Posted in

Evita: Millones la adoraron. Uno solo la marcó para siempre.

A unos kilómetros de distancia estaba Juana y Barburen, con la que también tenía cinco hijos registrados como hijos naturales, que en la Argentina de esa época era la manera legal y social de decir, “Estos niños existen, pero de otra manera. Existen, pero no del todo.” Eva nació el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos.

Hija natural de Juan Duarte y Juana y Barburen. En los papeles eso es lo que era. Nada más. Duarte iba a los toldos. Aportaba dinero para la casa. No era un hombre que desapareciera sin dejar rastro. Venía, pasaba tiempo con Juana y con los niños, y luego volvía a Chivilcoy, a su otra vida, a la que tenía nombre en el pueblo.

Y en los toldos todos sabían exactamente quién era Juana y Barburen. Todos sabían quiénes eran sus hijos. Ese tipo de conocimiento en un pueblo pequeño no es neutral. No es solo información, es una posición. Una posición que se nota en cómo te tratan los tenderos. en si te invitan o no a las reuniones de la iglesia, en si tus hijos juegan con los otros niños o se quedan mirando desde fuera.

Eva aprendió muy pronto a leer esas diferencias. Las aprendió en el cuerpo, cómo se aprenden las cosas importantes antes de tener vocabulario para nombrarlas. Aprendió que el apellido que llevaba era el de su madre, no el del hombre que venía a visitarlas. Aprendió que ese hombre tenía otra familia en otro lugar. Aprendió que en ese pueblo y probablemente en todos los pueblos, hay personas que existen completamente y personas que existen de otra manera.

Y aprendió con esa precisión que tienen los niños para las injusticias que los tocan directamente. ¿En cuál de las dos categorías estaba ella? Juana y Barguren era un tipo de mujer que no abundaba. No pedía permiso, no se disculpaba por existir. Cocosía ropa ajena para mantener a sus hijos. Se levantaba antes del amanecer.

Mantenía la casa limpia y a sus niños presentables, aunque el dinero llegara justo o no llegara del todo, y miraba a la gente a los ojos cuando le hablaba sin bajar la cabeza. Eva la observaba. absorbía esa manera de moverse por el mundo que Juana tenía, esa convicción de que si el mundo no te iba a dar un lugar, tenías que ir a tomarlo tú sin permiso.

Con la cabeza levantada, esa lección no vino de ningún libro, vino de ver a su madre cada día. En 1930, la familia se mudó a Junín, un pueblo más grande, más anónimo, donde nadie sabía exactamente de dónde venían, ni cuál era la historia detrás del apellido, un comienzo nuevo o algo que se le parecía.

Eva fue a la escuela en Junín. Las notas eran mediocres, faltaba mucho. Una maestra la recordó años después como callada, tímida, que pasaba sin pena ni gloria por las clases. Pero esa misma maestra agregó algo más. Dijo que cuando le tocaba actuar en los actos escolares, cuando le tocaba subir al pequeño escenario del salón de actos y ponerse delante de los demás, algo cambiaba.

en Eva, que era difícil de describir con exactitud. La voz cambiaba, no en el volumen, en la calidad, en cómo llegaba. Los otros niños se callaban solos sin que nadie les pidiera que se callaran. Los adultos prestaban atención de una manera diferente, como si dentro de esa niña callada hubiera algo esperando el momento exacto para salir, algo que en el aula no tenía espacio, pero que en un escenario, por pequeño que fuera, encontraba de repente todo el espacio del mundo.

A los 15 años, Eva le dijo a Juana que se iba a Buenos Aires, que quería ser actriz. Juana la miró durante un buen rato sin decir nada. Luego la acompañó hasta casa de unos conocidos en la capital. Dejó a su hija con una valija pequeña y volvió sola a Junín en el tren, furiosa, según cuentan los que la conocían, pero la dejó ir. Porque Juana también sabía lo que era tener que buscar fuera lo que el lugar donde naciste no puede darte.

Si alguna vez creciste sintiendo que para pertenecer a algún lado tenías primero que ganártelo, que demostrarlo, que construirlo desde cero porque nadie te lo iba a dar, esta historia es para ti. Suscríbete, porque lo que Eva encontró cuando llegó a Buenos Aires va a incomodarte de una manera que no esperabas. Buenos Aires, 1935.

Eva tiene 15 años, una valija pequeña, el apellido de un hombre que nunca la reconoció del todo. Y hambre, no de metáfora, no de figura literaria, hambre de verdad, el tipo de hambre que te hace calcular si el pan que tienes hoy te va a alcanzar para mañana. Buenos Aires. En los años 30 era una ciudad que impresionaba desde el tren, las avenidas anchas, los edificios altos, los carteles luminosos de los teatros y los cines.

Una ciudad que parecía decirte que aquí sí pasaban cosas, que aquí había espacio para alguien con ganas y con algo que ofrecer. Pero Buenos Aires también era una ciudad que no esperaba a nadie, especialmente no esperaba a una chica de 15 años de un pueblo del interior sin contactos, sin dinero, sin un apellido que le abriera una sola puerta.

La pensión donde vivió los primeros meses era en el centro, paredes finas, ruido de la calle entrando toda la noche. Una cama, una silla, una ventana que daba a un patio interior oscuro. Compartía el baño del pasillo con otras cuatro o cinco personas que también habían llegado a Buenos Aires, buscando algo que sus pueblos no podían darles.

Por las mañanas, Eva se levantaba temprano, se arreglaba lo mejor que podía con lo que tenía y salía a buscar trabajo. Las agencias de teatro, los productores de radio, los directores de compañías pequeñas que hacían giras por el interior, cualquier cosa. Las audiciones eran todas iguales. llegabas, esperabas sentada en un pasillo con otras 10 o 12 chicas exactamente iguales a ti.

Chicas jóvenes con una valija y ganas y algo que querían demostrar. Y cuando llegaba tu turno, entrabas a una sala donde había un hombre detrás de una mesa que no levantaba la vista del papel mientras tú decías tu nombre y leías las tres líneas que te señalaban en el guion. Y luego decía siguiente, sin mirarte. sin darte ningún gesto que indicara si lo que habías hecho era bueno o era malo, como si no hubiera pasado absolutamente nada, porque para él no había pasado nada.

Y eso se repetía una y otra vez, semana tras semana, sin que nada cambiara. Hubo meses donde la comida fue lo que hubiera. Eva guardaba el pan del día anterior para el desayuno del día siguiente, no porque le gustara el pan duro, sino porque no sabía con certeza si iba a poder comprar más. Hubo noches de julio con el frío de Buenos Aires colándose por las ventanas mal cerradas de la pensión, en que Eva se quedaba despierta mirando el techo y pensaba en Junín, en la cama de su madre, en el olor de la cocina por las mañanas, y se preguntaba si había

cometido un error, pero no volvió. Eso dice algo muy preciso sobre quién era Eva a los 15 años. No era que no sintiera miedo, no era que no sintiera frío, ni hambre, ni soledad, era que tenía algo más fuerte que todo eso, una certeza muy antigua grabada a fuego mucho antes de llegar a Buenos Aires, de que volver era exactamente lo que no podía hacer, porque volver significaba aceptar que el lugar donde estaba era el lugar que le correspondía y eso Eva no podía aceptarlo, ¿no? Entonces, no, nunca. Lo que hacía

Read More