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Él No Sabía que era Juan Gabriel — el Maestro Desafió a una Persona Aleatoria del Público

Cuando el dedo de fuentes lo señaló, ese murmullo se convirtió en algo más grande que recorrió el teatro fila por fila como una ola mientras la gente se daba cuenta de lo que estaba pasando. Los aplausos comenzaron espontáneamente desde las filas traseras y fueron avanzando hacia adelante, de forma que Fuentes no podía entender, porque él todavía no sabía quién era ese hombre de camisa sencilla que se estaba poniendo de pie tranquilamente en la decimotercera fila.

Juan Gabriel se levantó sin prisa, sin nervios, con la misma calma con que había estado sentado toda la noche, y comenzó a caminar hacia el escenario mientras el teatro entero lo aplaudía de pie, dejando a Reinaldo Fuentes completamente confundido frente a su propio piano. Reinaldo Fuentes miraba al público aplaudir a ese hombre de camisa sencilla con una confusión que no lograba disimular completamente.

No entendía por qué una persona aparentemente ordinaria recibía semejante reacción antes de haber hecho absolutamente nada. Y esa incomprensión lo incomodaba porque él era alguien que necesitaba controlar cada variable de sus presentaciones.  Juan Gabriel subió las escaleras laterales del escenario con la misma calma con que había caminado por el pasillo, sin prisa, sin nervios visibles, como alguien que sube a un escenario porque es exactamente el lugar donde debe estar.

Fuentes lo recibió con una sonrisa condescendiente que reservaba para estos momentos y le señaló el piano con un gesto amplio como quien invita a un niño a intentar algo que sabe que está fuera de su alcance. El piano es suyo, señor, haga lo que pueda.” dijo Fuentes con el tono de quien ya conoce el resultado.

Juan Gabriel miró el piano por un momento sin responder y entonces se sentó en el banquillo con una naturalidad que hizo que varias personas en las primeras filas intercambiaran miradas. Juan Gabriel acomodó el banquillo ligeramente, lo cual era el primer gesto que Fuentes no esperaba, porque sus invitados habituales normalmente no tocaban el piano en absoluto y mucho menos ajustaban su posición con la familiaridad de alguien acostumbrado al instrumento.

Sus manos se posaron sobre el teclado sin prisa y probaron algunos acordes suavemente, no como alguien buscando qué tocar, sino como alguien saludando a un instrumento que conoce bien. Fuentes seguía de pie. a un lado del escenario con los brazos cruzados, pero su expresión había comenzado a cambiar levemente porque esos primeros acordes no sonaban como los de alguien que nunca había tocado un piano.

El público contenía la respiración porque todos sabían lo que estaba a punto de pasar y la diferencia entre lo que Fuentes creía que iba a suceder y lo que realmente sucedería era tan grande que casi podía sentirse físicamente en el aire del teatro. Juan Gabriel entonces levantó la vista hacia el público por primera vez desde que había subido al escenario y sonrió con la sonrisa tranquila de alguien que está completamente en su elemento.

Sus dedos comenzaron a moverse sobre el teclado con una seguridad que transformó instantáneamente el ambiente del teatro. No era la técnica fría y perfecta de fuentes, sino algo diferente, más cálido, más humano, con una expresión emocional que hacía que cada nota contara algo. Juan Gabriel empezó a tocar la introducción de una de sus propias composiciones adaptada al piano con una sensibilidad que demostraba un conocimiento profundo del instrumento.

Fuentes descruzó los brazos. Fue un movimiento pequeño, pero las personas que lo conocían en el público lo notaron inmediatamente porque significaba algo. Sus ojos seguían cada movimiento de las manos de Juan Gabriel sobre el teclado con una atención que había reemplazado completamente la condescendencia del principio.

El público en el teatro estaba completamente en silencio, pero era un silencio diferente al que Fuentes producía con su música clásica. Era el silencio de personas que contienen la respiración porque no quieren perderse ni un segundo de lo que está pasando frente a ellos. Entonces, Juan Gabriel comenzó a cantar y el teatro entero reaccionó como si algo hubiera cambiado en la temperatura del lugar.

Su voz llenó ese espacio con una naturalidad que hacía que el piano debajo de ella sonara como si siempre hubiera estado destinado a acompañar exactamente esa melodía. Las personas en las primeras filas lloraban abiertamente, algunas tomándose de las manos sin conocerse,  unidas por algo que la música estaba haciendo en ese momento específico.

Fuentes permanecía inmóvil a un lado del escenario con una expresión que había abandonado completamente cualquier rastro de arrogancia y que ahora era simplemente la de alguien que está siendo sorprendido por algo que no esperaba encontrar. Sus ojos se movían del piano a la cara de Juan Gabriel y de regreso al piano como si estuviera tratando de resolver un problema que sus 40 años de experiencia musical no le habían preparado para enfrentar.

A su alrededor, los músicos de su propia orquesta que esperaban en los laterales del escenario habían salido de sus posiciones para ver mejor lo que estaba sucediendo. Juan Gabriel terminó la canción y sus manos se quedaron quietas sobre el teclado por un momento antes de levantarlas. El teatro estalló en aplausos que duraron varios minutos con personas de pie en cada rincón del Metropolitan.

Juan Gabriel se levantó del banquillo con la misma calma con que se había sentado y se dirigió hacia fuentes que seguía parado en el mismo lugar donde había estado durante toda la interpretación. Los dos hombres se miraron por un momento en silencio mientras el teatro seguía aplaudiendo. ¿Quién es usted?, preguntó Fuentes finalmente con una voz que había perdido completamente el tono condescendiente del principio y que ahora era simplemente la de alguien que necesita una respuesta.

Antes de que Juan Gabriel pudiera responder, alguien en las primeras filas gritó su nombre con una claridad que recorrió todo el teatro y que hizo que Fuentes cerrara los ojos por un segundo como si necesitara un momento para procesar lo que acababa de escuchar. Reinaldo Fuentes abrió los ojos lentamente y miró a Juan Gabriel con una expresión que mezclaba incredulidad y algo que se parecía mucho a la vergüenza.

Juan Gabriel repitió en voz baja como si estuviera probando el nombre para ver si cambiaba algo de lo que acababa de presenciar. El público seguía aplaudiendo mientras los dos hombres permanecían frente a frente en el centro del escenario. Fuentes era lo suficientemente inteligente y lo suficientemente honesto consigo mismo para entender completamente la ironía de lo que había sucedido.

Había elegido a esa persona específicamente para demostrar que la música popular era inferior, que sus intérpretes carecían de la formación y la profundidad que la música clásica exigía. y había elegido, sin saberlo, al hombre que había compuesto canciones que vivían en el corazón de millones de personas, canciones que duraban décadas, canciones que la gente cantaba en sus momentos más importantes.

“Cometí un error esta noche”, dijo Fuentes en voz alta suficiente para que el micrófono lo captara, “yr me enseñó más que 40 años de conciertos”. Juan Gabriel lo miró sin triunfo en la expresión, porque nunca había subido a ese escenario para ganar algo, sino simplemente para responder a una invitación. “El piano es un idioma”, dijo Juan Gabriel dirigiéndose tanto a fuentes como al público.

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