
Estaba ante dos de las figuras más imponentes del mundo del crimen que había conocido hasta ese momento. Y no era solo una cuestión de reputación, era una forma de estar, de hablar, de observar. Ambos reunían todas las cualidades que definen a un verdadero profesional. una vida marcada por la discreción absoluta, el valor para actuar sin vacilaciones, la fortaleza mental para soportar un interrogatorio sin quebrarse y sobre todo la disciplina para invertir semanas, incluso meses, en preparar cada golpe con una precisión
quirúrgica. Esos dos, diría Momón, se convirtieron en mis maestros. Ellos me enseñaron lo que significa planear y ejecutar un verdadero atraco. De los dos, Joan Chabel, representaba el coraje puro, la frialdad necesaria para mantener la calma, incluso bajo presión extrema. Su historial hablaba por sí solo y su nombre comenzaba a escribirse en las páginas de la historia criminal francesa.
Joan Chabel había llamado la atención de OG por una razón muy concreta, su capacidad para soportar interrogatorios brutales sin romperse. Tenía temple, tenía nervio y por encima de todo un gusto declarado por la acción directa. Fue él quien introdujo en el grupo los métodos de tipo comando, diseñando atracos como operaciones militares, rápidos, precisos, eficientes.
Pero si Chabel era el músculo y la determinación, Pier Purrá era el silencio y el control absoluto. Discreto hasta el extremo, era el más enigmático de todo el grupo. Solía estar en las sombras, alejado de las conversaciones triviales, observando en silencio y analizando. Nunca hablaba más de la cuenta y rara vez se dejaba ver fuera del entorno necesario.
Los investigadores, años después lo describieron así, de carácter hermético. No sabemos casi nada de lo que ocurrió en su vida durante ese periodo. Todo lo que le llevó a convertirse en lo que fue no sigue siendo desconocido. Su apodo en el grupo Patrick era solo una máscara, pero con el tiempo los suyos comenzaron a llamarlo también el doctor por su forma de moverse, por suporte y por cómo calculaba cada paso con una frialdad quirúrgica. Y no era para menos.
Pier Purrá había nacido sin padre conocido y su madre lo había abandonado siendo apenas un niño. Un inicio marcado por la dureza que solo fue el comienzo de un camino aún más oscuro. Tras ser abandonado por su madre, Pierre Purrá fue criado por la asistencia pública. A los 12 años fue enviado a vivir con una familia de campesinos.
Allí no encontró cariño, solo trabajo duro y silencio. Desde muy joven desarrolló una tendencia clara hacia el robo. Pequeños hurtos al principio que más tarde lo llevarían a pasar por prisión. Y fue tras salir de la cárcel cuando su camino se cruzó por primera vez con el de Joan y Chabel. Ese primer encuentro marcaría el comienzo de algo mucho más grande, las primeras semillas del gang.
Años después, cuando Edmund Vidal conoció a Purrat en el famoso albergue junto al saón, sintió enseguida simpatía por él. No hubo necesidad de palabras excesivas, solo miradas, gestos, entendimiento. Fue el inicio de una amistad sólida, forjada sin sentimentalismos, pero con respeto mutuo.
Aquel encuentro no era solo para hacer presentaciones. El Gross tenía un plan. Ese mismo día les propuso un golpe en Pondán. La idea era asaltar a dos transportistas que llevaban la paga de una empresa. Uno de ellos iba armado. Momon fue asignado como conductor, un papel que en ese momento no le hizo ninguna gracia. Prefería estar en la acción, no detrás del volante.
Raúl, Chabel y Purrat serían los encargados de ejecutar el atraco. Cuando llegó el día, los cuatro subieron a bordo de una Renault. Estafet. Todo estaba cronometrado. Esperaron con calma a que los convoyes salieran del edificio llevando la maleta con el dinero. Y entonces, cuando el objetivo estuvo claro, los cuatro saltaron del vehículo.
Era la hora de actuar. Chabel apuntaba con su arma cubriendo toda la calle, firme, imponente, sin temblar. Mientras tanto, Purrat y Raúl se lanzaron directo hacia el convoy. Sabían exactamente lo que tenían que hacer y también sabían lo que no podían permitirse, activar el mecanismo de seguridad de la maleta.
Esa maleta llevaba un sistema conectado a una pulsera trampa. Si lo arrancaban en el momento equivocado, el interior se teñiría con tinta y el dinero quedaría inservible. Purrat fue el primero. Tomó con fuerza la muñeca del transportista que llevaba el botín. Raúl actuó al instante.
Con un corte limpio, preciso, se paró el brazalete de seguridad. Todo sucedió en cuestión de segundos, sin disparos, sin errores, sin pérdidas. El golpe había salido exactamente como lo habían planeado. No había tiempo que perder. Corrieron hasta la estafet, donde los esperaba Momón al volante, y desde allí se dirigieron a la carretera secundaria por donde trazaron la ruta de escape, evitando las vías principales, los semáforos, los controles, hasta llegar finalmente a Burgon Breest, misión cumplida.
Una vez de regreso en Burgan Bres, pudieron relajarse. Estaban fuera de peligro. Allí con calma abrieron la maleta para contar el botín. 150,000 € Un golpe limpio, rápido, rentable. Pero no pasó mucho tiempo hasta que el Gross volvió con otra propuesta. “Tengo otro trabajo”, le dijo a Momón. Similar al de Pon Dian, pero esta vez será en Mac.
El plan era prácticamente el mismo, asaltar a los transportistas durante el traslado de la paga de una empresa. Pero esta vez había un detalle nuevo. ¿Has oído hablar de Nicolás Caclamanos? Momon alzó una ceja. Ese nombre no le era ajeno. Nicolás probablemente estará en la gran operación, continuó el gross, pero ahora está con el agua al cuello.
Muy mal de dinero. Quiero darle un empujón. sacarlo a flote. ¿Te vendrías a trabajar con él, conmigo y Patrick? La pregunta era directa y la implicación mayor de lo que parecía. Nicolas Caclamanos, más conocido como Nikel griego, no era un ladrón cualquiera y el Gross lo sabía. Por supuesto que Momón conocía ese nombre.
Nicolas Caclamanos, alias Nick el griego, era un pez gordo, un tipo conocido en todo el ambiente por su estilo relajado, su sangre fría y su eficacia. Era un veterano del crimen, uno de esos que no hablaba mucho, pero que sabía perfectamente lo que hacía. No era un matón de barrio, era un especialista, un operador con experiencia, considerado por muchos como uno de los brazos derechos de Jano G.
Y lo más impresionante, jamás había pisado la cárcel. Tenía 45 años y a pesar de estar metido en decenas de golpes, siempre lograba esquivar a la policía como si tuviera un escudo invisible o quizás como si la protección del padrino lo hiciera intocable. tenía contactos, inteligencia y sobre todo una habilidad única para desaparecer justo a tiempo.
Para el Gross, tenerlo en la operación era una jugada maestra. Para Momón era una señal de que las cosas estaban subiendo de nivel y rápido. A finales de los años 60, un viejo conocido de AMPA que había trabajado con él dijo una frase que lo resumía todo. Sabías que podías contar con él. Era un tipo fiable, aunque siempre andaba corto de pasta.
Ese era Nick el griego, un profesional, un jugador de equipo y sí, alguien que, pese a su experiencia nunca decía que no a un buen golpe. En el atraco de Mac, Nick asumió el rol de conductor. Eso para Momón fue una excelente noticia. Por fin podría dejar de estar al volante y participar directamente en la acción. El golpe fue un éxito y no fue el único.
