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LUCERO: 30 Años de FARSA ASQUEROSA – El PACTO Sucio entre Tigre Azcárraga y la Madre que La Vendió

Algo que paralizara al país, algo  que vendiera ,700,000 en publicidad de un solo plumazo y el tigre  Azcárraga, ese hombre que llevaba años observando a la cantante con la voz limpia, ese hombre que la llamaba Escuincla, aunque  ella tuviera ya 27 años cumplidos, había encontrado el producto perfecto, la boda,  la boda televisada, la boda en vivo.

 en cadena nacional de 4 horas, con misa, con civil, con baile del perrito, con todo. Pero faltaba un detalle, faltaba el  novio y el novio también había que ponerlo comadre porque el negocio no podía depender de que la chica se enamorara. El negocio tenía que garantizarse primero. Hoy vas a descubrir, mi gente, cuatro cosas que durante 30 años nadie en México se atrevió a decir en voz alta.

 Cuatro cosas que estaban en los pasillos, susurradas, comentadas a media voz por los productores, por los directores, por los maquillistas  y peluqueras de la empresa. Cuatro cosas que las altas esferas del entretenimiento mexicanos sabían. Pero que la prensa rosa, comprada hasta la médula por la televisora, jamás iba a publicar.

Primero  vas a descubrir cómo fue realmente la reunión secreta entre el tigre Azcárraga y Luz María León, donde se decidió que Lucero se casaría con Mijares y no con otro hombre. Segundo, vas a descubrir los $1,700,000  exactos que Televisa cobró por la transmisión  y cuánto le tocó realmente a la novia.

 Tercero, vas a descubrir la noche antes de la boda, la noche en que Luz María León lloró encerrada en su cuarto sabiendo lo que había firmado. Y cuarto, lo más doloroso de todo, vas a descubrir la frase que dijo Lucero 14 años después,  en el momento exacto del divorcio. Una frase que demostró que ella en el fondo siempre  supo que su matrimonio había sido una farsa pactada.

 Te voy  a avisar cuando llegue cada una de las cuatro. Comadre, antes de meternos al fondo del asunto, tienes que  entender algo muy importante. La mujer de la que vamos a hablar hoy no era cualquier mujer. Era lucero, era la novia de América,  era la niña que tu hija coleccionaba en estampas, era la voz que sonaba en tu radio durante los desayunos, era la actriz que te hacía llorar las tardes con la amor.

 Era esa criatura limpia, perfecta, virginal, sonriente, con los hoyelos en las mejillas y la voz de cristal  que medio México había decidido adoptar como su propia hija.  Y eso, mi gente, eso era exactamente lo que la convertía en el producto más valioso del  catálogo de Televisa. Porque para vender una boda televisada en cadena nacional necesitabas a una novia que la  gente reconociera al instante.

Una novia con la que todas las mexicanas se identificaran,  una novia que pareciera la hija de cada mujer del país. Y no había otra, comadre.  No había otra. Solo había una. Se llamaba lucero. Para entender de verdad lo que pasó aquel día en la oficina  del tigre. Hay que volver muy atrás.

 Hay que volver al año 1979, cuando una niña pequeña de 10 años, con el cabello  castaño y los ojos enormes, entró por primera vez a un foro de Televisa. La llevaba de la mano una mujer de 34 años, su madre, Luz María León Soubiné. La niña iba a una audición para un programa que se llamaba Alegrías de mediodía.

 Y aquella audición, comadre, aquella audición sería el principio de todo. La niña cantó, los productores se quedaron paralizados. El tigre Azcárraga, que en aquella época todavía no era todopoderoso, pero ya tenía el olfato de los grandes empresarios, oyó la voz y entendió. entendió  que aquella niña no era una cantante más.

 Aquella niña era una mina de oro. Una mina de oro a la que con paciencia, con disciplina, con contratos bien diseñados podías exprimir durante décadas. Lo que muchos no recuerdan, comadre, lo que la prensa rosa de aquellos años se cuidó de no contar, es que  el tigre Azcárraga desarrolló desde aquel día una fijación particular con la niña Lucit.

Le decía Escuincla. Era el apodo  cariñoso, pero un apodo que llevaba dentro algo más. Llevaba a una marca. La escuincla era de la casa. La escuincla era patrimonio de Televisa. La escuincla  como las telenovelas, como los foros, como los actores y actrices del catálogo, era de la empresa.

 Para entender, comadre,  hasta dónde llegaba el poder del tigre Azcárraga en aquellos años, tienes que saber  quién era este hombre. Emilio Azcárraga Milmo había nacido en San Antonio, Texas, en 1930.  Era hijo de Emilio Azcárraga Vidaurreta, el fundador de Televisa. Cuando su padre murió en 1972,  el tigre tomó las riendas del imperio.

Tenía 42 años y durante los siguientes 25 años, comadre, durante los siguientes 25 años, aquel hombre convirtió  a Televisa en el monopolio del entretenimiento más poderoso del mundo de habla hispana.  telenovelas, series, noticios, deportes, música, películas  editoriales, estaciones de radio, canales de cable, distribución internacional.

 El tigre tenía control absoluto sobre lo que llegaba a las pantallas mexicanas  y a través  de Televisa Internacional tenía control sobre lo que llegaba a las pantallas de  toda Latinoamérica y de Estados Unidos. Las altas esferas de  la política mexicana le rendían cuentas. Los presidentes de la República le hablaban con respeto.

 El propio Carlos Salinas de Gortari, cuando llegó  a Los Pinos en 1988, una de sus primeras visitas privadas fue al despacho del tigre, porque sin Televisa, comadre, sin la bendición del tigre, ningún presidente mexicano podía llegar al poder en aquella época. Las elecciones se ganaban en las pantallas. Las pantallas las controlaba el tigre.

 Y el tigre, mi gente, el tigre cobraba ese control con privilegios que iban más allá del dinero. Cobraba con favores,  cobraba con influencia, cobraba con artistas a su servicio. Y entre todos los artistas que aquel hombre construyó pieza por pieza en su mente, la pieza más valiosa, la pieza más larga, la pieza que llevaba más tiempo en el catálogo, era una mujer.

 Esta mujer  se llamaba Lucero. Las altas esferas de San Ángel sabían que tocar a Lucerito sin permiso del tigre era jugar con fuego.  Otros productores podían admirarla, sí. Otras disqueras podían  intentar contratarla, sí. Pero al final del  día la última palabra siempre la tenía Azcárraga, porque Azcárraga, comadre,  Azcárraga la había convertido en la escuincla.

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