Posted in

Cuando Jacobo Zabludovsky humilló a María Félix en plena entrevista – Su respuesta hizo historia

El 8 de abril, la novena de 12 hermanos, hija de Bernardo Félix Flores, un militar y político de sangre y que gobernaba su hogar con la misma disciplina con la que comandaba soldados. y de Josefina Guereña Rosas, una mujer de ascendencia vasca que rezaba Rosarios mientras sus hijos se mataban jugando en el patio.

12 hijos, tres no sobrevivieron. Los que quedaron aprendieron pronto que en esa casa se obedecía sin preguntar, que el padre era ley, que la madre era paciencia y que las niñas debían ser discretas, obedientes y calladas. María no fue ninguna de esas cosas. Desde que aprendió a caminar, se escabullía al rancho de sus abuelos para montar caballos con sus hermanos varones.

No jugaba con muñecas, no bordaba manteles, no bajaba la cabeza cuando su padre levantaba la voz. Y eso en aquel México de aquellos años era un problema. Hay una historia que su madre contaba, que cuando María tenía 10 años la llevaron a misa un domingo. El sacerdote hablaba del pecado de la vanidad. de cómo las mujeres hermosas debían cubrirse y ser humildes, de cómo la belleza era una trampa del demonio.

María escuchó el sermón completo. No dijo nada durante toda la misa, pero cuando salieron de la iglesia le preguntó a su madre algo que Josefina nunca olvidó. Le preguntó por qué era pecado ser bonita. Su madre no supo que contestar. le dijo que se callara, que no hiciera preguntas tontas, que Dios sabía lo que hacía, pero María no se cayó, nunca se cayó.

Y esa pregunta, esa pregunta simple de una niña de 10 años que no entendía porque el mundo castigaba lo que ella no había elegido, esa pregunta fue el origen de todo, porque desde ese día María decidió algo, algo que quizás no pudo expresar con palabras a los 10 años, pero que su vida entera demostró. decidió que si el mundo iba a mirarla, entonces ella iba a decidir como la miraban, que no iba a esconderse, no iba a cubrirse, no iba a pedir perdón por existir.

Iba a caminar con la frente en alto y que el mundo se acostumbrara. Y el mundo se acostumbró, o más bien el mundo se rindió. La expulsaron de varias escuelas. Las monjas del Sagrado Corazón no sabían qué hacer con una niña que peleaba como varón y miraba a las maestras como si les estuviera tomando la medida. Las adoratrices tampoco.

María pasaba más tiempo castigada que en clase, pero había algo que nadie podía controlar, algo que se fue haciendo más evidente con cada año que pasaba. María era hermosa, no hermosa como las otras niñas del pueblo, no con esa belleza domesticada que hacía sonreír a las madres, no. María tenía una belleza que incomodaba, que hacía voltear a los hombres en la calle, que provocaba murmullos entre las mujeres que se persignaban al verla pasar.

Era una belleza que parecía un arma. Y en aquel pueblo pequeño, donde todos se conocían y todos se vigilaban, esa belleza era peligrosa. Su padre lo sabía, por eso la controlaba, por eso la encerraba, por eso la quería pequeña, invisible, callada. Bernardo Félix entendía que una hija así, con ese rostro y ese carácter, era una bomba de tiempo.

Pero las bombas de tiempo no se desactivan con mano dura, solo explotan más fuerte. María creció entre la rabia contenida de un hogar represivo y la libertad salvaje del rancho de sus abuelos. Aprendió a montar antes que a leer bien. Aprendió a pelear antes que a negociar y aprendió algo que la marcaría para siempre. Que en el mundo de los hombres la única forma de sobrevivir era no mostrar debilidad nunca, jamás, ante nadie.

Esa fue la primera piedra de su armadura. Cuando la familia se mudó a Guadalajara, María tenía 14 años. Ya no era una niña, era algo que el pueblo de Álamos no podía contener. En Guadalajara, su belleza estalló como una granada en un mercado. La coronaron reina del carnaval de la Universidad de Guadalajara en 1930, 16 años.

Una corona y la mirada de todo un estado sobre ella, pero esa corona no le dio libertad. le dio atención. Y la atención en el México de aquellos años significaba una cosa para una mujer joven y hermosa, que era hora de casarla. Su madre quería protegerla. Su padre quería deshacerse del problema. Y María, con 16 años y un carácter que no cabía en ninguna casa, quería una sola cosa.

Scopper no sabía a dónde, no sabía cómo. Solo sabía que si se quedaba en esa casa debajo de esa mano dura, rodeada de monjas y rosarios y reglas que no entendía, se iba a marchitar. Y María Félix no nació para marchitarse. Hay algo que la gente no sabe sobre la belleza de María Félix. La gente cree que la belleza es un regalo, que nacer hermosa es una ventaja, que tener un rostro así es una bendición. No lo es.

No cuando eres mujer, no cuando eres joven, no cuando vives en un pueblo pequeño del México de los años 20. No. Cuando tu padre es un militar que ve tu belleza como un problema que hay que resolver antes de que se vuelva un escándalo. La belleza de María fue su primera maldición. Antes de ser su arma fue su cadena.

Porque la belleza atrae miradas y las miradas atraen rumores y los rumores en un pueblo como Álamos podían destruir a una familia. Su madre, Josefina lo sabía. Por eso la mandaba con las monjas. Por eso la vigilaba. Por eso rezaba Rosarios pidiendo que su hija aprendiera a ser invisible. Pero María no sabía ser invisible.

Era como padirla al sol que no alumbrara. A los 14 años ya había sido expulsada de todas las escuelas que la aceptaron. Las monjas del Sagrado Corazón la sacaron por rebelde. Las adoratrices las sacaron por contestona. Los maestros la sacaron por no obedecer. María no entendía porque el mundo quería que se achicara.

No entendía porque las niñas tenían que hablar bajito y caminar con los ojos en el suelo. No entendía porque sus hermanos podían montar caballos y ella no. Porque ellos podían gritar y ella no, porque el mundo era ancho para ellos y estrecho para ella. Esa incomprensión se fue convirtiendo en rabia.

Y la rabia en una niña inteligente se convierte en determinación, en promesa, en un juramento silencioso de que algún día las cosas van a ser diferentes. El escape vino de la forma más antigua del mundo, de la forma en que millones de mujeres han escapado cuando no tienen otro camino. Vino en forma de un hombre, un hombre que le ofrecía una puerta, aunque esa puerta llevara a otra jaula.

Guadalajara, 1931. María tenía 17 años cuando se casó con Enrique Álvarez a la Torre, un representante de cosméticos. Un hombre que la vio en una fiesta de disfraces y se enamoró de esa cara que parecía hecha para las pantallas, aunque todavía no existieran pantallas para ella.

Read More