Posted in

¿Sabias que Pedro Infante Cantaba para los Niños Huérfanos del Hospicio Cabañas?

Su voz, ese varito no capaz de hacer vibrar los estadios, sonó ronca, cansada, pero cargada de una autoridad absoluta. No sufrí ningún accidente, madrecita. accidente es el que sufren los ricos allá afuera, creyendo que el mundo les pertenece”, dijo Pedro quitándose el saco empapado y dejándolo caer al suelo sin ningún miramiento. “Vengo a ver a los niños.

” Las monjas intercambiaron una mirada de pánico absoluto. El hospicio Cabañas no era un simple orfanato, era una institución inmensa, casi militar, que albergaba a cientos de niños abandonados bajo un régimen de disciplina espartana y silencios perpetuos. Don Pedro, por la sangre de Cristo se lo ruego. Entiéndanos suplicó Sora Asunción interponiéndose en el pasillo.

Son casi las 3 de la mañana. Tenemos a más de 300 huérfanos durmiendo en los pabellones. Los niños se levantan a las 5 a tallar los pisos y a rezar. No puedo romper las reglas de la madre superiora, es imposible dejarlo salir de sus celdas. Pedro Infante apretó la mandíbula. Sus ojos recorrieron la infinita perspectiva de los 23 patios del edificio, una mole de cantera gris que parecía más una prisión de máxima seguridad que un hogar para niños.

Las reglas las inventaron los hombres que duermen calientitos en sus casas. Madre sro avanzando sin detenerse. Y a mí me tienen sin cuidado. Yo no vine a pedir permiso. Vengo a recordarles a esas criaturas que el mundo no se ha olvidado de ellas. Y si la madre superiora tiene un problema con eso, dígale que baje, que aquí le firmo el cheque para comprarle el edificio entero si hace falta, pero de aquí no me voy sin verlos.

Acto segundo, el pasillo de los fantasmas y el niño ciego. Pedro cruzó el primer patio ignorando las protestas de las monjas que corrían detrás de él como sombras asustadas. Caminar por los pasillos del hospicio cabañas en la madrugada era adentrarse en las entrañas de un monstruo de piedra. El viento aullaba colándose por las inmensas arcadas.

Las paredes de cantera exudaban un frío que calaba hasta la médula de los huesos. Pedro llegó al pabellón de la misericordia, una inmensa galera rectangular donde dormían los niños varones de entre 5 y 10 años. Las camas eran simples cterres de metal alineados con una simetría aterradora. No había juguetes, no había colores, solo cobijas grises delgadas como papel y el sonido unísono de cientos de respiraciones infantiles, muchas de ellas interrumpidas por ataques de tos y escalofríos.

Pedro se detuvo en el umbral. El contraste lo golpeó como un mazo en el pecho. Recordó las mesas del teatro de Gollado, donde docenas de faisanes y langostas se habían ido a la basura hacía unas horas, mientras aquí 300 niños dormían con los estómagos crujiendo de hambre, arropados por el abandono del estado.

Caminó por el pasillo central en silencio, con un respeto reverencial. En la cama número 14, un niño estaba despierto. Estaba sentado abrazando sus rodillas. temblando con la mirada perdida hacia el techo oscuro. Tenía unos 8 años. Pedro se detuvo junto a él. Se arrodilló en el piso de mosaico frío para quedar a la altura de su rostro.

“¿Por qué no estás dormido, mi campeón?”, le susurró Pedro con una ternura infinita. El niño no giró la cabeza hacia la voz. Sus ojos, cubiertos por una tenue nube blanquecina, permanecieron fijos en la nada. era ciego. “Tengo frío, señor”, respondió el niño con una voz aguda y temblorosa, sin saber a quién le hablaba.

“Y las gotas de lluvia hacen mucho ruido en la lámina. Me da miedo que el agua se meta y no se ahogue, como pasó en mi pueblo cuando se llevaron a mi mamá.” A Pedro se le hizo un nudo en la garganta tan grande que le cortó la respiración. Un niño ciego, traumatizado por una inundación, viviendo en la oscuridad perpetua, rodeado de muros de piedra.

¿Cómo te llamas, muchacho? preguntó Pedro pasando su mano inmensa y cálida sobre el cabello trasquilado del pequeño. Me llamo Sebastián, señor. Pedro se quitó la camisa blanca de su smoking, quedando únicamente en camiseta interior de algodón. dobló la fina seda italiana que aún conservaba el calor de su cuerpo a pesar de estar húmeda en los bordes, y se la puso a Sebastián sobre los hombros, frotándole los bracitos esqueléticos para transmitirle calor.

Yo me llamo Pedro Sebastián y te doy mi palabra de hombre de que aquí no se va a meter el agua. Afuera hay una tormenta muy fea, es cierto, pero las tormentas no son para tenerles miedo. A veces las tormentas traen cosas buenas. Solo hay que saber escuchar la música que hacen las gotas cuando caen.

El niño ciego tocó la camisa de seda que lo cubría. Jamás en su vida había tocado una tela tan suave. “Usted huele bonito, don Pedro. Huele a madera y a flores finas”, dijo Sebastián esbozando la primera sonrisa de su noche. “Usted es un ángel de los que dice la monja que vienen a llevarnos cuando nos morimos.” Pedro cerró los ojos y dejó escapar una lágrima silenciosa que se perdió en su bigote.

No, mi niño, yo no soy un ángel, no más soy un carpintero que anda un poco perdido esta noche. Pedro se levantó y se giró hacia las monjas que observaban la escena desde la puerta llorando en silencio ante la brumadora humanidad del ídolo. “Madre Asunción”, ordenó Pedro con una voz que no admitía la menor resistencia. Vaya y despierte a todos los niños de este pabellón y a las niñas también. A todos.

Llévelos al patio mayor bajo los arcos donde no llueve. “Don Pedro, nos van a expulsar de la orden”, soyó la monja. “Si las expulsan, yo les construyo un convento nuevo mañana mismo con mi dinero. Pero hoy en este lugar se acabó el miedo. Vaya por ellos.” Acto tercero, la bóveda del hombre en llamas. Mientras las monjas, vencidas por el magnetismo y la autoridad del ídolo de Guamuchil comenzaban a despertar cuidadosamente a los cientos de niños, Pedro caminó hacia el corazón del hospicio Cabañas, la capilla mayor. Entrar a esa capilla era

de entrarse en uno de los lugares más sagrados del arte mundial. Sobre la inmensa cúpula de 60 m de altura, el maestro José Clemente Orosco había pintado su obra maestra, El hombre en llamas, un fresco monumental donde figuras humanas de fuego y ceniza ascendían hacia el infinito, retorciéndose en una agonía hermosa, representando la lucha eterna de la humanidad contra la opresión.

Pedro caminó bajo la cúpula. La luz de los relámpagos que se colaba por los ventanales iluminaba las figuras de fuego de Orosco, dándoles una vida fantasmagórica. Y allí, en una esquina olvidada de la inmensa capilla, cubierto por una lona polvorienta y gris, Pedro encontró lo que estaba buscando.

Se acercó, retiró la lona de un tirón levantando una nube de polvo espeso. Era un piano de cola, un viejo bechstein, alemán de madera de ébano oscuro. alguna familia rica de la alta sociedad Tapatía lo había donado al hospicio décadas atrás para deducir impuestos, pero como las monjas no tenían dinero para pagar a un maestro de música, el instrumento llevaba años pudriéndose en el abandono, como los niños del recinto.

Read More