Posted in

Esta mujer revela lo que nadie sabía de Joan Sebastian

 Y cuando los médicos le dijeron que el tiempo se acababa, refugio tomó una decisión. No iba a morir callada. No iba a llevarse ese peso a la tumba. Llamó a su nieta. Una joven de 24 años que estudia comunicación en Guadalajara y le dijo, “Trae una cámara. Necesito hablar. Necesito que alguien escuche lo que yo vi antes de que sea demasiado tarde.

 Y la nieta trajo la cámara y refugio habló durante tres días. Tres días completos, con pausas por el dolor, con pausas por las lágrimas, con pausas cuando los recuerdos eran demasiado pesados para seguir. Y lo que dijo en esos tres días es lo que vas a escuchar hoy con sus propias palabras, con todos los detalles, con todos los nombres, con todas las fechas.

 Porque refugio no inventó nada. refugio vivió todo y antes de morir quiso que México supiera quién era realmente el hombre que todos lloraron, que todos amaron, que todos convirtieron en leyenda. Porque hay una enorme diferencia entre el Joan Sebastián, que conoció el público, y el José Manuel Figueroa, que conoció Refugio Domínguez.

Una diferencia que duele, una diferencia que cambia todo. Empecemos desde el principio. Refugio Domínguez nació en 1952 en un pueblo pequeño del estado de Guerrero que no aparece en ningún mapa importante. Se llamaba el naranjo, un puñado de casas de adobe, un río angosto, una iglesia sin campanario y mucha pobreza.

Su padre cortaba caña. Su madre hacía tortillas desde las 4 de la mañana para venderlas en el mercado del pueblo vecino. Refugio fue la mayor de siete hermanos y desde los 9 años cargó cubetas de agua, barrió patios ajenos y cuidó niños de familias con más dinero a cambio de monedas y sobras de comida. No fue a la escuela más allá del tercer año de primaria, no porque no quisiera, sino porque no había tiempo.

 La pobreza no da tiempo. La pobreza solo da trabajo. Y refugio trabajó sin parar desde niña. A los 16 años, una vecina que había emigrado a Guadalajara le mandó un recado, que allá había trabajo en casas de familia, que pagaban mejor, que si quería podía irse con ella. Y refugio se fue con una bolsa de tela con dos mudas de ropa y 20 pesos que su madre le prestó llorando.

 Llegó a Guadalajara en 1968, el mismo año en que México ardía por los estudiantes, aunque refugio no sabía nada de eso. Ella llegó a limpiar casas y limpió casas durante 15 años en Guadalajara, en diferentes familias, aprendiendo a ser invisible, que es lo que aprenden todas las empleadas domésticas si quieren sobrevivir.

a no opinar, a no mirar de más, a no escuchar lo que no deben escuchar, aunque todo se escuche, aunque todo se vea. En 1985, cuando Refugio tenía 33 años, una señora para quien trabajaba le dijo que conocía a alguien que buscaba empleada de planta para un rancho en Jalisco, un rancho grande de un cantante famoso.

 le dijo que pagaban bien, que había cuarto propio, comida incluida y que el señor era buena gente. Refugio preguntó cómo se llamaba el cantante. La señora le dijo, “Joan Sebastián Refugio no sabía quién era. Nunca había escuchado sus canciones, pero cuarto propio y comida incluida eran razones suficientes. Fue a la entrevista, la recibió un administrador del rancho, un hombre seco llamado don Aurelio, que le hizo tres preguntas si sabía cocinar.

 si era discreta y si tenía familia en Guadalajara que pudiera causarle problemas. Refugio dijo que sí a todo y quedó contratada. Así de simple, así de silencioso fue el inicio de 38 años dentro del mundo de Joan Sebastián, sin firmar nada, sin contrato, con un apretón de manos y la palabra de don Aurelio de que le pagarían cada 15 días.

Y refugio llegó al rancho con su misma bolsa de tela, ahora con cuatro mudas de ropa y la misma costumbre de toda su vida, trabajar, callar y no preguntar. Pero lo que vio adentro del rancho iba a cambiar todo eso. Eventualmente, el rancho se llamaba el Mesquite. Estaba ubicado a 40 minutos de Autlán de la Grana, en Jalisco, tierra roja, cielos enormes, silencio interrumpido solo por los gallos y los caballos.

 Era hermoso, hay que decirlo. Refugio llegó una mañana de marzo y lo primero que pensó fue que nunca había visto un lugar tan grande en su vida. Hectáreas de pasto, corrales con caballos finos, una alberca azul que brillaba bajo el sol, una casa principal con techos de teja roja y ventanas con herrería forjada a mano. Todo limpio, todo ordenado, todo cuidado con un dinero que refugio no podía ni imaginar.

La recibió una mujer llamada doña Celia, la encargada de la cocina, una señora robusta de unos 50 años, con delantal siempre puesto y un modo de hablar directo que no daba lugar a dudas. Doña Celia le mostró el cuarto donde dormiría, pequeño pero limpio, con una cama de plaza, un ropero de madera y una ventana que daba al corral.

 Le explicó los horarios. Levantarse a las 5. Desayuno listo a las 7, limpieza de la casa principal de 8 a 12. Comida a las 2, limpieza de habitaciones en la tarde, cena a las 8, luces apagadas a las 10. Y le dijo algo más, algo que refugio recordaría durante 38 años. Aquí se trabaja, se come y se duerme.

 Lo que pasa en esta casa se queda en esta casa. ¿Entendido? Refugio entendió o creyó entender. Las primeras semanas en el rancho fueron tranquilas. Joan Sebastián no estaba. Estaba de gira, segundo Aurelio, recorriendo ferias por todo el norte del país. El rancho funcionaba solo, como una maquinaria bien aceitada, con el personal haciendo su trabajo sin necesitar al dueño presente.

 Había además de Refugio y doña Celia, tres mozos que cuidaban los caballos, un jardinero anciano llamado Eusevio, que hablaba poco y trabajaba mucho, y una mujer joven llamada Lupe, que planchaba y ayudaba con la ropa. Todos discretos, todos acostumbrados al silencio, todos con esa mirada particular que tienen las personas que saben cosas que no pueden decir.

 Refugio aprendió rápido las rutinas. Era buena trabajadora, siempre lo había sido y doña Cella empezó a confiar en ella desde la segunda semana. Pero Joan Sebastián no llegaba y refugio empezaba a preguntarse cómo sería el hombre dueño de todo eso. Si sería como en las canciones, si sería como lo describía la gente del pueblo cercano cuando bajaban al mercado y alguien mencionaba su nombre, buena gente, sencillo de los nuestros.

 Llegó una noche de abril, tarde con ruido de camionetas, música a todo volumen y voces de hombres que venían de celebrar algo. Refugio escuchó todo desde su cuarto sin dormir. Y a la mañana siguiente, cuando entró a la cocina a las 5, como todos los días, doña Celia ya estaba ahí con una expresión que Refugio aprendería a reconocer con el tiempo.

Read More