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ALLAN SAINT-MAXIMIN : CONFESÓ LA VERDADERA TRAGEDIA QUE SUFRIO EN MEXICO

Pero lo de Turquía no terminó solo con mal rendimiento, terminó con un escándalo que sacudió al fútbol europeo. Al final de su [música] préstamo, Sa. Maximen se sentó frente a una cámara en el canal de un streamer francés [música] y soltó una bomba. dijo que en el Fenerbach habían intentado drogarle, que cuando estuvo enfermo el cuerpo médico del club le administró un tratamiento clasificado [música] como sustancia de dopaje, que no podía hablar libremente porque lo habían amenazado.

El Fenerbachche respondió de inmediato con [música] un comunicado furibundo. Dijo que estaba distorsionando los hechos para dañar la reputación del [música] club y anunció acciones legales. No pasaron tres días antes de que una organización [música] deportiva turca presentara una denuncia penal formal en Ancara.

Cuatro cargos bajo el código penal turco. Cuatro. Ese era el equipaje que Saint Maximan traía cuando aterrizó en Ciudad de México. Una denuncia penal abierta en otro país y nadie lo mencionó en la presentación. El principio del fin comenzó cuando las cámaras se apagaron, cuando los reflectores dejaron de alumbrar y el día a día del profesionalismo empezó a pesar.

Porque una cosa es vender imagen en redes sociales y otra [música] completamente distinta es rendir en una institución como el América, donde no perdonan, donde no hay espacio para las medias tintas, donde o produces o te devoran. y Alan [música] Maximán no estaba produciendo. Los números eran contundentes, 15 partidos, tres goles, dos asistencias.

Para un jugador [música] que costó 11 millones de dólares y que supuestamente venía a hacer el desequilibrio que el equipo necesitaba, [música] esos números eran una ofensa. Pero el problema no era solo estadístico, [música] era de actitud. Dentro del club empezaron a surgir versiones, [música] comentarios, rumores de pasillo, porque en el fútbol todo se sabe y lo que se sabía sobre San Maximan no era nada bueno.

André Jardín, el entrenador del América, un hombre serio, exigente [música] y profesional, comenzó a llamarle la atención, no por temas tácticos [música] ni por errores en el campo, sino por cosas básicas, cosas que cualquier futbolista [música] profesional debería tener resueltas de sobra. La alimentación. San Maxim no seguía el plan nutricional del club.

Nada, ni un solo [música] punto. Ignoraba completamente las indicaciones del nutriólogo y en lugar de comer lo que debía, el francés se había convertido en cliente habitual [música] de una pizzería que estaba justo enfrente de las instalaciones de Coapa. pizzas, tacos, comida rápida, todo lo que un atleta de alto rendimiento no debe meter en el cuerpo si quiere estar al máximo.

Y no era algo esporádico, era su rutina. Llegaba a los entrenamientos con el estómago lleno de pizza o de tacos, mientras sus compañeros seguían dietas estrictas, pesaban sus porciones, medían cada gramo de lo que consumían. El cuerpo técnico no podía creerlo. Estamos hablando de un futbolista que cobra millones, que [música] tiene chef disponible, que tiene todo el apoyo del club para estar en forma [música] y decide comer como si estuviera de turista.

Pero no era solo la comida, eran las llegadas tarde, constantes, sistemáticas, como si el horario del entrenamiento fuera una sugerencia y [música] no una norma. Y en el fútbol profesional eso no se perdona porque llegar [música] tarde manda un mensaje al vestidor. Ese mensaje dice, “Yo estoy por encima de las reglas.

” Y ese mensaje no le cayó bien a nadie. Tampoco ayudó que Saint Maximen no hiciera ningún intento por integrarse al grupo. Cero esfuerzo, ningún compromiso con el idioma. No aprendió español ni lo básico, ni un buenos [música] días como la gente, ni un pásame el balón en los entrenamientos, nada. Y cuando no hablas el idioma de tus compañeros, cuando no compartes códigos, [música] cuando no te integras a la cultura del vestidor, te conviertes en un extraño, en alguien que [música] está ahí pero no pertenece.

La barrera del idioma lo aisló, pero no porque el idioma fuera difícil de aprender, sino porque él nunca quiso aprenderlo, nunca mostró interés, nunca dio un paso. Y eso en un vestidor mexicano, donde la convivencia lo es todo, donde el relajo y la comunicación son parte del juego, [música] es imperdonable. Los compañeros empezaron a mirarlo con desconfianza, no porque fuera mala persona, sino porque no era parte del equipo.

No compartía, no se esforzaba, no daba señales de querer estar realmente ahí. Y el rendimiento seguía sin llegar, partido tras partido, donde simplemente no aparecía, donde pedía el balón y no hacía nada con él, donde los regates espectaculares de los videos de YouTube nunca se materializaban en el campo de verdad.

El América estaba invirtiendo 4 millones de dólares al año en un jugador que comía pizzas, llegaba tarde, no hablaba español y no metía goles. La atención creció porque cuando pagas tanto por alguien esperas resultados, [música] esperas profesionalismo, esperas entrega y Saint Maximan no estaba dando nada de eso. El ambiente en Cuapa deteriorarse.

No públicamente, no en las conferencias de prensa, sino por dentro, en el día a día, donde todos sabían que algo estaba roto. Jardine intentó corregirlo, le marcó límites, le exigió más, pero Alan no respondió o no quiso responder o simplemente no le importó. Y cuando un jugador se desconecta del proyecto, cuando deja de ver el club como una oportunidad y empieza a verlo como una carga, es cuestión de tiempo para que todo estalle. Y estalló.

Nadie lo vio venir, ni los directivos, ni los compañeros, ni la afición, porque aunque las cosas no marchaban bien, nadie anticipaba lo que ocurrió. Un día cualquiera, Alan Saint Maximen publicó un mensaje en sus redes sociales, largo, emotivo, cargado de dramatismo y con una acusación que eló a todos. Habló de pérdidas personales, de ausencias dolorosas, de querer estar cerca de quienes ama.

Hasta ahí todo sonaba comprensible, humano. Pero luego llegó el golpe. Dijo que había decidido volver a casa. Y después, en otra publicación, El misil directo. Dijo que había aprendido a defenderse de los ataques, fueran sutiles o evidentes, pero que había algo que jamás toleraría. Ataques a sus hijos y la palabra que lo cambió todo. Racismo.

El impacto fue inmediato. Las redes explotaron. Los medios replicaron la noticia al instante. El América tuvo que reaccionar y lo hizo de la única manera posible. cerrando comentarios en sus publicaciones para frenar el daño, pero el daño ya estaba hecho. Porque cuando un futbolista de alto perfil denuncia racismo, no hay vuelta atrás.

No puedes ignorarlo. No puedes quitarle importancia, tienes que actuar. Y el América actuó rápido, demasiado rápido. En cuestión de horas, el club y Maximan llegaron a un acuerdo. Resisión de contrato, ruptura inmediata, sin indemnización, sin demandas, cada quien por su lado. Maximen quedó libre después de medio año, después de 11 millones de dólares invertidos, después de tres goles, libre como si nunca hubiera existido.

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