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Fui ASISTENTA de MARÍA JIMÉNEZ y la vi llegar golpeada la noche que todo cambió

 Le dije que sí. Me dijo, “Eso lo vamos a comprobar.” Y empecé esa misma semana. ¿Cómo era María Jiménez de verdad? lejos de los escenarios y las cámaras, porque ahí está la primera cosa que tienes que entender antes de que te cuente lo que vi esa noche. La gente conocía a la María Jiménez del escenario, la de la voz rota y el cante con rabia, la mujer libre que cantaba lo que le daba la gana cuando a las mujeres de esa época no se les permitía decir ni la mitad de lo que ella decía con esa voz suya.

 Pero en casa, en lo privado, María era otra cosa completamente distinta. Era una mujer que se levantaba temprano a pesar de acostarse tarde por los conciertos, que cuidaba su voz con una disciplina que pocos artistas tienen, que adoraba a su hija Rocío con una devoción que se le notaba en cada gesto, en cada mirada, en cómo se le iluminaba la cara cuando la niña entraba en la habitación y que tenía un miedo que yo no entendí todo hasta mucho después, miedo a que la dejaran de querer.

 Eso te puede sonar raro en una mujer tan fuerte como ella. Pero te lo digo con la mano en el corazón. María Jiménez, detrás de toda esa fuerza, cargaba con un agujero que venía de muy atrás, de una infancia dura en Triana, de un padre que se fue pronto, de una madre que sacó adelante a las hijas como pudo. Y ese agujero, ese miedo a que la dejaran sola otra vez, fue lo que la mantuvo atada a Pepe Sancho durante años, incluso cuando ya sabía que aquello no era amor de verdad.

Pero eso no es lo más importante todavía. Lo que de verdad necesitas saber, y eso te lo voy a revelar al final de todo, es por qué María nunca contó la verdad completa de lo que le pasó. Porque se guardó algo, incluso después de hablar en libros y entrevistas, incluso después de admitir el maltrato.

 Hay una pieza que falta y yo la tengo. ¿Cuándo conoció María a Pepe Sancho? ¿Y cómo empezó todo? Se conocieron trabajando en 1979. El mismo año que yo empecé a trabajar en su casa, ella ya era una artista hecha y derecha con su carrera consolidada, sus discos, su público fiel que la adoraba. Él era un actor joven con mucho talento y una presencia en pantalla que se notaba a kilómetros, sobre todo después de Curro Jiménez, donde encarnaba a ese hombre misterioso y atractivo que todas las mujeres de España suspiraban por él.

Yo lo vi llegar a casa por primera vez una tarde de otoño. Recuerdo el día porque María estaba especialmente nerviosa preparando la cena, algo raro en ella, que normalmente delegaba esas cosas. Cuando él entró por la puerta, con esa sonrisa de galán y esa seguridad de quien sabe el efecto que provoca, vi como a María le cambiaba la cara.

 Estaba enamorada, locamente enamorada. Me lo dijo ella misma esa noche mientras yo recogía la cocina y ella se quedaba sentada a la mesa con una copa de vino que apenas tocaba. Me dijo, “Pilar, este hombre me va a cambiar la vida.” Y tenía razón, solo que no de la manera que ella creía esa noche.

 Cuando empezaron a verse las primeras señales de que algo no iba bien, tardó. Eso tienes que saberlo. No fue de la noche a la mañana. Los primeros años, al menos los que yo presencié de cerca, parecían buenos. Se casaron en 1980, una boda que salió en todas las revistas con María Radiante y Pepe con ese aire de hombre triunfador del brazo de la artista más libre de España.

 Pero ya en esa boda, en ese mismo día, yo vi algo que se me quedó grabado. María me contó después, años después, que el día de la boda casi se separa antes de empezar, que él se puso celoso de alguien sin motivo y montó una escena enorme delante de los invitados más cercanos. y que por la noche, cuando ella le dijo que al día siguiente se separaba de él, Pepe se puso a llorar como un niño pequeño, suplicando, jurando que no volvería a pasar.

 Y ella, claro, se sintió culpable y se quedó. Eso fue el patrón que se repitió durante 22 años. Celos sin motivo, escenas, llanto, perdón, vuelta a empezar. una rueda que giraba y giraba y de la que María no conseguía bajarse. Pero recuerda esto porque más adelante vas a entender por qué es tan importante el llanto de Pepe Sancho esa noche de boda.

 No era arrepentimiento de verdad, era una herramienta. Y María tardó años, demasiados años en darse cuenta de eso. ¿Qué fue exactamente lo que viste tú esa primera vez que la encontraste con el labio partido? Vale, aquí es donde tengo que contarte lo que realmente pasó esa noche, que cambió todo para mí, aunque para ella el cambio real llegaría mucho después. Era una noche de invierno.

 Ya estábamos a finales de los años 80, casi 10 años desde la boda. Yo había salido un rato a hacer un recado y al volver, la casa estaba en un silencio raro. Ese silencio que aprende a reconocer una mujer que lleva años trabajando dentro de un matrimonio que no es el suyo. Entré por la cocina como siempre y la encontré sentada en una silla con la cabeza gacha.

 Cuando levantó la vista, casi se me cae el plato que llevaba en las manos. Tenía el labio partido, un golpe en el pómulo que ya empezaba a amoratarse y los ojos, los ojos eran lo peor de todo, porque no había lágrimas en ellos. Había algo más parecido a la resignación, a la costumbre de algo que ya había pasado antes y que probablemente volvería a pasar.

 Le pregunté qué había ocurrido. Me dijo que se había caído. Yo no la creí. Y ella lo supo, por eso me dijo esa frase que te conté al principio. Pilar, esto no lo ha visto nadie y no lo va a ver nadie. Recuerda que más adelante en este vídeo te voy a contar lo que pasó después de esa noche, lo que ella me confesó años más tarde y que cambia completamente la imagen que tienes de ese matrimonio.

Pero por ahora, sigamos con lo que vi. ¿Por qué María decidió callar en vez de denunciar inmediatamente? Esa es la pregunta que yo misma me hice durante años. Y la respuesta no es sencilla, porque María Jiménez no era una mujer débil, era una de las artistas más fuertes y más libres de su generación. una mujer que decía lo que pensaba sin pelos en la lengua, que defendía a las mujeres maltratadas en sus canciones antes de que eso fuera ni siquiera un tema del que se hablara abiertamente en España. Pero el maltrato no entiende de

fuerza de carácter. Eso es algo que aprendí trabajando para ella, algo que muy poca gente entiende desde fuera. El maltrato te va minando por dentro, te va convenciendo de que tú tienes la culpa, de que si cambias algo, si haces las cosas mejor, si eres más comprensiva, entonces él dejará de hacerlo.

 María me lo explicó una noche, mucho tiempo después, cuando ya todo había terminado entre ellos, me dijo, “Pilar, yo pensaba que si le quería lo suficiente conseguiría que dejara de hacerme daño. Era estúpido pensarlo, pero entonces no lo veía así. Y había otra cosa, una cosa que pesaba más todavía, su carrera. En esa época, cualquier escándalo de ese tipo podía hundir a una artista.

 La industria era despiadada y más con las mujeres. Si María hubiera denunciado en los años 80, probablemente la habrían señalado a ella. Le habrían preguntado qué había hecho para provocarlo. Habrían cuestionado su carácter, su manera de vestir, su forma de ser tan libre encima de un escenario.

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