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Princesa Diana: La Verdad que Intentaron Ocultar Durante Años

Con ellos el mundo era simple, directo y honesto. Y Diana anhelaba la honestidad más que ninguna otra cosa. Fue en ese periodo de su vida, en 1977, cuando Diana volvió a cruzarse con Carlos, el príncipe de Gales, heredero al trono británico. No era la primera vez que sus vidas se tocaban. ya que sus familias se conocían desde hacía generaciones.

Pero aquella tarde en los jardines de Alzhor, durante una cacería, algo cambió en la mirada de ambos. Diana tenía 16 años, Carlos tenía 29. Él estaba saliendo en aquel entonces con su hermana mayor Sara Spencer, pero sus ojos se desviaron hacia la hermana menor con una frecuencia que no pasó desapercibida. Los años siguientes fueron de encuentros esporádicos, invitaciones a eventos sociales, semanas en Valmoral, el castillo escocés de la familia real.

Diana comenzó a ser vista como una candidata adecuada para el príncipe. Era virgen, lo cual en los círculos aristocráticos de la época seguía siendo un requisito implícito para la futura esposa del heredero. Era joven, lo suficientemente joven como para ser moldeada. era noble, lo suficientemente discreta como para no generar escándalos y era por encima de todo adorable.

Tenía esa calidad magnética que la gente común llama carisma y que los palacios llaman peligrosa cuando no pueden controlarla. Carlos, por su parte tenía otro amor, siempre lo había tenido. Su nombre era Camila Shant y desde 1972, cuando se conocieron en un partido de polo, existía entre ellos una conexión que ninguna convención social logró romper.

Camila se había casado con Andrew Parker Bows en 1973, en parte porque la familia real no consideraba que ella fuera una candidata adecuada para Carlos y en parte porque Carlos mismo no tuvo el valor de enfrentarse a las expectativas de la institución que representaba. Pero el matrimonio de Camila no extinguió el vínculo entre ellos, lo convirtió en un secreto.

Y ese secreto sería la primera gran mentira sobre la que se construiría el matrimonio más vigilado del mundo. En febrero de 1981, el Palacio de Buckingham anunció oficialmente el compromiso entre el príncipe Carlos y la señorita Diane Spencer. El mundo entero estalló en júbilo. Las portadas de todos los diarios del planeta mostraron a una joven ruborizada, de ojos azules y sonrisa tímida, junto a un príncipe de uniforme.

Era el cuento de hadas que todos querían creer. En una entrevista televisada aquella misma tarde, un periodista les preguntó si estaban enamorados. Diana sonrió de inmediato y dijo que sí. Carlos tardó un segundo más de lo esperado y luego respondió con una frase que nadie en aquel momento quiso interpretar demasiado. Dijo algo así como que, “Sí, claro, cualquiera que sea el significado de esa palabra.

” Nadie lo dijo en voz alta, pero en ese segundo de silencio y en esa frase ambigua, estaba contenida toda la tragedia que vendría después. El 29 de julio de 1981, 750 millones de personas en todo el mundo se sentaron frente a sus televisores para presenciar lo que los medios internacionales llamaron el matrimonio del siglo.

Las calles de Londres estaban repletas de una muchedumbre emocionada que agitaba banderas, lloraba de alegría y cantaba. Diana Spencer llegó a la catedral de San Pablo en un carruaje de cuento enfundada en un vestido de tafetán con una cola de 7 y5 diseñado por David y Elizabeth Manuel. Todo el mundo miraba esa cola, ese vestido, esa sonrisa.

Nadie miraba sus manos que temblaban ligeramente mientras sostenía el ramo de flores blancas. Lo que muy pocos saben es que la noche anterior al matrimonio, Diana pasó horas llorando. No era el llanto nervioso de una novia ansiosa, era el llanto de alguien que ya sabe que está cometiendo un error irreparable, pero que no tiene manera de detenerlo.

Días antes de la boda en el palacio, Diana había encontrado en la muñeca de Carlos una pulsera de oro. No era un regalo de ella. tenía grabadas las iniciales C y C entrelazadas. Carlos y Camila. Carlos la llevaba puesta en el día de su boda con otra mujer. Diana lo confrontó. Carlos no lo negó. le explicó con la frialdad característica de quien ha aprendido que las emociones son un lujo, que la realeza no puede permitirse, que Camila era un capítulo del pasado y que ella, Diana, era el futuro. Diana tragó esas palabras junto

con el nudo en la garganta, se puso el vestido, subió al carruaje y sonrió para 750 millones de personas. Desde el primer momento, la vida dentro de la familia real demostró ser completamente diferente a lo que Diana había imaginado. Los palacios, que desde fuera parecían lugares mágicos, llenos de historia y grandeza, resultaron ser edificios fríos, llenos de protocolos indescifrables, silencios incómodos y jerarquías invisibles, pero absolutas.

Había reglas para todo, para cómo sentarse, cómo hablar, cómo saludar, a quién mirar y a quién ignorar, para cuándo podía ver a sus propios hijos, para qué podía decir en público y qué debía guardar eternamente bajo llave. El personal del palacio, aunque respetuoso en las formas, pertenecía fundamentalmente a la institución, no a ella.

Las conversaciones que Diana tenía con sus asistentes llegaban de una forma u otra a oídos que no eran los de su marido. En las grabaciones privadas que se conocerían años después, Diana describía la sensación de vivir en un palacio como vivir en una pecera donde todos te observan, pero nadie realmente te ve. La luna de miel fue en el yate real Britannia, navegando por el Mediterráneo.

Desde fuera parecía idílica. La realidad era que Carlos pasaba largas horas leyendo libros y escribiendo cartas. Muchas de ellas, según Diana recordaría más tarde, dirigidas a Camila. Diana intentó conectar con su esposo, intentó hablar, reír, crear esa intimidad que ella había imaginado que vendría de forma natural entre dos personas casadas.

Pero Carlos era un hombre formado en la distancia emocional, criado por una madre que consideraba que el afecto físico era una debilidad y por un padre que valoraba la dureza sobre la ternura, Carlos no sabía cómo corresponder a la intensidad emocional de su joven esposa. Pronto comenzaron a aparecer los primeros síntomas de algo que en aquel tiempo nadie, ni en el palacio ni en los medios de comunicación estaba dispuesto a nombrar correctamente.

Diana empezó a sufrir episodios de bulimia nerviosa. Comía en exceso y luego provocaba el vómito, un ciclo destructivo que se instauró como respuesta a la presión insoportable que sentía sobre ella. La familia real, cuando tomó conocimiento de la situación, no respondió con comprensión ni con apoyo médico adecuado.

Según el propio testimonio de Diana, sintió que sus problemas no fueron comprendidos ni atendidos con el apoyo que esperaba. Le decían que se calmara, que controlara sus emociones, que una princesa no podía comportarse de esa manera. Los médicos del palacio la vieron, claro que sí, pero sus informes eran discretos, sus diagnósticos vagos y la información circulaba hacia arriba en la jerarquía real, sin que Diana tuviera control sobre lo que se decía de ella a sus espaldas.

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