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Miles de zapatos escondidos revelaron el mayor escándalo de corrupción del siglo XX

Cuando abrieron el palacio encontraron miles de zapatos. Pero aquello era solo el principio. Lo verdaderamente aterrador no estaba en los armarios, sino en la forma en la que aquella riqueza había sido conseguida. Bienvenidos. Hoy les traigo una historia que parece sacada de una novela de excesos y poder desmedido, pero cada detalle que van a escuchar es completamente real.

Antes de continuar, quiero pedirles algo muy sencillo. Escriban en los comentarios un objeto que jamás podrían coleccionar en exageradas cantidades. Solo uno. Los leo a todos. La noche del 25 de febrero de 1986, Manila ardía de una manera que no tenía que ver con el calor del trópico. Las calles hervían de personas. Cientos de miles de filipinos habían salido a la famosa avenida Epifanio de los Santos, conocida simplemente como eda.

Y lo que comenzó como una protesta, se había convertido en el rugido de toda una nación que ya no aguantaba más. 21 años de dictadura, 21 años de corrupción, 21 años de ver cómo una pareja vaciaba las arcas del estado, mientras la mayoría de los filipinos no tenía para comer. Esa noche, Ferdinand Marcos y su esposa Imda sabían que el fin había llegado.

Lo que nadie imaginaba era lo que iban a encontrar cuando ellos se fueran. Los helicópteros estadounidenses llegaron al palacio de Malacañán, bajo el manto de la oscuridad. Ferdinand, visiblemente enfermo, con los riñones fallando y el cuerpo ya en declive irreversible, subió a bordo, ayudado por sus guardias, y Melda lo siguió.

Llevaban consigo maletas, cajas, bolsas. Se dice que entre los pañales de sus nietos metieron joyas. Se dice que llevaron lingotes. Se dice que el peso de lo que cargaron apenas cabía en los aviones militares que los esperaban en la base de Clark. Primero Guam, luego Hawaii. El exilio definitivo de una pareja que había convertido Filipinas en su propiedad personal.

Pero en el palacio quedaron cosas, muchas cosas. Y lo que la policía y los periodistas se encontraron cuando empujaron las puertas de los aposentos de Imelda Marcos al día siguiente va a contarse aquí paso a paso, porque esa historia no termina en un par de zapatos. Esa historia es el símbolo más brutal de lo que significa el poder absoluto sin ningún tipo de límite moral y las consecuencias que tiene sobre millones de personas que nunca eligieron vivir así.

Para entender lo que se encontró en ese palacio aquella madrugada, hay que entender primero quién era realmente Imelda Marcos, de dónde venía, qué quería y cómo logró construir uno de los imperios de lujo más escandalos que el mundo haya visto jamás. Porque nada de lo que había en esos armarios llegó por casualidad.

Todo tenía una historia, todo tenía un precio y ese precio lo pagó el pueblo filipino. La historia comienza décadas antes en una familia que no era ni tan rica ni tan poderosa como Imelda siempre quiso creer que era. Imelda Remedios, visitación Romualdes. Nació el 2 de julio de 1929 en Manila, aunque creció en Taclovan, una ciudad de provincias.

en la isla de Leite, al sur del archipiélago filipino. Era la sexta hija del abogado Vicente Orestes Romualdes y de Remedios Trinidad, una familia de apellido prestigioso dentro de la política filipina, pero que en términos económicos vivía considerablemente por debajo del nivel al que ese apellido hubiera podido aspirar.

El padre era el menos exitoso de toda la dinastía Romualdes y esa diferencia entre lo que el nombre prometía y lo que la realidad ofrecía marcó a Imelda para siempre. Desde muy joven desarrolló una conciencia aguda de las distancias sociales. Veía a sus familiares más adinerados y comprendía que el apellido por sí solo no bastaba, había que conquistar.

Había que ser vista, había que brillar de una manera que nadie pudiera ignorar. Esa ambición no era vulgar ni groseda. Era, en su forma más pura, la determinación de una muchacha que había decidido que la pobreza relativa sería solo un capítulo de arranque en su historia, nunca el final. Cuando llegó a Manila, siendo ya una joven de notable belleza, encontró que la alta sociedad capitalina no la recibía con los brazos abiertos.

El apellido Romualdez abría puertas, pero no las puertas que ella quería. Manila tenía su propio sistema de jerarquías y una chica venida de Taclovan, por muy distinguida que fuera su familia en provincias, tenía que ganarse cada centímetro de reconocimiento. Y Melda lo hizo a su manera, con una mezcla de encanto natural, determinación y una capacidad extraordinaria para leer a las personas y darles exactamente lo que querían escuchar o ver.

El primer gran escenario donde demostró esa capacidad fue el concurso de Miss Manila. Lo que ocurrió ahí es casi un presagio perfecto de todo lo que vendría después en su vida. Imelda participó y según los jueces del concurso no ganó. Pero Imelda no aceptó ese resultado. Con una audacia que dejaría atónita a cualquier persona, fue directamente al alcalde de Manila y lo convenció de que merecía el título.

El alcalde, incapaz de entregarle la corona que ya tenía otra dueña, tomó una decisión salomónica que lo dice todo sobre el poder de persuasión de Imelda. creó un título nuevo. En 1950, Mella Romualdes fue nombrada Musa de Manila. No era Miss Manila, pero era algo. Y ese algo le abrió las revistas, le llenó la agenda de pretendientes y le dio el primer escalón hacia una vida de estatus y visibilidad que ella había decidido que le correspondía.

Entre los pretendientes que aparecieron en aquella época figuraba un joven periodista con conexiones políticas llamado Benigno Aquino, que venía de una de las familias más influyentes del país. El noviazgo no llegó muy lejos, pero el nombre de Aquino quedaría ligado al de los marcos de una manera que nadie podría imaginar.

Entonces, en una de las tragedias más crudas de la historia filipina. El encuentro que lo cambió todo llegó en 1954 durante una visita al Congreso de Filipinas y Melda acompañaba a su primo Daniel Romualdes, que formaba parte del partido nacionalista. En esos pasillos, entre el murmullo de la política y el olor a ambición, Imelda volvió a cruzarse con un hombre al que había visto brevemente antes, Ferdinand Marcos.

Era 11 años mayor que ella, héroe de guerra, según su propia versión de los hechos, congresista en ascenso, político de raza, con una determinación que rozaba la obsesión y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para casarse con la musa de Manila. El cortejo duró 11 días. 11 días que en Filipinas se recordarían para siempre con el nombre de El torbellino.

Fue un periodista del Manila Times, Joe Guevara, quien actuó como intermediario decisivo entre los dos. Fue él quien le dijo a Ferdinandaba saber sobre Imelda. Y fue él quien, al ver que ella dudaba, le dijo sin rodeos que si algún día quería ser la primera dama de la nación, tenía que aceptar la propuesta de ese hombre. Y Melda aceptó.

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