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JORGE CAMPOS: CONFESÓ LO QUE LE HACIA A DANIELA CASTRO , LA ACTRIZ DE TELEVISA

Pero esa parte la vamos a contar después, porque todavía hay otra cosa que tienes que entender primero. A los 15 años, Ñño Campos llevó a su hijo a una prueba con un equipo amater llamado Los Delfines Blancos de Acapulco. El chamaco era tan pequeño que el entrenador soltó una carcajada apenas lo vio bajar del camión.

Le dijo a ño que se llevara al niño de regreso a su casa porque ahí no había lugar para enanos. Ñoño miró al entrenador con esos ojos suyos, esos ojos que en Acapulco se respetaban, y solo le pidió una cosa, que lo viera atajar durante 10 minutos, 10 minutos. y el entrenador se quedó callado. El Brody jugó esa misma tarde un partido completo.

Atajó seis disparos imposibles, salió del arco a meter dos goles él mismo y al final el entrenador que se había reído de él le dijo a Ñoño Campos que firmara los papeles porque el chamaco se quedaba. Ese día en esa cancha polvorienta de Acapulco empezó todo. 3 años después, Jorge Campos llegaba a las pruebas de los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Lo llevaba personalmente Ñoño, en un autobús de segunda clase desde Acapulco a la Ciudad de México, con una sola maleta, con tres camisetas dobladas y con un sobre de papel manila guardado debajo del asiento. Dentro de ese sobre había algo, algo que ño Campos llevaba como un secreto cargado en silencio durante años.

Algo que tenía que entregar a un hombre dentro de las oficinas de ciudad universitaria, un hombre llamado Miguel Mejía Varón,  lo que había dentro de ese sobre y lo que ño Campos negoció ese día para que su hijo más pequeño entrara a los Pumas. Es la primera pieza del rompecabezas que vas a entender esta noche, porque Jorge Campos no llegó a los Pumas solo por su talento, llegó por otra cosa también.

Y esa otra cosa te la voy a contar más adelante, pero primero hay algo todavía más importante que tienes  que escuchar. Cuando el autobús de segunda clase llegó a la terminal de la Ciudad de México, eran las 5:15 de la mañana del 14 de julio de 1987, Ñoño Campos cargó la maleta de su hijo Jorge sobre el hombro.

sostuvo el sobre de papel manila debajo del brazo y los dos se subieron a un taxi rumbo a ciudad universitaria, lo que pasó esa mañana adentro de las oficinas de Miguel Mejía Varón sigue siendo  hasta hoy un misterio guardado por la familia Campos. Mejía Varón era el director técnico  de las fuerzas básicas de los Puma.

Un hombre serio, callado, de pocas palabras. Conocí a ñoño Campos desde hacía más de 15 años. Y aquella mañana de julio  ñoño le entregó ese sobre encima del escritorio. Le dijo solo dos cosas,  que el chamaco que estaba sentado afuera de la oficina era su hijo más pequeño y que ese chamaco tenía algo que él mejía  varón iba a querer ver, lo que había dentro del sobre.

Nadie en la prensa mexicana lo confirmó nunca.  Pero algo pasó esa misma tarde, porque 3 horas después el chamaco Jorge Campos  firmaba un contrato con las fuerzas básicas de los Pumas de la Universidad Nacional.  Sin pruebas previas, sin los entrenamientos de selección o las pruebas físicas que cualquier otro muchacho del país tenía que pasar.

Vamos a regresar a ese sobre más adelante, porque lo que contenía  y lo que Mejía Varón hizo con esa información durante los siguientes 10  años es una de las piezas que conectan la caída del Brody con el secuestro de su propio padre. Pero no nos adelantemos. El 29 de marzo de 1987 con 17 años recién cumplidos, Jorge Campos se convirtió en el jugador más joven en debutar con los  Pumas en toda la historia del club.

Un récord que sostuvo durante 30 años y ese debut tuvo  algo curioso, algo que solo el espectador atento del fútbol mexicano de aquella época puede recordar. El chamaco Campos no debutó como portero, debutó como  delantero, porque en la portería del Pumas había un hombre que ya era leyenda, un guardameta más alto, más  fuerte, más experimentado.

Adolfo Ríos, el dueño absoluto del arco universitario.  Y Jorge Campos, bajito, flaco, recién llegado del puerto de Acapulco. Sabía que ese arco le quedaba lejos durante años, pero el chamaco era terco. como su padre, como el ñoño Campos, que cargaba redes oxidadas en canchas Valdíat, y le pidió al entrenador algo que en aquellos años nadie pedía.

Le pidió que lo dejara jugar de delantero hasta que el lugar en la portería se desocupara. El entrenador soltó la misma carcajada que el entrenador de los Delfines Blancos en Acapulco 10 años  antes y le dijo que lo iba a probar y el chamaco metió 14 goles en su primera temporada, compitiendo  por el título de máximo goleador de la primera división mexicana.

Siendo portero suplente,  era el más bajito del campo, el más flaco, el muchacho de Acapulco que nadie conocía. A los 21 años, en 1991, Adolfo Ríos salió del Pumas rumbo al Veracruz y la portería quedó vacía y el Brody se metió ahí y nunca más  volvió a salir. Ese mismo año, los Pumas ganaron el campeonato de la primera división mexicana con un gol de oro de Ricardo Tuca Ferreti en la final contra el América.

El Brody bajo los tres palos,  la afición universitaria coreando su apellido desde las gradas del estadio olímpico. Tenía 24 años cuando le pusieron por primera vez la camiseta verde de la selección. Era el 20 de noviembre de 1991, un partido amistoso contra Uruguay que terminó 1 a un y a partir de esa noche el Brody se quedó adentro del arco del  triante los siguientes 13 años.

Dos años más tarde, en 1993, ocurrió algo que cambió la vida del  chamaco de Acapulco para siempre. La Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol, la institución  que cada año elige al mejor portero del mundo, lo nombró el tercer mejor del planeta. Tercero, detrás del danés Peter  Schmeichel, detrás del argentino Sergio Gochea y por encima  de todos los demás, por encima de los porteros italianos y de los brasileños,  por delante de los franceses, los

españoles, los alemanes, adelante de un muchacho llamado Gianluigi Buffón,  que apenas debutaba, y de un chamaco de Madrid llamado Iker Casillas, que todavía jugaba en categorías inferiores,  el tercer mejor del mundo, el primero mexicano en lograrlo y el único hasta  hoy. Pero esa fama también trajo otra cosa.

Trajo a una mujer, una mujer alta, morena,  de mirada. La actriz más reconocida de Televisa de aquellos años,  la prensa rosa la seguía a cada paso. Sus telenovelas paralizaban a México entero los martes por la noche en horario familiar.  Se llamaba Daniela Castro y la noche en que Jorge Campos la conoció.

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