Durante todo 1970, los atracos se sucedieron uno tras otro, cada vez mejor ejecutados, cada vez más pulidos. El grupo comenzó a desarrollar un método de trabajo que pronto se convertiría en su sello personal. Todo empezaba por el repaso del terreno. Durante los días previos, los integrantes se desplazaban al lugar del golpe vestidos de forma completamente neutra.
ropa común, sin llamar la atención, y si volvían otro día, jamás con la misma ropa. Después venía la planificación de la huida. Estudiaban todos los caminos de escape, anotaban rutas secundarias, evitaban autopistas, casetas de peaje, cruces principales, comisarías, gendarmerías, nada quedaba al azar. Y luego la clave, los coches de relevo.
Vehículos previamente robados, siempre de una marca distinta a la utilizada en el atraco, colocados en puntos estratégicos para facilitar la fuga y desorientar a cualquier patrulla. Así, paso a paso, el Gang se estaba convirtiendo en una auténtica máquina de precisión y, finalmente, el golpe en sí. Cada detalle estaba pensado, cada elemento calculado.
Para no ser reconocidos, los miembros del grupo utilizaban maquillaje profesional, postizos, pelucas, barbas falsas, bigotes. Se transformaban por completo. La consigna era simple, no dejar ni una sola pista visual que pudiera delatarlos. Y aunque preferían la estrategia al enfrentamiento, nunca salían sin su arsenal.
Iban armados con pistolas, escopetas recortadas y metralletas siempre listas, no para disparar, sino para intimidar, para que nadie tuviera el valor de interponerse. Su fuerza estaba en el factor sorpresa, actuar rápido, con precisión y salir sin hacer ruido. Gracias a esa filosofía, lograron encadenar atracos a un ritmo vertiginoso, uno tras otro, eficaces, rentables y silenciosos.
Todo formaba parte de una estrategia mayor, descartar, como decían ellos, es decir, llenarse los bolsillos antes de que llegara el golpe definitivo. Y ese momento estaba por llegar. La gran operación ya se estaba cocinando y el anuncio oficial no tardaría en llegar. Cuando Momón y el resto del grupo fueron invitados a la villa de Jan entendieron que lo que se avecinaba era algo como nunca antes habían hecho.
El ambiente estaba cargado. El salón del padrino reunía a toda la vieja guardia. Estaban el Gross y sus fieles compañeros de siempre, Berry, Bernard y Cheb. con quienes había combatido en Argelia y ejecutado infinidad de atracos durante los tiempos del gang del valle del Saona. También estaban Pierre Purrat, Raúl y otro tipo del entorno íntimo de OG.
Nick el griego aún no había llegado, pero su silla ya lo esperaba. El nivel de los presentes dejaba claro que esto no era una reunión cualquiera. Todos estaban allí para escuchar lo que Augé tenía que decir. Habían comido, bebido y ahora venía lo importante. Finalmente, el padrino se puso de pie y comenzó a hablar.
Señores, todos saben por qué están aquí y más o menos de qué se trata. El tono era solemne, la mirada afilada. Se venía algo grande y nadie en esa habitación quería quedarse fuera. Antes de que se sirviera el champán, Jino pidió silencio, se levantó despacio, miró a todos los presentes y puso las cartas sobre la mesa. Antes de brindar, quiero dejar las cosas claras.
No voy a entrar en los detalles todavía, ni voy a decir el nombre de la ciudad donde se hará la operación. Solo les voy a exponer lo esencial. Así el que no esté de acuerdo puede levantarse e irse con la cabeza bien alta, sin rencores, sin cuentas pendientes, cada uno es libre. El salón quedó en completo silencio.
Auge bajó la voz y dijo con frialdad, “El golpe consiste en asaltar un lugar fuertemente custodiado, cuatro policías armados con metralletas, cinco empleados y entre 20 y 30 millones de euros en juego. La mitad será para los que hagan el trabajo, la otra mitad para nosotros. Yo no participaré directamente, solo pongo los medios.
Estas son las condiciones. Piénsenlo bien antes de dar el sí. La tensión se podía cortar con un cuchillo, pero el primero en hablar fue el gross. Sin dudar por mí ningún problema. Así comenzaba la cuenta regresiva hacia el golpe más legendario del crimen francés. El siguiente en hablar fue Purrat. Fiel a su estilo reservado, respondió con calma y firmeza, “Yo no puedo dar mi sí.
Sin haber visto la operación con mis propios ojos. Necesito tiempo para analizarla. Si considero que es viable, estoy dentro. Si no, me iré en silencio. Todos lo respetaron. Nadie insistió. Así era él. Luego, Nikel griego rompió el ambiente tenso con una frase que arrancó carcajadas. Yo necesito tanto dinero que hasta saltaría un tanque.
El salón estalló en risas, pero el mensaje era claro. Nick también estaba dentro. Después de él, Momon, Raúl, Berry, Bernard, Chebu y otro de los hombres de confianza de OG dieron su aprobación uno tras otro. El equipo estaba prácticamente completo, tal como había anunciado desde el inicio, la dirección de la operación estaría a cargo de Joan y Chabel.
Auge entonces retomó la palabra y soltó la información que todos esperaban. Sobre la operación se trata de la oficina de correos de Estrasburgo. Aún falta definir la fecha exacta, pero yo apuesto por finales de trimestre. es cuando se mueve más dinero, cuando la suma que llega es la más grande del año. Y así, con esas palabras se encendió la mecha del atraco más audaz jamás ejecutado en Francia.
Y además, añadió a UG, por si algo saliera mal y dado lo enorme de esta operación, todos deben entrenarse en el manejo de armas. Tenemos un sitio para eso. El Gross los llevará. Quedaba claro. Esto no era un golpe más, era la gran jugada. Ya no había marchado atrás, solo quedaba una cosa por hacer, prepararse a fondo.
Los entrenamientos comenzaron poco después. En una zona boscosa, a unos 30 km de Burgan Bres, el grupo montó un improvisado campo de tiro clandestino. En medio de los árboles, sin testigos ni ruidos sospechosos, los gangsters practicaban como si fueran un comando militar. Tenían de todo a su disposición. Metralletas, escopetas con culata, cañones recortados, pistolas de varios calibres, un arsenal completo.
El ambiente era serio, tenso. Cada uno sabía que se estaba preparando para algo único y nadie quería ser el eslabón débil. Con una treintena de armas nuevas sumadas a su ya imponente arsenal, el grupo estaba más preparado que nunca. La maquinaria seguía en marcha. Cada día afinaban más los detalles.
Y entonces llegó la hora de la repetición general. 23 de diciembre de 1970. El objetivo, el hotel de poste de Shamberí. Un relámpago atrayente. En cuestión de minutos, el equipo entró, ejecutó el golpe con precisión quirúrgica y salió sin dejar rastro. El botín, 2,2 millones de euros. En ese momento, el robo más grande jamás registrado en Francia.
Pero más allá del dinero, lo importante fue otra cosa, el aprendizaje. Con ese golpe ajustaron tiempos, corrigieron errores y afinaron su técnica. Era su ensayo final y lo habían superado con nota. Ahora sí, Estrasburgo les esperaba. La gran operación estaba cada vez más cerca y ellos listos para hacer historia. Chabel, Purrat y Momón viajaron juntos hasta Estrasburgo, la capital de Alscia.
Era el momento de realizar los primeros reconocimientos sobre el terreno. Chabel, que tenía la dirección del golpe, lanzó su decisión. Lo hacemos entre tres, solo nosotros. La reacción de Momón fue inmediata. Para él, eso era una locura. Un golpe de esa envergadura no podía ejecutarse con tan poca gente. Purrat tampoco estaba convencido.
