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Eugenia de Montijo: Su Hijo Murió en África… y su Imperio Murió con Él

Lo que de verdad la educó no fueron las monjas, fue lo que pasaba en el salón de su madre cada tarde. Porque doña Manuela tenía un don para rodearse de la gente más brillante de la época. Por su salón desfilaban escritores, viajeros, artistas, espíritus libres y dos de aquellos invitados marcaron a la niña para siempre.

Uno era Prosper Mary el escritor que años después firmaría una novela cuyo nombre conoce hoy todo el mundo, aunque no sepa de dónde viene. Carmen. La historia de una mujer española libre y trágica que prefiere morir antes que dejar de ser dueña de sí misma. Mary Me trató a Eugenia casi como a una sobrina durante años.

El otro era Stendal, uno de los grandes novelistas franceses. Y Stendal hacía algo que fascinaba a las dos niñas. Les contaba junto al fuego, como si fueran cuentos, las campañas militares del primer Napoleón, las marchas, las batallas, la gloria y el desastre. Una niña española escuchando al calor de la chimenea las hazañas del primer Napoleón.

Años más tarde se casaría con su sobrino y llevaría su mismo apellido. Pero eso entonces ni en sus sueños más locos podía imaginarlo. Y llegó el primer golpe de verdad, el primer luto. Cuando Eugenia tenía 13 años, su padre murió en Madrid. Para ella fue como si el suelo se abriera. perdía al único que la entendía, al que la dejaba ser libre, al que la quería tal como era.

Con la muerte del padre, la madre apretó todavía más el control sobre sus hijas. El plan no había cambiado. Un gran matrimonio, una boda que las elevara. Y entonces vino el segundo golpe. Esta vez en el corazón, Eugenia se enamoró con toda la intensidad de la que solo es capaz una adolescente. El elegido era su primo, el joven duque de Alba.

Le escribía cartas encendidas. Soñaba con él despierta. Lo veía como su futuro entero. Pero el destino, o más bien la mano de su propia madre, tenía otros planes. El duque de Alba se casó. No con ella, con su hermana Paca. La traición tenía dos rostros y los dos eran los que más amaba, el hombre de su vida y la hermana de su alma, unidos para siempre delante de sus ojos.

Se cuenta que Eugenia cayó en una desesperación tan honda que llegó a hablar de quitarse la vida o de encerrarse para siempre en un convento. Tenía apenas 18 años y ya sentía que el mundo le arrancaba de las manos todo lo que amaba. Lo que no sabía es que aquello era solo el primer ensayo, que la vida con ella apenas estaba afinando el instrumento.

Con el tiempo, el dolor se transformó en otra cosa, en fuerza, en distancia, en una belleza que cortaba la respiración. Eugenia se hizo mujer y se convirtió en alguien deslumbrante, alta, de cabello rojizo, ojos de un azul casi violeta, una elegancia que no se enseña en ninguna escuela.

Montaba a caballo mejor que la mayoría de los hombres. Tenía conversación, ingenio, una risa que llenaba los salones. Por donde pasaba, las cabezas se giraban y un día, en una recepción se giró hacia ella la cabeza del hombre más poderoso de Francia. Antes de seguir queremos preguntarte una cosa. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios.

Nos encanta saber desde qué país nos siguen. París, 12 de abril de 1849. Eugenia y su madre asisten a una recepción en el palacio delicio. El anfitrión es Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del gran Napoleón, recién elegido presidente de la Nueva República Francesa. Un hombre de mirada pesada, callado, ambicioso, con una sola obsesión en la cabeza, devolver a su familia el trono de Francia.

Y hay que decirlo, un seductor insaciable, un hombre acostumbrado a que ninguna mujer le dijera jamás que no. Cuando vio a Eugenia, algo se encendió en él y empezó la casa. Le mandó flores. Al día siguiente le regaló el mismo caballo que ella había montado en un paseo. Después vinieron joyas, atenciones, regalos cada vez más caros y cada vez más atrevidos.

El tipo de regalos que un hombre le ofrece a una amante, no a una mujer con la que piensa casarse. Eugenia lo entendió desde el primer minuto y lo que hizo a continuación la convirtió en una leyenda viva. No se dio. Aceptaba los regalos con una sonrisa cortés y no entregaba nada a cambio. Se rodeaba siempre de gente, de chaperonas, de otros caballeros, para no quedarse jamás a solas con él.

Cuando él intentaba tomarla del brazo, ella le recordaba que su madre tenía precedencia y lo dejaba escoltando a doña Manuela mientras ella seguía conversando con otros. Cuanto más la perseguía Luis Napoleón, más se le escurría entre los dedos. La corte entera apostaba. ¿Cuánto aguantaría la española? ¿Cuándo se cansaría el presidente de aquel juego? ¿Y buscaría una presa más fácil? Hay una frase que se ha repetido durante siglo y medio.

Se cuenta que en una de aquellas fiestas él le preguntó cuál era el camino que llevaba hasta su corazón y que Eugenia con una calma perfecta le respondió, “Por la capilla, Señor.” Es decir, “El único camino soy yo casada, el único camino es el altar.” Otra versión asegura que cuando él le preguntó si se acostaría con él, ella contestó, “Sí, cuando sea emperatriz.

” Quizá nunca pronunció esas palabras exactas, nunca se confirmó del todo. Pero todas las versiones cuentan en el fondo la misma cosa. Una mujer joven, extranjera, sin una gota de sangre real, le ganó el pulso al hombre más poderoso de Francia y ganó la apuesta entera. En diciembre de 1852, Luis Napoleón dio el paso definitivo.

Se proclamó emperador con el nombre de Napoleón Icero. Francia volvía a ser un imperio y el nuevo emperador necesitaba urgentemente una esposa que le diera un heredero. Buscó princesas por media Europa. Lo rechazaron una tras otra. Lo veían como un advenedizo, un bonaparte de segunda fila, un emperador improvisado.

Entonces tomó la decisión que escandalizó a toda su corte. Eligió a Eugenia. Los ministros pusieron el grito en el cielo. Una condesa española sin peso político, una mujer de la que circulaban tantos rumores, una belleza sin trono detrás. La consideraban demasiado poca cosa para sentarse en el trono de Francia. Demasiado libre, demasiado independiente, demasiado nada.

Pero Napoleón Tercero, por una vez no quiso oír los cálculos. En un discurso oficial delante de toda la nación, declaró que prefería a una mujer a la que amaba y respetaba antes que a una princesa desconocida con la que firmar un contrato. Era, dijo, una decisión del corazón. El 30 de enero de 1853, en la catedral de Notreddam de París, Eugenia de Montijo se convirtió en emperatriz. Hacía un frío cortante.

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