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Federica de Grecia: La Reina que Perdió su Reino y Murió en el Exilio

Hubo una mujer que gobernó sin corona propia, que amó sin condición, que luchó sin ejército y que perdió sin rendirse jamás. Una mujer a quien llamaron reina, madre, extranjera, traidora, santa y monstruo, según quien mirara. Una mujer cuya historia comenzó entre las cenizas de un imperio y terminó en el silencio de una clínica de Madrid, lejos del país al que entregó toda su vida. Esa mujer fue Federica de Grecia.

Vanitatis, bienvenidos a este canal. Hoy comenzamos un viaje extraordinario por la vida de una de las figuras más fascinantes, contradictorias y apasionantes de la historia europea del siglo XX. Antes de continuar, te invito a escribir en los comentarios el nombre de una reina o mujer histórica que admires, ya sea de Europa o de cualquier parte del mundo.

Sus historias nos recuerdan que el poder femenino ha existido siempre, aunque muchas veces la historia tardó en reconocerlo. El 18 de abril de 1917, en una pequeña ciudad del corazón de Alemania llamada Blankenburg, nació una niña en el seno de una de las familias más poderosas y al mismo tiempo más frágiles de Europa.

Su padre era Ernesto Augusto IV, duque de Brunswick y de Luneburgo, heredero de un linaje que durante siglos había dado reyes y emperadores al continente. Su madre era Victoria Luisa de Prusia, hija única y predilecta del Kaiser Guillermo II, el último emperador alemán, el hombre que gobernó el Reich con mano de hierro y que en ese mismo año de 1917 comenzaba ya a ver cómo su mundo se derrumbaba.

La niña recibió un nombre largo como una letanía de títulos nobiliarios. Federica, Luisa, Tira, Victoria, Margarita, Sofía, Olga, Cecilia, Isabel, Crista, pero el mundo la conocería simplemente como Federica. En el momento de su nacimiento, el imperio alemán todavía existía, pero estaba agonizando bajo el peso de una guerra que consumía a una generación entera.

Las trincheras del frente occidental se tragaban a millones de jóvenes mientras los salones dorados de Berlín seguían iluminados con el brillo frío de las ilusiones aristocráticas. Lo que aquella niña no podía saber, ni sus padres tampoco, era que el mundo en el que había nacido desaparecería antes de que ella cumpliera 2 años.

Porque en noviembre de 1918, Alemania firmó el armisticio y el Kaiser Guillermo Segund abdicó y huyó a los Países Bajos. La dinastía de los Joen Solan, que había reinado durante siglos, colapsó de la noche a la mañana. El padre de Federica perdió su ducado, su abuelo perdió su trono y aquella pequeña princesa que había nacido para vivir en palacios aprendió desde muy temprano que los tronos son frágiles y que la historia puede cambiar en un instante.

La familia se instaló en Austria, en la tranquila ciudad de Gmunden, a orillas del lago Transuny. Fue allí donde Federica pasó su infancia, lejos del esplendor que su linaje hubiera prometido en otros tiempos. Creció junto a sus cuatro hermanos varones, sin muchas amigas de su edad, rodeada de soldados de plomo y muy apegada a su pony, al que llamaba Pursel.

Era una niña vivaz, curiosa, algo impertinente, con una energía que difícilmente podía contenerse entre las paredes de una residencia austríaca, por grande que fuera. Su madre, la princesa Victoria Luisa, guardiana feroz de las tradiciones y los modales de la realeza, se encargó de su educación con rigor y determinación.

fue educada primero en casa con una instituta, que le enseñó el idioma y las costumbres británicas, ese idioma que luego le serviría para moverse con soltura en los pasillos del poder internacional. A los 17 años fue enviada a estudiar a Inglaterra, donde destacó entre sus compañeras por su inteligencia y su carácter decidido.

Más tarde regresó a Austria y luego marchó a Florencia a estudiar en el colegio americano de esa ciudad, donde la vida le tenía reservada la sorpresa más importante de toda su existencia, Vanitatis. En ese colegio florentino, Federica tenía la costumbre de visitar por las tardes a sus tías Elena de Rumania e Irene de Grecia, hijas del rey Constantino I que vivían en una villa llamada precisamente Villa Esparta.

Iba con la excusa de ver a sus familiares, pero la verdadera razón de aquellas visitas era ver al hermano de ambas, el príncipe Pablo de Grecia. Era 16 años mayor que ella. era sereno donde ella era impetuosa, estratega donde ella era instintiva, tranquilo donde ella era fuego puro. Y sin embargo, o quizás por todo eso, Federica se enamoró de él con una intensidad que no conocería límites.

Años después, ella misma dejaría escrito en sus memorias que el día que vio por primera vez el rostro sonriente de Pablo, supo que había perdido la cabeza y el corazón para siempre. Pablo de Grecia no era un príncipe cualquiera. Era heredero al trono de un país turbulento, convulsionado, un país donde los reyes llegaban y partían con una frecuencia que hacía girar la cabeza.

Grecia había estado gobernada desde 1863 por una dinastía de origen danés, llamada a reinar en aquel rincón mediterráneo por las grandes potencias europeas. Y esa dinastía había sufrido todo lo que puede sufrirse: asesinatos, guerras, exilios, restauraciones y nuevas caídas. Cuando Federica empezaba a frecuentar Villa Esparta para ver a Pablo, la monarquía griega llevaba ya décadas navegando en aguas tormentosas.

Pablo era hermano del rey Jorge Segund, que en ese momento reinaba por tercera vez sobre los griegos después de haber sido expulsado dos veces del trono y haber regresado sendas veces. La historia de la casa real griega era, en cierta manera, la historia de un amor no correspondido entre una institución y un pueblo que no acababan de entenderse.

Pero Pablo, que había conocido el exilio siendo muy joven, que había vivido entre Londres, París y la incertidumbre perpetua de quien no sabe si volverá algún día a su país, tenía una serenidad admirable y esa serenidad era exactamente lo que Federica necesitaba sin saberlo todavía. El compromiso entre Pablo y Federica no fue un asunto sencillo.

El padre de la joven princesa había impuesto una condición. Federica debía tener al menos 20 años para poder casarse. Pablo había pedido su mano por carta mucho antes, cuando ella era todavía una adolescente y había tenido que esperar con una paciencia que no estaba en la naturaleza de Federica, pero que sí estaba en la suya.

Finalmente, en la primavera de 1937, cuando Federica cumplía sus 20 años, Pablo fue invitado a visitar la residencia familiar en Gmunden. Un día, después de un larguísimo paseo a orillas del lago, Pablo le preguntó si quería casarse con él. Ella dijo que sí, contentísima. Y entonces, ante su sorpresa, Pablo sacó del bolsillo una preciosa pulsera de zafiros y se la dio.

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