Había demasiadas variables. Tras varias discusiones y días de indecisión, Chel terminó cediendo a la presión de sus dos compañeros. Necesitaban un mejor plan, algo sólido, pero por más que pensaban, nada encajaba. No era tan sencillo como esperaban. La frustración aumentaba. Dado el punto muerto en el que se encontraban, se convocó una nueva reunión con Auge y el resto del grupo.
Todos acudieron, excepto Raúl. Durante el encuentro fue el Gross quien tomó la palabra. Traía un nuevo plan sobre la mesa para el golpe de Estrasburgo, algo más estructurado, más ambicioso. Augé, Chebé, Bernard y Nikel Griego dieron su apoyo sin dudar. El plan estaba cambiando de manos y ahora sí parecía que estaba tomando forma real.
Lo dije claro, el golpe debía ejecutarse a finales del primer trimestre. Era cuando más dinero se movía, cuando la operación tenía más sentido. Pero Momón, Purrat y Berry no estaban convencidos. Algo no les cuadraba, el riesgo les parecía demasiado alto. Aún así, su opinión no cambió el rumbo. La decisión estaba tomada. El golpe se haría.
A pocos días del golpe, Chabel, Purrat y Momón se encargaron de ultimar todos los detalles, cada movimiento, cada ruta, cada minuto. Y llego el día. Ocultos dentro de una furgoneta estacionada frente al Banco de Francia de Estrasburgo, el grupo esperaba en silencio. Afuera, los convoyes con el dinero estaban a punto de salir.
El plan era interceptarlos en el patio trasero de la oficina de correos en el momento exacto en que llegaran con los sacos. El ambiente era eléctrico y entonces llegó el momento. El Gross se adelantó y fue a comprobar los sacos. Cuando los vio, su cara cambió. [ __ ] solo hay tres sacos. El resto lo entendió sin que dijera más.
No era lo previsto. La cifra no justificaba el riesgo. El golpe debía posponerse. La nueva fecha se fijó para el final del siguiente trimestre, cuando el volumen de dinero fuera realmente el esperado. Mientras tanto, el grupo siguió perfeccionando su método y realizando pequeños golpes intermedios para mantener el ritmo y la sangre fría.
La cuenta regresiva había comenzado y esta vez no habría margen de error. Mientras el resto del grupo esperaba, confiado en que todo estaba listo para el gran golpe, Purrat y Momón decidieron actuar por su cuenta. Para ellos, el golpe de Estrasburgo seguía siendo demasiado arriesgado. Algo no encajaba. Faltaba una salida limpia, una entrada segura. Tenía que haber otra forma.
Así que volvieron a la ciudad. y lo hicieron a plena luz del día. Se vistieron con blusas azules idénticas a las del personal del edificio postal, mezclándose con los empleados sin levantar sospechas. Una vez dentro del hotel de post, comenzó a estudiar cada rincón. Examinaron los pasillos, las oficinas, las salidas.
Marcaron rutas, tiempos, puertas. Lo localizaron todo, excepto la zona más importante, el corredor por donde salía el dinero. Ese punto clave parecía fuera de su alcance hasta que Momón levantó la vista y entonces lo vio. Una pequeña ventana en el segundo piso, aparentemente común, fácil de abrir, probablemente una ventana de baño, pero para él era otra cosa. Ese es el punto débil.
lo supo al instante. Esa ventana era una grieta en el muro, la fisura que haría posible el golpe más grande jamás planeado. Tras ese hallazgo, Momon y Purrat supieron que debían volver. Decidieron hacer un nuevo reconocimiento, esta vez centrándose en aquella pequeña ventana. regresaron a Lón para preparar el equipo y días después volvieron a Estrasburgo.
Pero ahora lo harían de noche. La ciudad dormía y ellos, silenciosos, se infiltraron en el edificio. Explorando los niveles superiores, Purrat descubrió una puerta en el cuarto piso. Daba acceso al desván justo bajo el tejado. Eso cambiaba todo. Desde allí podía subir al techo y descender directamente hasta la ventana que habían identificado.
Un acceso perfecto, invisible, seguro y completamente inesperado. Subieron con cuidado. Una vez arriba ataron una cuerda alrededor de una chimenea robusta. Momon se preparó, respiró hondo y comenzó a descender en rapel por el lateral del edificio hasta llegar a esa pequeña abertura. Apenas entreabierta, la lucarna, su acceso al botón.
Purrat sujetaba la cuerda desde lo alto, dándole soltura con cuidado. Momon descendía poco a poco con la mirada fija en su objetivo y por fin lo logró. entró por la ventana. Había acertado. Eran los baños del segundo piso. Una vez dentro, se movió en silencio hasta la planta baja y abrió la puerta para que Purrat entrará también.
Los dos comenzaron a inspeccionar el edificio con calma. Todo parecía cuadrar hasta que dieron con una puerta que daba directamente a la calle. Demasiado fácil. Una salida perfecta, discreta, oculta para la mayoría. Era justo lo que necesitaban. El plan, una vista simple, era claro, cambiar la cerradura de esa puerta para que el equipo pudiera entrar y salir cuando quisiera, sin forzar nada.
Pero cuando volvieron a Leon y lo hablaron con el Gross, este puso freno inmediato a la idea. Number, no se cambia la cerradura. dijo con tono firme. Si algún inspector la revisa por casualidad y nota algo raro, lo arruinaríamos todo. Tenía razón, había que ser más sutil y su propuesta fue brillante.
Vamos a comprar el mismo modelo de cerradura, dijo el gross. Yo me encargo de quitarle los pivotes internos, así cualquier llave encajará. Ellos la podrán abrir como siempre y nosotros también, sin que nadie sospeche nada. Todos estuvieron de acuerdo. Días después, el Gross compró la cerradura y fue con Momón a instalarla.
Lo hicieron sin prisa, con calma, sin dejar huella y funcionó a la perfección. Esa pequeña modificación técnica era el detalle que marcaría la diferencia el día del atraco. Mientras tanto, Berry, Bernard y Chebé trabajaban en la parte más importante de la huida, una de las furgonetas de relevo. Pero no se trataba de un coche cualquiera.
Era un viejo camión cisterna de granjero, de esos que nadie mira dos veces. Lo habían maquillado para hacerlo pasar desapercibido ante cualquier control. En el interior lo transformaron por completo. Revestimiento de madera, suelo plano, un colchón. Espacio suficiente para esconder a todos los participantes del golpe durante la primera parte de la escapada.
El plan tomaba forma, el dispositivo estaba casi listo y Estrasburgo ya no era un objetivo, era una cuenta atrás. Todo estaba listo. Más de un año de preparación minuciosa, cada segundo cronometrado, cada movimiento ensayado, las rutas de escape marcadas con precisión, las furgonetas de relevo posicionadas, el material preparado, los disfraces, las armas, todo.
Nada quedaba al azar. La fecha elegida no era casual. 30 de junio de 1971, fin de semestre. El día en que la oficina postal de Estrasburgo distribuía los salarios de miles de empleados en toda la región, ese día la caja estaba llena, rebosante. El equipo estaba compuesto por Momón, Pugat, el Gross, Bernard, Chev, Raúl, Nick, el griego y un tal Francois, un viejo conocido de Momon durante su periodo de libertad condicional en Mulhouse.
