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La HISTORIA SECRETA de Adela Noriega, desapareció cuando estaba en la cima de la fama…

 Creció en una familia de clase media, sin contactos  en la industria del entretenimiento, sin padrinos, sin el apellido adecuado. Lo que tenía era otra cosa,  una cara que detenía el tiempo y una forma de mirar a la cámara que hacía que el público  no pudiera quitarle los ojos de encima. Entró al mundo de la televisión casi por accidente.

 Tenía apenas 13 años cuando empezó a trabajar como actriz infantil. En México,  a principios de los 80, Televisa era el universo. Si estabas dentro, eras  visible. Si estabas fuera, simplemente no existías para la mayoría del país y Adela estaba  dentro desde muy joven. Pero estar adentro de Televisa  no era lo mismo que tener poder.

 Sobre todo si eras mujer, sobre todo si  eras joven, sobre todo si eras bonita de esa manera que incomoda, que provoca,  que hace que todo el mundo quiera algo de ti sin que nadie te pregunte qué quieres tú. Sus primeros años en la industria fueron años de formación, de pruebas,  de pequeños papeles que servían más para observarla que para dejarla actuar  de verdad.

 Los productores la veían, los ejecutivos hablaban de ella y ella, con esa sonrisa que parecía guardar algo, seguía trabajando. El verdadero punto de quiebre llegó en 1987. Adela  tenía 17 años cuando fue elegida para protagonizar quinceañera, una telenovela que en el papel parecía más de lo mismo. Chica joven, historia de amor, drama familiar.

 Pero algo pasó cuando Adela se puso frente a las cámaras, algo que los productores no calcularon del  todo y que el público sintió desde el primer capítulo. Quinceañera fue un fenómeno, no solo en México. La telenovela se vendió  a decenas de países, se dobló a varios idiomas y la cara de Adela Noriega se convirtió en uno de los rostros más reconocibles de la televisión  latinoamericana en menos de un año.

 Ella tenía 17 años, 17. Y de pronto cargaba  con el peso de millones de expectativas. Alguien le preguntó  si estaba lista para eso. La fama que llega tan rápido y tan joven tiene una manera particular de deformar las cosas. Deforma la percepción que tienes de ti misma. Deforma tus relaciones con los demás porque ya nadie sabe cómo tratarte sin mezclar en el trato lo que ven en pantalla con quien realmente eres.

 Y en el caso de Adela, esa deformación empezó muy pronto. Después de 15añera vinieron más proyectos. La industria quería aprovechar el momentum. Ese era el lenguaje, el momentum. como si una persona fuera una ola que hay que surfear antes de que baje. Y Adela, joven sin experiencia para  negociar, sin una figura adulta de confianza que le dijera lo que convenía  y lo que no, siguió trabajando porque ese era el camino trazado.

 Porque cuando estás adentro del sistema y el sistema funciona, nadie te enseña a salir. Hubo telenovelas que la consolidaron y hubo otras que la pusieron a prueba, pero en cada una, independientemente del guion o de la dirección, Adela traía algo que sus compañeras no siempre podían igualar, una vulnerabilidad real que llegaba a través de la pantalla y que hacía que el público la quisiera proteger.

 Había algo en ella que no parecía actuado y quizás no lo era. finales de los 80 y durante toda la primera mitad de los 90, Adela Noriega construyó una carrera sólida, envidiable desde fuera. Pero la pregunta que muy poca gente se hacía en ese momento era cómo se sentía ella desde dentro. Y ahí es donde la historia empieza a complicarse, porque Adela Noriega no era solo la protagonista de telenovelas, era una mujer que cargaba con una historia personal mucho más pesada de lo que su imagen pública dejaba ver. Las entrevistas de la época

la retratan como alguien reservado, como alguien que cuida cada palabra, como alguien que sonríe mucho pero dice poco. Y hay una razón para eso. Crecer dentro de Televisa, siendo mujer y siendo joven, significaba estar expuesta  a dinámicas de poder que hoy llamamos por su nombre, pero que en aquellos años se normalizaban, se callaban o simplemente se ignoraban.

Los testimonios de muchas actrices de esa generación apuntan a lo mismo. El sistema premiaba la sumisión, penalizaba la autonomía y hacía sentir que el privilegio de trabajar era algo que podías perder si dabas demasiado problema. Abela vivió eso, nunca lo dijo  públicamente, pero hay cosas que se leen entre líneas.

 En 1995 llegó el proyecto que la llevaría a su pico más alto, Acapulco, cuerpo y alma, una telenovela que mezclaba drama, romance y ciertos elementos más oscuros que las producciones anteriores. Adela tenía 25 años, era actriz experimentada, tenía nombre, tenía público, tenía poder de convocatoria y la telenovela fue otro éxito masivo, pero ese mismo año algo empezó a cambiar en ella.

 Las personas que trabajaron con Adela en esa época describen a una mujer que ya no era la misma de quinceañera, no en el sentido de que hubiera perdido talento o presencia, sino en el sentido de que algo en su interior  se había vuelto más cuidadoso, más cerrado, más difícil de alcanzar, como si hubiera aprendido que mostrarse demasiado tenía un costo.

 Y en el medio del espectáculo, ese costo siempre lo paga quien menos puede costeárselo. Los 90 fueron también la época de sus relaciones más conocidas. El nombre que aparece con más frecuencia en ese contexto es el de Emilio Azcárraga Milmo, conocido como El tigre, el hombre que controló Televisa durante décadas con una mezcla de visión empresarial y poder absoluto que muy pocos en México se atrevían a cuestionar.

 La relación entre Adela y Azcárraga, Milmo fue uno de los secretos peor guardados de la industria  durante años. Nunca confirmada públicamente, nunca desmentida con convicción, pero presente en los pasillos, en las conversaciones,  en las miradas de quienes sabían. ¿Qué significa para una actriz joven tener una relación con el hombre más poderoso de la televisión en su país? Significa muchas cosas al mismo tiempo.

 Significa protección, significa acceso, significa proyectos, pero también significa dependencia. Significa que tu carrera y tu vida personal quedan entrelazadas de una manera que hace muy difícil saber dónde termina una y empieza la otra. Significa que si esa relación se acaba, no solo pierdes a una persona, pierdes una estructura entera.

Azcarraga Milmo murió en 1997. Tenía 66 años y llevaba años luchando contra una leucemia que había tratado de mantener alejada de los titulares. Su muerte fue un momento de quiebre para la televisión mexicana. Fue también, aunque nadie lo dijo con esas palabras, un momento de quiebre para Adela. Después de ese año, algo en su trayectoria cambió de dirección.

 Siguió trabajando en 1998. Protagonizó soñadoras, otra producción de Televisa que tuvo buen rating. En 2000 llegó Abrázame muy fuerte, que fue otro éxito notable. Y en 2003 llegó el que muchos consideran su proyecto más ambicioso, Apuesta por un amor. Apuesta por un amor fue una telenovela que se grabó en Estados Unidos con producción de Telemundo y que llegó a un público hispanohablante  mucho más amplio que cualquier producción anterior de Adela.

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