En la recta final hacia las elecciones, el ambiente político en Colombia ha alcanzado niveles de ebullición poco vistos en la historia reciente. Mientras el país se debate entre dos visiones de nación diametralmente opuestas, un fenómeno de “guerra digital” y acusaciones cruzadas ha tomado el centro de la escena, revelando las costuras de una campaña marcada tanto por los intentos de conciliación como por las más oscuras estrategias de desinformación.
En un movimiento que ha tomado por sorpresa a propios y extraños, el candidato Iván Cepeda ha optado por una narrativa de calma y diálogo. En una reciente intervención radial, lejos de caer en la provocación, Cepeda lanzó un mensaje directo hacia los sectores que más temían por la estabilidad económica del país: los empresarios y los inversionistas internacionales.
Cepeda enfatizó la necesidad de mantener la serenidad, invitando a la nación a vivir la jornada electoral como un encuentro democrático dentro del marco constitucional. En un claro gesto de apertura, ratificó su compromiso con un modelo económico productivo, diverso y social, donde la inversión sea fortalecida respetando las leyes y la jurisdicción colombiana. “Toda nuestra disposición a que la inversión en Colombia se fortalezca”, declaró, buscando disipar los miedos sobre una supuesta postura hostil hacia el sector privado. Este llamado a la concertación se presenta como un intento de marcar una distancia ética frente a la polarización que ha caracterizado la contienda.

El Lado Oscuro: La Red de ‘Guerra Sucia’
Sin embargo, mientras desde la campaña de Cepeda se busca proyectar una imagen de estadista, las sombras de la campaña de su opositor, Abelardo de la Espriella, parecen esconder una realidad mucho más inquietante. Según una investigación difundida por medios independientes, existiría una red organizada de difusión de contenidos falsos y discursos de odio.
Se han documentado grupos de WhatsApp, como el denominado “Abelardo Presidente”, coordinados por exfuncionarios y exintegrantes de la fuerza pública. En estos espacios, lejos de debatirse propuestas, se habrían coordinado acciones para:
Intoxicar el algoritmo: Utilizar ejércitos de bots para denunciar masivamente cuentas de creadores de contenido críticos, logrando que las plataformas reduzcan su alcance o las bloqueen.
Desinformación agresiva: Creación de montajes audiovisuales con inteligencia artificial, vinculando falsamente a candidatos con grupos armados ilegales o difundiendo imágenes injuriosas sobre figuras políticas.
Perfilamiento de opositores: Amenazas directas contra periodistas y estudiantes, utilizando información privilegiada para señalar a quienes disienten de la candidatura de la Espriella.
La Censura como Estrategia de Campaña
El candidato Iván Cepeda no ha sido el único afectado. Creadores de contenido y miembros de su equipo de campaña han denunciado hackeos sistemáticos y censura selectiva. “Este hecho no es aislado, hace parte de una estrategia sistemática de ataques digitales”, denunció el candidato, subrayando cómo el uso de dinero para manipular la opinión pública está alterando el equilibrio democrático.
La gravedad del asunto radica en que estas prácticas no se han quedado en el mundo virtual. Se han reportado incidentes de violencia física, donde militantes de la campaña de la Espriella han atacado a estudiantes universitarios con armas blancas y de fuego, hechos que posteriormente han sido tergiversados en los mismos grupos de chat para culpar a las víctimas.
Un País Ante Dos Caminos
A pocas horas de las urnas, Colombia se encuentra en una encrucijada. Por un lado, una propuesta que intenta apelar a la serenidad institucional y al diálogo con el sector empresarial; por el otro, un ecosistema de campaña que, según las investigaciones, se sostiene sobre la base de la desinformación, el perfilamiento de ciudadanos y la violencia.

La revelación de estas estructuras, donde exfuncionarios y activistas polémicos tienen un papel protagónico, plantea una pregunta incómoda para la democracia colombiana: ¿Es posible sostener un debate libre cuando la tecnología y los algoritmos están siendo hackeados para imponer una única narrativa a golpe de bots y propaganda de odio?
La respuesta de los votantes este domingo no solo definirá el rumbo económico del país, sino que enviará un mensaje sobre qué tipo de cultura política desea prevalecer: una basada en la propuesta y el respeto a la Constitución, o una que permite que los discursos de odio y la manipulación digital dicten el destino de la nación. La grandeza, como ha quedado demostrado en estos días, parece estar en la capacidad de mantener el rumbo institucional frente a la tormenta de ataques sistemáticos.