8:55 de la mañana. Día del golpe. Nickel griego al volante de una Renault Estafet. Dentro del vehículo, todos los miembros del comando, listos en silencio. Llegaron hasta el punto exacto, junto a la puerta lateral de la oficina postal, la que ya conocían a la perfección. Nick fue el único en descender.
Caminó tranquilo hasta la esquina de la calle, desde donde tenía visión directa a la entrada del convoy armado que traía los sacos de dinero. La tensión era absoluta. Todo dependía del momento justo. La cuenta atrás había comenzado. Para los siete hombres dentro de la estafet, el tiempo parecía haber sido detenido. Los segundos se alargaban. Nadie hablaba.
9:3 de la mañana. Nickel griego regresa. El convoy con el dinero había entrado en la parte trasera de la oficina de correos. Era el momento. Los cuatro designados para ejecutar el golpe se preparan. Momón, Purrat, Shibu y Bernard. Van vestidos como simples trabajadores, disfrazados de cerrajeros con blusas de faena azules, discretos, invisibles, anónimos.
Salen de la furgoneta sin apuros. No corren, no miran atrás, todo está cronometrado. Se dirigen tranquilamente hacia la puerta lateral. Mom reloj. Todavía es demasiado pronto. Sabían que los policías encargados de escoltar a los empleados solían marcharse dos o tres minutos después de la entrega del dinero. Aún no había pasado ese margen.
Momon le hace una señal discreta a Purrat. Bajen el ritmo, no deben apresurarse. 905. Justo en ese instante, Purrat abre la puerta con la llave modificada. Los cuatro entran sin hacer ruido. Mientras tanto, el resto del grupo permanece esperando en la furgoneta, listos para intervenir solo si algo se tuerce.
Nikel griego maniobra la estafet y la estación frente a la salida, bloqueando la vista y asegurando la ruta de escape. Dentro del edificio, Momón, Purrat, Chev y Bernard avanzan con paso firme. Primero un pasillo, luego otro y entonces un obstáculo inesperado. Se cruzan con una treintena de empleados del correo encargados de clasificar cartas.
El pasillo está lleno de gente, un entorno caótico. Chev tensa, no le gusta nada. Mira a Momón, hay dudas sobre su rostro. No dice una palabra, pero está claro, algo no va bien. Momon lo mira directo y le ordena en voz baja pero firme. Cálmate, no hay margen para el pánico. Los cuatro siguen avanzando de dos en dos para no llamar la atención. Momón va junto a Purrat.
Cheveuo camina con Bernard. En apariencia son simples trabajadores atravesando el edificio. Nadie debería sospechar. Al final del segundo pasillo los encuentran los empleados de Correos. Están justo en medio del protocolo de entrega, estrechando la mano de los policías armados que los escoltan. Tal como temía Momón, han llegado demasiado pronto, no pueden intervenir, el riesgo es demasiado alto.
Sin discutirlo, retroceden con naturalidad, como si hubieran tomado el pasillo equivocado. Esperan pacientes, silenciosos, hasta que escuchan la puerta cerrarse tras la salida de los agentes. Ahora sí es el momento. vuelven a su posición inicial y entonces se cruzan con los empleados postales que vienen empujando un carrito cargado con sacos llenos de dinero.
El objetivo está frente a ellos. Solo queda actuar. Primero pasan Momón y Purrat, después Chevu y Bernard. Los empleados de Correos empujando el carrito con los sacos se alejan riendo, completamente desprevenidos. No prestan la menor atención a los cuatro hombres que tienen detrás y justo cuando les dan la espalda, Momon lanza la orden al suelo.
Al principio los postales piensan que es una broma, incluso sonríen. Pero la sonrisa se borra al instante cuando giran la cabeza y ven las armas apuntándoles directamente. Pánico. Uno de ellos echa a correr hacia la zona de clasificación. Otro grita con fuerza, alertando a los que están en las oficinas cercanas. La situación se descontrola por segundos, pero los atracadores actúan sin vacilar.
Momón y Purrat empuñan sus pistolas. Sheve y Bernard descargan golpes de culata para reducir a los empleados que intentan resistirse. La violencia es puntual, dirigida, necesaria. En cuestión de segundos, el pasillo queda bajo control. El plan sigue en marcha y el dinero está a punto de cambiar de manos.
Todo sucede tan rápido que los empleados que clasifican el correo apenas a unos metros ni siquiera se dan cuenta de que un atraco está ocurriendo. Chibé y Bernard no pierden un segundo. Empujan el carrito con los sacos de dinero hacia la salida. Mientras tanto, Momón y Purrat los cubren pistola en mano, vigilando cada esquina, cada puerta. Nadie se atreve a detenerlos.

El dinero cambia de manos sin un solo disparo y desaparece. Llegan a la puerta lateral, la misma por la que habían entrado, la abren con tranquilidad y cargan los sacos en la estafet que los esperan afuera y se van. Así de simple, así de limpio. Todo ha durado menos de 5 minutos y el botín 11,6 millones de euros.
Un récord nacional. Momon recuerda mirar por el retrovisor tenso. Miré por encima del hombro para ver si alguien nos seguía. Nada, nadie. El golpe había salido perfecto. Momon, recuerda, nadie nos siguió. Absolutamente nadie. De hecho, nos permitimos parar en los semáforos y respetar todas las señales de tráfico.
Fue uno de los golpes más tranquilos que he hecho en mi vida. 9:30 de la mañana. La alarma finalmente suena en el hotel de spostes recién vaciado. La policía entra en pánico. Patrullas por todas partes. Los gendarmes cierran accesos, montan barreras, bloquean avenidas. Pero para entonces ya es tarde, muy tarde. Los atracadores han salido sin prisas, sin nervios, dejando atrás la capital.
A unos 15 km al sur de Estrasburgo, junto a una zona boscosa, cerca del lago de Plopsheim, los espera la siguiente fase del plan. Allí han escondido dos coches de relevo. Uno de ellos incluso está disfrazado de ambulancia con un auténtico girofaro azul sobre el techo. Una jugada maestra. Camuflaje perfecto para pasar cualquier control sin levantar sospechas.
El golpe del siglo no solo había sido limpio, había sido invisible. Tras subirse a los vehículos de relevo, los atracadores continuaron su ruta cuidadosamente trazada en dirección a los bosgos. Pero antes de cruzar esa región montañosa hicieron un cambio de clave. Se trasladaron a su segundo vehículo de relevo, el viejo camión cisterna agrícola que se habían transformado para ocultarse.
Con ese camión llegaron hasta San Dieé. Allí lo abandonaron y cambiaron nuevamente de medio. Dos coches más previamente preparados. En el maletero. Habían dejado bidones llenos de gasolina para no tener que detenerse en gasolinas. Todo estaba planeado al milímetro. La huida continuó por carreteras rurales impidiendo autopistas, controles y pueblos visibles.
Y entonces, mientras conducían, sonó la radio. La noticia acababa de estallar. Se trata del mayor atraco jamás cometido en Francia. La prensa empezaba a llamarlo ya el atraco del siglo. Después de cruzar todo el este del país, el convoy llegó finalmente a su destino final. Burres. Eran las 9 de la noche. Allí, en un garaje discreto, escondieron el botín.
esperarían dos o tres días antes de repartírselo. Ninguna sirena, ningún helicóptero, ninguna persecución, solo silencio y éxito. Tal como se había pactado, la mitad del botón fue entregada a Jano G y su entorno político. La otra mitad se repartió entre los miembros del equipo que ejecutaron el golpe. Pero para Momón, aquello fue una humillación.
