El mundo del espectáculo suele construir fachadas resplandecientes para ocultar las tragedias más profundas de sus protagonistas. Pocas historias dentro de la industria del entretenimiento latinoamericano son tan desgarradoras y, a la vez, tan sistemáticamente sepultadas por el olvido como la de Elvira Teresa Eory Sidi, conocida universalmente como Irán Eory. Aquella mujer de deslumbrantes ojos azules, elegancia aristocrática y talento multifacético que cautivó a millones de espectadores a través de la pantalla chica en éxitos monumentales de Televisa como Mundo de Juguete y María la del Barrio, vivió una existencia marcada por el desarraigo, el control materno absoluto, romances truncados por el chantaje y un doloroso final en el que la misma industria que la encumbró fingió que no existía.
Nacida en Teherán, Persia, el 21 de octubre de 1938, la vida de Irán Eory comenzó bajo el signo de la huida y la supervivencia. Su padre, Frederick Emil Eory, era un culto diplomático austríaco, y su madre, Ángela Sidi, una mujer judía sefardí originaria de Estambul. En 1938, la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi obligó a su padre a tomar una decisión radical: renunciar a su carrera antes que servir al régimen de Adolf Hitler, sabiendo que su esposa y su futura hija eran judías según las leyes raciales. Así comenzó un periplo de once años como refugiados que los llevó por París y por la mítica Casablanca en Marruecos, un entorno de espías y exiliados donde la pequeña Irán aprendió a sobrevivir y a dominar siete idiomas. Con una determinación asombrosa, a los siete años decidió borrar el alemán de su mente como protesta ante el horror del Holocausto, una promesa que cumplió estrictamente hasta el día de su muerte.
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llegar a Madrid en 1949, su deslumbrante belleza y refinamiento natural no tardaron en abrirle las puertas del modelaje y el cine. A los 16 años, su vida pareció tocar el cielo de la aristocracia cuando participó en el concurso Miss Europa en Mónaco y el mismísimo príncipe Rainiero III le colocó la corona de Miss Montecarlo con sus propias manos. Durante la década de los 60, se convirtió en una de las actrices más cotizadas de España, protagonizando decenas de películas y generando una auténtica revolución televisiva en la España de Franco al protagonizar en el programa Historia de la frivolidad el primer “striptease” (púdico para los estándares actuales, pero escandaloso para la época) de la televisión española.
Sin embargo, el destino definitivo de Irán Eory no estaba en Europa, sino en México. Atraída en 1969 por la escritora Yolanda Vargas Dulché para protagonizar la versión cinematográfica del melodrama Rubí, la actriz se enamoró perdidamente del país azteca, su clima, su comida y la calidez de su gente. Lo que se planeó como un viaje de trabajo de unas pocas semanas se transformó en una residencia permanente. México adoptó a Irán y ella adoptó a México como su segunda patria.
Fue a principios de la década de los 70, durante las extensas grabaciones de la exitosa telenovela El amor tiene cara de mujer, cuando los caminos de Irán Eory y Mario Moreno “Cantinflas” se cruzaron. Él tenía 60 años y arrastraba una profunda depresión tras la muerte de su esposa Valentina Ivanova; ella, con 33 años, se encontraba en la plenitud de su belleza. El cortejo del legendario comediante fue digno de una producción de Hollywood: orquídeas exóticas y rosas importadas inundaban diariamente el camerino de la actriz, acompañadas de joyas de las casas más exclusivas y extensas cartas de amor redactadas con una caligrafía impecable. Irán se enamoró genuinamente del hombre detrás del personaje, no de su fortuna. Cantinflas vio en ella la posibilidad de revivir el amor y, según secretos a voces de la industria, el reflejo de un amor platónico e imposible que guardó toda su vida por Natasha Gelman, la sofisticada esposa de su socio financiero.
La pareja planificó casarse y formar un hogar, pero el proyecto se estrelló contra una barrera infranqueable: Mario Arturo Moreno Ivanova, el hijo de Cantinflas. Lejos de las versiones oficiales que lo señalaban como un hijo adoptado, Mario Arturo era el hijo biológico del cómico, fruto de una tormentosa relación con una joven estadounidense llamada Marion Roberts, a quien Cantinflas le compró el bebé por diez mil dólares antes de que ella terminara su vida trágicamente arrojándose desde la ventana de un hotel capitalino. En 1973, con apenas 13 años y mostrando una hostilidad sistemática hacia la actriz, el adolescente lanzó un ultimátum devastador a su padre: “Si te casas con Irán, me voy a quitar la vida para irme al cielo con mi mamacita”.
