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TRISTE HISTORIA DE LA MANSION DE MARIA FELIX 50 Años de SECRETOS, LUJOS Y PERDIDAS

 Las joyas, los cuadros, los muebles de época, las antigüedades, los vestidos de las mejores casas de moda de Europa. 7.3 3 millones de dólares en una sola tarde. La vida entera de María Félix, dispersada entre coleccionistas de todo el mundo. Un collar aquí, un cuadro de Leonora Carrington allá, una tina de mármol de carrara que fue a dar a quién sabe qué baño de quién sabe qué millonario.

 Y ahora hasta las paredes desaparecen. México perdió ese día algo que nunca podrá recuperar. No solo un edificio, sino la prueba física de que una mujer nacida en la pobreza de Sonora construyó un imperio con sus propias manos, con su talento, con su carácter indomable, con su negativa absoluta a obedecer las reglas que el mundo le imponía.

 Pero antes de entender por qué demolieron esa casa, antes de entender por qué todo terminó así, necesitamos ir al principio, al verdadero principio, a un pueblo del desierto de Sonora, donde en 1914 nació una niña, una niña que el mundo entero iba a conocer y a temer y a adorar. Esta es la historia de María Félix.

 No la diva de las películas, no el icono de los afiches, sino la mujer real que vivió detrás de la doña, la que sufrió antes de brillar, la que luchó antes de conquistar, la que construyó palacios con sus propias manos y los vio desaparecer uno por uno. Todo empezó en Álamos, Sonora, con una familia numerosa, un padre militar y una niña que desde el primer día dejó claro que no iba a obedecer a nadie.

 Esto que estás escuchando no lo vas a encontrar en ningún libro de texto, no lo van a pasar en la televisión, no lo van a enseñar en las escuelas. Esta es la historia real, la que está debajo de la historia oficial, la que nadie cuenta porque duele demasiado o porque ya casi no queda nadie que la recuerde. Si no la guardamos nosotros se pierde.

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 8 de abril de 1914. Álamos, Sonora, un pueblo colonial en el desierto del norte de México, donde el calor aplasta y el tiempo pasa lento. Aquí nace María de los Ángeles Félix Hüereña, la séptima de 11 hijos de Bernardo Félix Flores, militar y político de carácter fuerte, y de Josefina Hüereña Rosas, mujer profundamente católica que crió a su familia con fe y disciplina.

 Álamos en esa época es un pueblo atrapado en el tiempo. Las familias de Abolengo conservan sus cazonas de cantera. Las mujeres se casan jóvenes. Los hombres mandan y nadie cuestiona el orden de las cosas. María cuestiona todo desde niña, no porque lo piense, sino porque no puede evitarlo. Sus hermanas juegan con muñecas. Ella prefiere trepar árboles.

Sus compañeras hablan de vestidos. Ella discute con los maestros. Las monjas que la educan agotan toda su paciencia con ella, la amonestan, la castigan, la llaman a la dirección y finalmente la expulsan. Porque María Félix es a los 10 años imposible de controlar, pero hay algo que la calma. Su hermano Pablo.

Pablo y María son inseparables. Pasan horas encerrados en su mundo privado, susurrándose secretos, protegiéndose el uno al otro de un mundo que ninguno de los dos entiende completamente. La madre Josefina observa esa cercanía con inquietud creciente y un día toma la decisión más cruel de su vida. Los separa, los manda a cuartos distintos, los distancia artificialmente, como si el amor entre hermanos pudiera ser peligroso.

 María no olvida esa separación nunca. La guarda en algún lugar profundo donde guarda todas las cosas que le han hecho daño y sigue adelante porque eso es lo único que sabe hacer. A los 16 años, María es la chica más hermosa de Álamos, con unos ojos oscuros que ya a esa edad tienen algo devastador. Una presencia física que detiene las conversaciones cuando entra a un cuarto.

 Un porte que parece de otro mundo. La Universidad de Guadalajara, la corona reina de belleza estudiantil. Y allí conoce a Enrique Álvarez a la Torre, un representante de cosméticos con dinero y encanto superficial, un hombre que ve en María lo que todos los hombres verán en ella. La mujer más deseable que han conocido en su vida. María, cansada de álamos.

 Ven, Enrique una puerta hacia algo diferente. Se casan. Ella tiene 16 años. Él tiene más de 30. En 1934 nace Enrique Álvarez Félix, el único hijo que María tendrá en toda su vida. El hombre que se convertirá en su mejor amigo, su confidente, su razón de ser y también la fuente de uno de los mayores dolores de su existencia.

 El matrimonio resulta ser una trampa. Enrique Álvarez es violento, controlador, celoso de manera enfermiza. El hogar que María imaginó como liberación se convierte en otra forma de prisión. En 1938 el matrimonio se rompe. Ella se separa, se lleva al niño, se muda a Ciudad de México con lo poco que tiene, trabaja como recepcionista en una clínica para pagar la renta.

 Y una tarde de visita, el padre de Enrique llega. ve al niño, lo toma de la mano, lo mete en el auto y se lo lleva a Guadalajara. María grita, llora, amenaza, suplica, pero las leyes de esa época favorecen al Padre. El dinero favorece al Padre, el poder favorece al Padre. Y María Félix, sola en un cuarto rentado, sin dinero ni influencias, jura algo en ese momento.

Jura que va a ser tan poderosa que ningún hombre en el mundo volverá a quitarle nada. Nunca más. Esa promesa se convertirá en el motor de toda su vida. Ciudad de México. 1941. María tiene 27 años. Está sola sin dinero y le han robado a su hijo. Trabaja en una clínica médica atendiendo pacientes.

 No tiene planes de hacer cine. No tiene planes de ser famosa. Solo quiere recuperar a Enrique. Un día camina por las calles del centro y un hombre la ve. El director Fernando Palacios no puede seguir caminando. Se detiene. La mira otra vez para asegurarse de que no está viendo una alucinación. Ese rostro, esa presencia, esos ojos.

 Algo le dice que está mirando a una estrella que todavía no lo sabe. Se acerca, le pregunta si le gustaría hacer cine. María lo mira con esos ojos que ya tienen algo que no se aprende, sino que se nace y le dice que sí, pero a su manera. En 1942 debuta en el Peñón de las Ánimas junto a Jorge Negrete, el actor más famoso de México, un hombre acostumbrado a que todas las mujeres caigan a sus pies, que se sorprende al encontrar una que no solo cae, sino que lo mira como si fuera él quien debería impresionarla a ella.

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