No podía soportar la idea de ceder millones a unos políticos por los que no sentía el menor respeto. No lo veía justo, no lo aceptaba. Y esa rabia fue el inicio de algo más grande, la fractura interna del grupo, una grieta que empezaba a separar a la vieja guardia ligada al poder y los códigos de lampa tradicional de la nueva generación con ideas distintas y vínculos más personales.
Tiempo antes del atraco en Estrasburgo, Momón había pasado por su antiguo barrio en la periferia de Lón, en Dechinés. Allí se reencontró con sus amigos de siempre y lo que se encontró no lo sorprendió, pero sí lo inquietó. Jan Piier y Chain andaban metidos en pequeños atracos, siempre llevándose sumas miserables.
Michelle seguía envuelto en trapicheos y Pipo se había asociado con Arpet, un viejo amigo de la infancia que ahora estaba casado con una prima suya. Sentí que me estaban lanzando indirectas”, diría Momón más tarde, como si quisieran que nos volviéramos a juntar. Pero para él aún no era el momento.
Primero quería terminar su aprendizaje con los mejores. Después llegaría el turno de los fieles, los de siempre. Tras el increíble atraco de Estrasburgo, la policía estaba contra las cuerdas. No entendían nada. un operativo de esa magnitud, ejecutado en menos de 5 minutos, sin un solo disparo público, sin una alarma a tiempo, sin dejar rastro alguno.
Lo único que encontraron fue un detalle casi absurdo, el envoltorio de una golosina insertado en la cerradura por donde los atracadores se habían escapado. Un truco infantil y, sin embargo, eficaz para bloquear la puerta y ganar segundos vitales. Más allá de eso, nada, ni una huella, ni una imagen útil, ni una pista concreta.
Era como si hubieran sido fantasmas. Lo único que tenían claro en comisaría era esto. Quien hizo esto no era principiante. Se trataba de una banda profesional organizada al milímetro, entrenada. Y mientras la policía no sabía ni por dónde empezar, Momon ya miraba hacia atrás, hacia sus raíces, hacia sus verdaderos hermanos de vida, los de Decinés.
En ese momento, la policía aún no tiene ni idea de lo que realmente está enfrentando. No saben que el Gandes Lionés lleva más de un año y medio operando a un ritmo imparable, un golpe tras otro, perfectamente ejecutados, impecablemente organizados. Todo lo que saben es esto. Hay un grupo de tipos vestidos con blusas de trabajo que desde hace unos meses han encadenado varios atracos sin dejar rastro.
Y ahora, tras el golpe de Estrasburgo, ya no hay vuelta atrás. La investigación se vuelve prioridad nacional. Las primeras pistas los llevan hasta la zona del lago de Plopsheim, al sur de Estrasburgo. Allí, entre los árboles, se encuentra la Renault Estafet usada en el atraco, vacía, abandonada con precisión. Un simple cascarón, pero suficiente para confirmar que los autores sabían exactamente lo que hacían.
La policía empieza a entender que no se trata de delincuentes comunes, sino de una máquina perfectamente engranada. Y lo que no saben todavía es que esto apenas empieza. En el interior de la furgoneta solo quedó una moneda de un céntimo, nada más. La estafette también llevaba matrículas falsas colocadas con tal naturalidad que podrían haber pasado desapercibidas durante semanas.
Pero eso no fue todo. En los días siguientes, la policía encontró en diferentes puntos de Estrasburgo tres furgonetas más, robadas de la misma marca y modelo, abandonadas estratégicamente. Estaban separadas por kilómetros, como si hubieran sido colocadas para cubrir distintas rutas de fuga en caso de que algo saliera mal.
El análisis fue claro. Al menos seis vehículos robados habían sido utilizados en el operativo. Paralelamente, los agentes intentaron recopilar testimonios, pero se toparon con un muro de confusión. Se elaboraron retratos robot, pero sin éxito. Algunos testigos afirmaban haber visto a un hombre con una melena rubia llamativa.
Otros hablaban de alguien con bigote y nariz prominente. Las descripciones parecían sacadas de un desfile de carnaval. Nada encajaba. Los disfraces funcionaron a la perfección. Los rostros verdaderos seguían en la sombra y la policía seguía completamente perdida. Los testimonios eran contradictorios.
Desesperados y sin avanzar, los investigadores decidieron ofrecer una recompensa de 100,000 € a quien pudiera aportar un dato concreto y fiable. Finalmente, tras semanas de reconstrucción, lograron comprender cómo los asaltantes entraron con tanta facilidad al hotel de post. Dieron con la puerta condenada que había sido su punto de acceso y salida.
Y ahí todo encajó. Un comisario resumió el hallazgo con asombro. Hasta compararon llaves con los empleados mientras charlaban con ellos. La policía se daba cuenta poco a poco de que había estado frente a una banda extremadamente preparada con un nivel de infiltración inimaginable. Mientras tanto, los miembros de la pandilla celebraban su éxito en silencio.
Cada uno recibió una parte generosa del botín, suficiente para retirarse si lo deseaban. Algunos compraron vehículos de lujo, otros comenzaron a invertir en propiedades, poniendo su dinero en bienes que disimularan el origen del golpe. Era el momento de desaparecer, de hacerse invisibles, de saborear el crimen perfecto.
Pasaron los meses, el eco del golpe de Estrasburgo comenzaba a desvanecerse y con él dinero también. Era hora de volver a moverse. El grupo decidió atacar la recaudación del supermercado Carfou en Benissieu, pleno corazón del área metropolitana de Lón. Pero esta vez Momón quería que fuera distinto. Le pidió al Gross un favor personal, que incluya a tres de sus amigos de infancia en el golpe, Pipo, Zacarián, Michel el griego y Cristo.
El Gross aceptará su propuesta. 5 de febrero de 1972. Día del golpe. Siete hombres listos para actuar. Momón, el Gross, Nick el griego, Berry, Pipo, Cristo y Michelle. Todo parecía estar en orden. El equipo se colocó en posición. La recaudación fue interceptada. Los atracadores comenzaron a bajar por una escalera de emergencia con los sacos de dinero en mano, pero entonces algo falló.
En lo alto de la escalera, junto a ellos estaba el director del supermercado y cuando vio acercarse a cuatro figuras armadas, no dudó ni un segundo. Gritó con todas sus fuerzas. Atención, esto es un atraco. El caos acababa de estallar. Tú cierra la [ __ ] boca. gritó el gross fuera de sí. Y entonces empezaron los disparos de un lado y del otro.
El silencio se rompió con estruendo. El golpe perfectamente planeado se convertía en un caos. Aún así, Momon, Pipo y Cristo lograron hacerse con los sacos de dinero en medio del tiroteo, pero el precio fue alto. El gross fue alcanzado, cayó herido. El golpe en cuestión de segundos se había torcido.
Momon no lo dudó, corrió hacia él, lo levantó como pudo y lo arrastró hasta la estafet que arrancó a toda velocidad. En total lograron escapar con 1,500,000 € Pero esta vez algo había cambiado. Por primera vez la pandilla de lonés había disparado. Había sangre y había heridos. Durante la huida, el grodió mucha sangre. Estaba pálido, débil, al borde del desmayo.
Lo llevaron de urgencia a un apartamento en la periferia de Lon, donde un médico, contactado por uno de los miembros del grupo, llegó para estabilizarlo. La situación era grave. El golpe había dejado de ser un éxito limpio y para todos ya nada volvería a ser igual. La bala atravesó el bíceps de Chabel y rozó su abdomen.
