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El atraco del siglo: el robo perfecto en Francia

Estrasburgo, 30 de junio de 1971. Hora punta. Transeútes caminan ajenos a lo que está a punto de ocurrir. A escasos metros se ejecuta uno de los golpes más audaces jamás vistos en Francia. Cuatro hombres, vestidos como simples operarios, cruzan tranquilamente la entrada del hotel, dos puestas. Nadie sospecha nada.

 Lo que no saben es que ese grupo lleva más de un año preparando lo que la prensa bautizará como el atraco del siglo. Cada segundo, cada paso, cada gesto estaba calculado. No hubo gritos, no hubo violencia, solo precisión absoluta. En menos de 5 minutos habían desaparecido, llevándose consigo más de 1000 millones de euros, una cifra jamás vista.

 Y como si fuera una broma macabra, escaparon con una tranquilidad que descolocó a toda la policía, respetando los semáforos, sin correr, sin nervios, cruzando la ciudad como cualquier otro conductor. Cuando los agentes llegaron, no encontraron ni huellas, ni testigos, ni cámaras, solo un envoltorio de caramelo atascado en la cerradura. Nada más.

 ¿Quiénes eran esos tipos? ¿De dónde salieron? Y cómo lograron desaparecer como fantasmas. El atraco del siglo, el robo perfecto que humilló a la policía francesa. Ni una huella, ni una pisada, nada, como si hubieran atravesado paredes, como si nunca hubieran estado allí. Para la policía es un rompecabezas sin piezas. Pero lo que no sabían era que ese golpe no era obra del azar ni de improvisados.

Era el trabajo quirúrgico de un grupo entrenado, discreto y letal. Un comando que había perfeccionado su método a lo largo de año y medio. Un equipo que convertía cada golpe en una operación quirúrgica. Siempre elegían objetivos lejos de su base, rutas ensayadas hasta el más mínimo detalle, planes de escape sin fisuras.

 Y todo esto sin levantar sospechas, sin dejar cabos sueltos. eran eficaces, rápidos, invisibles. El nombre del grupo causará terror durante años. Sí, hablamos de la infame pandilla de Lon. Para entender cómo se gestó el atraco más legendario de Francia, hay que retroceder varias décadas a los barrios más olvidados de Lion, donde la pobreza, la exclusión y la rabia forjaron a uno de los criminales más temidos del país, Edmont Vidal, alias Momón.

 La temida pandilla de Lón surgió varias décadas atrás con el encuentro de cinco hombres cuyos caminos estaban destinados a cruzarse. Yanog, apodado pequeño Yan. Joan Chabel, más conocido como El Gordo, Pier Purrat, alias el Doctor, Nicolas Caclamanos, llamado Nikel Griego, y finalmente Edmont Vidal, o como lo conocerían todos, Momón, el chatarrero.

Todo comenzó en la periferia de Lion en los años 50, una época dura y aún más para un niño como Edmond Vidal. De origen gitano y criado en la pobreza, su infancia fue una lucha constante por dignidad, pan y respeto. Momon creció rodeado de cariño familiar y del calor de su comunidad, pero fuera de casa todo era hostilidad.

En la escuela no era bienvenido. Lo humillaban por su origen, lo señalaban, lo insultaban. Gitano sucio, lleno de piojos, apestas. Aún no tenía ni 10 años y ya sentía el peso del desprecio. Dejó la escuela, se refugió en la calle, en la chatarra, en la rabia silenciosa que años después lo convertiría en uno de los atracadores más temidos de Francia.

tenía menos de 10 años cuando escuchó por primera vez esas palabras y aún así no entendía por qué tanto odio, pero lo entendió rápido. Para los demás, él era solo un objetivo, un blanco fácil, uno más al que humillar. Momón no volvió a clase. Ese mundo no era para él y la calle fue su nueva escuela.

 A los 11 años su familia fue expulsada del lugar donde vivía. Sin más opción se mudaron a Gerlán, otro rincón olvidado de León, donde la miseria tenía 1000 formas. A los 12 ya recogía chatarra para ayudar a vestir a su familia y a los 13 su nombre ya sonaba entre los callejones de la ciudad. En 1960 son reubicados por la ciudad en un barrio marginal de Decinés, un lugar donde convivían gitanos, armenios, griegos, italianos, árabes y donde, curiosamente Momon encontraría por fin algo parecido a una familia. Allí conoció a Pipo Sakarian,

Jean Pierre Mardirosian y George Chain Manukian. Tres chicos de origen armenio, tan buscavidas como él. Muy pronto formaron una banda, una hermandad de barrio. Las peleas eran su día a día, barrio contra barrio, mano a mano, violentas, salvajes, pero era su forma de existir en un mundo que los ignoraba. El barrio Decines también tenía sus refugios, cafés modestos, oscuros, donde los chicos del barrio mataban el tiempo.

Uno de ellos era el de Michel Silmetsoglu, a quien todos llamaban el griego. Un hombre mayor que ellos, de mirada tranquila y siempre dispuesto a fiarles un café cuando no tenían ni una moneda, cuando podían se lo devolvían. Así funcionaban las cosas entre ellos con respeto. Con los años las peleas fueron quedando atrás.

 Momon, Pipo, Chain y Mardirosian empezaron a buscar una vida más estable. Algunos trabajaban en fábricas, otros en oficios duros, pero ninguno lograba mantener un empleo fijo, siempre entre contratos temporales y salarios mínimos. A los 17, Momon se une a un chatrero. Por fin empieza a ganar algo de dinero, lo suficiente para comprarse su primer coche.

 Una victoria, una ilusión de normalidad. Pero todo cambió una madrugada, 6 de la mañana. Momon y sus amigos regresaban de una noche sin rumbo. Frente a una tienda recién abastecida, aún cerrada, vieron algo que no pudieron resistir. Un cajón de cerezas junto a la entrada. Parecía inofensivo, una pequeña travesura más. Nadie los veía, o eso pensaban.

 Pero desde arriba alguien tomó nota del número de matrícula y ese detalle iba a cambiarlo todo. Al día siguiente del robo, la policía irrumpió en la casa del hospidal. Momón aún recuerda con rabia cada segundo de aquel amanecer. Después del registro, ¿vienes con nosotros?”, le gritó uno de los agentes. Sin darle tiempo a reaccionar, él y su compañero se lanzaron hacia los armarios y comenzaron a vaciarlo todo.

 El suelo se llenó de ropa cuidadosamente doblada por su madre. Tiraron mantas, cojines, sábanas, todo lo removieron. todo. Arrasaron su humilde casa como si buscaran un arsenal escondido. Cuando no quedó rincón por destrozar, le pusieron las esposas. Su madre intentó interponerse con lágrimas en los ojos, abrazada a su hijo.

 “Déjenlo, déjenlo, es solo un niño.” Robó. “Tiene que pagar”, respondió con frialdad uno de los policías. Pago yo”, suplicó ella sacando unos billetes arrugados del bolsillo de su delantal, pero los agentes, hartos o simplemente crueles, la empujaron con violencia. Cayó al suelo entre la ropa desordenada como una muñeca rota.

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