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Ali Reza Pahlavi: ¿POR QUÉ se Suicidó? La Verdad Oscura que la Familia Ocultó

Imagina que eres el segundo hijo del hombre más poderoso de Oriente Medio. Imagina que naces rodeado de mármol y seda en un palacio donde los jardineros podan rosas persas  al amanecer y los guardias presentan armas cuando pasas a los 3 años de edad. Imagina el olor del jazmín en los jardines del Niabaran.

El sonido del agua corriendo por las fuentes que tu madre mandó construir. La luz de Teerán al atardecer filtrándose dorada a través de ventanas de 3 m de altura. Los pasillos que huelen a madera oscura y a historia. Imagina que hablas tres idiomas antes de los 10 años, que tienes maestros privados de música, de arte, de historia, que el nombre que llevas tiene el peso de 25 siglos de civilización persa sobre cada letra.

Imagina todo eso con la misma claridad con que uno recuerda los mejores días de la infancia. Esos días que uno no sabe que son los mejores hasta que han desaparecido y ya es demasiado tarde. Pero saber que a los 12 años subirás a un avión una noche de enero y lo perderás todo. patria, el palacio, el futuro, el aire particular de una ciudad que huele a a Frán y a gasolina y a historia antigua, y que en las décadas que siguen irás perdiendo también, uno por uno, a los seres humanos que más quieres en el mundo, como si la historia

hubiera decidido cobrar sus deudas con intereses compuestos. Esta es la historia de Ali Resa Pajlabi, el príncipe que intentó reconstruir su patria desde los libros porque era la única forma que le quedaba de regresar a ella. Hola a todos, bienvenidos a este viaje a través de una de las historias más desgarradoras que ha producido el exilio en el siglo XX.

Antes de comenzar, me gustaría pedirles que dejen en los comentarios si creen que hay tragedias que el tiempo nunca puede curar o si piensan que el ser humano siempre de alguna manera encuentra la forma de seguir adelante. Los estaré leyendo con atención. Para entender la caída, primero debemos mirar al principio.

Debemos mirar al niño que corrió descalzo por los pasillos del palacio de Niarán. al estudiante que aprendió a amar la música y los idiomas muertos, al hombre que intentó reconstruir su patria en las páginas de disertaciones académicas, porque las fronteras le prohibían reconstruirla en la Tierra. Pero sobre todo, debemos entender qué significa perderlo todo cuando aún no has cumplido los 13 años.

¿Y qué le hace eso al alma de un ser humano cuando el tiempo no cura, sino que acumula? Alir Pajlavi nació el 28 de abril de 1966 en Tejerán, capital del imperio del estado de Irán, hijo del shamad rea Pajlavi y de la emperatriz Fara Diva. Era el tercer hijo de la pareja y el segundo varón. En la jerarquía dinástica persa, eso lo convertía automáticamente en el heredero presunto, el príncipe que asumiría el liderazgo de la casa Palabi si algo le ocurría a su hermano mayor reza.

Tenía desde el primer segundo de su existencia un destino escrito con tinta de 2,500 años de historia, un destino que la historia misma, esa entidad impersonal y sin piedad, decidiría reescribir completamente antes de que él cumpliera los 13 años. Terán en 1966 era una ciudad en plena transformación contradictoria y fascinante.

El shau blanca, un ambicioso programa de modernización que incluía la reforma agraria, el voto femenino, la expansión de la educación pública y la redistribución de tierras. Los rascacielos modernos crecían junto a los bazares ancestrales que llevaban siglos en el mismo lugar, vendiendo las mismas especias y los mismos tejidos en el mismo polvo aromático.

Las mujeres paseaban con minifalda en el norte rico de la ciudad, mientras los clérigos predicaban la tradición en las mezquitas del sur. Era una sociedad que vivía simultáneamente en dos siglos diferentes y que soportaba esa tensión con la energía particular de los mundos que están a punto de cambiar. La tensión entre esos dos mundos ya era palpable, como el olor particular que precede a una tormenta para quien supiera prestarle atención.

El pequeño Alí Resa, naturalmente no sabía mirar todavía. Tenía 0 años de edad y el mundo entero parecía haberse organizado a su alrededor con el único propósito de estar allí cuando él lo necesitara. El palacio de Niabarán, residencia principal de la familia imperial, en sus años finales, se alzaba en el barrio norte de Teerán, a los pies de las montañas al Borse.

Era un complejo de edificios conectados por jardines meticulosamente cuidados con árboles de ciprés. centenarios y pinos que proporcionaban sombra en los veranos áridos de la meseta y un silencio espeso, casi sagrado, durante los inviernos nevados. El aire olía a tierra húmeda en primavera, a nieve y pino en diciembre, al polvo particular que la meseta iraní levanta cuando el viento viene del desierto del Este.

Había fuentes que sonaban constantemente. musicalidad del agua que en las culturas persas tiene un significado casi espiritual, una promesa de vida y de permanencia que contrasta con la dureza del paisaje circundante. Al Rea creció allí junto a sus hermanos. El mayor Resa, nacido el 31 de octubre de 1960 y ya formado desde los primeros años como príncipe heredero con todas las responsabilidades y el peso público que eso implica.

Faragnas, la hermana nacida en 1963, un carácter más reservado y artístico. Y más tarde, en marzo de 1970, la pequeña Leila, la que sería 4 años menor que Ali Resa, la que se convertiría en su alma gemela, en su cómplice de infancia, en la persona sin la cual el mundo nunca volvería a tener exactamente el mismo color o el mismo peso específico.

Los hijos del shala de tradición persa y modernidad occidental. que reflejaba perfectamente la dualidad del propio régimen Pahlavi. Alira asistió a la escuela primaria del palacio Niavaran, una institución diseñada específicamente para los hijos de la élite imperial con programas que combinaban los clásicos persas con los estándares  académicos europeos de la época.

Aprendió persa, francés e inglés casi simultáneamente, como si su cerebro en formación supiera instintivamente que necesitaría varios idiomas para sobrevivir lo que venía. tomó clases de música desde edad muy temprana y allí, frente al piano, encontró algo que ningún protocolo cortesano podía quitarle, ni ninguna revolución podía confiscar una forma propia y completamente suya de estar en el mundo.

A los 6 años ya ejecutaba piezas complejas con una concentración que sorprendía a los maestros. Había en él una intensidad, una seriedad meditativa que contrastaba con la edad y que los adultos a su alrededor mencionaban con admiración, mezclada de cierta inquietud, como si pudieran intuir que ese niño serio estaba construyendo una vida interior demasiado densa para el mundo que lo rodeaba.

Su padre El Sha era un hombre de presencia magnética y temperamento extremadamente complejo, como son complejos todos los hombres que cargan el peso de la historia sobre sus hombros. Adorado por unos y profundamente odiado por otros, Mohamad Resa Palabi llevaba sobre los hombros el peso de ser el hijo de Resa Sha, el fundador de la dinastía, un hombre de voluntad de hierro que había construido un estado moderno iraní desde prácticamente nada y que gobernaba con una autoridad que sus hijos habían heredado genéticamente, aunque en

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