Para el médico no había dudas. debía ser operado con urgencia. no podían llevarlo a un hospital común, así que lo trasladaron discretamente a una clínica privada donde fue atendido por un cirujano anónimo, pero reconocido acostumbrado a ese tipo de clientes. El Gross se salvó por poco, muy poco, pero el daño ya estaba hecho, no solo en su cuerpo, sino en la estructura del grupo, porque hasta ese momento nadie en la policía sospechaba que detrás de tantos golpes hubiera un grupo originario de Lon. El atraco caído en Benissó todo.
A partir de ahí, las autoridades comenzaron a centrar su atención en la región. Las pistas comenzaron a aparecer. El perfil del grupo comenzaba a tomar forma. Tres días después se abrió una instrucción judicial por robo a mano armada, firmada por un juez que pasaría a la historia, Francois Renault, un nombre que no dejaría de sonar.
Y el 5 de abril de 1972, la policía judicial dio con nuevos elementos clave gracias a un confidente. El atraco de Benissie les interesa les dijo, y soltó dos nombres, Momon el chatarrero y Pipo. Por primera vez, los investigadores se asociaron directamente a Edmont Vidal y Pier Zacarián con una de las investigaciones más graves del país. El cerco comenzaba a cerrarse.
Cuando los investigadores empezaron a analizar a Edmund Vidal, uno de ellos no pudo evitar soltar. Incrédulo. No puede ser. Este tipo no tiene ese nivel. Pero lo tenía. Gracias a esa pista, la atención de la policía se dirigió de lleno a Decines, el barrio de origen de Momón y su círculo más cercano.
Comenzaron las primeras vigilancias discretas, pero no fue fácil. Los Lion eran demasiado astutos. Se movían con cuidado. Cambiaban de hábitos, detectaban a los agentes antes de ser detectados. No dejaban oportunidad de pillarlos con las manos en la masa. ninguna prueba sólida, ningún descubierto. Mientras tanto, el grupo no frenaba.
El 15 de mayo de 1972 asaltaron a tres transportistas en Clegmontfean. Botín, 340,000 € 4 días más tarde atacaron a un empleado en pleno patio del Credit Lyon, también en Clegmón Fegán. Y el 29 de mayo volvieron a actuar en Lyon, en el bulevagen de Well. Golpes rápidos, precisos. La policía los perseguía, pero no lograba atraparlos.
Entonces cambiaron de estrategia. Se aprueban escuchas telefónicas poniendo bajo vigilancia a cinco o seis sospechosos clave. Y en julio de 1972, un nuevo soplo lo aceleró todo. Un informante desde Estrasburgo da dos apodos adicionales, Patrick y Janó. Con esas pistas, la policía judicial logra finalmente identificar a uno de ellos, Joan y Chabel.
El cerco se estrecha, la presión aumenta y para colmo, el gross empieza a desvariar. Después del golpe de Benissieu, su comportamiento cambia. Empieza a gastar sin control, a exhibir, a actuar como si nada pudiera tocarlo. La caída inevitable ya se perfila en el horizonte. El gros ya no era el mismo. Se volvió paranoico, desconfiado de todos.
hizo compras llamativas, inyectó dinero en propiedades y llegó incluso a comprarse un castillo donde organizaba fiestas lujosas, rodeado de desconocidos y bajo la mirada atenta de todos. Aquello no pasó desapercibido. Los investigadores empezaron a centrar sus ojos en él. Para el resto del grupo, su comportamiento era preocupante, inaceptable.
Mientras tanto, Momón y los suyos no se detuvieron. seguían en movimiento, fríos, eficientes. En la noche del 27 al 28 de octubre, Momón, Purrat, Francois y dos cómplices más ejecutaron un nuevo golpe maestro. Asaltaron la cámara acorazada de la oficina de correos de Mulhouse y lo increíble ocurrió. volvieron a robar más de 11,708,800 millones de euros, superando el récord nacional que ellos mismos habían establecido un año antes en Estrasburgo.
Nadie en Francia había hecho algo así. Dos veces, mientras el Gross se exponía, ellos hacían historia y seguían intocables. Pero llegó el momento. Momón Vidal decidió cortar el cordón. Había llegado la hora de emanciparse del Gross y de Augé, de dejar atrás a la vieja guardia y construir algo propio. Quería formar su propio grupo, un equipo con códigos distintos, con gente en la que realmente confiaba.
Quería rodearse de los de siempre, los deines, sus hermanos de toda la vida. Por supuesto, no iba a dejar fuera a Purrat, su compañero más fiel. Él era intocable. En sus memorias, Momón lo dejó claro. Con Cristo, empezamos a imaginar un nuevo equipo. Invitamos a Pipo y a Michelle a sumarse. Como sabíamos que Jan Pieg y Chain ya estaban haciendo sus propios atracos, decidimos integrarlos también.
Pronto estábamos listos. Comenzaba una nueva etapa, más cercano, más leal, más peligroso. Otra saga podía dar comienzo y los Lionéis iban a volver a dar guerra. El Gandes Lyon, segunda generación ya estaba en marcha. Una nueva estructura mucho más cohesionada con un núcleo firme y de confianza. Puhat, Cristo, Pipo, Michel, el griego y su hermano Constantín Jean Pierre Mardirosián.
Shain y Josep Vidal, el hermano mayor de Momón, una banda unida como los dedos de una mano y eso los hacía aún más difíciles de detener. Durante todo 1973, el grupo comenzó a montar sus propios golpes con total independencia. apuntaban a objetivos concretos, grandes superficies comerciales y pago de nóminas en fábricas, preferentemente fuera de la región de Lón, para reducir el riesgo.
Momon lo recordaría años después. Los atracos salían perfectos y me di cuenta de que esta banda era incluso mejor que la del Gross. La química era inmejorable. Cristo, Pipo y Chane eran piezas clave, cada uno con un rol claro. Juan Pedro destacó como director de orquesta, destacaba como conductor y atracador rápido y decidido. Michelle, aunque algo más lento, por su culo grande, como decían en broma, era el más sereno y sabio del grupo, y ellos mismos no perderían la oportunidad de recordárselo.
Jeanpierre, además se encargaba junto a Cristo del mantenimiento de los coches y las armas, una dupla técnica que mantenía el grupo listo para cualquier cosa. No eran solo un equipo, eran una familia de ladrones profesionales y estaban en su mejor momento. A ellos les gusta ese trabajo, a mí no, en fin, cada uno con su especialidad.
Así resumía Momón su rol dentro del nuevo equipo. Mientras los golpes seguían saliendo con precisión, la nueva generación del Gan Lionet vivía en su mejor etapa, pero esa tranquilidad no duraría mucho. Cuanto más avanzaban, más se alejaba Momón del Gross. Pero ellos, desde las sombras no los perdían de vista.
El Gross ya no era el mismo, paranoico, imprevisible y ahora una amenaza real. Durante un encuentro en Ginebra, el tono cambió por completo. El Gross le lanzó una advertencia envenenada. ¿Sabes, Momón? Tengo un amigo en los Renin Monsenegó. Parece que las polis de Lon te tienen en el punto de mira. Dicen que estás detrás de un atraco en un gran supermercado y que también te tienen en la lista por Estrasburgo.
En resumen, Momón, están detrás de ti. No era solo una advertencia, era una forma de marcar territorio, de sembrar miedo. Pero el asunto no acabó ahí. La tensión entre ambos no tardó en salpicar a Burrat. Gross, cada vez más errático y resentido, intentó asesinarlo. Era una guerra personal, ya no era un conflicto entre bandos y esas guerras no siempre tienen vuelta atrás.
