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Luces y sombras del Poeta del Pueblo: Las tragedias, los expedientes ocultos y la guerra hereditaria que Joan Sebastian se llevó a la tumba

La música popular mexicana no se puede entender sin la figura de Joan Sebastian. El “Poeta del Pueblo”, nacido bajo el nombre de José Manuel Figueroa en el humilde y recóndito pueblo de Juliantla, Guerrero, en 1951, construyó un imperio musical basado en el romance, el dolor y el arraigo a la tierra. Sin embargo, detrás de las luces de los palenques, las ovaciones de los miles de fanáticos, los numerosos premios Grammy y las melodías románticas que marcaron a generaciones enteras, se escondía una realidad sombría y devastadora. A diez años de su fallecimiento, el legado del cantautor no solo se mide en millones de reproducciones y regalías, sino también en una serie de tragedias familiares, sospechas de vínculos con el crimen organizado y una feroz disputa legal entre sus herederos que parece no tener fin.

El inicio de la vida de José Manuel Figueroa estuvo marcado por la pobreza extrema. Siendo uno de doce hermanos, vendió gelatinas en las calles a los siete años, boleó zapatos y cargó cubetas de leche antes del amanecer para ayudar a subsistir a su familia. Su sensibilidad lo llevó a ingresar al seminario a los catorce años con la intención de convertirse en sacerdote, donde incluso compuso una misa completa. No obstante, su destino final no estaba en los altares religiosos, sino en los escenarios. Tras años de rechazos en disqueras de la Ciudad de México y una dura travesía como inmigrante lavando platos en Chicago, adoptó el nombre artístico de Joan Sebastian, inspirado en el Papa Juan XXIII y en San Sebastián, el mártir romano atravesa

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