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Coco Chanel lo tuvo todo… pero eligió perderlo

Coco era la mujer que ella había decidido ser y esa diferencia lo cambiaba todo. ¿Cuántas personas conocen eso? Ese momento en que dejas de ser quién eras y empiezas a ser quien decidiste y lo que cuesta mantener la distancia entre los dos. En esos cabarets conoció a los hombres que iban a cambiar su trayectoria, no porque fueran los correctos, sino porque tenían acceso a un mundo al que Gabriel Chanel no podría haber llegado sola.

Etien Balsán era todo lo que ella no era. Rico desde que nació, con apellido que abría puertas antes de que llegaras a ellas. Criador de caballos de carreras con una finca en Royal, donde se reunía la aristocracia francesa y la alta burguesía y las cortesanas más sofisticadas de París. Un mundo de jardines perfectos, de ropa impecable, de conversaciones que asumían que todos los presentes habían viajado a los mismos lugares y leído los mismos libros y conocían a las mismas personas.

Balsan se enamoró de Coco. No es difícil entender por qué. En un mundo donde todo el mundo era exactamente lo que se esperaba de ellos, ella era completamente inesperada, impredecible, con una inteligencia que no había sido pulida en ningún salón, sino en la necesidad pura. Esa es la inteligencia más peligrosa.

Chanel fue a Royal y allí hizo algo que define mejor que cualquier otra cosa quién era. No intentó pertenecer. Observó. Durante meses observó cómo se mueven las personas que tienen dinero desde que nacen, cómo hablan, cómo se sientan, qué llevan puesto y por qué, y qué llevan puesto cuando no están en un salón, cuando montan a caballo, cuando caminan por el jardín, cuando son ellos mismos sin audiencia.

Y vio algo que nadie en la industria de la moda de esa época había sabido ver todavía. que las mujeres de esa clase usaban ropa que las aprisionaba, que el corsé, los sombreros monumentales, las faldas que arrastraban, eran una declaración de estatus que se pagaba con incomodidad permanente, que la elegancia y la libertad de movimiento eran en ese mundo conceptos incompatibles y que nadie había cuestionado eso todavía.

Vio también algo más sutil, que los hombres que la rodeaban en Royal usaban jerseys, la tela de los trabajadores, de los pescadores y los campesinos, la tela más barata y más funcional disponible. Y que en esos hombres, con ese dinero y esa seguridad, el jersey no parecía pobreza, parecía comodidad, parecía libertad.

¿Qué pasaría si una mujer lo llevara? Empezó haciendo sombreros en sus habitaciones de Royal. Sombreros simples, sin las construcciones imposibles que llevaban las mujeres de la época, sin plumas de avestruz, ni flores artificiales, ni velos que oscurecían la cara, sombreros que dejaban ver los ojos, que dejaban ver la cara completa de la persona que los llevaba, que decían, “Yo soy lo importante, no lo que llevo encima.

Las amigas de Balsán los vieron, los quisieron, los usaron en público y la gente preguntó de dónde venían. Esto es lo que sabemos. En 1910, Balsan le permitió abrir una pequeña tienda en su apartamento de París, en el Boulevard Malesherbes. Esto es lo que sospechamos. Chanel sabía exactamente lo que estaba haciendo y Balsan era un paso necesario, no un destino.

Y esto es lo que nadie puede probar. Si en algún momento de esos años en Royaliel lo amó de verdad o si fue siempre algo más calculado y más frío que eso. ¿Puede coexistir el cálculo con el afecto o estamos demasiado dispuestos a juzgar a las personas que usan lo que tienen para llegar a donde necesitan llegar? Y entonces llegó Boy Capel.

Arthur Capel, llamado Boy desde siempre por razones que nadie ha explicado del todo y que de alguna manera le quedaban perfectas. un hombre de negocios inglés de origen irlandés que había construido su propia fortuna sin heredarla, que tenía una inteligencia política que le permitía moverse con comodidad en los círculos más exclusivos de Europa sin pertenecer a ellos por nacimiento.

como ella, eso también como ella se conocieron en Royal y lo que ocurrió entre ellos no fue el tipo de historia que se puede resumir en pocas frases, porque Boy Capel hizo algo que ningún hombre había hecho antes con Gabriel Chanel. La miró entera. No a la mujer fascinante del cabaret, no a la amante de Balzán, no a la modista ingeniosa con ideas interesantes sobre los sombreros.

La miró entera. La inteligencia, la ambición, la herida debajo de la ambición, la niña del orfanato debajo de la herida. Y no retrocedió, la admiró más. Capel entendió antes que nadie lo que Chanel podía hacer. No como musa, no como compañera, como fuerza económica, como visión comercial, como alguien que tenía algo que decirle al mundo y que solo necesitaba los medios para decirlo.

Financió su primera tienda real en 1910 en la Rue Cambón número 21 en París. la dirección más famosa de la moda mundial, la que sigue ahí hoy, la que nunca cambió de número. Y después otra tienda en Deoville, la ciudad donde veraneaba la aristocracia francesa y otra en Varritz, donde veraneaba la aristocracia española.

Mientras lo hacía, la amó de esa manera que tienen algunas personas de amar, con respeto, además de con deseo, con admiración, además de con posesión. sin intentar hacer que fuera menos para que él se sintiera más. Chanel dijo décadas después en una de las pocas conversaciones donde bajó la guardia que solo hubo un hombre en su vida, uno solo.

y que fue Boy Capel, que era el único que la había conocido de verdad, que era el único con quien no había necesitado ser Coco, que podía ser Gabriel, la niña del orfanato, la hija del hombre que no volvió y que eso no lo había asustado. Pero Boy Capel se casó con otra en 1918 con Diana Windam, una aristócrata inglesa de familia antigua y apellido reconocible.

Porque en ese mundo un hombre como Capel podía amar a Coco Chanel, podía admirarla, podía financiarla, podía ser feliz con ella, pero no podía casarse con ella. El origen importaba, el orfanato importaba, el padre que vendía botones en los mercados de Francia importaba, la costurera de Mins importaba. Y Chanel lo aceptó, no porque no le doliera, sino porque entendía las reglas del mundo en que vivía con una claridad que a veces era más dolorosa que la ignorancia.

Y porque había aprendido muy pronto en la puerta de ese orfanato que el dolor no se muestra. El dolor se trabaja, se convierte en algo, en lo que sea, con tal de no quedarse quieta con él. siguió viéndola después del matrimonio. La historia continúa, el amor continúa con esa complejidad que tienen algunas relaciones que no caben en ninguna categoría disponible.

Y entonces, en diciembre de 1919, en una carretera entre Canes y Grase, el automóvil de Boy Capel reventó una rueda y volcó. Murió en el acto. Tenía 38 años. Chanel estaba en Can cuando le dieron la noticia. Pidió que la llevaran al lugar del accidente. Se quedó ahí sola mirando la carretera durante horas, sin que nadie supiera exactamente qué estaba haciendo o pensando en ese tiempo.

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