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AURELIO LOPEZ : LA OSCURA VERDAD DETRAS DE SU MUERTE

En el quinto y último juego en el Tiger Stadium de Detroit, el 14 de octubre de 1984, Sparky Anderson lo metió a relevar en el séptimo asalto con el partido empatado a tres carreras. Aurelio enfrentó a siete bateadores, sacó a los siete. Los Tigres ganaron 8 a cu y Aurelio López se convirtió en el primer pitcher poblano en ganar una serie mundial.

Después del último out, Sparky [música] Anderson lo abrazó frente a las cámaras y dijo otra frase que quedó grabada en la historia del béisbol mexicano. [música] Dijo, “A Aurelio López nada lo sorprende. Tiene corazón y no hay mejor corazón que el suyo. Es uno de los más grandes corazones de todos los tiempos. Tiene corazón.

” Recuerda esa frase, porque 8 años después ese mismo corazón iba a estar latiendo sus últimos minutos sobre el asfalto de una carretera de San Luis Potosí, mientras un forense parado a 3 met del cuerpo miraba algo que no podía explicar. Aurelio defendió su título en 1985, pero el brazo empezaba a fallar. Las rectas que en 1979 viajaban a 93 millas, en 1985 viajaban a 87, los tigres lo dejaron en libertad.

Pasó por los astros de Houston en 1986 y 1987. [música] Y al final de aquella temporada, los astros también lo dejaron ir. El primer piter [música] poblano que había ganado una serie mundial regresaba a México con 39 [música] años, dos hijos crecidos, una casa en Birmingham y una propiedad [música] familiar en Tecamachalco.

Aquí, querido espectador, empieza la segunda parte de [música] esta historia, la parte que casi nadie cuenta, la parte que lo iba a matar. En noviembre de 1987, Aurelio volvió a Tecamachalco para quedarse. Compró un rancho de 15 en las afueras del pueblo. Crió ganado. Plantó nogales. Empezó a entrenar muchachos del valle que querían jugar béisbol.

Vivía [música] tranquilo. Después de 18 años viajando por estadios de tres países, lo único que quería era ver el atardecer caer sobre las montañas [música] de Puebla. Pero la tranquilidad le duró menos de 2 años. Una mañana de febrero de 1989, [música] mientras desayunaba con Cilia en la cocina del rancho, llegó un coche de la Ciudad de México, un chebrolet blanco con placas [música] oficiales.

Bajaron tres hombres vestidos de saco y corbata. Uno era el presidente del Comité estatal del Partido Revolucionario Institucional en Puebla llamado Genaro Hernández Cruz. Los otros dos no se presentaron, solo se sentaron a la mesa, [música] aceptaron café y dejaron hablar a Hernández Cruz.

Hernández Cruz le dijo a Aurelio que el partido lo quería como candidato a presidente municipal de Tecamachalco, que era el hombre más conocido del pueblo, que la gente lo amaba, que nadie [música] podía ganarle una elección local. Aurelio escuchó sin interrumpir, tomó su café, miró a Celia y le contestó con una frase que la familia repitió muchos años después en cenas familiares.

Le dijo, “Licenciado, yo soy beisbolista. Yo no sé de política. Yo solo sé lanzar pelotas.” Hernández Cruz se rió. Se sirvió más café y le respondió con otra frase que también quedó grabada. le dijo don Aurelio. En Tecamachalco la política se gana igual que el béisbol con el brazo derecho. Atención a esa frase, porque 3 años y 7 meses después, [música] en una recta de la carretera México Laredo, ese brazo derecho no le iba a servir de nada alcalde de [música] Tecamachalco.

Y porque uno de los hombres que aquella mañana de febrero de 1989 [música] estaban sentados en la cocina del rancho comiendo huevos rancheros con Aurelio y Celia, iba a ser la última persona que vio a Aurelio López con vida porque iba en el asiento de atrás del coche la [música] noche del accidente.

Su nombre era Ricardo Beltrán Madrazo. Tenía [música] 38 años. Era el secretario particular del Comité Estatal del PRI en Puebla. Mano derecha de Genaro Hernández Cruz, desde 1986. [música] Había estudiado en la Universidad Autónoma de Puebla. Vivía en un departamento de la colonia La Paz en [música] la capital poblana.

Era casado sin hijos y la noche del 22 de septiembre de 1992 era el único de los tres pasajeros del Chevrolet Caprice que iba sin cinturón de seguridad puesto. Ricardo Beltrán Madrazo. Querido espectador, ese fue el tercer pasajero. Ese fue el hombre que durante 34 años la familia López prefirió no mencionar. Ese fue el hombre cuyo nombre nunca apareció en ningún reporte oficial del accidente.

Y ese fue el hombre que, según la versión policial de Matehuala, [música] salió del coche por su propio pie después del vuelco. Caminó hasta la patrulla que llegó primero a la escena y se identificó con una credencial oficial del gobierno de Puebla. [música] Le pidió al oficial dos cosas. La primera, que no escribiera su nombre en el reporte.

La segunda, [música] que le permitiera retirar una carpeta del asiento de atrás del coche antes de que llegaran los peritos. El oficial, un policía federal de carreteras llamado José Manuel Robles Quintana, accedió a las dos cosas. La primera, porque la credencial del gobierno de Puebla en la carretera México Laredo de septiembre de 1992 era una orden, la segunda porque Beltrán le ofreció dinero.

10000 pesos en efectivo, según declararía el propio Robles Quintana años después al periodista Jorge Vélez Salinas en una entrevista informal grabada en una taquería de Pachuca en 2003, [música] 10,000 pesos en efectivo, por permitir que un funcionario, sin un solo rasguño, se llevara una carpeta del coche del alcalde muerto antes de que la justicia llegara.

Pero ahí no termina la historia, querido espectador, porque tienes que entender algo. De las tres personas que iban en ese Chevrolet Capriz esa noche, una murió en el lugar, los otros dos sobrevivieron sin heridas graves, pero ninguno de los dos sobrevivientes tuvo un destino tranquilo después del accidente. Cada uno cargó algo distinto.

Y la familia López hasta el día de hoy, no sabe dónde está enterrado uno de ellos. Empecemos por Celia Corral, la viuda. Celia salió del accidente con dos costillas rotas, una herida en la frente y un trauma psicológico que la acompañó el resto de su vida. La trasladaron al hospital central de San Luis Potosí. Esa misma noche. Estuvo hospitalizada 4 días y cuando salió regresó a Tecamachalco a enterrar a Aurelio en el panteón municipal.

Pero algo cambió en Celia las semanas siguientes. Según declaraciones de su sobrino Roberto López Méndez al diario El Sol de Puebla en 2014, Celia recibió una visita en el rancho a finales de octubre de 1992, un mes después del entierro. Llegaron dos hombres en un coche oficial del gobierno de Puebla.

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