Doblegado por el chantaje emocional y el temor a perder a su hijo, el hombre que desafiaba a presidentes en la gran pantalla se mostró cobarde en la realidad. Le propuso a Irán una solución humillante: mantener el romance oculto de por vida, viéndose en departamentos prestados y hoteles discretos, renunciando a la estabilidad de un matrimonio público. La respuesta de Irán Eory dignificó su memoria para siempre. Rechazando convertirse en la sombra de nadie, le cruzó el rostro con una bofetada y lo expulsó de su hogar con una frase contundente: “Vete de mi casa y nunca en la vida me vuelvas a buscar”. Esa misma noche redactó una desgarradora carta que conservó en su escritorio durante casi tres décadas y que contenía su máxima premisa: “Prefiero el dolor de perderte que la humillación de tenerte a medias”. Aunque años después reanudaron una fría y madura amistad que se mantuvo hasta la muerte del cómico en 1993, el daño emocional estaba hecho.
A la crueldad del entorno familiar de Cantinflas se sumaba el control patológico de la madre de la actriz, Ángela Sidi. La matriarca sefardí impuso durante 64 años dos condiciones innegociables para cualquier pretendiente de su hija: tenía que ser millonario y de origen judío. Cantinflas era el único que cumplía con dichos requisitos, por lo que su fracaso sepultó las expectativas maternas. Cuando en 1981 Irán encontró estabilidad y amor verdadero en el actor Carlos Monden, con quien convivió más de veinte años en un departamento de la colonia Nápoles, la madre se opuso firmemente al matrimonio debido a que Monden no poseía fortuna ni ascendencia judía. Atrapada en un control absoluto camuflado de protección, Irán jamás compró una casa propia ni logró independizarse de una madre que revisaba su correspondencia, controlaba sus horarios y saboteaba su autonomía.
A pesar de las turbulencias personales, el trabajo se convirtió en el refugio de Irán. Producciones memorables como Principesa, La pícara soñadora, La usurpadora y, de manera muy especial, María la del Barrio llevaron su rostro a más de 200 países. Paralelamente, su amor por el teatro la impulsó a producir costosas zarzuelas y espectáculos musicales como Viva México y Olé. Sin embargo, a finales de los años 90, la tragedia médica llamó a su puerta. Tras sufrir un edema cerebral en 1999, los especialistas le diagnosticaron la enfermedad de Binswanger, una rara y progresiva demencia vascular que destruye la materia blanca del cerebro, afectando la movilidad y la memoria, aunado a un agresivo tumor cerebral conocido como gliomatosis cerebri.
La respuesta de la industria del entretenimiento ante su decadencia física fue de una frialdad corporativa implacable. En el año 2000, un intento por relanzar su show teatral fracasó económicamente ante el cambio generacional de la audiencia, dejándola con severas deudas. El teléfono de los productores de Televisa dejó de sonar y los guiones desaparecieron. Sabiéndose enferma y relegada, Irán dedicó sus últimas fuerzas a impartir clases gratuitas de actuación a niños en escuelas de zonas marginadas de la Ciudad de México, buscando sentirse útil en un mundo que la consideraba desechable. Tras una breve aparición en la telenovela infantil Aventuras en el tiempo en 2001, su cuerpo no resistió más.
El viernes 8 de marzo de 2002, Irán Eory se desmayó en su departamento. Fue ingresada de urgencia al Hospital Inglés debido a una hemorragia cerebral masiva. Tras permanecer en coma, rodeada únicamente por el dolor de Carlos Monden y la frágil presencia de su anciana madre, la gran actriz falleció la mañana del domingo 10 de marzo de 2002, a los 62 años de edad.
La paradoja final de su existencia se consumó en su funeral en el Panteón Español. Aquella estrella internacional, cuya imagen acompañó las noches de cientos de millones de personas alrededor del globo, fue despedida por apenas una veintena de asistentes. Los grandes ejecutivos enviaron coronas de flores pero no asistieron; las nuevas estrellas de la televisión ignoraron su deceso. Sus cenizas fueron depositadas junto a las de su padre en Naucalpan. Su madre, Ángela, falleció un año después, y Carlos Monden, el hombre que la amó incondicionalmente sin poder desposarla, murió en 2011 manteniéndose soltero. Hoy, el nombre de Irán Eory resuena de forma indirecta en la actriz Irán Castillo, nombrada así por la admiración que sus padres profesaban a una diva que lo tuvo todo en la pantalla y a la que la vida, en la intimidad, le negó la libertad.