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Ira von Fürstenberg: la princesa olvidada que vivió entre lujo, fama y tragedias

Hubo una mujer que lo tuvo todo. La sangre más azul de Europa corría por sus venas. El dinero más antiguo del continente respaldaba su apellido. Y la belleza que Dios reserva para muy pocas adornaba su rostro desde que abrió los ojos por primera vez en Roma en la primavera de 1940. Y sin embargo, esa misma mujer vio desmoronarse casi todo lo que amó.

perdió un matrimonio un escándalo público, luego otro en silencio. Enterró a un hijo en circunstancias que nadie supo explicar del todo y terminó sus días sola en un apartamento romano, víctima de una caída doméstica, como si el destino hubiera decidido que una princesa no merecía una salida a la altura de su leyenda.

Bienvenidos. Hoy contamos la historia de Ira von Fstenberg, la princesa que vivió en el epicentro del siglo XX europeo, rozó la gloria y la tragedia con las mismas manos enyadas y que a pesar de todo se negó a desaparecer. Antes de continuar, cuéntanos en los comentarios si alguna vez has escuchado hablar de ella o simplemente escribe el nombre de alguien que, a tu juicio también vivió demasiado deprisa y pagó un precio demasiado alto por ello.

Su nombre real era Virginia Carolina Teresa Pancracia Galdina Sufurstenberg, un hombre que pesaba tanto como los títulos nobiliarios que lo acompañaban y que ella desde muy joven decidió simplificar en dos sílabas perfectas que el mundo entero aprendería a pronunciar con una mezcla de admiración y envidia. Ira, solo ira. Nació el 17 de abril de 1940 en Roma, en plena Segunda Guerra Mundial, aunque la guerra parecía no existir en el mundo blindado de cristal y terciopelo en el que sus padres la recibieron.

Su padre era el príncipe Tasilo von Furstenberg, heredero de una de las casas nobiliarias más antiguas del antiguo imperio austrohúngngaro. Su madre era Clara Ñi, hija de una de las fortunas industriales más poderosas de Italia. El abuelo materno de ira era nada menos que el senador Añeli, el hombre que fundó la Fiat y que convirtió Turí en la capital del automóvil europeo.

Desde el primer día de su vida, ir a von Furstenberg no era simplemente una niña de buena familia. era la confluencia de dos mundos que raramente se tocaban con tanta elegancia, el de la nobleza centroeuropea en declive y el del capital industrial italiano en pleno ascenso. Dos fuerzas que, unidas en ese apellido compuesto, la convertían en algo que el siglo XX apenas sabía clasificar.

No era solo rica, no era solo aristócrata, era desde la cuna un símbolo. Y los símbolos, como la historia demostraría, tienen una forma cruel de romperse. Roma en los años 40 era una ciudad herida. Las bombas habían dejado cicatrices en sus calles. El fascismo caía derrotado y la gente buscaba entre los escombros alguna señal de que el futuro podría ser mejor que el pasado.

Pero en los salones de la familia Furstenbergnelli, la guerra era poco más que un rumor incómodo que se escuchaba desde lejos. Los palacios seguían en pie, los criados seguían sirviendo en guantes blancos y la pequeña Virginia, a quien todos llamaban ya ira, crecía entre pieles, porcelanas y conversaciones en cuatro idiomas simultáneos.

Desde muy pequeña quedó claro que aquella niña no iba a ser fácil de contener. Había en ella una energía que no encajaba con los modales que su posición exigía, una curiosidad que empujaba más allá de los límites que las institutrices trazaban con reglas y horarios. Aprendió francés, alemán, inglés e italiano con la misma facilidad con la que otros niños aprenden a montar en bicicleta, porque los idiomas eran el único territorio sin fronteras al que podía acceder desde su jaula dorada.

Creció entre Suiza, donde la familia tenía residencia, y la Italia que se reconstruía a sí misma con una mezcla de orgullo y desesperación. Ese vai entre países, entre culturas, entre identidades moldearía su carácter de una forma que ninguna institutriz hubiera podido prever. Iraba a pertenecer a ningún lugar en particular, iba a pertenecer a todos los lugares a la vez, que era otra forma de no pertenecer a ninguno.

Cuando tenía 13 años, el diseñador Emilio Puchi, amigo íntimo de la familia, la descubrió como modelo. No era un descubrimiento casual. Puchi vio en esa adolescente de huesos finos y mirada desafiante algo que las revistas de moda del momento llevaban años buscando sin encontrar del todo. Una aristocracia que no posaba como aristócrata, una belleza que no pedía permiso.

La fotografiaron Cecil Vitton, el retratista oficial de la realeza británica, y Helmut Newton, el maestro de la elegancia perturbadora. A los 13 años, Ira ya era una imagen, pero ser una imagen un precio. El mundo empieza a mirarte como si fueras un objeto, algo que se puede desear, poseer y eventualmente cambiar por otro más nuevo.

Ira lo aprendería pronto, más pronto de lo que ninguna niña debería aprenderlo. El año era 1955. Europa intentaba olvidar la guerra con bailes, películas americanas y la ilusión de que el progreso lo curaría todo. La alta sociedad internacional celebraba el retorno a la normalidad con bodas fastuosas, con fiestas en palacios restaurados, con cruceros por el Mediterráneo cargados de apellidos y diamantes.

Y en ese escenario de recuperada opulencia, la familia Fursten Brañeli tomó una decisión que hoy parece inimaginable, pero que entonces era perfectamente aceptable en los círculos que frecuentaban. Decidieron cazar a ira. Ella tenía 15 años. El novio era el príncipe Alfonso de Joen Loe Langenburg, un hombre de 31 que ya entonces era conocido en media Europa por su carisma, su fortuna y su ambición.

Alfonso era hijado de los reyes de España, Alfonso XI y Victoria Eugenia, lo que le otorgaba un peso simbólico que iba más allá de su propio linaje. Era el tipo de hombre que llenaba una habitación sin esfuerzo, que sabía exactamente qué decir y a quién decírselo, y que veía en la joven ira no solo una novia impresionante, sino un trofeo que completaba el mosaico de poder que estaba construyendo en la costa del sol española.

La boda tuvo lugar el 17 de septiembre de 1955 en Venecia. El escenario no podía ser más perfecto para la ocasión. La ciudad de los canales, la ciudad donde el agua besa los palacios directamente y donde la historia parece flotar en suspensión. Recibió a la alta sociedad internacional en una ceremonia que las revistas de medio mundo cubrieron con admiración reverente.

Para poder celebrar la unión, dado que la novia era menor de edad, fue necesario solicitar una dispensa papal. El Vaticano la concedió. El mundo aplaudió y Ira, con su vestido blanco y su corona de princesa, entró en una vida que nadie le había preguntado si quería. Había algo inquietante en aquellas fotografías que los periódicos publicaron días después.

una jovencita de rasgos perfectos, flanqueada por hombres y mujeres de mediana edad, con expresiones satisfechas, como si hubieran completado una transacción especialmente ventajosa. Y quizás eso era exactamente lo que había ocurrido. El matrimonio con Alfonso de Joenloe trasladó a Ira a un mundo que ella desconocía casi por completo, el de la España franquista que empezaba a abrirse al turismo internacional.

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