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María Félix: no volvió a amar… y le costó todo

Y en el México de 1931, para una joven de 16 años en un pueblo del desierto, ese hombre parecía exactamente lo que debía parecer, una salida. Se casaron ese año y lo que encontró en ese matrimonio no fue amor, fue confirmación. Enrique era posesivo, celoso, del tipo de hombre que no distingue entre amar a alguien y controlar a alguien, que necesita que la otra persona sea pequeña para sentirse grande.

Y María, que ya cargaba con el silencio de un padre que la admiraba sin decírselo, encontró en ese matrimonio la prueba de algo que ya sospechaba, que las personas que dicen amarte son exactamente las que más quieren poseerte. No salió de ese matrimonio llorando, salió confirmada. En 1934 nació su hijo Enrique, un niño al que amó con la intensidad que tienen las personas que no saben amar a medias.

Y poco después, con ese niño en brazos, sin dinero propio, sin plan, sin nadie esperándola en ningún lado, hizo algo que en el México de los años 30 era casi impensable para una mujer en su situación. Se fue, se marchó a la ciudad de México sola. Una mujer separada con un hijo, sin familia en la ciudad, sin oficio reconocido en el México de 1936.

Eso significa que todo el mundo tiene permiso de opinar sobre ti, que cada puerta se abre a medias, que te construyes desde cero con nada más que lo que traes dentro. Y lo que María Félix traía dentro resultó ser suficiente para construir algo que nadie había visto antes. Esto es lo que sabemos. Llegó sin contactos, sin dinero, sin nombre.

Esto es lo que sospechamos. Ya sabía exactamente la impresión que causaba cuando entraba a un lugar. Y esto es lo que nadie puede probar, si lo que vino después fue suerte o si había personas como ella que no pasan desapercibidas aunque quieran. 1942, el cine mexicano vivía algo extraordinario, una industria con dinero, estudios, directores con visión y un público enorme que quería verse en pantalla.

Un asistente de dirección llamado Guillermo Calles vio a una mujer caminando por una calle de Guadalajara y vio algo que la cámara reconoce y que no se enseña en ningún lado. Le ofreció una prueba para una película. Ella aceptó no porque soñara con ser actriz, sino porque entendía algo que muy pocas personas entienden tan jóvenes.

Cualquier puerta que se abre se abre para algo. La película se llamó El Peñón de las Ánimas y su coprotagonista era Jorge Negrete, el rey del cine mexicano, el nombre que llenaba teatro sin necesitar nada más, acostumbrado a que todo el mundo se diera ante él, excepto ella. El primer día de rodaje, Negrete llegó como llegaba a todos lados, como quien no tiene que demostrar nada porque el mundo ya sabe quién es.

le dijo algo condescendiente a esta actriz nueva que nadie conocía todavía. Algo del tipo, “Tranquila, muñeca, que esto es fácil.” Y María lo miró con esa mirada que después el mundo entero reconocería y le respondió algo que nadie le había dicho nunca a Jorge Negrete en su vida. Le dijo, “Aquí la muñeca eres tú.” El set quedó en silencio y en ese silencio nació la doña, no solo el personaje público.

Nació algo que México estaba esperando sin saber que lo esperaba. una mujer en pantalla que no pedía permiso para existir, que miraba a la cámara sin ningún miedo, que era en cada plano exactamente lo que había decidido ser desde niña. ¿Cuánto cuesta ser esa persona? ¿Cuánto cuesta no ceder nunca ante nadie en ninguna circunstancia? En los siguientes 10 años filmó más de 40 películas.

se convirtió en el símbolo del cine de oro mexicano, en la figura más fotografiada de América Latina, en la doña. Y mientras esa imagen crecía hacia afuera, algo en su vida privada seguía el mismo patrón de siempre. El patrón de alguien que se acerca al fuego lo siente y retrocede antes de quemarse. En 1945 se casó con Agustín Lara, el músico poeta.

el que ponía en tres acordes lo que otros no podían decir en toda una vida. No era el hombre más atractivo del mundo. Era flaco, con una cicatriz en el rostro que nunca ocultó, con una elegancia algo desilachada que no era defecto, sino carácter, pero era el más interesante. Y para una mujer que ya había probado lo que significa estar con alguien que disfraza el control de amor, la inteligencia y la sensibilidad, podían parecer algo completamente diferente, algo que se parece a la seguridad.

le escribió una canción María Bonita. Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches. María Bonita, María del Alma. Una de las canciones más famosas que ha producido este continente, escrita para ese momento exacto en Acapulco, cuando Agustín Lara la miró y sintió que si no lo convertía en música iba a explotar.

Y ese matrimonio también se rompió, no porque no hubiera sentimiento, sino porque Agustín Lara cometió el error clásico de los artistas. confundió la musa con la persona, la imagen que lo inspiró con la mujer real que vivía en la casa de al lado. Y la mujer real que vivía con Agustín Lara no era una canción, era una fuerza con voluntad propia, con proyectos propios, con una visión del mundo que no necesitaba que nadie la pusiera en música para existir.

Agustín Lara, que podía entender el amor más complejo en tres acordes, no supo qué hacer con una mujer que no necesitaba que nadie la entendiera. ¿Quién se atreve a amar de verdad a alguien que no te necesita? El matrimonio duró menos de 4 años, pero la canción dura todavía. Y eso dice algo incómodo sobre el arte, sobre el amor y sobre el precio de ser alguien a quien se puede admirar desde lejos, pero que resulta casi imposible de amar de cerca.

Esto es lo que sabemos. Tuvo cuatro matrimonios. Esto es lo que sospechamos. Ninguno de los cuatro llegó a ver completa a la persona detrás de la doña. Y esto es lo que nadie puede probar si ella alguna vez se lo permitió a alguien del todo. Y entonces volvió Jorge Negrete. El rey que recibió la respuesta más contundente de su vida el primer día de rodaje no lo olvidó. Lo contrario.

Se enamoró de María Félix con esa intensidad específica que tienen los hombres que no están acostumbrados a que alguien les resista. La cortejó durante años con esa determinación casi feroz de los que descubren muy tarde que existen personas que no ceden. Y María lo dejó esperar porque María Félix nunca hizo nada en el tiempo de nadie, solo en el suyo.

Se casaron en 1952 y aquí ocurre algo que en toda esta historia solo ocurre una vez. Una sola vez. Por primera vez, algo en María Félix encontró algo que se acercaba a la paz. Jorge era fuerte, pero no la necesitaba pequeña para sentirse grande. La admiraba entera. La doña y la niña de álamos al mismo tiempo.

La fortaleza y la herida que había debajo de la fortaleza. Quizás fue el único hombre que la vio completa. Duró un año. En diciembre de 1953, Jorge Negrete murió de hepatitis. Tenía 42 años y ahora ya se puede entender esa habitación, esa madrugada, el vestido de noche, los zapatos a un lado, la fotografía que no suelta. Eso no es una mujer que se rompe, es una mujer que toma una decisión, que cierra algo con la misma precisión con que había construido todo lo demás.

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