Ya no había margen para el diálogo. Momón y los suyos sabían que sus vidas estaban en peligro. No era paranoia, era real. El intento de asesinato contra Purrat lo había dejado claro. El Gross estaba fuera de control y Jano G, el padrino, también se había convertido en un riesgo aliado del Gross, aún con poder y con la capacidad de mover hilos en la sombra. La conclusión fue obvia.
Debían golpear primero y rápido. No era venganza, era supervivencia. 15 de junio de 1973. Comienza la contraofensiva. Ese día Jen seguía su rutina habitual. Se dirigió al Sporting Club de Leon Plage para jugar un partido de tenis. Aparcó su coche. A su lado iba una mujer. Ambos bajaron del vehículo y comenzaron a cruzar el estacionamiento.
Y entonces una furgoneta se detuvo junto a ellos. En cuestión de segundos, un disparo le atravesó el pecho a Jine. El ataque había comenzado y el padrino del león criminal acababa de convertirse en objetivo directo. Auge cae al suelo y sin darle tiempo a nada más, otro tirador lo remata a sangre fría.
Varias balas lo atravesaron. Fin del juego para el padrino. El hombre más temido del criminal Lyon acababa de ser ejecutado en pleno día en un club exclusivo. El siguiente en la lista era Joan y Chabel, el Gross. Octubre de 1973, Chabel se dirigió a una de sus guaridas secretas, donde escondía y mantenía su arsenal personal.
Caminaba por la acera con el instinto siempre alerta. escuchó el motor de un camión que se acercaba lentamente. Por reflejo se pegó contra la pared. Sabía que algo podía pasar, pero no fue suficiente. Desde detrás de una de las ruedas del camión, un hombre salió de la nada y abrió fuego a quemarropa.
Una sola bala directa a la cabeza. El antiguo cabo de la guerra de Argelia, el cerebro táctico, el estratega frío y letal, murió en el acto. Su cadáver fue trasladado en secreto y enterrado en algún punto de un bosque. Hasta el día de hoy, nadie ha encontrado el cuerpo. Todas las amenazas habían sido eliminadas. La nueva pandilla de Lion podía volver a operar sin enemigos internos, sin traiciones, sin padrinos. Paz en la cima.
Pero entonces surge la gran pregunta, ¿hasta cuándo? La caza. 16 de mayo de 1973. La policía da un paso crucial. Por primera vez logran identificar a otro miembro clave del grupo que llevan tiempo siguiendo. Pierre Purrat es visto saliendo de un café en París acompañado por un rostro ya fichado, Jean Pierre Gandebuff alias Cristo.
Con esa información, la investigación cobra un nuevo impulso. El perfil del grupo empieza a tomar forma con más claridad, pero mientras los agentes intentan juntar las piezas, la pandilla sigue su curso. 31 de octubre de 1973. Nuevo golpe. Objetivo: una fábrica textil en Tarare a unos 40 minutos de Lon.
Ese día atacan durante el traslado de la paga de los obreros unos 270.000 1000 € El golpe dura solo unos minutos sin resistencia ni disparos. Limpio. 5co días después vuelve a actuar. Esta vez en Chasel Surlion en el departamento de la Loira. Otro atraco, otra huida sin dejar rastro. La policía empieza a entender que no se trata de criminales comunes.
Es una estructura organizada con recursos, logística y experiencia militar. La caza había comenzado, pero los lionée seguían un paso por delante y aún habría otro golpe más, esta vez en first a una hora de Lon. El objetivo, un convoy que transportaba más de 300,000 € La ejecución fue impecable, menos de 30 segundos, un asalto relámpago y otra vez los autores se desvanecieron sin dejar rastro.
Para ellos era casi un juego de niños. En aquella época los empleados cobraban en efectivo y el dinero para las nóminas era transportado en vehículos ligeros, sin escolta, sin seguridad adicional. Muchas veces las rutas pasaban por carreteras rurales alejadas y sin vigilancia, perfectas para emboscadas. Era un sistema vulnerable y el gang lo sabía aprovechar como nadie.
La policía judicial abrió investigaciones formales sobre estos tres últimos golpes, Tárare, Shasel Surlion, Fers, pero no encontraron casi nada, ni huellas, ni testigos fiables, ni matrículas. La investigación estaba estancada hasta que de repente algo cambió. Un giro inesperado estaba a punto de poner fin a la era dorada del Gandes Lyon.
Un confidente clave soltó la información que cambiaría el curso de la investigación. Los Lion están preparando un golpe importante en la zona de Grenoble. Aquella frase no cayó en saco roto. En cuanto la policía judicial la recibió, todo se aceleró. Se activó un dispositivo especial de vigilancia, intervenciones telefónicas, escuchas en múltiples puntos sensibles, patrullas a pie.
vehículos camuflados en cada acceso posible. La tensión era total. Incluso varios agentes fueron apostados en un cementerio cerca del lugar donde supuestamente el grupo planeaba actuar. Las condiciones eran extremas, frío helado, oscuridad, cansancio, pero no había margen para relajarse. Había que resistir. El esfuerzo fue tal que un comisario de la policía judicial sufrió un colapso por las bajas temperaturas y tuvo que ser hospitalizado de urgencia.
La caza había alcanzado su punto más alto y los Lioné ya no estaban tan lejos del alcance. Durante 45 días, los agentes mantuvieron la vigilancia constante en la zona de Grenoble, día y noche, esperando pillarlos infraganti. Nada ocurrió. Silencio total. Lo que no sabían era que mientras ellos se congelaban en los cementerios y vigilaban las entradas, la pandilla de los Lioné estaba al otro lado del país, donde nadie los esperaba.
En Nant, al oeste de Francia, ya tenían todo preparado para un nuevo golpe. Objetivo, la recaudación en efectivo de un supermercado Carrefur. Casi 940,000 € en billetes. La acción fue rápida, seca, impecable, sin violencia, sin errores y una vez más sin dejar rastro. Para la policía judicial fue un golpe devastador.
Tras semanas de esfuerzo, despliegue y tensión, los ladrones volvieron a escaparse como fantasmas. Siempre un paso adelante, siempre en otra ciudad, siempre intocables. La pandilla de Lionel se había convertido en la peor pesadilla de la policía francesa. Y mientras tanto, los Lionéis no bajaban el ritmo. Enero de 1974. Nuevo golpe, esta vez en Ang, en el oeste del país.
Botín, 620,000 € Mismo método, ejecución rápida, sin violencia, sin errores. Para las altas esferas del estado, la situación empezaba a ser insostenible. Este juego del gato y el ratón ya no tenía gracia. El prestigio del aparato judicial y policial estaba en juego. Se toma una decisión. Es momento de subir el nivel.
El 20 de marzo de 1974 se abre una instrucción formal por Asociación de Malhechores, una nueva estrategia judicial más amplia, más agresiva que permite actuar incluso sin pruebas directas de un solo atraco. Paralelamente, la policía acelera. La frustración es tal que, como un gesto de impotencia desesperada, decide infiltrarse ilegalmente en el apartamento de Edmond Vidal, allí colocando micrófonos ocultos y revisan sus pertenencias a fondo sin autorización judicial.
Todo vale con tal de detener a un fantasma que ya ha humillado al Estado durante años. El cerco se estrecha y esta vez ya no hay margen para el error. Durante el allanamiento ilegal al apartamento de Edmont Vidal, la policía hace un descubrimiento crucial. Encuentran una colección de mapas michlin cubiertos de anotaciones, rutas marcadas, flechas, siglas y nombres de ciudades escritos en Berlán, el argot invertido.
