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Trabajé con ISABEL PANTOJA 20 años y vi algo que destruyó a PAQUIRRI antes de morir

 Los primeros tiempos fueron sencillos. Ella era joven trabajadora, con una disciplina para el cante que a mí me dejaba boca abierta. Se levantaba temprano, ensayaba horas, cuidaba la voz con una dedicación que no era normal en alguien de su edad. Había en ella una hambre de hacerlo bien que lo impregnaba todo.

 Y había también una soledad que yo noté desde el principio, no la soledad de quien no tiene gente alrededor. Isabel siempre tuvo gente, la familia, los músicos, los representantes, los amigos del mundo del espectáculo que van y vienen, sino otra soledad, la de quien está rodeada de personas y aún así siente que nadie la ve del todo, que todos ven al artista, a la pantoja, a la voz, pero que la chica de dentro se queda sin que nadie la encuentre.

 Eso cambió cuando llegó Pirri. Lo vi desde el primer día que vino a la casa. Algo en ella cambiaba cuando él entraba. No de manera obvia, no con aspavientos, de manera pequeña y real.  Se relajaba. Los hombros bajaban un poco. La voz perdía ese punto de alerta que tenía siempre y se volvía más suave, más de andar por casa.

 Él la veía, esos era lo que tenían. Él la veía a ella, no solo al artista. Y esos, para Isabel, era todo. Los primeros años de ellos juntos fueron los más bonitos que yo viví en aquella casa. No porque todo fuera perfecto, nunca es todo perfecto, sino porque había una energía entre los dos que lo llenaba.

 Todo de una manera que una nota cuando está cerca. Discutían. Claro, con el carácter que tenían los dos era inevitable. Pero detrás de cada discusión había algo sólido que aguantaba, un fondo de confianza que parecía irrompible. parecía,  porque con el tiempo fui viendo cosas que no cuadraban, cosas pequeñas al principio, detalles que una sola no significan nada, pero que sumados empiezan a dibujar, algo que una no quiere ver, pero ve igual.

 La primera vez que lo noté fue una tarde que Paquirri vino a buscarla y ella no estaba. Y había un compromiso, una reunión con el representante que se había alargado y él esperó en el salón. Yo le serví café y estuvimos un rato en silencio y de repente me preguntó algo que me dejó parada. Me dijo, “Dolores, ¿usted cree que Isabel es feliz?” Me quedé con la taza en la mano.

 Le pregunté por qué me preguntaba eso a mí. Me miró con esos ojos suyos que tenían algo muy directo, muy sin rodeos, de hombre que viene del campo y del riesgo y que no tiene tiempo para las cosas a medias. me dijo, “Porque usted la conoce mejor que nadie, mejor que yo, seguramente. No supe qué contestar. Le dije que la veía bien, que estaba trabajando mucho, pero que eso siempre la había llenado. Él asintió.

Pero la manera en que asintió no era la de alguien que se ha quedado convencido, era la de alguien que ha hecho una pregunta, sabiendo que la respuesta completa no iba a llegar por esa vía. Esa conversación me quedó dentro y las semanas siguientes estuve más atenta, mirando más, escuchando más de lo que ya escuchaba, que ya era bastante, y fui viendo la grieta.

 No era una cosa grande, no era una traición, ni una mentira, ni nada que una pueda señalar con el dedo y decir, “Aquí está el problema.” Era algo más difícil de nombrar. era que Isabel, con el paso de los años y el éxito creciendo y la vida volviéndose cada vez más grande y más complicada, había ido construyendo algo alrededor suyo que a Paquirri le costaba entrar. No porque ella lo quisiera así.

Estoy convencida de que no era, sino porque el mundo del espectáculo, cuando te va bien de verdad, te va cambiando de maneras que una no siempre controla. te rodea de personas que dependen de ti, que te adulan, que organizan su vida alrededor de la tuya. Y poco a poco esa burbuja se vuelve tan grande que quien está fuera de ella, aunque sea la persona que más quieres, empieza a quedar al otro lado del cristal.

 Pakirri estaba al otro lado del cristal y él  lo sabía. Hubo una noche, no mucho antes del final, que me lo confirmó de una manera que no olvidé. Era tarde. Yo estaba recogiendo la cocina y él entró a buscar agua. Llevaba el semblante de quien lleva un rato dando vueltas por la casa sin saber qué hacer con el cuerpo.

 Se sentó en la silla de la esquina, esa silla donde siempre se sentaba él cuando quería pensar, y se quedó mirando la mesa. Yo seguí recogiendo, sin decir nada, sin mirarlo demasiado. Y entonces dijo, sin dirigirse a mí exactamente, como hablando para el aire. Hay momentos en que me pregunto si ella me necesita o si simplemente me tiene.

 Lo dijo muy en voz baja. Yo paré lo que estaba haciendo. Él levantó la vista y me miró como si se hubiera dado cuenta de que había hablado en voz alta sin querer. Hizo un gesto con la mano de esos de quien quita importancia a algo que en realidad se la tiene toda. Me dijo, “No haga caso. Dolores. Son cosas del cansancio.

” Pero no eran cosas del cansancio. Y los dos lo sabíamos. Hay una diferencia que la gente que ha amado de verdad conoce muy bien. La diferencia entre que alguien te necesite y que simplemente te tenga. Que te necesite significa que algo en su vida no funciona igual sin ti. Que te tenga significa que estás, que ocupas un lugar, pero que ese lugar podría reorganizarse si hiciera falta.

 Pakirri empezado a sentir que él era lo segundo y eso para un hombre como él era devastador de una manera que no tenía palabras. Porque él la quería de verdad, de esa manera que no se fabrica y que no se  aprende. La quería con todo lo que tenía, con su mundo del toro y su carácter y su manera directa de estar en la vida.

 Y quería que ella lo necesitara de la misma manera. Pero Isabel estaba construyendo un mundo tan grande que nadie podía llenar todos sus rincones. Y él que hubiera dado cualquier cosa por ser suficiente, iba descubriendo poco a poco que nadie era suficiente para todo eso. La grieta creció, no con peleas. Las peleas habrían sido más fáciles.

 Las peleas dan la oportunidad de decir las cosas, de ponerlas encima de la mesa, de resolver o de romperse del todo. La grieta creció en silencio, en esos silencios que se instalan entre dos personas que antes llenaban el aire de cosas y que de repente ya no saben qué decirse cuando están solos. Yo lo vi en la cocina, en el salón, en los desayunos que cada vez eran más cortos y más callados.

 Y un día, pocas semanas antes de Pozo Blanco, ocurrió algo que me dejó helada. Él vino a buscarla. Ella estaba en una reunión que no podía interrumpir. La asistente le dijo que esperara, que no tardaría. Él esperó 15 minutos, 20, y luego se levantó, cogió el abrigo y antes de irse se paró en la puerta y me miró. Solo me miró sin decir nada.

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