Posted in

CUANDO POR FIN LOGRÉ TRIUNFAR EN EE UU… ALGO ME OBLIGÓ A REGRESAR

Mi nombre es Andrea Jiménez y tengo 51 años. Durante 23 años vivía en Estados Unidos como inmigrante indocumentada, trabajando en las sombras, ganando dinero que nunca fue suficiente, viviendo con un miedo constante que no desaparecía ni de noche. Pero hace poco, justo cuando había logrado lo que siempre soñé, cuando finalmente había llegado a un lugar donde podía respirar sin angustia, tuve que dejarlo todo y regresar a México.

Y esa decisión cambió para siempre lo que entendía sobre el éxito, sobre la vida, sobre lo que realmente importa. Esta es mi historia. Vengo de un pueblo pequeño llamado San Miguel de Allende, aunque no el que todos conocen. Ese que está lleno de turistas. Yo vengo del San Miguel Real, del que está detrás de las fotos bonitas.

Mi papá fue zapatero toda su vida, un hombre trabajador que nunca ganó mucho dinero, pero que se levantaba cada día a las 5 de la mañana para intentarlo. Mi mamá hacia abordados para señoras de la ciudad trabajos que le compraban por nada, 100, 200 pesos cuando mucho por piezas que le tomaban semanas hacer. Yo soy la segunda de cinco hijos y desde que tenía 10 años ya estaba ayudando en casa porque el dinero nunca alcanzaba.

Cuando cumplí 23 años estaba desesperada. Había terminado la preparatoria, pero no había dinero para universidad. Trabajaba como ayudante en una escuela privada, ganando un sueldo que me permitía comer. Poco más que eso. Mi novio en ese entonces era un chico del pueblo, alguien que me quería, pero que tampoco tenía futuro.

Y yo sabía que si me quedaba en San Miguel, mi vida sería exactamente igual a la de mi madre. No porque no fuera hermosa mi madre, sino porque sabía lo que significaba esa vida. Trabajo sin fin, dinero que nunca llegaba, sueños que se posponían año tras año. Una hermana mayor mía, Rosa María, ya estaba en Estados Unidos.

Ella había cruzado dos años antes, sola, en una de esas caravanas que todos criticaban, pero que existían. Rosa trabajaba en Los Ángeles limpiando casas. Cuando hablaba por teléfono, casi nunca mencionaba detalles específicos sobre dónde vivía o cómo estaba exactamente, pero lo que sí decía era que ganaba dinero, muchísimo más dinero que en México.

Ella mandaba para ayudar a la familia y eso era lo que todos veíamos, esa prueba de que al otro lado las cosas eran diferentes. Un día mi papá me llamó a la cocina. Estaba sentado en esa silla de madera que siempre usaba y me preguntó si yo quería quedarme en México o si quería intentarlo en el norte. Fue extraño porque no me pidió permiso exactamente, sino que me preguntó como si ya supiera que yo quería irme, como si leyera en mis ojos la respuesta antes de que yo la dijera.

Le dije que sí, que quería intentarlo. Mi papá solo movió la cabeza, no dijo nada más, pero sus ojos se llenaron de agua. Eso fue hace 24 años. Rosa preparó todo. Ella conocía a gente, había establecido contactos durante sus dos años allá. Los coyotes no eran los villanos demoníacos que los medios retrataban, eran simplemente intermediarios.

Gente que sabía rutas, que tenía conexiones en varios puntos. gente que cobraba mucho dinero porque el negocio era peligroso y había que pagar a otros en el camino para que nos dejaran pasar. Mi familia reunió el dinero, creo que fueron 10,000 pes de ese entonces, una fortuna para nosotros. Mis padres vendieron cosas.

No pregunté qué cosas porque sabía que preferían no decirme. Yo trabajé esos últimos meses como si fuera la última vez que vería a San Miguel, porque en el fondo sabía que probablemente era verdad. La noche anterior a irme no dormí. Me quedé en el patio de la casa viendo el cielo, respirando el aire de mi pueblo como si tuviera que memorizarlo.

Mi papá salió en algún momento y se sentó conmigo sin hablar. Estuvimos ahí los dos juntos, en silencio durante, qué sé yo, cuánto tiempo. Al final me dijo una sola frase: “Mija, te amo, pero tienes que ir a buscar tu vida.” Eso fue todo. Nunca lo olvidé. Salí de San Miguel en una camioneta blanca sin ventanas traseras junto a otras 16 personas.

Éramos principalmente mujeres. Había tres hombres, todos jóvenes como yo. El coyote que nos llevaba era un señor de unos 40 años, serio, que no hablaba casi. Nos explicó las reglas en la primera parada. Nada de ruido, nada de preguntas, nada de contacto con nadie afuera. Pasamos la primera noche en una casa en las afueras de Querétaro, todos apretados en un cuarto oscuro, sin poder salir ni para ir al baño.

El olor era insoportable. Una mujer que viajaba conmigo me susurró que ese era el precio, que todo tenía un precio. El viaje fue más largo de lo que cualquiera de nosotros esperaba. Cruzamos varios estados en esa camioneta, a veces parando en casas de paso, a veces en moteles donde nos metían en cuartos tan pequeños.

que no podíamos acostarnos todos al mismo tiempo. Había hambre, teníamos agua, pero comer era esporádico. Una galleta de soda, un tarro de atún. El dinero que habíamos pagado al coyote solo cubría el transporte, no la comida. Tenías que llevar tu propia comida o simplemente tenías que aguantar. Yo llevé dinero extra para comprar cosas en las paradas, pero ese dinero se terminó rápido.

Lo peor fue el miedo. Era un miedo constante bajo la piel que no te dejaba estar segura ni un momento. Cada vez que la camioneta frenaba bruscamente, cada vez que oías voces afuera, tu corazón se aceleraba pensando que eran federales, que todo había terminado, que ibas a ser de vuelta.

Algunos de los que viajaban conmigo lloraban en silencio, otros rezaban. Yo simplemente miraba hacia delante y me repetía a mí misma que esto era temporal, que esto era el precio de intentar algo mejor. Llegamos a la frontera en Tijuana. El coyote nos bajó en una colonia que yo no conocía y nos dijo que teníamos dos horas para comprar lo que necesitábamos para cruzar.

Ropa oscura, zapatos cómodos, nada que hiciera ruido. Me llevaron a una tienda donde mujeres vendían paquetes de ropa usada, todo por precios inflados, porque sabían que éramos migrantes. Compré unos pantalones negros que no me quedaban bien y una sudadera gris. La mujer que vendía me vio mirando todo y me dijo sin que yo preguntara, “Mi hija, desde ahora todo es diferente.

” No sé por qué esas palabras me quedaron, pero me quedaron. Esa noche, antes del cruce, nos llevaron a una casa en las afueras de Tijuana. Era una casa grande, una mansión incluso, aunque completamente vacía por dentro. El coyote nos explicó brevemente qué iba a pasar. Íbamos a cruzar de noche caminando por una zona donde sabía que la vigilancia migratoria era menos intensa. Sería difícil, dijo.

Read More