Tras descifrarlos, identifican varios destinos potenciales: Shalón, Macon, Dole, Lepui, Romans, todas las posibles zonas de actuación del gang. La conclusión es clara. Tienen que cortarles el paso antes de que vuelvan a golpear. Se activa entonces la operación Chacal, una de las mayores movilizaciones policiales de la época.
A partir de diciembre de 1974 se despliega 118 agentes especializados distribuidos en seis puntos estratégicos cubriendo un total de 18 departamentos. La caza es nacional. Se instalan barreras con clavos, puestos de control y se dan órdenes específicas. Los agentes deberán situarse a 10 km de los puntos de intercepción, listos para alertar si detectan movimiento.
Incluso se colocan puestos de tiro con francotiradores. El estado ya no juega. Quiere acabar con la pandilla de Lionet. Cueste lo que cueste. La policía ya no bromea. La orden es clara. Al primer contacto visual con los delincuentes se abre fuego. Saben que están fuertemente armados y no están dispuestos a arriesgar una segunda humillación.
El plan confidencial Chacal parece infalible. Una roja perfecta que en teoría debería hacer caer al Gandes Lionet. Pero por si fuera poco, la policía judicial lanza un refuerzo masivo. 600 policías adicionales desplegados a lo largo de 200 km para bloquear todos los puentes por donde podrían escapar. Era un cerco total. Pasaban los días y nada, ni señales, ni rastros, ni vehículos sospechosos.
Un excomisario lo recordaría años después. Tres semanas esperando y no vimos pasar a nadie. Al final mejor así, porque si llegaban a pasar habría sido una masacre. Y tenía razón porque los Lioné estaban muy lejos de allí. Mientras los agentes temblaban de frío en el centro del país, el grupo se encontraba en el norte de Francia, ejecutando un nuevo golpe a dos objetivos simultáneos.
Pero lo más impactante no fue eso. Por primera vez decidió cambiar su plan de fuga sobre la marcha y ese detalle sería clave. Momon tuvo una corazonada, algo no le cuadraba y en el último momento decidió cambiar el plan. En lugar de tomar las rutas rurales trazadas, optó por la autopista. fue una decisión instintiva y acertó de lleno.
El gigantesco dispositivo de Chacal, preparado para interceptarlos en cruces y caminos secundarios, quedó completamente desbordado. Los agentes, una vez más esperaron en vano. La pandilla de Lionet volvió a casa tranquilamente, sin disparar una sola bala, sin ver una sola patrulla. Otra humillación para la policía.
Pero esta vez el estado ya no iba a tolerarlo. Frustrados por años de burlas, los altos mandos decidieron actuar sin esperar un nuevo atraco. Sabían que pillarlo sin fraganti era imposible, así que jugaron su carta final, una acusación por asociación de malhechores. El juez Francois Renault cumplió los mandatos de arresto y el 19 de diciembre de 1974 comenzó la caída.
Uno a uno cayeron Momón y su hermano Josep, Pipo, Michel el griego y su hermano Constantín, Shain, Jean Pierre Mardirosion, Cristo y su hermano Robert. Solo uno faltaba, Pier Pugat, pero su libertad no requirió más que unas horas. Fue detenido al día siguiente. Después de años de impunidad, la policía francesa por fin logró lo impensable, poner fin al reinado de la pandilla de Lyon.
Ahora bien, aún faltaba lo más importante, las pruebas, porque hasta ese momento lo que tenía la policía era poco sólido. Sospechas, escuchas, movimientos, pero ninguna prueba material irrefutable, hasta que por fin dieron con el lugar clave, una piso del grupo ubicada en la rusmie de Tegó, en pleno centro de Lon. Lo que encontraron allí fue una mina de oro para los investigadores, armas de fuego de todo calibre, falsos documentos, pasamontañas utilizadas en los golpes y sobre todo paquetes de billetes que coincidían con los atracos
cometidos en el norte de Francia. Ahí ya no había vuelta atrás. El caso, hasta entonces frágil quedaba ciego. Para el juez Francois Renault, eso era más que suficiente. La imputación por asociación de malhechores se formalizó de inmediato. El tiempo de rendir cuentas había llegado. A la espera del juicio, los miembros de la pandilla fueron repartidos en distintas prisiones.
Después de años de golpes perfectos, de millones robados, de fugas sin rastros. El silencio del encierro caía sobre el Gandes Lioné. Antes del juicio, los miembros de la pandilla fueron sometidos a 48 horas de custodia policial. Y lo que ocurrió allí no fue precisamente legal ni humano. Los interrogatorios fueron brutales.
Jean Pierre Mardirosian lo recordaría así. Cuando las persianas empezaban a bajar, sabías que venía lo peor. Pasé 48 horas en el infierno. Los métodos utilizados por la policía rozaban la tortura. Golpes, amenazas, presiones físicas y mentales. Nadie habló. Todos resistieron. Todos menos uno. Pipo, tras una sesión particularmente violenta, reconoció haber participado en los atracos del norte, pero no delató a nadie.
La presión fue más allá. Por orden del juez Renault, se ordenaron detenciones psicológicas. Mujeres, incluso madres de los miembros de la pandilla, fueron arrestadas con el único fin de provocar una reacción emocional en los detenidos. Pero el efecto fue el contrario. La rabia se apoderó del grupo y la cooperación se esfumó.
A pesar de todo, la policía judicial cree tener material suficiente para vincular al grupo con 18 atracos a mano armada. El juicio más esperado de la década está a punto de comenzar, pero entonces ocurre lo inconcebible. 3 de julio de 1975. El país queda en shock. El juez François Renault, encargado de instruir el caso del Gan del Lionet, es asesinado a tiros frente a su casa mientras regresa acompañado de su pareja.
Una ejecución directa, fría, un mensaje. El juicio, ya de por sí tenso, entra en una nueva dimensión. De inmediato las sospechas recaen sobre los de siempre, el gang de Lion, pero ellos lo niegan todo. Momón Vidal, en una carta enviada a la prensa, declara, “El señor Renault era un magistrado cuyas prácticas no compartía, pero condenó rotundamente su asesinato y en sus memorias fue aún más claro. Esta muerte es una catástrofe.
puede hacernos caer si son lo bastante ingenuos como para creer que uno puede matar a un juez de instrucción antes de ser juzgado. Hasta hoy, el crimen sigue sin resolverse. Un misterio judicial que aún sacude a Francia. En este clima cargado de miedo, tensión y desconfianza, comienza el juicio más mediático de la década, 20 de junio de 1977.
Los focos están sobre ellos. La prensa, la televisión, la opinión pública, todo el país mira y los Lion están en el banquillo y listos para ser juzgados. Así terminó la historia del Gandes Lionet, un grupo nacido en la miseria que desafió al Estado, humilló a la policía y durante años se convirtió en la pesadilla de Francia.
Sus rostros pasaron del anonimato a los titulares, sus nombres, de ser susurrados en los barrios, a ser juzgados por todo un país. Pero por más condenas, arrestos o juicios, su leyenda ya estaba escrita, porque lo que hicieron nadie lo había hecho antes ni nadie lo haría después. Y ahora que conoces su historia, tú decides.
Genios del crimen o simples delincuentes con suerte. Gracias por quedarte hasta el final. Si este viaje al pasado te ha parecido tan fascinante como a mí, no olvides dejar tu like, compartir el video y suscribirte. Y sobre todo, gracias a todas y todos los que apoyáis el canal cada semana. Nos vemos muy pronto.
Hasta entonces, cuídense y ya saben, la historia siempre tiene otra cara. M.