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Elsa Aguirre: Calló Su INFIERNO Sesenta Años… A los Noventa y Cinco Por Fin lo Cuenta

Hoy te voy a contar cuatro cosas que esa diosa cargó casi toda su vida y que la prensa de su época prefirió guardar en un cajón. Primero vas a descubrir por qué la mujer más deseada de todo México le tenía miedo al amor y por qué le dijo que no a los hombres más poderosos del cine, incluido uno al que tuvo que ponerle la mano en la cara para que entendiera.

Segundo, vas a descubrir lo que el hombre  con el que sí se casó le hacía en privado mientras el país la coronaba en las portadas. y  lo que la obligó a hacer aquella noche, algo que casi ninguna mujer de su tiempo se atrevía a hacer. Tercero, vas a descubrir lo que ese mismo hombre le hizo a su propio hijo antes de irse.

Un abandono tan frío que marcó al niño para siempre. Y cuarto, vas a descubrir lo que Elsa encontró en la cara de su hijo el día que lo perdió en 1996.  Y por qué eso, justamente eso fue lo único que la salvó a ella. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Hay una frase que ella usó ya muy  mayor para describir la única cosa que de verdad le dio paz en la vida.

La llamó una cara de paz. Guarda esa frase, una cara de paz. La vas a necesitar para entender el final de  todo esto. Pero para entender cómo una diosa terminó  esa noche con lentes oscuros temblando, primero hay que volver al principio. Y el principio  no empieza en una alfombra roja, empieza en el norte, en una casa de Chihuahua, en una época en la que México todavía estaba curándose sus propias heridas.

25 de septiembre de 1930. En la ciudad de Chihuahua nace una niña a la que ponen por nombre Elsa Irma Aguirre Juárez. Su padre es un general, Jesús Aguirre. Su madre  se llama Emma Juárez. Y aquí conviene parar un segundo porque la historia que circula por ahí dice que Elsa salió de la miseria, que era una niña pobre.

que vendía su belleza para comer. Eso es falso. Era hija de un general. No le faltaba el pan. Lo que sí le faltaba y mucho era una cosa  más difícil de ver. Le faltaba que la dejaran decidir por sí misma. Porque la verdadera jaula de Elsa,  la primera, fue una jaula que desde afuera nadie notaba.

Era el mundo en el que le  tocó nacer mujer. En aquellos años, una niña bonita no era dueña de su cara. Su cara era un asunto  de familia, un asunto del qué dirán, un asunto de hombres que decidían. A los 14 años, una niña que apenas  estaba en la secundaria gana un concurso de belleza organizado por una productora de cine, la Cla Films Mundiales.

14 años. Piensa en una nieta tuya de 14. Piensa en esa edad, en esa inocencia. A esa edad, Elsa ya estaba  entrando a un mundo de adultos. Y fíjate cómo se cuenta esa historia normalmente, como un cuento de hadas. La niña pobre, bonita, que gana un concurso y se vuelve estrella, pero si lo miras de cerca tiene algo que incomoda.

Una niña de secundaria  metida de golpe en un mundo de productores, de directores, de hombres adultos que decidían su futuro. Una niña que no sabía decir que no porque nadie le había enseñado que tenía derecho a decirlo. Esa fue la primera vez que un puñado de adultos decidió por ella qué iba a ser su vida. No sería la última.

Su padre, el general, al principio se opuso. No quería a sus hijas metidas en el cine. Fue la madre la que poco a poco lo convenció,  la que vio en esa belleza una oportunidad. Y así, en 1946, una adolescente de 15 años debuta en una película llamada El sexo fuerte, junto a su hermana Alma Rosa, que también era actriz.

Recuerda ese nombre, Alma Rosa Aguirre, la hermana aparecerá otra vez casi al final y cuando aparezca te va a doler. Lo que pasó después fue  rápido, casi mareante. En 1947, con una película llamada El ladrón, junto al cómico argentino Luis Sandrini, el público empezó a mirarla distinto. Y en los años 50, cuando el cine de oro mexicano ya era una especie de religión nacional, Elsa Aguirre se convirtió en diosa.

Ojos de juventud. Medianoche, una mujer  decente, la estatua de carne, la mujer que yo  amé. Título tras título, su rostro llenaba las marquesinas. Había quien decía que su belleza opacaba incluso a María Félix, incluso  a Silvia Pinal. Hollywood la llamó para una película llamada Gigante, junto a un actor que se volvería leyenda, James Dean.

Y hubo un detalle que dice todo lo que México sentía por ella. En 1947, para una película llamada Algo flota sobre el agua, donde Elsa actuaba al lado de Arturo de Córdoba, le compusieron una canción, no una canción cualquiera, una canción hecha a la medida de su cara, escrita solo para ella. Se llamó Flor de Azalea.

A lo mejor tú la cantaste alguna vez sin saber que la habían escrito para ella. Así de grande era. Le ponían canciones, le ponían su  nombre en las marquesinas, le daban los papeles de la mujer más deseada de cada historia. Con los años le darían un Ariel de oro por toda su carrera, una luna del auditorio por su vida en el espectáculo.

Más de 40 películas, cuatro décadas de trabajo. Drama, comedia, acción. romance. No hubo registro que no tocara, pero fíjate en una cosa, porque esto importa. En casi todas esas historias, ¿qué papel le tocaba? El de la mujer hermosa que los hombres se  disputan. El objeto del deseo, la que  es perseguida, codiciada, ganada como un premio.

Hubo hasta una película, Cantando Nace el amor, de 1953, donde el personaje de un ranchero rico y prepotente decide convertirla en estrella de cine contra su voluntad, solo para poder conquistarla. Léelo otra vez. un hombre que la vuelve est contra su voluntad para tenerla. El cine le estaba contando a Elsa, sin que ella lo notara, la historia que la vida le tenía guardada.

Imagínate lo que era eso. Tú llegabas de trabajar o de la cocina o de cuidar a tus hermanos y abrías una revista  y ahí estaba ella. Esa cara parecía que tenía todo. ¿Y te acuerdas de lo que era el cine en esos años? El cine de esa época era todo un acontecimiento. Era arreglarse,  salir, hacer cola en la taquilla, entrar a esa sala enorme y oscura que olía a butaca vieja y a dulce.

Y cuando la luz se apagaba y aparecía esa cara gigante en la pantalla, todo el mundo se quedaba en silencio. El cine en aquel México era el templo donde la gente iba a soñar y Elsa Aguirre era una de las diosas de ese templo. La gente la miraba como si fuera de otra raza, como si la belleza así no  pudiera tener problemas, ni miedo, ni noches malas.

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