Posted in

MI ESPOSO ME PIDIÓ EL DIVORCIO MIENTRAS YO LIMPIABA CASAS EN EE.UU. PARA NUESTRO FUTURO

Yo creí que el amor podía esperar. Creí que 13 años lejos de casa me habían enseñado todo sobre el dolor, sobre la distancia, sobre lo que significa dejarlo todo por un futuro mejor. Pero nada me preparó para abrir un correo electrónico y leer que mi esposo, el hombre que juró esperarme, que me dijo, “Ve tranquila, yo te espero.

” Había pedido el divorcio. No habían pasado ni 12 meses desde que crucé la frontera y mientras yo limpiaba casas ajenas en un país que no era el mío, él rehacía su vida en Puebla como si nuestros 20 años juntos nunca hubieran existido. Me llamo Jimena Rodríguez, tengo 44 años y llevo 13 años en Estados Unidos trabajando para una empresa de limpieza.

13 años sin papeles, 13 años siendo invisible para este país. Pero curiosamente 13 años en los que encontré algo que nunca tuve en México. Amigas de verdad, gente que me ve, que me trata con dignidad. Es extraño, ¿verdad? Que una tenga que irse tan lejos de casa para sentirse en casa por primera vez.

Pero esta historia no comienza en Estados Unidos, comienza en San Martín, Texmelucan, un pueblo de Puebla donde nací, me casé y creí que moriría. Comienza con un matrimonio que se fue apagando como una vela sin oxígeno, con un esposo que cada vez me veía menos y con una decisión que tomé una madrugada de abril del 2012, cuando decidí que si la vida no venía a buscarme, yo iría a buscarla.

San Martín Texmelucán es de esos pueblos donde todos se conocen, donde las mismas familias han vivido generaciones enteras, donde el chisme viaja más rápido que cualquier noticia buena. Yo crecí ahí en una casa pequeña de concreto sin terminar con mi mamá, mi papá y mis tres hermanos. Éramos pobres, pero no miserables.

Mi papá trabajaba en el tianguis vendiendo herramientas usadas. Mi mamá hacía costuras por encargo. Comíamos todos los días, aunque fuera frijoles y tortillas, y eso ya era más de lo que tenían otros. Me casé a los 21 años con Roberto. Él tenía 23 y trabajaba en un taller mecánico. Era guapo, callado. Y en ese entonces yo confundí su silencio con misterio.

Pensé que era profundo. Con el tiempo entendí que simplemente no tenía mucho que decir, o al menos no a mí. Nos casamos porque era lo que se hacía. Yo terminé la secundaria, trabajé un par de años en una tienda de ropa y luego vino el matrimonio. No hubo gran romance, no hubo propuesta dramática. Un día me dijo, “¿Y si nos casamos?” Y yo dije que sí porque me pareció que era el siguiente paso.

Los primeros años fueron tranquilos. Rentamos un cuartito detrás de la casa de su mamá. Los dos trabajábamos y aunque el dinero nunca alcanzaba, teníamos planes, queríamos nuestra propia casa, queríamos viajar, queríamos cosas, pero los años pasaron y los planes se fueron haciendo polvo. Roberto seguía en el mismo taller, ganando lo mismo.

Yo conseguí trabajo limpiando casas en Puebla capital, casas enormes de gente que ganaba en un día, lo que nosotros en un mes. Y cada vez que volvía a San Martín, a nuestro cuartito, con las paredes descarapeladas, sentía que me estaba hundiendo. No teníamos hijos. Yo quise, intentamos, pero nunca llegaron. Fuimos al médico una vez, pero los estudios costaban demasiado y lo dejamos ahí.

Roberto decía, “Si Dios quiere, llegarán.” Pero yo creo que en el fondo se sintió aliviado. Nunca fue de esos hombres que sueñan con ser papás. Y yo con el tiempo dejé de soñar con eso. También dejé de soñar con muchas cosas. Para el 2011, después de 19 años de matrimonio, Roberto y yo éramos dos extraños que compartían cama.

Él llegaba del taller, cenaba lo que yo dejaba preparado, veía televisión y se dormía. Los fines de semana se iba con sus amigos a tomar cerveza. Yo limpiaba, cocinaba, visitaba a mi mamá. No peleábamos porque no teníamos ni la energía para pelear, simplemente existíamos uno al lado del otro, como dos muebles viejos en una casa vacía.

Fue en esa época que conocí a Lupita. Ella limpiaba en una de las casas donde yo también trabajaba, una mansión en Lomas de Angelópolis con más baños que cuartos en mi pueblo entero. Lupita era de Oaxaca, tenía como 50 y tantos años. y hablaba con un acento que me costaba entender al principio, pero era cálida. Hacía chistes mientras trapeábamos.

Y un día, mientras comíamos nuestro lonche sentadas en la escalera de servicio, me dijo algo que me cambió la vida. “Mi hija está en Carolina del Norte”, me dijo, sacando su teléfono para enseñarme fotos. “Mira, esta es su casa, chiquita, pero suya. Tiene coche, tiene trabajo bueno en una fábrica. le manda dinero a mis nietos para la escuela.

Yo miré las fotos, una casita de madera pintada de blanco, un jardincito con flores, un carro no muy nuevo, pero presentable y sentí algo que no había sentido en años. Envidia, no la envidia mala, sino esa que te despierta, que te hace preguntar, ¿y por qué yo no? ¿Y cómo se fue?, le pregunté tratando de sonar casual, como si solo fuera curiosidad.

Lupita bajó la voz aunque estábamos solas con pollero cruzó por altar en Sonora. Fue difícil. Me contó cosas horribles del desierto, pero llegó y ahora mira. Le cambió la vida. Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo de lámina de nuestro cuarto, escuchando a Roberto roncar y pensé en los siguientes 20 años de mi vida.

Pensé en envejecer ahí, limpiando las mismas casas, volviendo al mismo cuarto, viendo como mis manos se arrugaban y mi espalda se encorbaba sin que nada cambiara nunca. Y sentí pánico, un pánico que me apretó el pecho y me hizo salir al patio a respirar. Durante las siguientes semanas no pude dejar de pensar en eso.

Lupita me contaba más historias. me decía que tenía el contacto de un pollero confiable, que su hija me podría ayudar a conseguir trabajo allá en Estados Unidos siempre necesitan gente que limpie”, me decía. “Y pagan bien, Jimena. Pagan en dólares. En un año puedes juntar lo que aquí no juntas en 10.” Le pregunté a Roberto una noche.

Se lo solté así, sin prepararlo. ¿Qué pensarías si me fuera a Estados Unidos a trabajar? Él no despegó los ojos de la televisión. a Estados Unidos está peligroso, ¿no? Sí, pero dicen que si vas con cuidado con un buen pollero. Ahora sí me miró. ¿Ya tienes todo planeado o me estás preguntando? Te estoy preguntando.

Read More